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<dcvalue element="relation" qualifier="ispartof" language="es_ES">En: La liberalización del comercio en el Hemisferio Occidental - Washington, DC : BID/CEPAL, 1995 - p. 13-40</dcvalue>
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<dcvalue element="type" qualifier="null" language="es_ES">Texto</dcvalue>
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E
I
E R
S

28

mujer y desarrollo

M

ujer y trabajo en
las reformas estructurales
latinoamericanas durante
las décadas de 1980 y 1990

Francisco León

Proyecto CEPAL/GTZ “Exigencias institucionales
de estructuras orientadas al mercado en América
Latina y el Caribe”

Santiago de Chile, septiembre de 2000

Este documento fue preparado por Francisco León en coordinación con la
Unidad Mujer y Desarrollo, en el marco del proyecto CEPAL/GTZ “Exigencias
institucionales de estructuras orientadas al mercado en América Latina y el
Caribe” - FRG/98/S24.
Las opiniones expresadas en este documento, que no ha sido sometido a revisión
editorial, son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden no coincidir con
las de la Organización.

Publicación de las Naciones Unidas
LC/L.1378-P
ISBN: 92-1-321642-4
Copyright © Naciones Unidas, septiembre de 2000. Todos los derechos reservados
N° de venta: S.00.II.G.94
Impreso en Naciones Unidas, Santiago de Chile
La autorización para reproducir total o parcialmente esta obra debe solicitarse al
Secretario de la Junta de Publicaciones, Sede de las Naciones Unidas, Nueva York,
N.Y. 10017, Estados Unidos. Los Estados miembros y sus instituciones
gubernamentales pueden reproducir esta obra sin autorización previa. Sólo se les
solicita que mencionen la fuente e informen a las Naciones Unidas de tal reproducción.

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Índice

Resumen ...................................................................................... 7
Introducción .................................................................................... 9
I. Modelos de participación laboral femenina .................. 11
A. Los modelos en los países desarrollados ........................... 12
B. Los modelos en los países latinoamericanos ..................... 13
C. Características de la participación laboral femenina......... 16
1. Ocupaciones asalariadas y por cuenta propia ............ 16
2. Trabajadoras a jornada completa y parcial ................ 18
3. El cambio del perfil educativo ................................... 19
4. El ingreso y la composición de los hogares ............... 25
5. Sistemas de apoyo a la participación laboral
femenina …................................................................ 27
6. Concentración ocupacional del empleo femenino ..... 29
D. Conclusiones del análisis................................................... 31
II. Reformas estructurales y modelos de participación
laboral femenina ................................................................... 35
A. Una aproximación al análisis de las reformas estructurales 35
1. Sobre el enfoque ........................................................ 35
2. El eje del cambio de las reglas laborales ................... 37
3. Flexibilización laboral y trabajo femenino ............... 39
B. Balance global de la generación de puestos de trabajo
durante el período de las reformas estructurales
(1980-2000) ....................................................................... 40
C. El acceso de la mujer a puestos de trabajo y empleos
de calidad........................................................................... 47
1. El acceso a puestos de trabajo de calidad .................. 47
2. El acceso a empleos de calidad.................................. 53
3

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

D.

Desarrollo institucional del mercado de trabajo y participación laboral femenina:
conclusiones y consideraciones de política...................................................................... 60
1. Regulación y desregulación...................................................................................... 60
2. Movilidad ocupacional e institucionalidad laboral .................................................. 62
3. Continuidad ocupacional e institucionalidad ........................................................... 65
4. Sistemas de apoyo a la participación laboral y compensación por salida
temporal o definitiva del mercado laboral................................................................ 66
5. Seguro de desempleo................................................................................................ 67
6. Capacitación laboral ................................................................................................. 68
7. Mejoramiento de la calidad de los puestos de trabajo por cuenta propia ................ 69
Bibliografía .................................................................................................................................. 73
Anexo
.................................................................................................................................. 77
Serie Mujer y desarrollo: números publicados ..................................................................95

Índice de cuadros
Cuadro 1
Cuadro 2
Cuadro 3
Cuadro 4
Cuadro 5
Cuadro 6
Cuadro 7
Cuadro 8
Cuadro 9
Cuadro 10
Cuadro 11
Cuadro 12
Cuadro 13
Cuadro 14
Cuadro 15
Cuadro 16
Cuadro 17

Cuadro 18

4

Mujeres ocupadas en actividades independientes no agrícolas................................ 17
Países desarrollados y latinoamericanos: personas ocupadas a jornada completa
o parcial, según sexo ................................................................................................ 18
Chile: tasas de asistencia y rezago escolar de la población de 15 a 19 años
de edad, según sexo y cuartiles de ingreso del hogar, 1987 y 1996......................... 20
América Latina (16 países): diferencias salariales según sexo y tramos de edad.... 26
México: hogares con jefatura masculina que cuentan con dos o más
perceptores de ingresos, por tipos de hogar, 1984-1996 .......................................... 27
América Latina (seis países): personas ocupadas según género y tamaño de
empresa..................................................................................................................... 30
Chile: personas ocupadas según género y tamaño de la empresa ............................ 30
América Latina (siete países): variación anual de algunos indicadores laborales ... 43
América Latina (nueve países): tasa de crecimiento de la proporción de
personas ocupadas que trabaja 40 horas y más en algunos tramos de edad............. 45
América Latina (nueve países): variación de la fuerza laboral asalariada de 25 a
59 años de edad que trabaja 40 horas y más en algunas ramas de actividad............ 46
América Latina (nueve países): tasas de crecimiento de los asalariados según
género y tipos de empresa ........................................................................................ 48
América Latina (nueve países): mujeres en puestos de trabajo asalariados de
jornada completa y parcial ....................................................................................... 50
América Latina (nueve países): mujeres en puestos de trabajo asalariados de
jornada completa y parcial según tamaño de empresas............................................ 51
América Latina (nueve países): mujeres de 25-44 años de edad en puestos de
trabajo asalariados de jornada completa y parcial.................................................... 52
Costa Rica: calidad del empleo asalariado según sexo, 1987 y 1997 ...................... 54
América Latina (nueve países): evolución del ingreso laboral de asalariados y
no asalariados ........................................................................................................... 58
América Latina (nueve países): CEMIT femenina como porcentaje de la
masculina para la población ocupada de 25 a 59 años de edad que trabaja
más de 20 horas semanales, según número de años de instrucción ......................... 60
Chile: trabajadores ocupados, afiliados y cotizantes en las administradoras de
fondos de pensiones, según género y condición contractual.................................... 62

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Índice de gráficos
Gráfico 1
Gráfico 2
Gráfico 3
Gráfico 4
Gráfico 5
Gráfico 6
Gráfico 7
Gráfico 8
Gráfico 9

Estados Unidos, Inglaterra y Países Bajos: tasa de participación laboral
según tramos de edad y sexo ..................................................................................... 13
Argentina, Chile y Brasil: personas ocupadas según sexo y tramos de edad........... 14
Costa Rica: tasa neta de participación laboral femenina por tramo de edad,
1976, 1987, 1990, 1996............................................................................................ 16
Brasil, Colombia y Costa Rica: tasas de participación laboral femenina según
niveles educacionales............................................................................................... 21
América Latina (nueve países): perfil educativo del empleo femenino en los
tramos de edad de 24-44 y 45-59 años ..................................................................... 22
Chile, México y Venezuela: evolución diferencial de la participación laboral
según sexo y niveles educativos, tramo de edad de 20 años y más.......................... 23
Evolución de la población por tramos de edad, 1970-2000 ..................................... 41
Chile: evolución de la proporción de asalariadas en los afiliados y cotizantes
de su ingreso imponible respecto a los asalariados.................................................. 56
Distribución por tramos de ingreso de hombres y mujeres...................................... 57

5

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Resumen

El ingreso masivo y acelerado de las mujeres al mercado de
trabajo es uno de los hechos más significativos de las últimas dos
décadas en América Latina. Aunque aún persisten las brechas de acceso
si comparamos la tasa de participación femenina con la masculina, es
evidente que por la magnitud y velocidad mencionadas estamos ante un
fenómeno cuyo significado económico, social y cultural aun no ha sido
asumido plenamente por las políticas públicas. El ingreso de las mujeres
al trabajo remunerado muestra por oposición la enorme tasa de ausencia
masculina en el trabajo doméstico no remunerado. Ella ha mostrado
también los efectos beneficiosos en la superación de la pobreza y está
modificando los patrones de intercambio y relacionamiento familiar.
No son pocos los estudios que sobre el trabajo de las mujeres se
han hecho en América Latina. Por ellos sabemos que es en el acceso
donde se han producido los cambios más significativos. Sin embargo,
la situación laboral de las mujeres sigue caracterizándose por una
subvaloración del trabajo femenino y una fuerte segmentación
ocupacional (CEPAL, 2000). La mayoría de los empleos a los que
ellas acceden son informales o inestables dentro del sector formal,
además de precarios en cuanto a inestabilidad y cobertura de la
protección social.
Uno de los aportes que hace Francisco León con su estudio
“Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas
durante las décadas de 1980 y 1990”, es el de proporcionarnos una
perspectiva comparada, línea que la CEPAL quiere privilegiar para
contribuir al diseño de políticas públicas que tomen en cuenta la
heterogeneidad de los procesos nacionales y regionales, la importancia
7

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

de considerar las diferencias de género así como las diferencias entre mujeres muchas veces más
significativas que las primeras. No solo eso, la mirada mas allá de la región y la comparación con
otras regiones nos da un cuadro más exacto de los desafíos para América Latina y el Caribe
El estudio que presentamos ha sido posible gracias a la contribución del proyecto
“Requerimientos institucionales para estructuras orientadas al mercado en América Latina y el
Caribe” - FRG/98/S24, y a la colaboración de la División de Desarrollo Económico y la División
de Desarrollo Social que patrocinaron el estudio y compartieron sus resultados con la Unidad
Mujer y Desarrollo de la CEPAL. Este además de actualizar el panorama laboral de las mujeres en
la región, nos permite comprender mejor, la diversidad de factores que influyen en su participación
y la necesidad de superar las explicaciones unívocas o las expectativas de un crecimiento ilimitado
de ésta. Después de leer este trabajo una puede preguntarse dónde están los límites al avance en el
acceso cuando al mismo tiempo sabemos que son las mujeres las primeras afectadas por el
desempleo. Se puede preguntar también acerca de los olvidos en la política de educación que han
permitido un logro educativo muy alto de las mujeres, en muchos casos mayor al de los varones, y
que sin embargo no se han traducido en una capacitación para el trabajo, adecuada a la
flexibilización del mercado y los cambios tecnológicos. Se puede preguntar qué ha significado el
ingreso al mercado de trabajo sin las correspondientes políticas de servicios de cuidado infantil o
una adecuada redistribución del trabajo doméstico en la familia. En fin, se puede preguntar el
sentido que tiene el ingreso al mercado de trabajo para la igualdad cuando aun vemos que a las
mujeres se les exige mayores credenciales que a los varones y a pesar de ello se les sigue pagando
menos por trabajo equivalente. Finalmente, podemos preguntarnos acerca del aumento de la brecha
intragenérica cuando vemos cómo el puñado de las mujeres altamente calificadas contrasta
agudamente con la masa de mujeres trabajadoras cuyo futuro depende de un golpe de timón en las
políticas estatales y empresariales.
Con esta publicación la CEPAL, a través de la Unidad Mujer y Desarrollo, da continuidad a
una línea de trabajo privilegiada y que incluye una serie de trabajos imprescindibles para entender
el trabajo femenino: Pollack, Molly, Reflexiones sobre los indicadores del mercado de trabajo para
el diseño de políticas con un enfoque basado en el género, serie Mujer y desarrollo No 19
(LC/L.1016); Gálvez, Thelma, Aspectos Económicos de la Equidad de Género, Documento de
Referencia para la Octava Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe
(DDR/7); Dávila, Mónica, Exámen de los Modelos Económicos desde la Perspectiva de Género,
Documento de Referencia para la Octava Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina
y el Caribe (DDR/6); Leiva, Sandra, El trabajo a tiempo parcial en Chile, serie Mujer y desarrollo
No 26 (LC/L.1301-P).

8

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Introducción

El objetivo de este trabajo es identificar relaciones virtuosas
entre las reformas estructurales y algunos avances institucionales en el
mercado laboral que permitan aumentar la demanda de trabajadores y
la participación en el trabajo, junto con mejorar la asignación y
retribución de los recursos humanos en las economías
latinoamericanas. Este es un objetivo central en las reformas, pero
según la mayoría de los estudios regionales y nacionales,
paradojalmente éstas han dado origen a una brecha creciente entre las
remuneraciones de los trabajadores, en favor de los que cuentan con
mayor calificación profesional, y a una insuficiente generación de
puestos de trabajo. Es más, la mayoría de los puestos de trabajo
creados ha sido de baja calidad y la causa principal de la brecha
mencionada es justamente su deterioro cualitativo medio.
Para facilitar la tarea, en el análisis se dará prioridad a la población
femenina por ser aquella cuyo comportamiento demográfico, educativo y
laboral ha tenido cambios más importantes en las últimas tres décadas, lo
que ha determinado que su aporte al incremento total de la población
ocupada haya superado el de los hombres durante los últimos 10 años
(1989-1999), por vez primera en la historia regional. La entrada masiva de
mujeres, con un menor número de hijos y un nivel educativo superior al de
la generación precedente, en un escenario de reestructuración productiva,
ha ofrecido una oportunidad para mejorar la asignación de recursos
humanos y la equidad en su retribución, pero también ha planteado
el desafío de cómo lograrlo. ¿Cuál ha sido la contribución del mercado de
trabajo al esfuerzo por responder a ese reto? ¿Qué cambios institucionales
han favorecido una mejor inserción femenina en el mercado de trabajo y
9

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

una disminución de la brecha salarial con respecto a los hombres? ¿Y qué rigideces han propiciado
la persistencia de la exclusión laboral de las mujeres y la ampliación de dicha brecha?
Si bien en el análisis se centrará en la población femenina, esto no dará lugar a una visión
parcelada de la realidad laboral, ya que la comparación entre categorías de trabajadores del mismo
y de distinto género es necesaria y permitirá configurar un cuadro general del funcionamiento del
mercado de trabajo. A su vez , la inclusión de países y sectores que ilustran la gama de evoluciones
del empleo y los salarios facilitará la identificación de las similitudes y diferencias entre los
resultado, los cambios y las rigideces institucionales asociados a ellos. Finalmente, al escoger el
segmento de la población trabajadora que generalmente se considera como el más negativamente
afectado por la inestabilidad y la discriminación laboral, la identificación de relaciones virtuosas
favorables a un adecuado acceso y utilización del trabajo femenino permitirá formular
recomendaciones para subsanar tanto las fallas institucionales como los problemas más agudos de
las trabajadoras, algunos de los cuales, como la discontinuidad ocupacional, son comunes al
conjunto de la población activa.
El estudio comprende nueve países (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica,
México, Uruguay y Venezuela), considerados representativos del conjunto regional por encontrarse
en estadios iniciales y avanzados de las reformas estructurales, por su diversidad económica y
demógrafica, y por sumar más del 80% de la población activa en edad de trabajar con que cuentan
los países latinoamericanos en su conjunto.
Los resultados del análisis y las conclusiones y recomendaciones de política se presentan en
dos secciones. En la primera se caracterizan los modelos latinoamericanos de participación laboral
y la composición de la fuerza de trabajo femeninas mediante su comparación con los países
desarrollados, para así identificar sus rasgos distintivos y la etapa de la evolución de la
incorporación de la mujer al trabajo en que se encuentran. La comparación internacional facilitará
la determinación de los desafíos en cuanto a la creación de puestos de trabajo, su cantidad y
calidad, así como una mejor apreciación del papel de los sistemas de apoyo a la participación
laboral femenina y las tareas pendientes para su desarrollo en América Latina. En la segunda parte
se aborda la medición y evaluación de algunos de los impactos que han ejercido las reformas
estructurales en el acceso de la mujer a puestos de trabajo y empleos de calidad, así como un
examen de las alternativas de política para lograr un desarrollo institucional del mercado de trabajo
que favorezca una más adecuada participación laboral y una mayor utilización de los recursos
humanos en las economías y sociedades latinoamericanas.

10

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

I.

Modelos de participación laboral
femenina

Uno de los procesos más analizados por los especialistas ha
sido el incremento fuerte y sostenido de la participación laboral
femenina y los cambios en la composición de ese segmento de la
fuerza de trabajo en los países latinoamericanos durante las tres
últimas décadas del siglo que termina. En ese proceso están presentes
factores demográficos, económicos, educativos, tecnológicos y
culturales que, aunque comunes en las experiencias nacionales,
han diferido en términos de las medidas y los tiempos en que
han transformado los modelos de participación precedentes. Esto
explica las diferencias en cuanto a estructura, trayectoria y niveles
de participación alcanzados en el proceso de incorporación de la mujer
al trabajo en los modelos económicos emergentes. En este análisis, la
comparación con las experiencias de las economías desarrolladas
permitirá determinar la especificidad relativa de los modelos de
participación laboral femenina en América Latina, e identificar
algunas de las formas de intervención más propicias al desarrollo
institucional de un mercado de trabajo orientado a dinamizar la
generación de empleo, mejorar la asignación y retribución de los
recursos humanos y promover la equidad de genero en el acceso a las
oportunidades laborales.

11

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

A.

Los modelos en los países desarrollados

Las experiencias de los países desarrollados muestran un contraste entre la heterogeneidad
de la participación laboral femenina según tramos de edad, y la uniformidad de la masculina, que es
siempre ascendente desde que se llega a la edad de trabajar hasta alcanzar un máximo que se
mantiene desde el término del periodo de estudios superiores hasta la edad de retiro legal, en que
cae rápida y sostenidamente. En la pasada década, Patricia A. Roos (Roos, 1985, pp. 40 y ss), junto
con confirmar esos resultados de estudios precedentes, distinguió tres modelos de participación
laboral femenina:
-

Modelo con una máxima participación laboral en edades tempranas, muy alta en el
período previo al matrimonio y de reproducción familiar (20-45 años), y posterior
descenso rápido y sostenido;

-

Modelo con dos máximas de participación laboral, la primera en el período previo al
matrimonio, seguida una caída importante durante el periodo reproductivo, y la
segunda después del término de éste y de la educación de los hijos, con un suave
declive posterior; y

-

Modelo con máximas similares en los diferentes tramos de edad, un leve descenso
durante el periodo reproductivo y posterior, hasta la edad de retiro legal, en que
disminuye fuertemente; su diferencia con la masculina es que las tasas bajan a partir
de la edad de matrimonio, en tanto que las de los hombres no descienden durante el
periodo reproductivo y de educación de los hijos.

En el gráfico 1 se ilustra el caso de los Países Bajos, representativo del primer modelo, el de
Inglaterra, que corresponde al segundo, y el de Estados Unidos, que presenta una participación más
homogénea según tramos de edad. Ambos conjuntos de gráficos muestran la uniformidad de la
participación masculina y la heterogeneidad de la femenina en términos de nivel y distribución
etaria. De los 12 países analizados por Patricia Roos, solo tres tienen tasas de participación
femenina superiores a 60%; en dos de ellos, Dinamarca y Suecia, el modelo es el de dos máximas,
y en el tercero, Finlandia, de participación similar en todos los tramos de edad y suave descenso a
partir de los 50 años de edad. Esta falta de correlación entre modelos y tasas de participación
laboral según tramos de edad es claramente perceptible en el conjunto de países y también entre
aquellos en que predomina un mismo modelo. Así, en los de máxima participación laboral a edad
temprana, los Países Bajos tienen una máxima de 80% y la caída es rápida y pronunciada, hasta
40%, en torno de los 30 años de edad y bordea un 20% al llegar a los 40 años; en Alemania Federal
e Irlanda del Norte, en cambio, la máxima es sólo de 60%, luego se mantienen tasas de 40% desde
la edad al matrimonio hasta los 50 años, para caer después al cumplirse la edad legal de retiro.
De acuerdo con los estudios sobre la participación laboral femenina en países como Estados
Unidos, donde el modelo es el de tasas similares según tramos de edad, en esos casos se habría
evolucionado desde el modelo de máxima temprana al de dos máximas y, posteriormente, al actual.
En Estados Unidos, el proceso de transformación comenzó al final de la crisis de los años treinta,
se aceleró con la entrada del país a la segunda guerra mundial y la incorporación laboral masiva de
mujeres después de la edad de matrimonio y, especialmente, después de completar su ciclo
reproductivo, lo que llevó a la configuración de un modelo con dos máximas. Durante la posguerra,
en pleno período de recuperación de la fecundidad (baby boom), la expansión económica y las
mayores oportunidades educativas y laborales favorecieron la permanencia en el mercado de
trabajo después de matrimonio de las mujeres con nivel medio y alto de educación del grupo étnico
dominante (blanco); durante la década de 1960 ese patrón participativo se extendió a los estratos
con menor educación e ingresos y a los grupos étnicos minoritarios (afroamericanos y latinos). Esto
12

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

hizo que el modelo evolucionara hacia el de máximas similares en los distintos tramos de edad, con
tasas en torno de 50%, nivel notoriamente inferior al masculino, y un suave descenso después de
los 55 años de edad.1
Gráfico 1

ESTADOS UNIDOS, INGLATERRA Y PAÍSES BAJOS: TASA DE PARTICIPACIÓN LABORAL
SEGÚN TRAMOS DE EDAD Y SEXO

Inglaterra

Estados Unidos de América

100

100

90

90

80

80

70
60

70
60

50
40

50
40
30

30

20

20
10
0

10
0

20

24

30

34

40

50

60

60 ++

20

24

30

34

40

50

60

60 ++

Hombres

53

69

86

88

88

88

65

15

Hombres

62

88

95

98

98

95

90

25

Mujeres

45

50

47

46

44

43

39

10

Mujeres

72

55

48

50

52

65

45

5

Países Bajos
120
100
80
60
40
20
0

20

24

30

34

40

50

60

60 ++

Hombres

35

68

92

92

97

58

77

10

Mujeres

45

80

43

41

27

22

18

5

Fuente: Censos y encuestas nacionales de hogares de los países respectivos.

B.

Los modelos en los países latinoamericanos

Como se puede apreciar en el gráfico 2, en la actualidad la distribución etaria de la
participación laboral masculina en los países latinoamericanos no difiere de la ya analizada en los
países desarrollados (véanse los gráficos 1 y 1.A del anexo). En el caso de las mujeres, en cambio,
esa distribución muestra una clara diferencia entre los países desarrollados y los de América
Latina; en estos últimos, la máxima es uniforme en el tramo de 25 a 44 años de edad, sin que se
observe la inflexión a la baja que presentan los modelos de máxima temprana y de dos máximas en
los países desarrollados. A su vez, salvo Argentina, ninguno de los latinoamericanos tiene un
1

Para mayores referencias sobre países europeos y un análisis más detallado del proceso de cambio en Estados Unidos, véase Roos
(1985), p. 43.

13

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

modelo de participación homogénea por tramos de edad, como los existentes en Finlandia y
Estados Unidos. Sobre la base de la información proporcionada en el gráfico 2 y en el cuadro 2.A,
en los países latinoamericanos pueden distinguirse tres modelos, dos de ellos específicos y el
tercero en común con los países desarrollados:
Gráfico 2

ARGENTINA, CHILE Y BRASIL: PERSONAS OCUPADAS SEGÚN SEXO Y TRAMOS DE EDAD
(En porcentajes)

Argentina - Zona Urbana - Porcentaje de Ocupados Por Tramo de
Edad y Sexo

Chile 1998 - Zona Urbana - Porce ntaje de Ocupados Por
Tram o de Edad y Se x o
100

100.0

90
80

80.0

70
60

60.0

50

40.0

40
30

20.0

20
10

0.0

20-24

25-44

45-59

Hombres

74.5

88.1

84.2

29.4

Mujeres

46.9

51.8

46

11.5

0

60 y ++

20-24

25-44

45-59

60 y ++

Hombres

57.7

87.3

85.2

38.8

Mujeres

37.3

50.3

43

12

Brasil - Zona Urbana - Porcentaje de Ocupados Por Tramo de
Edad y Sexo

100.0
90.0
80.0
70.0
60.0
50.0
40.0
30.0
20.0
10.0
0.0

20-24

25-44

45-59

60 y ++

Hombres

78.7

90.0

80.4

39.0

Mujeres

52.1

57.8

44.9

13.4

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los países respectivos.

-

-

el segundo se caracteriza por un aumento de la participación laboral femenina desde la
edad de matrimonio (20-24 años) hasta la culminación del ciclo reproductivo
(44 años), con un descenso significativo a partir de ese nivel (Brasil, Colombia,
Costa Rica, México, Venezuela) y,

-

14

el primero presenta un aumento de la participación laboral femenina desde la juventud
(15-19 años) hasta la edad de matrimonio (20-24 años), para alcanzar su máxima
durante el ciclo reproductivo y de educación de los hijos (25-44 años), participación
que se mantiene una vez terminado el ciclo reproductivo y luego declina suavemente
(Bolivia, Chile, Uruguay);

el tercero muestra tasas de participación similares entre los 20 y los 59 años de edad
(Argentina).

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Al igual que en los países desarrollados, los niveles de participación laboral femenina varían,
sin relación definida con el modelo predominante en el país, desde tasas globales en torno de 40%42% en el tramo de 20 años de edad y más (Argentina, Costa Rica, Chile, México y Uruguay),
hasta las de 50%-55% (Bolivia, Colombia), pasando por las de 44%-48% (Brasil y Venezuela).
Después de dos o más décadas de crecimiento sostenido, la participación laboral femenina ha
alcanzado tasas muy similares a las registradas en la mayoría de los países desarrollados, pero con
una máxima en las edades en que la mujer casada y con hijos tiene una mayor carga de trabajo
domestico no remunerado, y sin llegar a los niveles de actividad laboral superiores a 60% que
exhiben Dinamarca, Finlandia y Suecia.
En los países latinoamericanos, la modificación de los modelos ha sido impulsada por una
secuencia acumulativa de cambios:
•

transformaciones demográficas y culturales asociadas a la migración masiva campociudad, el acceso a la educación formal y la exposición a la cultura urbana, que
influyeron en el descenso de la fecundidad, el número de hijos por hogar y el tamaño
de éste, en particular a partir las décadas de 1960 y 1970;

•

posteriormente, en los años ochenta, la crisis de la deuda provocó un alto desempleo y
la caída de los salarios reales, cuyo efecto combinado impulsó la incorporación de la
mujer al trabajo en forma más estable y prolongada, así como un aumento del número
de hogares con dos adultos empleados;

•

finalmente, la reestructuración productiva y del empleo sectorial, que en unos casos
dio lugar a mayores oportunidades de empleo y mejoras de los ingresos laborales
(Bolivia, Costa Rica, Chile), y en otros, a mayor desempleo y algunos años de
aumento de los salarios (Argentina, Brasil) (CEPAL, 1995; León, 1993).

Lo más común ha sido que el modelo de máxima participación laboral femenina temprana se
transforme en el de máxima en los tramos posteriores, coincidente con el período reproductivo y de
educación de los hijos, o bien, en algunos países, en el modelo de dos máximas.
En el gráfico 3 se puede ver la transformación del modelo de máxima temprana en Costa
Rica desde los años setenta hasta la actualidad, en un contexto de aumento sostenido de las tasas
globales y por tramos de edad. En la trayectoria hacia el modelo latinoamericano de dos máximas,
anteriormente descrito, se observa lo siguiente:
•

entre 1976 y 1990 la tasa de participación laboral de las jóvenes se mantiene en torno
de 25% y luego cae a casi 20% en 1996;

•

entre 1976 y 1996, la participación laboral muestra un aumento algo menor, de 10%,
en el período correspondiente a la edad de matrimonio (20-24 años);

•

la participación laboral se eleva entre 12%-25% en el tramo de edad que abarca el
período reproductivo (25-44 años), con un desplazamiento de la inflexión descendente
entre 3% y 8% que transforma el modelo de dos máximas del tramo de edad de 25-29
años en 1987 y 1990 en el de 30-34 años en 1996; también hay un aumento de la tasa
de participación a los 45 años, de 20% en 1976 a algo más de 40% en 1996, año en
que la inflexión a la baja entre los tramos de edad 45-49 y 50-54 es más abrupta.

15

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Gráfico 3
COSTA RICA: TASA NETA DE PARTICIPACIÓN LABORAL FEMENINA POR TRAMO DE EDAD
1976, 1987, 1990, 1996

50
45
40

Tasa de participación

35
30

1976
1987
1990
1996

25
20
15
10
5
0
15-19 20-24 25-29 30-34 35-39 40-44 45-49 50-59 55-59 60-64
Rango de edad

Fuente: Encuestas de hogares de Costa Rica.

C.

Características de la participación laboral femenina
1.

Ocupaciones asalariadas y por cuenta propia

Durante el período de la crisis de la deuda, los estudios disponibles muestran que la fuerte
expansión de la participación laboral de la mujer latinoamericana fue impulsada por el aumento de
la ocupación en empleos por cuenta propia, a tiempo parcial y altamente precarios. El análisis
comparativo permitirá determinar si estas tendencias estuvieran configurando actualmente en los
países latinoamericanos una realidad muy diferente a la que existía en los países desarrollados en
un período también caracterizado por la entrada masiva de las mujeres casadas y con hijos al
mercado laboral.
Para efectuar tal comparación se comenzará por presentar la dinámica ocupacional fuera de
la región (Aronson, 1991). El examen del empleo femenino por cuenta propia (véase el cuadro 3.A)
en un grupo de países seleccionados de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos
(OCDE), en un período (1963-1983) marcado por el incremento de la participación laboral
femenina, cambios tecnológicos y períodos de crisis y expansión económica, muestra la siguiente
evolución de la participación porcentual de las trabajadoras independientes en el total del empleo
femenino no agrícola:
-

se incrementó significativamente (4%-9%) en Australia, Canadá, Suecia y Estados
Unidos;

16

se mantuvo o aumentó levemente en la ex República Federal de Alemania, España
(1971- 1983), Inglaterra y Japón;

disminuyó en Italia (9.5%) y Bélgica (2.7%).

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Al comparar la ocupación de las trabajadoras por cuenta propia en los países
latinoamericanos en la actualidad con la de esos países desarrollados en 1983 puede comprobarse
que, salvo en Bolivia y Venezuela, la proporción es similar a la de aquellos situados en el nivel
inferior (20%-30%), y menor que la de Australia, Canadá y Japón (véase el cuadro 1).
Cuadro 1

MUJERES OCUPADAS EN ACTIVIDADES INDEPENDIENTES NO AGRÍCOLAS
(Como porcentaje del total de ocupadas)

Países de la OCDE
Alemania Federal
Australia
Bélgica
Canadá
Italia
Japón
España
Suecia
Inglaterra
Estados Unidos

Porcentaje
(1983)
(1984)
(1983)
(1983)
(1979)
(1983)
(1983)
(1983)
(1983)
(1983)

Países latinoamericanos

Porcentaje

23.4
30.8
27.8
37.4
20.8
36.6
24.3
28.9
25.2
32.3

Argentina
Bolivia
Brasil
Colombia
Costa Rica
Chile
México
Uruguay
Venezuela

25.8
55.1
28.7
27.7
24.5
19.5
28.7
23.8
34.2

(1997)
(1997)
(1996)
(1997)
(1997)
(1998)
(1996)
(1997)
(1997)

Fuente: CEPAL, sobre la base de información procedente de la Organización de Cooperación y Desarrollo
Económicos (OCDE) y encuestas de hogares de los países respectivos.

A su vez, tanto en los países desarrollados como en los latinoamericanos la proporción de
hombres en ocupaciones no agrícolas independientes es superior a la de mujeres; igualmente, la
proporción de trabajadoras asalariadas es mayor que la de independientes. De nuevo, la excepción
es Bolivia, donde las mujeres en trabajos por cuenta propia superan a los hombres en esa categoría
y también a las mujeres asalariadas (véase el cuadro 2.A).
Sin embargo, en la mayoría de los países de la región la proporción de trabajadoras por
cuenta propia se acerca más a la tasa global de participación femenina que en los países
desarrollados. Así, por ejemplo, en Estados Unidos ellas representaban sólo 12.2% del total de los
no asalariados en 1955 y, a pesar del fuerte incremento registrado en las décadas siguientes, en
1986 alcanzaban a 28.5%. En los países latinoamericanos, en torno de 1997, la proporción de
trabajadoras con respecto a los no asalariados se situaba entre 33% y 40% en ocho de ellos y
llegaba a 50% en Bolivia, vale decir, un porcentaje cercano a la tasa de participación femenina en
cada uno de esos países (véase el cuadro 4.A).
La imagen que asocia a la mujer latinoamericana trabajadora no agrícola con ocupaciones
por cuenta propia no corresponde a la realidad, ya que en la mayoría de los países, 7 a 8 de cada
10 trabajadoras son asalariadas. En los nueve países aquí analizados, durante la década de 1990 la
proporción de asalariadas en el total de mujeres ocupadas aumentó en cuatro (Argentina, Brasil,
Chile y Uruguay); permaneció prácticamente estable en dos (Bolivia y Colombia); y disminuyó en
tres (Costa Rica, México y Venezuela).
El trabajo por cuenta propia, que permitiría a las mujeres resolver mejor el conflicto entre
hogar y ocupación, gracias a un manejo más flexible de su tiempo, no representa una proporción
mayoritaria ni excepcionalmente alta en comparación con otras experiencias históricas; tampoco ha
sido el factor principal en la incorporación masiva de la mujer casada y con hijos al mercado de
trabajo en las ultimas décadas.

17

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

2.

Trabajadoras a jornada completa y parcial

En los países desarrollados y en los latinoamericanos el trabajo a tiempo parcial de los
trabajadores no agrícolas es más frecuente entre las mujeres que entre los hombres. En los países
desarrollados, los hombres que trabajan a tiempo parcial son a menudo una proporción marginal
(menos de 10%); en cambio en los latinoamericanos, lo común es que esa proporción se sitúe entre
15% y 20%, es decir, en el rango más alto que se registra en los países desarrollados. Inversamente,
en los países latinoamericanos no se observan proporciones de mujeres trabajadoras a tiempo
parcial tan altas (50% o más) como en Suecia o Noruega, pero en la mayoría de ellos los valores
están en el rango (25%-45%) que alcanzan en los países desarrollados (véase el cuadro 2).
Cuadro 2

PAÍSES DESARROLLADOS Y LATINOAMERICANOS: PERSONAS OCUPADAS
A JORNADA COMPLETA O PARCIAL, SEGÚN SEXO
(En porcentajes)

Hombres
País
Austria
Argentina
Bolivia
Brasil
Chile
Colombia
Costa Rica
Dinamarca
Estados Unidos
Finlandia
Gran Bretaña
Holanda
Israel
México
Noruega
Rep. Federal de
Alemania
Suecia
Uruguay
Venezuela

Mujeres

Jornada
completa

Jornada
parcial

Total

Jornada
completa

Jornada
parcial

Total

1999
1980
1983
1987
1986
1987
1988
1992
1987
1983
1994
1997
1981
1985
1988
1996

1
20
17
13
14
13
13
8
13
17
6
3
19
15
12
4

100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100

78
56
59
65
73
79
70
60
72
77
59
73
54
65
49
55

22
44
41
35
27
21
30
40
28
23
41
27
46
35
51
45

100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100

1984
1981
1988

16
19
12

100
100
100

43
54
67

57
46
33

100
100
100

Fuente: CEPAL, sobre la base de censos y encuestas nacionales de hogares.

En los países desarrollados, la proporción de trabajadores no agrícolas por cuenta propia que
trabajan a tiempo parcial es menor que la de los asalariados; en cambio, en los latinoamericanos
son los trabajadores asalariados quienes trabajan menos a tiempo parcial que los por cuenta propia.
En lo que respecta al trabajo femenino, en el caso de los países desarrollados existe una diferencia
marcada, por ejemplo, entre los de la Unión Europea y Estados Unidos: en los primeros son las
mujeres asalariadas las que proporcionalmente trabajan más a tiempo parcial, mientras que en
Estados Unidos corresponde a las trabajadoras por cuenta propia la mayor proporción. En los
países latinoamericanos, las mujeres trabajadoras muestran un patrón similar al observado en
Estados Unidos (Aronson, 1991, pp. 13-24 y 17-18) (véase el cuadro 3.A).

18

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

El trabajo a tiempo parcial es, por lo tanto, un medio para posibilitar la participación laboral
femenina no agrícola en los países desarrollados y latinoamericanos, pero mientras en algunos de
ellos son las empresas las que facilitan este tipo de participación, en Estados Unidos y América
Latina es el autoempleo el que ofrece a las trabajadoras más posibilidades de acceder a esta
solución a su doble carga laboral externa y doméstica.
En todos los países latinoamericanos considerados en este estudio, la proporción de
trabajadoras asalariadas ocupadas a jornada completa es mayor entre aquellas en las edades de
matrimonio y ciclo reproductivo (20-44 años), y disminuye una vez concluido este último.
Actualmente, la fracción de trabajadoras asalariadas en ese tramo de edad que trabaja a tiempo
parcial varía entre un máximo de más de dos de cada cinco en países como Argentina y Uruguay, y
un mínimo de una de cada 10 en Colombia (véase el cuadro 4.A).
Desde fines de la década de 1980 y durante los años noventa se ha observado que la
proporción de trabajadoras a tiempo parcial ha aumentado en los tramos de 20-24 años de edad y de
44 años y más, en tanto que se ha mantenido en el de 25-44 años, es decir, entre las de la categoría
con más alta tasa de participación laboral (véase el cuadro 5.A). Las trabajadoras de este último
grupo son fundamentalmente esposas de jefes de hogar o jefas de hogar, y también son aquellas que
trabajan proporcionalmente más que sus cónyuges o hijos en las labores domésticas. En un estudio
realizado en años recientes (de Oliveira, 1999, pp. 32-33), se muestra al respecto que 98% de las
cónyuges de jefes de hogar y un 94% de las jefas de hogar que participan en el mercado de trabajo
realizan también tareas domésticas, proporción que disminuye a 33.6% entre los hombres jefes de
hogar y a 22.6 entre los hijos.

3.

El cambio del perfil educativo

El incremento de la participación laboral de la mujer en los países latinoamericanos ha ido
acompañado de cambios tanto en el perfil educativo de la población femenina como en la forma en
que han sido aprovechados para impulsar la transformación productiva y el desarrollo económico.
Existe consenso en torno de la importancia del esfuerzo sostenido y generalizado por ampliar la
cobertura educacional que desde hace tres décadas se está realizando en la mayoría de los países de
la región, y que se mantuvo incluso durante la crisis de la deuda; más recientemente, el empeño se
ha centrado en la calidad de la educación. Según diversos estudios, el esfuerzo por incrementar la
cobertura y reducir la deserción y la repetición ha beneficiado proporcionalmente más a las mujeres
que a los hombres; esto se ha debido, en parte, a que la anterior desigualdad favorecía a los
hombres, pero sobre todo al cambio de actitud de las beneficiarias y sus familias, que las apoyan en
el proceso educativo. En comparación con la década de 1980, en un número importante y creciente
de países las mujeres tienen ahora tasas de matrícula iguales o superiores a las de los hombres en
todos los niveles educativos e indicadores más bajos de deserción y repetición.
En el caso de Chile (véase el cuadro 3), la evolución de las tasas de asistencia y de rezago
escolar de hombres y mujeres de 15 a 19 años de edad, por tramos de ingreso de los hogares, entre
1987 y 1996, muestra cómo, en una década, el diferencial entre hombres y mujeres, favorable a los
primeros en ambos indicadores, desaparece o se vuelve favorable a la mujer en el total de la
población en ese tramo de edad y en todos los cuartiles de ingreso, salvo el más alto.

19

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Cuadro 3

CHILE: TASAS DE ASISTENCIA Y REZAGO ESCOLAR DE LA POBLACIÓN
DE 15 A 19 AÑOS DE EDAD, SEGÚN SEXO Y CUARTILES
DE INGRESO DEL HOGAR, 1987 Y 1996
(Zonas urbanas)

Total

Cuartil I

Cuartil II

Cuartil III

Cuartil IV

ASISTENCIA
Hombres
1987
1996

74
76

69
69

73
73

76
79

87
89

72
77

66
70

71
73

77
83

85
88

Hombres
1987
1996

33
32

45
45

35
35

27
29

18
13

Mujeres
1987
1996

29
25

41
35

28
28

23
18

18
16

Mujeres
1987
1996
REZAGO

Fuente: CEPAL, tabulación especial de las Encuestas de Caracterización Socioeconómica Nacional de 1987 y 1996.

El incremento de las oportunidades educacionales y su aprovechamiento por las mujeres
latinoamericanas han influido en la tasa de participación femenina según nivel de educación. En el
gráfico 4 se comprueba este hecho en tres países, Brasil, Colombia y Costa Rica, seleccionados por
ejemplificar trayectorias diversas del desarrollo educativo en términos temporales y del grado de
avance alcanzado. Cabe resaltar lo siguiente:
-

en los tres niveles de instrucción, el mayor capital educativo de la generación de 25-44
años se correlaciona con tasas de participación más elevadas que las correspondientes a
la generación de 45-59 años; y,

-

20

en los tramos de edad 25-44 y 45-59 años, la participación laboral aumenta en función
del nivel educativo;

en un mismo nivel educativo, la tasa de participación aumenta en cada país durante el
período considerado, lo que denota una tendencia a que el mayor número de años de
educación y la entrada más temprana al mercado de trabajo se correlacionen con una
mayor continuidad o esperanza de vida laboral.

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Gráfico 4

BRASIL, COLOMBIA Y COSTA RICA: TASAS DE PARTICIPACIÓN LABORAL FEMENINA
SEGÚN NIVELES EDUCACIONALES
(Zonas urbanas)

I. Tramo de 25-44 años
COLOMBIA - ZONA URBANA
Mujeres de 25 a 44

BRASIL - ZONA URBANA
Mujeres de 25 a 44
90
80

60
50

60
50
40

40
30
20
10
0

40
30
20
10

Basica

70

70
60
50

70

0

COSTA RICA - ZONA URBANA
Mujeres de 45 a 59

90
80

30
20
10

90
94

50.1

Basica

46.7

55.4

57.9

56.0

62.0

76.5

82.0

0

97

97

46.1

94

Media

62.3

64.7

Media

Superior

80.3

84.5

Superior

88

94

97

Basica

24.5

28.6

31.0

64.2

Media

41.4

39.8

40.3

82.0

Superior

45.6

58.4

62.8

II. Tramo de 45-59 años
COSTA RICA - ZONA URBANA.
Mujeres de 45 a 59

COLOMBIA - ZONA URBANA.
Mujeres de 45 a 59

BRASIL - ZONA URBANA
Mujeres de 45 a 59
80

60

60

60

70

70

80

50

50

40

40

40
30

30

20

20

20

10

10

0

90

Basica

35.7

41.4

Media

48.2

Superior

70.4

0

96

0

90

94

97

88

94

97

Basica

30.2

37.6

40.2

Basica

24.5

28.6

31.0

52.7

Media

37.7

46.0

43.5

Media

41.4

39.8

40.3

66.6

Superior

66.6

75.2

74.8

Superior

45.6

58.4

62.8

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestras de hogares de los respectivos países.

En el gráfico 3.A del anexo se amplía la información del gráfico 4, ya que se incluyen allí los
nueve países analizados en este trabajo, lo que permite visualizar mejor el carácter general de las
tendencias y las relaciones entre educación y participación laboral femenina.
El efecto combinado del aumento de la educación y, correlativamente, de la tasa de
participación laboral femenina, trae aparejado un cambio en el perfil educativo de la población
ocupada femenina por tramos de edad. El nivel de instrucción de las mujeres ocupadas de 25-44
años es muy superior al de las de 45-59 años en todos los países analizados (véase el gráfico 5). Por
representar la evolución durante las ultimas décadas, el importante esfuerzo de países como Costa
Rica y Venezuela, que partieron muy rezagados en los años sesenta, se refleja en diferenciales más
acentuados que entre el resto; en cambio en otros que tardaron más en abordar la tarea, como
Bolivia, esos diferenciales son notoriamente menores. En este resultado influye la participación
diferencial por tramos de edad, pero cuando se neutraliza parcialmente el efecto de ésta, es posible
comprobar el nítido impacto del desarrollo y la acumulación de capital educativo. Así, en el caso de
Argentina, el único país entre los analizados que muestra una participación laboral pareja por
tramos de edad y niveles de educación, la diferencia del perfil educativo entre los dos grupos de
edad es notable; por ejemplo, en el grupo de 25-44 años, 40.6% de las trabajadoras ocupadas tienen
educación superior, en tanto que en el de 45-59 años sólo 15.8% alcanza ese nivel educativo
(véanse los gráficos 4 y 5).

21

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Gráfico 5

AMÉRICA LATINA (NUEVE PAÍSES): PERFIL EDUCATIVO DEL EMPLEO FEMENINO
EN LOS TRAMOS DE EDAD DE 24-44 Y 45-59 AÑOS
B O L IV IA : Zona Urba na . 1997

MEXICO: Zona Urbana. 1996
CHILE: Zona Urbana. 1998

10
0%
9%
0

100%

1%
0
0

8%
0

90%

9
0
%

7%
0

8
0
%

80%

7
0
%

70%

6%
0
5%
0

6
0
%

4%
0
3%
0

4
0
%

2%
0

60%

5
0
%

3
0
%

50%
40%

2
0
%

1%
0

30%

1
0
%
0
%
(2 -4 )
5 4

(4 -5 )
5 9

20%

0
%
19(54
97 - )
24

S pe i r
u r
o

2 .0
3

19(59
97 - )
45

2.
1
6

1.
1
1

10%

1 .0
9

Me i
d
a

3 .4
1

2 .0
1

Spr
uer
o
i

Bas a
c
i

4 .5
5

8 .0
0

Mi
ea
d

4.
1
3

2.
4
3

Ba
a
c
i
s

3.
7
1

6.
4
6

0%
(25-44)

(45-59)

Superior

37.7

26.0

Media

44.2

34.6

Basica

18.1

39.4

URUGUAY: Zona Urbana. 1997
COSTA RICA: Zona Urbana. 1997
COLOMBIA: Zona Urbana. 1997

100%

100%

90%

90%

100%

80%

90%

70%

80%

80%
70%
60%

70%

60%
50%

60%

50%
40%

50%

40%
30%

40%

30%
20%

30%

20%
10%

20%

10%
0%

10%

(25-44)

(45-59)

Superior

25.0

15.7

(25-44)

(45-59)

Media

43.7

57.5

Superior

35.5

9.9

Basica

31.3

26.8

Media

32.9

68.7

Basica

31.4

21.3

0%

0%
(25-44)
Superior

(45-59)

31.3

14.0

Media

40.8

61.4

Basica

27.9

24.6

BRASIL: Zona Urbana. 1996

VENEZUELA: Zona Urbana. 1997

ARGENTINA: Zona Urbana. 1997

100%

100%

90%

90%

80%

80%

70%

70%

60%

60%

50%

50%

40%

40%

30%

30%

30%

20%

20%

20%

10%

10%

0%

0%

100%
90%
80%
70%
60%
50%
40%

10%
0%

1997 (25-44)

1997 (45-59)

(25-44)

(45-59)

1997 (25-44)

1997 (45-59)

Superior

40.6

15.8

Superior

28.0

10.7

Superior

17

5.6

Media

31.2

80.7

Media

37.6

64.2

Media

28.2

66.8

Basica

28.2

23.5

Basica

34.4

25.1

Basica

54.7

27.6

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los respectivos países.

La contribución de la educación al incremento de la tasa diferencial de participación laboral
femenina por niveles alcanzados puede apreciarse más claramente al comparar su evolución con la
masculina en períodos recientes. En el gráfico 6 se ilustran los casos de Chile (1987 y 1998),
México (1984-1996) y Venezuela (1990-1997). En ellos, así como de modo más general en el
gráfico 4.A que incluye los otros seis países seleccionados en este trabajo, es posible observar lo
siguiente:
-

-

la participación de hombres y mujeres con educación técnica y superior muestra una
caída en el tramo de 20-24 años y un ascenso entre los que han alcanzado el nivel
medio, en función del aumento del número de años de estudio cumplidos y de la
mayor proporción de alumnos que completa la instrucción secundaria; y,

-

22

las tasas globales de participación masculina por niveles educativos mantienen
prácticamente sus diferencias, mientras que las femeninas presentan una brecha que se
amplía a medida que aumenta el nivel educativo;

mientras la esperanza de vida laboral de los hombres no exhibe mayores variaciones,
la de las mujeres tiene un incremento en todos los niveles educativos, lo que hace que
la caída al terminar el ciclo reproductivo desaparezca (nivel técnico y superior) o sea
menos pronunciada.

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Gráfico 6

CHILE, MÉXICO Y VENEZUELA: EVOLUCIÓN DIFERENCIAL DE
LA PARTICIPACIÓN LABORAL SEGÚN SEXO Y NIVELES EDUCATIVOS,
TRAMO DE EDAD DE 20 AÑOS Y MÁS

CHILE: % DE HOMBRE OCUPADOS POR NIVEL EDUCATIVO. 1987
ZONA URBANA

CHILE: % DE HOMBRES OCUPADOS POR NIVEL EDUCATIVO.
1998
ZONA URBANA

120

120
100

100

80

80

60

60

40

40
20

20
0

20-24

25-44

45-59

60 y ++

%Basica

72.2

84.9

73.5

24.9

%Media

63

87.7

73.1

29.8

38.7

87.5

87.6

45.6

0

20-24

25-44

45-59

60 y ++

69.1

81.8

80.2

34.5

%Media

67.9

89.7

87.3

40.7

%Tec-Sup

%Tec-Sup

%Basica

35.0

87.1

92.3

56.3

CHILE: % DE MUJERES OCUPADOS POR NIVEL EDUCATIVO.
1987
ZONA URBANA

CHILE: % DE M UJERES OCUPADAS POR NIVEL EDUCATIVO.
1998
ZONA URBANA

120
120

100
100

80

80

60

60

40

40
20

20
0

20-24

25-44

45-59

60 y ++

20-24

25-44

45-59

60 y ++

%Basica

32.7

38.1

34.4

10.2

%Basica

35.1

31.2

24.6

5.9

%Media

41.6

46.6

42.8

13.4

%Media

33.5

36.6

28.6

8.6

%Tec-Sup

32.4

66.9

70.3

24.8

%Tec-Sup

38.0

65.4

58.9

7.3

0

MEXICO: % DE HOMRES OCUPADOS POR NIVEL EDUCATIVO.
1984
ZONA URBANA

120

MEXICO: % DE HOMBRES OCUPADOS POR NIVEL
EDUCATIVO. 1996
ZONA URBANA

120

100

100

80

80

60

60

40

40

20

20

0

0
20-24

25-44

45-59

60 y ++

20-24

25-44

45-59

60 y ++

79.3

%Basica

93.5

84.5

54.5

%Basica

82.0

94.6

85.0

47.3

75.7

96.1

89.1

55.8

36.9

92.9

91.7

59.0

%Media

65.6

93.9

96.5

28.5

%Media

%Tec-Sup

35.4

84.6

87.7

65.8

%Tec-Sup

MEXICO: % DE MUJERES OCUPADAS POR NIVEL
EDUCATIVO. 1984
ZONA URBANA

120

MEXICO: % DE MUJERES OCUPADAS POR NIVEL
EDUCATIVO. 1996
ZONA URBANA

120

100

100

80

80

60

60

40

40

20

20

0

0

20-24

25-44

45-59

60 y ++

20-24

25-44

45-59

60 y ++

%Basica

24

31.1

25.7

15.3

%Basica

35.1

41.9

33.5

14.8

%Media

44.5

55.0

43.1

13.1

%Media

45.5

50.2

47.7

9.5

%Tec-Sup

31.8

60.0

37.1

17.1

%Tec-Sup

36.9

71.7

66.6

26.2

23

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Gráfico 6 (concl.)

VENEZUELA: % DE HOMBRES OCUPADAS POR NIVEL
EDUCATIVO. 1990
ZONA URBANA

120

VENEZUELA: % DE HOMBRES OCUPADAS POR NIVEL
EDUCATIVO. 1997
ZONA URBANA

120

100

100

80

80

60

60

40

40

20

20

0
%Basica

0
20-24

25-44

45-59

60 y ++

20-24

25-44

45-59

60 y ++

74.1

83.6

82.2

54.8

%Basica

83.4

89.0

86.6

50.8

73.4

91.0

88.1

55.3

47.4

89.7

88.7

49.5

%Media

64.1

85.9

85.5

56.6

%Media

%Tec-Sup

32.1

81.4

88.9

53.4

%Tec-Sup

VENEZUELA: % DE MUJERES OCUPADAS POR NIVEL
EDUCATIVO. 1990
ZONA URBANA

120

VENEZUELA: % DE MUJERES OCUPADAS POR NIVEL
EDUCATIVO. 1997
ZONA URBANA

120

100

100

80

80

60

60

40

40

20

20

0

0
20-24

25-44

45-59

60 y ++

20-24

25-44

45-59

60 y ++

35.5

40.5

39.1

13.9

%Basica

23.9

33.6

28.5

11.0

%Basica

%Media

34.3

55.1

41.8

10.6

%Media

41.6

58.9

54.2

18.0

%Tec-Sup

37.2

74.9

76.7

48.8

%Tec-Sup

24.0

64.2

67.2

31.7

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los respectivos países.

Esta influencia favorable del esfuerzo educativo sobre la participación laboral femenina, que
se traduce, en particular, en una menor participación en las edades más tempranas y en un
incremento de la esperanza de vida laboral con posterioridad al ciclo reproductivo, ha contribuido a
configurar los modelos de máxima participación femenina después de la edad de matrimonio, y de
retardo o moderación de la caída de las tasas tras la terminación del ciclo reproductivo. Claramente,
el papel más dinámico en estos cambios corresponde a las mujeres con educación superior y
técnica, cuyas curvas prácticamente reproducen el modelo de máxima participación laboral con
caída retardada de ésta una vez concluido el ciclo reproductivo. Esto confirma, igualmente, la
conocida incidencia del acceso diferencial a la educación entre mujeres de hogares pobres y no
pobres, que al favorecer a las segundas contribuye a la transmisión intergeneracional de la pobreza
y al mantenimiento o ampliación de la brecha entre personas nacidas y criadas en uno u otro tipo de
hogar, independientemente de su sexo.
Los estudios en países desarrollados y latinoamericanos sobre la relación entre educación,
logros ocupacionales e ingreso de las personas y de los hogares muestran que el capital educativo
es el factor más determinante del éxito ocupacional y el nivel de ingreso laboral alcanzados. El
análisis que sigue indicaría que en los países de la región puede estarse invirtiendo la asociación
entre la condición de mujer y un nivel educativo inferior al del hombre, como generalmente ha
ocurrido en los países desarrollados (Roos, 1985, pp. 117-118). Esto resalta la importancia de
considerar los factores que están incidiendo, favorable o desfavorablemente, en la participación
diferencial de las mujeres en el trabajo según niveles educativos, con particular énfasis en aquellos
vinculados al hogar y a la remuneración del trabajo femenino.
24

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

4.

N° 28

El ingreso y la composición de los hogares

Los investigadores concuerdan en que la caída de los salarios reales durante la crisis de la
deuda influyó decisivamente en el incremento de la participación laboral global y, en particular, de
la femenina. El hecho sorprendente es que este comportamiento femenino también pudo observarse
y adquirió gran dinamismo en países no afectados por dicha crisis en los años ochenta, como
Colombia, donde la tasa de participación laboral de la mujer es una de las más altas de la región.
Además, durante esta década la incorporación femenina ha continuado a ritmos similares o
superiores en países en los que la crisis de la deuda se superó y exhiben ahora un crecimiento
sostenido del PIB y del empleo, a veces a tasas más altas que las registradas en otras décadas
posteriores a crisis (Bolivia, Chile, Costa Rica, México), y también en aquellos con una trayectoria
del PIB fluctuante y tasas de desempleo en ascenso o que enfrentan limitaciones para crear empleos
de calidad similar a los preexistentes (Argentina, Brasil, Venezuela). Esto no significa que el
ingreso total y laboral de los hogares no haya influido en la evolución de la participación laboral
femenina, sino que ha actuado como factor de presión en pro de la incorporación de la mujer al
mercado de trabajo en algunos casos y, en otros, como factor de atracción, en un contexto de rápida
caída de la fecundidad y de mejoramiento del nivel educativo.
De igual manera, las persistentes diferencias en favor de los hombres con respecto a ingresos
laborales por igual trabajo y a tasas de desempleo, han sido señaladas como elementos que
contribuyen a desacelerar las tendencias al crecimiento y la continuidad o esperanza de vida laboral
de la participación femenina en el trabajo. En particular, las diferencias en cuanto a ingreso afectan
a las categorías más educadas de la población femenina, es decir, a aquellas con 12 o más años
instrucción; las tasas diferenciales de desempleo, por su parte, son más altas entre las mujeres con
niveles de instrucción bajos (0-6 años) e intermedios (7-11).
Las diferencias salariales entre hombres y mujeres varían, además, según los grupos etarios,
ya que aumentan a medida que la edad avanza. Tal estructura es un factor adicional que inhibe la
plena realización de la participación laboral femenina potencial y, sobre todo, el logro de la
continuidad laboral durante el período normal de trabajo (20 a 60 años de edad) (véase el
cuadro 4). Las actuales diferencias salariales por género presionarían para que en los países
latinoamericanos, salvo en Bolivia, se mantuviera un modelo de participación laboral femenina de
máxima temprana y caída continua y progresiva a partir de la edad de matrimonio, como se observa
en el caso de las mujeres con niveles educativos bajo e intermedio (véase el gráfico 6).
En términos diferenciales intra género, en diversos trabajos a nivel tanto nacional como de la
región, se ha mostrado que la proporción de mujeres que trabajan varía según el ingreso de los
hogares: es menor en los hogares indigentes que en los pobres y, en éstos, menor que en los hogares
no pobres. La influencia de los niveles de ingreso de los hogares en la participación laboral
femenina se da en el marco de un complejo proceso de cambios de la fecundidad y la natalidad, así
como de la educación de la mujer, y se ejerce directamente, a través de las tres variables y también
de la influencia entre ellas.
ESQUEMA 1

Educación -------------Ingreso----------------Participación laboral femenina
Fecundidad 
Natalidad

25

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Cuadro 4

AMÉRICA LATINA (16 PAÍSES): DIFERENCIAS SALARIALES SEGÚN SEXO
Y TRAMOS DE EDAD
País

Año

Disparidad salarial por grupos de edad

a

15-24
Argentina (Gran Buenos Aires)
Bolivia
Brasil
Chile
Colombia
Costa Rica
Ecuador
El Salvador
Honduras
México
Nicaragua
Panamá
Paraguay
República Dominicana
Uruguay
b
Venezuela

1997
1997
1996
1996
1997
1997
1997
1997
1997
1996
1997
1997
1996
1997
1997
1997

25-34

35-44

45-54

55 y más

98
65
80
93
92
102
94
100
86
90
74
81
76
97
79
92

92
74
72
82
85
87
90
85
78
73
76
87
74
87
71
87

77
85
65
67
73
79
77
85
74
66
62
73
82
90
64
77

63
64
56
62
64
87
75
91
70
72
43
73
72
84
60
73

66
39
60
67
60
55
62
73
72
84
57
50
93
67
55
65

Fuente: CEPAL, sobre la base de tabulaciones especiales de las encuestas de hogares de los respectivos países.
a

Se refiere a la diferencia de ingreso entre los asalariados.

b

A partir de 1997, el diseño muestral de la encuesta no permite el desglosamiento urbano-rural. Por lo tanto, las
cifras corresponden al total nacional.

La CEPAL2 ha demostrado la incidencia de los cambios en materia de ingreso, educación,
fecundidad y composición familiar (número de hijos, por ejemplo) sobre la participación laboral
femenina en las dos últimas décadas para todos los países cuyas encuestas de hogares son
comparables a nivel urbano (total o áreas metropolitanas). Se ha confirmado así que el aumento de
dichas tasas continúa estando asociado a diferencias relativas al número de hijos menores de cinco
años por hogar, el nivel educativo, la posición en el hogar (jefas, cónyuges, hijas), que son tan
importantes como las vinculadas al nivel de ingreso del hogar. En especial, cabe destacar que el
número de hogares donde ambos cónyuges trabajan pasó de más de 20% a más de 30% durante el
período 1980-1992, y ha llegado incluso a superar el 40% en países como Colombia y Uruguay. El
incremento de la tasa de participación laboral de las cónyuges fue mayor que el de las mujeres de
25-34 años de edad, tramo en que esa evolución fue más dinámica, y que el de las hijas y las
mujeres jefas de hogar.
Como se puede apreciar en el gráfico 5, las mayores diferencias en cuanto a participación
laboral femenina según nivel educativo se observan en el tramo de 25-44 años de edad, o sea aquel
que normalmente comprende el cuasi decenio que ocupa en la actualidad el ciclo reproductivo. En
el caso de las mujeres cónyuges, en particular, la tasa más baja de participación laboral —la mitad
o menos de la global— corresponde a aquellas que tienen dos o más hijos menores de cinco años
de edad y menos de siete años de educación. Sin embargo, a medida que aumenta el nivel
2

26

En el anexo estadístico de CEPAL (1999a), se presentan estas diferencias de ingreso para 17 países de la región. Respecto de las
tasas diferenciales de desempleo según niveles educativo, véase, por ejemplo, Lavinas, Rubens do Amaral y Barros (1999), quienes
analizan el tema en Brasil desde febrero de 1983 hasta octubre de 1997, destacando las diferencias señaladas y, en particular, la
mayor vulnerabilidad de las mujeres con nivel intermedio de educación.

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

educacional de las cónyuges –el cual se correlaciona con ingresos más altos laborales y del hogar
de esas mujeres– la tasa de participación se duplica o triplica: quienes con más ingreso cuentan y
más pueden obtener en el mercado laboral, también tienen mayores posibilidades de encontrar
formulas de apoyo para el cuidado de los niños y las labores domésticas asociadas a un hogar
numeroso (CEPAL, 1995).
La superación de los obstáculos a la participación laboral externa varía según el tipo de
hogar: en los nucleares con jefatura masculina, el posible aportante adicional generalmente es la
cónyuge; en cambio en los extensos, el segundo aportante puede ser la cónyuge, un hijo o hija u
otro pariente que trabaje afuera o colabore con el cuidado de los menores, facilitando así el trabajo
externo de la madre. En estudios nacionales al respecto se muestra que la proporción de hogares
extensos con más de dos perceptores de ingreso supera significativamente la de los nucleares en
igual situación (véase el cuadro 5).
Cuadro 5

MÉXICO: HOGARES CON JEFATURA MASCULINA
QUE CUENTAN CON DOS O MÁS PERCEPTORES DE INGRESOS,
POR TIPOS DE HOGAR, 1984-1996
Total

Hogares nucleares

Hogares extensos

1984

1996

1984

1996

1984

1996

40.1

52.7

33.1

45.6

65.9

79.1

Fuente: Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), Encuesta
nacional de ingresos y gastos de los hogares, 1984 y 1996.

5.

Sistemas de apoyo a la participación laboral femenina

Las experiencias de los países ya industrializados muestran que los niveles de participación
laboral de las mujeres (véase el gráfico 1) están vinculados al tipo de sistema de apoyo con que
éstas cuentan en los diferentes países; se distinguen así tres tipos de sistemas:3
-

-

El corporativo, esquema en que el cuidado de los niños esta orientado a maximizar su
educación; en este caso, el acceso varía de universal a mayoritario y el servicio es
provisto preferentemente por la familia y otras organizaciones de la sociedad civil,
correspondiendo al Estado sólo un papel subsidiario. En Francia, donde la cobertura
preescolar es casi universal y existen subsidios para permitir que los padres se ocupen
del cuidado de sus niños de 0-3 años de edad, la participación laboral femenina es alta;
en Alemania, en cambio, ésta registra tasas bajas, lo que concuerda con una cobertura
preescolar más reducida y la preferencia por medidas que favorezcan la permanencia
de las madres con hijos pequeños fuera del mercado de trabajo.

-

3

El social-demócrata, en el que uno de los objetivos centrales del cuidado de los niños
de 0-5 años de edad es facilitar la participación laboral de los padres, especialmente el
de la madre; el acceso a este servicio, provisto principal o exclusivamente por el
Estado, es universal. Los países en que se utiliza este modelo, en particular los
escandinavos (Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia) exhiben las tasas más altas de
participación laboral femenina (60% y más) en el mundo desarrollado.

El de máxima responsabilidad privada, en el cual es la familia la que decide el objetivo
principal del cuidado de los niños y escoge la organización encargada de proveer este
servicio a través de los mecanismos de mercado; el acceso a este esquema es

Adaptado de Pimenta de Faria (1998), pp. 283-335.

27

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

determinado por el ingreso del hogar y los valores culturales de los padres. El país más
representativo de este tipo de sistema de apoyo es Estados Unidos, donde la cobertura
preescolar y la modalidad varían (en la casa o fuera de ella, a cargo de familiares o
terceros, entre otros aspectos) en función del nivel de ingreso y el origen anglosajón,
latino o afroamericano de la madre; la participación femenina es media (40%-45%) y
uniforme en los diferentes grupos de edad.
En los países latinoamericanos, el tipo de sistema de apoyo a la participación laboral
femenina, que era de máxima responsabilidad privada, inició en los años ochenta una transición
hacia un esquema corporativo. El factor de cambio fue la introducción de los programas de
educación preescolar, en cumplimiento de los compromisos adquiridos por los gobiernos en el
marco del Año Internacional del Niño (1979); aunque esto tuvo lugar justo durante el período de la
crisis de la deuda, hizo que el número de beneficiarios, que en 1970 bordeaba los 2 millones, con
una cobertura inferior a 5% de la población de 3-5 años de edad, alcanzara en 1990 a cerca de
10 millones, con una cobertura de 20% (CEPAL, 1995, p. 75). Sin embargo, debido a sus
características, estos programas no han tenido un impacto positivo considerable en la participación
laboral femenina. En efecto, a mediados de los años noventa Myers (1995) observó lo siguiente:
-

la cobertura de la educación preescolar difiere marcadamente entre países, sin una
relación directa con los respectivos niveles de ingreso per cápita; en Jamaica, por
ejemplo, donde el ingreso anual por habitante en 1992 era de 1 390 dólares, se impartía
educación preescolar a 83% de los niños de 3-5 años de edad, mientras que en
Argentina, con 6 050 dólares per cápita, la cobertura alcanzaba sólo a 68% de los niños
de 4-5 años de edad;

-

la cobertura preescolar está concentrada en las edades correspondientes al año previo al
ingreso a la escuela primaria, lo cual significa que su nivel cae en los años
inmediatamente anteriores. En Costa Rica, por ejemplo, en 1990 la cobertura era de
62% entre los niños de 6-7 años de edad y sólo de 14% en el caso de los de 3-5 años.

-

la importancia de la responsabilidad pública o privada varía considerablemente, como
lo demuestra el hecho de que la asistencia a instituciones privadas es de 11% en los
países del Golfo de México y de 80% en los del Caribe angloparlante.

-

existe un marcado sesgo desfavorable a los niños de hogares de bajos ingresos; por
ejemplo en Uruguay, en 1993, la cobertura era de 36% entre los pertenecientes a
hogares en el quintil de ingreso más bajo y de 90% en el más alto.

En los países latinoamericanos, al igual que en Estados Unidos, una proporción mayoritaria
de los niños cuya madre trabaja son atendidos, dentro o fuera del hogar, por familiares o terceras
personas no vinculadas a instituciones especializadas en ese servicio. En América Latina, en los
grupos de bajos ingresos, esa persona generalmente es un familiar; en los grupos de ingresos
medios y altos, una empleada doméstica. En Estados Unidos, según información que la Oficina del
Censo publicó por última vez en 1997, centros especializados en ese servicio atendían a 17% de los
hijos menores de cinco años de madres ejecutivas o profesionales y a 7% de los de trabajadoras
calificadas y no calificadas, mientras que la proporción de los atendidos por no familiares dentro o
fuera de su hogar era de 50% entre los primeros y sólo de 27% entre los segundos (Lamphere y
otros, 1993).
En los hogares latinoamericanos, el cuidado de los niños de madres que trabajan estaría
estrechamente vinculado a la dotación de empleadas domésticas y al predominio de un patrón de
residencia del tipo de familia extendida, o con familiares que viven en las cercanías del hogar. Sin
embargo, cuando más aumentó la proporción de madres trabajadoras con hijos menores de cinco
años de edad fue en el período 1980-2000, que coincide con el descenso de la participación de las
28

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

empleadas domésticas en el total de la fuerza de trabajo femenina y el incremento de los hogares
nucleares. En efecto, entre esos años, las empleadas domésticas disminuyeron, en términos
relativos, en 8 de los 10 países con información comparable y en 10 de 15 durante la década de
1990 (CEPAL, 1999a, p. 257). A su vez, en 16 de los países más de 60% de los hogares urbanos
corresponde a familias nucleares (Arriagada, 1997).

6.

Concentración ocupacional del empleo femenino

En los países latinoamericanos, al igual que en los desarrollados, el empleo femenino tiende
a concentrarse en ocupaciones administrativas prestigiosas, públicas y privadas (secretarias,
recepcionistas), y en otras de bajo prestigio en el comercio (promotoras, vendedoras ambulantes), y
en servicios personales (empleadas domésticas, camareras de hoteles y restaurantes), ámbitos en los
que las mujeres están representadas en exceso; su sobrerrepresentación es menor en puestos
profesionales y técnicos de bajo prestigio relativo (profesoras primarias, enfermeras). En las
últimas décadas, en América Latina el empleo femenino se ha concentrado en dos categorías
ocupacionales en las que las mujeres están subrepresentadas en los países desarrollados: las obreras
de las empresas maquiladoras y de las agroindustria y agricultura modernas, actividades que en
algunos países han tenido un desarrollo explosivo asociado al auge exportador de las dos últimas
décadas. Estas nuevas oportunidades de empleo han representado un avance para quienes antes
trabajaban como familiares no remunerados, ocupación abundante en la agricultura y el pequeño
comercio, o como empleadas domésticas; por otra parte, estos empleos han contribuido a mantener
bajas, e incluso a reducir, las diferencias salariales entre hombres y mujeres por ser de tan escasa
renta para ambos, especialmente si cuentan con seis años de instrucción o menos.
La concentración del empleo femenino en puestos profesionales y técnicos de baja renta y
prestigio relativos está estrechamente relacionada con el mejoramiento en las últimas décadas del
perfil educativo de la población de 25-59 años de edad y de la fuerza de trabajo femenina.
Conjugada con la concentración de los hombres en empleos profesionales de alta renta y prestigio
contribuye, a su vez, a mantener las amplias diferencias entre los ingresos laborales de hombres y
mujeres, más desfavorables a estas últimas entre los ocupados con 12 o más años de estudio que
entre los que cuentan con menos instrucción. Estas diferencias salariales en ocupaciones con
similares exigencias de años de estudio son un factor de descontento y dan lugar a acciones
reivindicatorias por parte de las mujeres; simultáneamente, desestimulan la continuidad
ocupacional e incluso la entrada al mercado de trabajo, por ejemplo, en el caso de las enfermeras.
Los especialistas suelen tener una visión generalizada en la que el empleo femenino aparece
asociado a ocupaciones informales —definidas según los criterios de baja productividad o de
exclusión de la legalidad y estabilidad contractual, así como de los beneficios de la seguridad social
(salud y pensiones, por ejemplo)—, y al trabajo por cuenta propia o en empresas pequeñas (menos
de cinco empleados). Un rasgo en común de estas ocupaciones sería que para entrar a ellas las
barreras son menores, en particular las que, en iguales ocupaciones, determinan que el costo laboral
fijo sea superior en el caso de la mujer (pago de licencia por maternidad, por ejemplo); también
permiten una mayor flexibilidad horaria, lo que facilita a las mujeres el cumplimiento de su doble
jornada, doméstica y de trabajo remunerado. Se configura así un proceso de integración laboral en
el que la presión de la insuficiencia de ingresos del hogar es decisiva.
Frente a la imprecisión de las mediciones de la informalidad,4 la diferenciación ocupacional
según el tamaño de la empresa es un criterio más confiable para analizar la inserción laboral
de hombres y mujeres. A este respecto, la información comparable de que se dispone (véase
4

La OIT ha comenzado a impulsar la realización de estudios sobre calidad del empleo en los países latinoamericanos, lo que representa un
avance importante con respecto a los dedicados a la informalidad laboral. Uno de estos trabajos, el correspondiente a Colombia, se
destaca por la amplitud de su cobertura y la incorporación de la dimensión de género. Véase Gómez Mora (1999), cap. V.

29

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

el cuadro 6), indicaría que los seis países considerados presentan realidades diversas. Mientras en
Chile la proporción de mujeres en pequeñas empresas supera la de hombres en 17%, en Costa Rica
y Argentina esa diferencia oscila entre 5% y 7%, y en Bolivia, México y Uruguay apenas bordea
un 1%.
Cuadro 6

AMÉRICA LATINA (SEIS PAÍSES): PERSONAS OCUPADAS
SEGÚN GÉNERO Y TAMAÑO DE EMPRESA
(En porcentajes)

Hombres

Mujeres

Pequeña

Bolivia
Chile
Costa Rica
México
Uruguay
Argentina

1997
1998
1997
1996
1997
1997

MedianaGrande

Total

Pequeña

MedianaGrande

Total

37.2
23.7
26.7
34.2
13.1
28.3

62.8
76.3
73.3
65.8
86.9
71.7

100
100
100
100
100
100

38.3
41.2
33.7
35.9
11.8
33.9

61.7
58.8
66.3
64.1
88.2
66.1

100
100
100
100
100
100

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los respectivos países.

Sin embargo, esta mayor concentración del empleo femenino en pequeñas empresas no es
uniforme en todos los tramos de edad. Así en Chile, donde esta concentración es mayor, se reduce
al considerar sólo a los trabajadores en el tramo principal de la vida ocupacional (25-59 años de
edad), y durante la década de 1990 evoluciona hacia una distribución similar y una composición
más favorable a la mujer en términos de género (véase el cuadro 7).
Cuadro 7

CHILE: PERSONAS OCUPADAS SEGÚN GÉNERO Y TAMAÑO DE LA EMPRESA
Tamaño de empresa
1990

Distribución
Hombres

1 a 5 personas ocupadas
6 a 9 personas ocupadas
10 a 49 personas ocupadas
50 y más personas ocupadas
Total
1996
1 a 5 personas ocupadas
6 a 9 personas ocupadas
10 a 49 personas ocupadas
50 y más personas ocupadas
Total

Mujeres

Composición
Hombres

Mujeres

Total

14.7
9.1
28.5
47.7
100.0

22.1
9.2
30.8
37.9
100.0

57.8
66.9
65.6
67.3

42.2
33.1
34.4
32.7

100.0
100.0
100.0
100.0

15.2
13.7
33.3
37.9
100.0

15.2
13.1
37.8
33.9
100.0

67.3
68.4
64.5
67.4

32.7
31.6
35.5
32.6

100.0
100.0
100.0
100.0

Fuente: CEPAL, sobre la base de las Encuestas de Caracterización Socioeconómica Nacional de 1990 y 1996.

30

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

D.

N° 28

Conclusiones del análisis

El análisis comparativo de la participación laboral femenina en los países desarrollados y los
latinoamericanos permite extraer algunas conclusiones amplias, de utilidad para las políticas
laborales en general, y para aquellas orientadas a la mujer, en particular. A continuación se
presentan las principales consideraciones:
i)

En los países latinoamericanos, en contraste con los desarrollados, los modelos de
participación laboral femenina alcanzan su máximo nivel entre la edad de matrimonio y el
fin del ciclo reproductivo, es decir, en el tramo de 25-44 años. Y en muchos países los
modelos de máxima participación a edad temprana y caída sostenida después del matrimonio
estarían transformándose rápidamente desde hace tres décadas, lo cual configura un contexto
poco favorable para conciliar, sin altos costos personales y familiares, las exigencias del
trabajo doméstico no remunerado con las del trabajo remunerado.

ii)

Los modelos de participación laboral femenina no constituyen etapas por las que los países
pasan en el curso de su proceso de desarrollo hasta llegar a un modelo final de participación
uniforme por tramos de edad; aunque así ocurrió en Estados Unidos, en países igualmente
desarrollados, como Holanda o Alemania, aún persiste un modelo similar al que Estados
Unidos presentaba inicialmente, con una máxima participación temprana y caída sostenida
pasada la edad de matrimonio. En particular, los modelos latinoamericanos pueden
evolucionar, como en Argentina, hacia un modelo de participación más uniforme por tramos
de edad, o como en Costa Rica, hacia un descenso de la tasa de participación en un segmento
del período reproductivo de la mujer, hasta configurar un modelo de participación temprana
alta, caída tras el matrimonio y posterior recuperación, aunque a niveles inferiores a los de la
edad prematrimonial.

iii)

Existe una estrecha relación entre el incremento de las tasas de participación laboral de la
mujer, los procesos demográficos, especialmente la reducción de las tasas de fecundidad y el
mejoramiento del perfil educativo de la población femenina, y la crisis y recuperación
económicas en las dos décadas finales del pasado siglo. Sin embargo, en los países
latinoamericanos los niveles alcanzados de participación laboral femenina presentan
importantes diferencias que no están necesariamente relacionadas con dichos procesos.
Bolivia ha mantenido las altas tasas que exhibía antes de iniciar la transición demográfica;
Brasil y Colombia registran valores que Argentina y Uruguay nunca alcanzaron, y Chile
mantiene niveles moderados, muy inferiores a los de Brasil y Colombia, habiendo pasado por
los tres procesos antes descritos entre 1975 y el 2000.

iv)

Los niveles de participación laboral femenina en los países latinoamericanos parecen haberse
aproximado a sus máximos previsibles, siendo más razonable esperar que en las dos
próximas décadas se reduzca el crecimiento de las tasas de participación y cambie la
composición de la fuerza de trabajo femenina por tramos de edad, niveles educativos y de
ingreso y grupos etno-culturales. Estas tendencias pueden proyectarse a partir del
comportamiento actual de los modelos de participación, determinado por la continuidad de
los procesos demográficos, educacionales y económicos, así como por la orientación de las
políticas laborales y sociales. En particular, es posible prever que los gobiernos que están
llevando a cabo programas para la superación de la pobreza incorporen o amplíen, en función
de ese objetivo, mecanismos institucionales (educación preescolar, salas-cuna y otros), para
apoyar la participación laboral de las mujeres casadas con hijos menores de 5 años de edad,
de hogares pobres y con niveles educativos bajos (hasta 6 años de instrucción) o medios (7 a
11 años).
31

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

v)

Como es sabido, el marcado dinamismo de la oferta de trabajo durante las dos últimas
décadas se ha asociado a las altas tasas de incremento de la fuerza de trabajo femenina (3%5%), como consecuencia del aumento de la participación laboral de la mujer, así como a la
incorporación de los jóvenes. La desaceleración del crecimiento de estas dos categorías de la
fuerza de trabajo determinará que en los próximos 20 años la oferta laboral registre tasas
medias anuales equivalentes a la mitad o menos de las actuales(1.5%-2%). En el caso de la
población de 15-24 años de edad, el crecimiento natural irá en descenso, con quinquenios de
decrecimiento en los países en que el proceso de transición demográfica ha sido más rápido y
tardío debido a la caída de la fecundidad en décadas anteriores (CEPAL/CELADE, 1998); a
la vez, como se ha observado durante la pasada década, continuarán disminuyendo la tasa de
participación laboral y el número de horas/días trabajados de los jóvenes de ese grupo etario.
En el caso de las mujeres, esto se producirá por la reducción de la tasa de crecimiento de la
fuerza de trabajo a medida que en los diferentes países se vayan alcanzando los niveles
máximos de participación laboral femenina.

vi)

La caída previsible de la oferta de trabajo, tanto general como femenina, al igual que la
continuación del mejoramiento del perfil educativo femenino, constituyen factores
favorables para hacer de la calidad de los puestos de trabajo y del empleo los objetivos
prioritarios de los dos próximos decenios. Según ha puesto de relieve la OIT, en muchos
países en que la generación de puestos de trabajo de calidad (medida a partir de su
productividad y de las condiciones asociadas a sus características técnicas, como riesgo de
accidentes, monotonía de las tareas y otras), ha sido muy satisfactoria, la calidad del empleo
generado (en términos de condiciones contractuales, como remuneración, cobertura de
seguridad social, temporalidad y estabilidad, entre otras), está entre las peores de América
Latina (Infante y Vega-Centeno, 1999, cap. I). Algunas áreas ocupacionales
predominantemente femeninas en las que la generación de puestos de trabajo ha sido muy
dinámica en las dos últimas décadas, como la maquila y la agricultura y agroindustria
modernas, muestran que existe un amplio margen para mejorar la calidad tanto de los puestos
mismos como del empleo correspondiente. Asimismo, el hecho de que se generen pocos
empleos asalariados a tiempo parcial y con jornadas flexibles, en los que se paguen salarios
iguales o superiores al mínimo, es un factor que afecta la calidad de los puestos de trabajo en
formas que frecuentemente no están asociadas a sus exigencias técnicas ni a su
productividad; esto obliga a las mujer a crear su propia fuente de trabajo para así lograr la
conciliación de las demandas excluyentes de “la doble jornada femenina”. Los dirigentes de
los trabajadores, los empresarios y las autoridades de gobierno deben superar sus prejuicios
actuales y entender que se necesita generar puestos de trabajo y empleo con esas
características para aumentar la participación de las mujeres, en particular las casadas con
hijos menores de 5 años de edad, y que esta tarea tiene que ser asumida como una
responsabilidad pública.

vii)

Existe una estrecha correlación entre el ingreso del hogar y el nivel educativo de la cónyuge,
ya que la instrucción aumenta el ingreso laboral de las que trabajan y la probabilidad de
trabajar de las que deseen hacerlo; por lo tanto, eliminar las diferencias salariales y de
duración de vida laboral entre hombres y mujeres no mejoraría la distribución del ingreso ni
el bienestar de la población (Paes de Barros, Henríquez y Domingues, 1997). Para alcanzar
esos objetivos es necesario que en la composición de la fuerza de trabajo femenina aumente
la proporción de mujeres con niveles de educación bajos y medios y de hogares pobres. Sería
prioritario dar continuidad a la vida laboral de las mujeres de esas categorías en las edades
posteriores al matrimonio y, especialmente, durante el período reproductivo, para así evitar
que su deserción laboral temprana conduzca a que una alta proporción de ellas no se
reincorpore al mercado de trabajo una vez completado ese período.

32

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

viii) Las mujeres en puestos que exigen 12 años y más de instrucción, trabajan largos horarios y
no pueden hacerlo a jornada parcial, porque perciben salarios relativamente bajos, tanto en
comparación con los hombres como con respecto a su productividad; además, deben costear
el apoyo laboral que requieren en su hogar para hacer más llevadera su doble jornada de
trabajo. Por el contrario, las mujeres con niveles educativos bajo y medio, que podrían
recibir salarios casi iguales a los de los hombres con esos mismos niveles, tienen una baja
participación laboral por su incapacidad para obtener, por la vía familiar, un apoyo parcial en
sus tareas domésticas, o bien porque su ingreso no compensaría el pago de ayuda externa.5
En ese contexto, el cambio en la composición de la fuerza de trabajo femenina ya aludido
dependería de una combinación que incluyera la mejoría de los niveles salariales, la
generación de más puestos de trabajo a tiempo parcial y con jornada flexible en ocupaciones
que exigen altos niveles educativos, y la generalización de mecanismos de apoyo a la
participación laboral femenina mediante un subsidio a los hogares de bajos ingresos.
En la segunda parte de este documento, el análisis de las experiencias nacionales durante el
período de las reformas estructurales, iniciado a fines de los años ochenta o comienzos de los
noventa, permitirá abordar estas conclusiones con mayor precisión y, sobre todo, identificar
cambios en las reglas del juego y prácticas virtuosas que representan avances en el mercado de
trabajo compatibles con modelos de participación laboral femenina socialmente eficaces para
impulsar la equidad y el crecimiento económico.

5

La experiencia de los países desarrollados al respecto es concluyente; allí se ha demostrado que la disminución del tiempo de trabajo
no remunerado, básicamente de la mujer, en el hogar, se traduce en otras actividades externas insumidoras de tiempo, como las
destinadas a procurar servicios de salud o a la recreación de los hijos. Véase Gershuny (1988), pp. 579-601.

33

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

II. R eformas estructurales y
modelos de participación laboral
femenina

A.

Una aproximación al análisis de las
reformas estructurales
1. Sobre el enfoque

Un análisis de las reformas estructurales realizadas en las dos
décadas finales del pasado siglo que busque establecer las relaciones
entre ese proceso y la evolución de los modelos de participación
laboral femenina, requiere un enfoque que no sólo se ajuste al tema,
sino que pueda incorporar el proceso de reforma en toda su
complejidad. El examen comparativo de los modelos de participación
presentado en la primera parte permite seleccionar algunas de sus
principales transformaciones, lo que hace más fácil acotar el tema sin
temor a caer en el reduccionismo. Esto posibilita la incorporación de
los factores de cambio en experiencias de reforma que difieren en
cuanto al momento de su inicio, su trayectoria y sus componentes —en
particular, si incluyen reformas laborales— y los procesos paralelos a
dichas experiencias, muy especialmente el de la evolución de la
condición femenina en las sociedades latinoamericanas.
Entre los procesos que acompañan a las reformas, el de los
cambios en la condición femenina en sus dimensiones cultural, legal,
económica y política comenzó con anterioridad a éstas; su influencia
35

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

se generalizó con la democratización de los regímenes políticos a partir de mediados de la década
de 1980, a menudo coetáneamente con las reformas. La lucha por la equidad de género al
reiniciarse los procesos electorales contribuyó a que los legisladores tomaran conciencia del peso
del voto femenino, así como del creciente control que en la sociedad civil tienen las organizaciones
de mujeres sobre las prácticas de las empresas, las instituciones de gobierno y los entes judiciales.
En consecuencia, hubo un incremento de la dictación de normas favorables a la equidad de género
así como de su traducción en prácticas generalizadas en la sociedad. El aumento de la participación
laboral femenina entre 1970 y el 2000 determinó que la relación mujer-trabajo se convirtiera en
uno de los campos de acción prioritarios de los movimientos y organizaciones en pro de la igualdad
de género; gracias a ello, en contextos que inicialmente fueron de crisis económica y luego de
estabilización y reactivación, la acción de estos movimientos y organizaciones ha hecho que
pierdan legitimidad y comiencen a retroceder, lenta pero progresivamente, las prácticas
discriminatorias contra la mujer en el mundo del trabajo.
Si el proceso de reforma es visto como un cambio e institucionalización de las reglas del
juego (normas y prácticas) que enmarcan, en este caso, el funcionamiento del mercado de trabajo y
el comportamiento laboral femenino en la sociedad, el objetivo del análisis serán los cambios en la
participación laboral femenina y de las reglas conexas. Se procurará, por ejemplo, determinar en
qué medida las normas legales y las prácticas de empresarios, trabajadores, autoridades y
funcionarios estatales en pro de la “libertad” de contratación de mano de obra y la reducción de las
diferencias entre los costos del trabajo masculino y femenino, han facilitado la materialización del
potencial de participación de la mujer gestado por los procesos demográficos, educacionales y
económicos de los últimos 30 años. Según el tiempo transcurrido desde su inicio, las experiencias
de reforma serán agrupadas en dos categorías: incipientes e institucionalizadas. Se entenderá por
incipientes aquellas en que las medidas adoptadas sean recientes o existan dudas sobre la
continuidad de las reformas en ámbitos complementarios de esas medidas. Las experiencias
institucionalizadas son aquellas en que su credibilidad y el persistente esfuerzo por mejorar su
cobertura y la eficiencia de su ejecución han conducido a su institucionalización o las han
traducido en prácticas congruentes con la normativa adoptada. No debe entenderse, sin embargo,
que la adopción e institucionalización de medidas asuma siempre la forma de dictación de normas
jurídicas, ya que a menudo las reglas son introducidas e institucionalizadas a través de prácticas
que el gobierno, los empresarios y los trabajadores acuerdan por consenso, o que se generalizan en
las relaciones laborales “por contagio”.
Los casos nacionales serán analizados comparativamente para establecer las diferencias,
primero, entre ambos tipos de experiencia, y luego entre países en que éstas han sido del mismo
tipo; posteriormente, se procurará identificar los factores asociados con esas diferencias. Esto hará
posible distinguir la relación entre las reformas y los cambios en la participación femenina, así
como los lineamientos de política favorables a una inserción laboral más apropiada para la mujer y
su familia, un uso socialmente más eficiente de esos recursos humanos y un mayor impacto
positivo en los esfuerzos por superar la pobreza y mejorar la distribución del ingreso.
Las experiencias de los cambios en las reglas del juego laboral en las últimas décadas alertan
contra los intentos de limitar estas reformas a la modificación de la legislación correspondiente.
Estos cambios pueden provenir también de otras fuentes importantes, como las siguientes:
-

36

Los programas de ajuste y las reformas estructurales que, al modificar el marco global
del funcionamiento de la economía, así como de sectores específicos, acompañaron y
continuaron los cambios. Así, por ejemplo, antes de que se adoptaran medidas para
reducir el costo del trabajo por la vía, entre otras, de rebajar las contribuciones a la
seguridad social (pensiones, salud), las drásticas, y a menudo recurrentes,
devaluaciones monetarias fueron acompañadas de caídas de los salarios reales, que

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

incentivaron la exportación sobre la base de un uso intensivo de mano de obra y, por
consiguiente, la expansión del empleo. De este modo, sin una declaración formal, fue
estableciéndose entre las partes, al menos entre gobierno y empresarios, la regla no
escrita de que para lograr un incremento sostenido de las exportaciones se promovería
el mantenimiento de salarios nacionales bajo el nivel de la competencia internacional.
Esta regla aparentemente neutra en términos de género tiene, sin embargo, una
incidencia mayor sobre las trabajadoras, por ser ellas las que masivamente encontraron
empleo en sectores exportadores con uso intensivo de mano de obra, como las
empresas maquiladoras, la agricultura y agroindustria de exportación y otras similares.
-

Las propuestas que los movimientos y organizaciones en favor de la igualdad de
género han logrado introducir en las legislaciones nacionales, así como las prácticas
que han promovido y generalizado en el mundo del trabajo. Un caso demostrativo del
carácter formal e informal de la generalización de estas propuestas es el de la
discriminación favorable a la mujer en los centros de trabajo: mientras en el medio
político hay un número creciente de países donde este principio ha sido introducido
formalmente como norma, en el ámbito del trabajo es más frecuente y numéricamente
importante el hecho de que las empresas empiezan a tratar de aumentar, por ejemplo,
la proporción de mujeres en puestos ejecutivos para mejorar el clima laboral y la
imagen corporativa ante el público.

-

En muchos países, se hayan o no realizado reformas jurídicas al régimen laboral, las
preferencias se han inclinado por modificar la interpretación de las normas, cambiar la
reglamentación que las rige o, simplemente, ampliar el uso de modalidades de
relaciones de trabajo ya normadas. Así, por ejemplo, el trabajo a comisión, modalidad
bajo la cual la remuneración y las contribuciones a la seguridad social de los
trabajadores dependen de las ventas, visitas o contactos realizados, tradicionalmente
poco regulado en las legislaciones laborales latinoamericanas, ha experimentado un
auge extraordinario tanto por el mayor incremento relativo del comercio y algunos
servicios en los que esta modalidad era la más frecuente, como por su extensión a
otras ramas de actividad (sistema financiero, turismo y otras). En esas áreas en las que
el trabajo a comisión ha tenido un mayor incremento, la fuerza de trabajo es
predominantemente femenina. Cabe mencionar, finalmente, el caso de medidas
adoptada en otros sectores o ámbitos de actividad, como la generalización del cuidado
institucional de los niños, ya que su vinculación con el trabajo de los padres y los
beneficios que aporta a trabajadores y empresarios ha hecho que sea incorporado y
regulado (pago, horarios) dentro de la relación laboral.

2.

El eje del cambio de las reglas laborales

Una noción tan amplia de los cambios de las reglas del juego en materia laboral como la
recién esbozada, en función de las fuentes de normas y prácticas, llevaría a caracterizarlos según el
contexto y el período en que ocurren. La flexibilización laboral, a la que los actores y analistas del
tema recurren en forma generalizada para caracterizar el conjunto de los cambios asociados a los
modelos económicos surgidos entre 1980 y el 2000, permitiría precisar, sino el contenido, al menos
el eje o hilo conductor de los cambios. Esto exige, sin embargo, identificar una noción común de
flexibilización en las diversas experiencias de cambio de la institucionalidad del mercado de
trabajo en los países latinoamericanos.
La flexibilización laboral puede ser entendida como el corolario, en el ámbito del trabajo, de
la eliminación del proteccionismo empresarial, característico del modelo de sustitución de
importaciones, al imponerse los modelos de mercado de inspiración neoliberal: si la empresa tiene
37

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

que competir sin la salvaguarda de la intervención estatal, es necesario que pueda ajustar sus costos
laborales en función de su rentabilidad, las remuneraciones de los trabajadores y los estímulos para
lograr la disciplina y la productividad laboral que exige la competitividad. El resultado para el
trabajador sería el apoyo a la movilidad ocupacional y geográfica, así como algún subsidio o seguro
de cesantía, para lograr continuidad y una carrera ocupacional en un contexto que da al empleador
libertad de contratación y despido. Finalmente, la negociación entre empresarios y trabajadores
debe ser descentralizada a nivel de unidades de gestión autónomas a fin de impedir que las
condiciones de empleo y las escalas de remuneraciones sean fijadas a nivel supra empresa.
La flexibilización laboral se relaciona con el número de trabajadores, la duración de los
contratos y de la jornada laboral (horas por día, días por semana, semanas continuas por mes), la
modalidad y el nivel de la remuneración fija y la variable (bonos por productividad, por ejemplo),
los beneficios adicionales (seguridad social y ocupacional, subsidio de transporte, otros) y la
modalidad de negociación colectiva. Es decir, este es el principio rector del conjunto de reglas de la
relación laboral.
Como se sabe, en el caso de América Latina la flexibilización laboral fue introducida
después de que, como consecuencia de la crisis de la deuda y los programas de ajuste estructural a
comienzos de los años noventa, el régimen laboral fuera desarticulado por la drástica caída de los
salarios reales y el desempleo masivo en gran parte de los países. Ese fue un escenario propicio
para que los trabajadores y el gobierno aceptaran la generalización de prácticas de flexibilización
laboral por parte de los empleadores, a cambio de la recuperación de los niveles de empleo y el
mantenimiento y gradual mejoría de los salarios reales. Esta situación fue particularmente severa,
por la magnitud de la crisis y del ajuste estructural, en algunos de los países pioneros en la
introducción de reformas, como Bolivia, Chile (en su segundo ciclo de ajuste), y México, donde la
flexibilización se asoció a las fórmulas para superar la crisis son éxito. Estas experiencias sirvieron
de referentes a otros países de la región que enfrentaron situaciones menos severas y más tardías.
La forma en que se instrumentó la flexibilización laboral como principio rector en cada país,
incluidos los pioneros, dependió de las condiciones nacionales y resultó muy diversa. Así, la
modalidad de negociación colectiva se mantuvo formalmente en México, donde la Confederación
de Trabajadores de México (CTM) fue una aliada del gobierno; en Chile, en el marco del régimen
autoritario, fue ajustada al canon neoliberal y reducida a la negociación por empresas en el sector
privado; en Bolivia se optó por convertirla en una negociación económica y política global entre la
Central Obrera Boliviana y el gobierno, sin participación del empresariado. En medio de esta
diversidad, pueden identificarse algunas constantes, tales como la dicotomía sector público-sector
privado: fijación centralizada de salarios y términos de contratación en el primero, y
flexibilización, generalización de contratos temporales y deterioro o transformación negativa de la
estructura de remuneraciones en el segundo.
Surgió así un nuevo régimen laboral, como resultado de una reforma de las normas y una
acción sistemática, sea por consenso de algunas de las partes o por la intervención decisiva de la
autoridad estatal; otras veces su origen fue una generalización de prácticas adoptadas por las partes
que, de hecho, redefinían el espíritu y la letra de la normativa legal preexistente, aunque hubiera
pocos cambios en la legislación laboral; en algunos casos se combinaron ambas fórmulas.
Básicamente, el nuevo régimen laboral tiene vigencia para la fuerza de trabajo asalariada, es decir,
dependiente de un empleador, e incide sólo indirectamente en el trabajo por cuenta propia. Al hacer
esta distinción analítica, sin embargo, hay que considerar los efectos de las políticas en algunas
dinámicas de los mercados laborales latinoamericanos. Así, por ejemplo, una proporción de
trabajadores, cuya magnitud no se conoce con precisión debido a las actuales limitaciones de las
encuestas de empleo y de la información administrativa de la seguridad social, transita entre la
fuerza de trabajo asalariada y no asalariada, no sólo durante su vida laboral, sino incluso durante
38

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

períodos anuales o mensuales; por lo tanto, la diferencia que hace la seguridad social entre ambas
categorías afecta a estos trabajadores. Del mismo modo, la relación de dependencia laboral, que
debería reflejarse en la condición salarial del trabajador, a menudo es asimilada al trabajo por
cuenta propia, lo que significa que el empleador puede ahorrarse las contribuciones a la seguridad
social y otros costos indirectos (seguridad ocupacional, por ejemplo), con la consiguiente
desprotección del trabajador.
No obstante, partiendo de la base de la información disponible, es necesario limitar el
análisis comparativo a la población asalariada y evaluar muy someramente el efecto indirecto
aludido mediante el cotejo del crecimiento relativo del trabajo asalariado con el del trabajo por
cuenta propia o autónomo: si el primero aumenta menos que el segundo, esto acusaría una
insuficiente creación de empleo por parte de las empresas, así como un traspaso a los trabajadores
de la responsabilidad de generarlo.

3.

Flexibilización laboral y trabajo femenino

La experiencia laboral de una proporción mayoritaria de los trabajadores asalariados de
algunos países latinoamericanos con anterioridad a la crisis de la deuda de los años ochenta puede
asimilarse a un grado de desprotección o informalidad laboral equivalente a estar sometidos a un
régimen de flexibilización. Esto significa que la flexibilización “de hecho”, producto de la
desarticulación del régimen laboral ocurrida durante la crisis, no vino sino a ampliar esas prácticas
en el sector empresarial. En gran parte de la región, la entrada masiva de mujeres a la fuerza laboral
asalariada comenzó en ese contexto; según análisis de investigadores independientes y de la OIT,
las mujeres han ingresado al mercado de trabajo mayormente como asalariadas informales o en
ocupaciones por cuenta propia, debido a la insuficiente creación de puestos de trabajo por parte de
las empresas. La misma OIT señala que esa situación no habría cambiado durante el período de
reformas económicas, ya que las mujeres continuaron siendo las principales víctimas del trabajo
precario por ser la categoría de la fuerza laboral con mayores probabilidades de no tener contrato
de trabajo o de ser empleadas sólo en forma temporal o por subcontratistas de las empresas grandes
y medianas. Las reformas estructurales, lejos de resolver el problema de la precariedad del trabajo
femenino, no sólo lo habrían agravado, sino también inhibido la creación de suficientes empleos de
calidad accesibles a las mujeres, por lo que muchas de ellas debieron trabajar como empleadas
domesticas —ocupación de muy baja productividad— o por cuenta propia. Se configuró así un
claro proceso de exclusión social que, al afectar también a los hombres, perjudicó en mayor
proporción y más gravemente a las categorías más débiles de la fuerza de trabajo: las mujeres, los
jóvenes y los adultos mayores.
En este trabajo, las investigaciones pioneras de Norberto García6 sobre reformas
estructurales y mercado de trabajo realizadas a comienzos de la pasada década han inducido a optar
por distinguir entre las experiencias de reforma incipientes e institucionalizadas, para luego
preguntarse si existen entre ellas diferencias en cuanto a la calidad de los puestos de trabajo y del
empleo y, por consiguiente, en materia de participación laboral femenina. Si la respuesta fuera
positiva, se procuraría identificar los factores que pudieran explicar esas diferencias y extraer
lecciones de política que permitieran evitar o generalizar esos resultados en otras experiencias.
Como punto de partida, se compararán los casos de Bolivia, Chile, Costa Rica, México y
Uruguay en cuanto a cantidad y calidad de los puestos de trabajo generados. En estos cinco países,
el período transcurrido desde el comienzo de las reformas estructurales y el nivel relativamente
satisfactorio de estabilidad y crecimiento económico, han favorecido una moderada conformidad
con el modelo económico emergente y determinado que ya estén institucionalizadas las reglas del
6

Norberto García (1993), Ajuste, reformas y mercado laboral. Costa Rica (1980-1990), Chile (1973-1992), México (1981-1991),
Santiago de Chile, PREALC-OIT.

39

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

nuevo régimen laboral en el mercado de trabajo. De acuerdo con la OIT, en tres de estos países
(Bolivia, Chile y Costa Rica) se habrían obtenido resultados favorables en términos de número de
puestos de trabajo generados durante la presente década. Se procederá, entonces, a compararlos con
otros cuatro países (Argentina, Brasil, Colombia y Venezuela), en los que las reformas
estructurales son de más corta data y la estabilidad y el crecimiento económicos han sido menores,
además del hecho que, en algunos de ellos, aún hay incertidumbre respecto de la sostenibilidad de
las nuevas reglas del régimen laboral que se trata de establecer. Si esta prueba muestra que hay
diferencias importantes entre los resultados de ambos grupos de países, se estudiará, con un
enfoque de género, el acceso a puestos de trabajo y, luego, las condiciones de empleo.
El análisis de los puestos de trabajo se guía por la hipótesis de que en los países en que el
régimen laboral emergente esta institucionalizado y se han creado puestos de trabajo asalariado
satisfactorios en cantidad y calidad, las mujeres deben haber accedido a ellos en igual o mayor
proporción que los hombres. En efecto, si en el escenario laboral emergente las empresas tienen
mayor libertad de contratación, las oportunidades de acceso a esos puestos en el caso de los
hombres tendrían que haber sido iguales o inferiores a las de las mujeres, que constituyen la
categoría más importante de la fuerza laboral que ingresa o se moviliza entre puestos de trabajo, y
que cuentan con niveles educativos que se equiparan con los masculinos o los superan. Sea la
respuesta positiva o negativa, la comparación entre países se utilizará para identificar factores
asociados al mayor o menor acceso de las mujeres a puestos de trabajo asalariado de calidad. En
contraste, en los países con experiencias de reforma incipientes y menor estabilidad, crecimiento
económico o ambos, donde los puestos de trabajo asalariado han disminuido globalmente o en
sectores claves de la economía, la proporción de mujeres en los puestos de calidad que subsistan
sería igual o superior a la precedente. Esto quiere decir que la regla tradicional, según la cual los
primeros en ser despedidos al disminuir las oportunidades de trabajo serían las mujeres y los
hombres no jefes de familia, estaría siendo reemplazada por una regla más neutra en términos de
género y responsabilidad familiar. En estos resultados se tendrá en cuenta la segmentación sectorial
del empleo femenino en relación con la composición sectorial de los puestos de trabajo generados,
ya que una mayor creación de ocupaciones en sectores de empleo predominantemente femenino
puede dar ventaja a las mujeres en el acceso a esos puestos, pero a costa del mantenimiento en esos
sectores de diferencias salariales que las desfavorezcan.
Una vez establecida la calidad de los puestos de trabajo asalariado a los que han accedido las
mujeres se analizará la calidad del empleo generado sobre la base de sus condiciones. A partir de
esto, el análisis buscara identificar los factores que han propiciado o dificultado la “empleabilidad”
de las mujeres, en general y por categorías. Con este fin se utilizarán las experiencias nacionales o
sectoriales de países en los que la mayoría de las mujeres asalariadas ha accedido a puestos de
trabajo de calidad aceptable o buena, según criterios de productividad, duración y otros; sin
embargo, mientras en algunos de esos países la calidad del empleo generado fue satisfactoria, en
términos de remuneración, acceso a la seguridad social, continuidad y oportunidad de carrera
ocupacional, en otros países el resultado fue la creación de empleos de baja calidad.

B.

Balance global de la generación de puestos de trabajo
durante el período de las reformas estructurales
(1980-2000)

En el curso de la presente década, los analistas de la realidad laboral latinoamericana han ido
convalidando una visión del comportamiento del empleo, las remuneraciones y la organización del
trabajo en las economías de la región. Según esa visión, el período en que se ejecutaron e
institucionalizaron los programas de ajuste y las reformas estructurales se caracterizó por una
40

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

insuficiente generación de empleos y la precariedad de éstos; la estabilización de los salarios reales
y su posterior mejora, sin volver a alcanzar los niveles previos a la crisis de la deuda; y una
organización del trabajo basada en la flexibilización de las normas para facilitar a las empresas la
adecuación de la dotación, el uso y la remuneración de la mano de obra a las fluctuaciones de la
demanda productiva y las exigencias de la competitividad. Resaltan igualmente el hecho de que la
capacidad de empleo de las economías emergentes ha mostrado una gran vulnerabilidad a las crisis,
asociada a la globalización. En algunos casos (México, 1994-1995; Brasil, 1999), las tasas de
desempleo han llegado hasta a duplicarse de un año a otro, particularmente en aquellos en que la
flexibilización laboral está más institucionalizada (Chile, 1997-1999, por ejemplo).
Este diagnóstico compartido es preocupante dado en que en América Latina está
comenzando el período en que la población en edad de trabajar y la fuerza de trabajo alcanzarán su
máximo histórico como proporción de la población total, etapa particularmente favorable a un
desarrollo económico basado en la disponibilidad de mano de obra, así como en una mejor relación
de dependencia económica entre trabajadores y sus dependientes, al igual que entre trabajadores
activos y pensionados. Sería la oportunidad de dar un gran paso adelante hacia la superación de la
pobreza y el logro de una más justa distribución de la riqueza y los frutos del crecimiento
económico, una más rápida transformación productiva y una mejor reinserción internacional de las
economías de la región (véase el gráfico 7).
Gráfico 7

EVOLUCIÓN DE LA POBLACIÓN POR TRAMOS DE EDAD, 1970-2000
100.0%
90.0%
80.0%
70.0%
%
Po
bl 60.0%
ac
ió 50.0%
n
tot 40.0%
al
30.0%
20.0%
10.0%
0.0%
1970

1975

1980

1985

1990
0-19

1995
2000
Año
20-59 60 y más

2005

2010

2015

2020

Fuente: CEPAL/CELADE, “América Latina: proyecciones de población, 19702050”, Boletín demográfico, año 31, Nº 62 (LC/DEM/G.180), Santiago de Chile,
julio de 1998.

Existe consenso respecto del pobre desempeño de las economías latinoamericanas en materia
de creación de empleos y de nivel de remuneración del trabajo. La senda analítica que conduce a tal
diagnostico parte vinculando los resultados insatisfactorios a elementos básicos de los modelos
económicos emergentes. Así, por ejemplo, los flujos de capitales externos, sea por estar vinculados
a privatizaciones, concentrarse en rubros de recursos naturales y la producción de bienes primarios
(commodities) para exportación, con uso intensivo de capital, o por buscar ganancias especulativas
a corto plazo, no han ido asociados a un crecimiento capaz de incorporar la fuerza de trabajo
disponible y de aprovechar los costos laborales más bajos y el mejor perfil educativo para competir
con otras economías emergentes.
En esta sección se distinguirá entre países latinoamericanos con experiencias
institucionalizadas e incipientes empleando como criterio las reformas estructurales y, en
41

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

particular, la institucionalización del régimen laboral emergente. En el caso del primer grupo se
tendrá en cuenta que estos países ya han logrado transformaciones importantes en cuanto a la forma
y composición de la producción, coetáneamente con las reformas estructurales y una mejoría de su
inserción económica internacional (Bolivia, Chile, Costa Rica, México y Uruguay). El segundo
grupo se subdividirá entre los que han iniciado e institucionalizado las reforma estructurales y
presentan cambios en la forma de la producción, pero no aún en la composición de ésta (Argentina,
Colombia); y los que muestran modificaciones en la forma de producir y han emprendido reformas,
pero todavía no las institucionalizan (Brasil, Venezuela).
Se considerará como inicio de las reformas sólo el período posterior a la crisis de la deuda, lo
que dará una ventaja a países como Chile, donde se empezaron a introducir desde fines de la
década de 1970, aunque se debió rehacer el trabajo a partir de 1983. Asimismo, se distinguirá entre
la institucionalización formal, mediante la dictación de leyes y normas, y la adopción de prácticas
transformadoras del funcionamiento del mercado de trabajo, aunque sea en el marco legal
precedente, como sucedió, por ejemplo, con la desindización de los salarios en Brasil o con la
adopción en varios países del ajuste salarial en función de la inflación futura y no de la pasada,
como era tradicional hasta fines de la década de 1980. Finalmente, se entenderá que el cambio de la
forma de producir dentro de un rubro va, generalmente, asociado a nuevos productos, pero su
materialización puede demorar varios años; esto significa que los aumentos de la inversión, la
productividad y la competitividad internacional pueden ir acompañados inicialmente de una
reducción del empleo en esas actividades. Al respecto, la transformación de la industria automotriz
en los grandes países de la región ha provisto ejemplos contrastantes: en México, la transformación
y el comienzo de la producción masiva e internacionalmente más integrada para el mercado del
Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), han tenido lugar en un plazo breve; en
Brasil, donde la reorganización del modelo económico para competir en el ámbito mundial ha
atraído numerosas firmas y proyectos de inversión, el proceso ha comenzado por una
racionalización y un menor uso de mano de obra, situándose a mediano plazo el horizonte temporal
para la expansión de la producción a los niveles requeridos.
El uso de la tipología de países propuesta permite tener en cuenta el hecho de que el período
de maduración que caracteriza el desarrollo institucional del mercado de trabajo es mayor que en el
caso de los de capital y tecnología. El éxito de los programas de estabilización y la apertura de las
economías, como se sabe, dieron resultados muy rápidos en términos de llegada de capitales y de
modernización de la organización y las técnicas productivas, pero fuera de estabilizar los salarios
reales en los bajos niveles previos al ajuste, pasarían años antes de que las mejorías de la
productividad y de la composición y volumen de la producción fueran acompañadas de un
incremento de los puestos de trabajo. Sobre la base de esa consideración, en los países del primer
grupo, pioneros en el inicio e institucionalización de las reformas estructurales, se introducirá
además una distinción entre el período inicial y el intermedio, entendiéndose que aún no han
completado el cambio de la forma y composición de la producción de modo consistente con las
reformas y su más ventajosa inserción internacional. En cambio, en los países del segundo grupo
sólo se considerará un período, el inicial. Para facilitar la presentación el enfoque se centrará en el
primer grupo de países, por ser en ellos donde la creación de puestos de trabajos ha evolucionado
en condiciones más favorables; sólo dos del segundo grupo se utilizarán ocasionalmente como
referentes para contrastar tendencias.
Al comparar en los dos tipos de países la evolución de cuatro indicadores básicos, población
en edad de trabajar, fuerza de trabajo, empleo total y empleo de personas de 25-59 años de edad
que trabajan 40 hora y más (véase el cuadro 8), es posible observar que en los países del tipo I el
crecimiento de la población ocupada total y de 25-59 años de edad que trabaja a tiempo completo
es superior al de la fuerza de trabajo y, el de ambas categorías, superior al de la población en edad

42

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

de trabajar. Igualmente, el empleo a tiempo completo de personas de 25-59 años de edad aumenta
en cuatro de ellos7 a mayor ritmo que la ocupación total.
Cuadro 8

AMÉRICA LATINA (SIETE PAÍSES): VARIACIÓN ANUAL DE ALGUNOS INDICADORES LABORALES

A. General
Variación anual durante el período de referencia
Países

Empleo
total

Período

Empleo entre personas de 25 a
59 años de edad que trabajan
40 horas o más

Población en
edad de
trabajar

Fuerza de
trabajo

TIPO I
Bolivia

1989-1997

4.7

4.4

3.4

4.0

Chile

1987-1995

3.1

4.4

1.8

2.6

Costa Rica

1988-1997

3.0

3.8

2.8

3.0

México

1984-1996

4.5

4.3

3.2

4.4

Uruguay

1986-1997

3.5

3.4

2.7

3.2

Argentina

1990-1997

1.0

0.3

1.3

-1.1

Brasil

1990-1996

2.0

0.6

1.9

1.2

TIPO II

B. Por subperíodos
Variación anual en el primer período

Variación anual en el segundo período

Período

Empleo
total

Empleo entre
personas de
25 a 59 años
de edad que
trabajan 40
horas o más

Población
en edad de
trabajar

Fuerza
de
trabajo

Empleo
total

Empleo entre
personas de
25 a 59 años
de edad que
trabajan 40
horas o más

Población
en edad de
trabajar

Bolivia

19891994-1997

6.9

7.5

3.9

5.4

1.0

-0.7

2.7

Chile

19871990-1995

4.0

6.6

2.0

3.1

2.5

3.2

1.8

Costa
Rica

19881994-1997

3.0

4.3

2.9

2.8

2.8

2.6

2.6

México

19841989-1996

4.0

3.8

3.4

3.9

4.9

4.7

3.1

Uruguay

19861990-1997

5.5

7.0

4.8

5.8

2.4

1.5

1.6

Países

TIPO I

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los respectivos países.

En los países del tipo II, aunque las tasas de crecimiento de los indicadores son inferiores a
las que presentan los del tipo I, la población ocupada total también crece más que la fuerza de
trabajo y, ambas en conjunto, más que la población en edad de trabajar. Sin embargo, las personas
de 25-59 años de edad ocupadas a tiempo completo crecen a menor tasa que el empleo total, la
fuerza de trabajo y la población en edad de trabajar.
Gracias a la vigorosa generación de puestos de trabajo, y a pesar de las altas tasas de
crecimiento de la fuerza laboral, en los países del tipo II la desocupación muestra una caída, en
tanto que ha aumentado el número y la proporción de ocupados a tiempo completo. En cambio, en
7

Esto si se considera a Uruguay, donde los profesores, un grupo ocupacional muy numeroso, tiene una jornada completa de menos de
40 horas.

43

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

los países del tipo II, el descenso de la desocupación está asociada al débil crecimiento de la fuerza
de trabajo y a un mayor aumento relativo de los puestos de trabajo a tiempo parcial (véase el
cuadro 8). Por lo tanto, en estos últimos no existe un escenario ocupacional tan favorable como en
los primeros.
Cabe notar que en los países del tipo I, al distinguir entre los períodos inicial, intermedio y
final, el dinamismo de la generación de los puestos de trabajo observado en la primera fase
disminuye en forma importante, salvo en México, donde se mantiene la tendencia del período
1984-1989 (véase el cuadro 9). Esto indicaría que en los países del tipo I no es la introducción de
las reformas, sino su continuidad, la que determina una caída de la relación entre crecimiento del
PIB y puestos de trabajo generados. En los dos tipos de países existe, pues, una diferencia en el
período inicial de las reformas, la cual no se puede relacionar con la evolución de los salarios
reales, ya que en ambos casos éstos aumentaron sostenidamente durante la década de 1990.
Para comprobar el efecto de la generación de puestos de trabajo en las tasas de crecimiento
de la ocupación a tiempo completo, los trabajadores en esta categoría se subdividirán en cuatro
grupos según tramos de edad: jóvenes de 15-24 años, hombres de 25-59, mujeres de 25-59 y
personas de 60 años y más. En los países del tipo I las tasas de crecimiento de los ocupados a
tiempo completo en estos tramos (salvo en México) van en orden ascendente: jóvenes, hombres de
25-59 años, mujeres de 25-59 años y personas de 60 años y más (véase el cuadro 9). Esto significa
que hay una mayor proporción de jóvenes dedicados totalmente al estudio y que los que estudian y
trabajan tienen jornadas de menos de 40 horas; que las tasas de participación de los hombres de 2559 años se mantienen; que aumenta el compromiso laboral de las mujeres de 25-59 años; y que la
proporción de personas activas de 60 años y más va creciendo, debido tanto a la prolongación de la
esperanza de vida como a la insuficiencia de los ingresos y, en varios países, a la extensión de la
edad de retiro a 62 años. En los países del tipo II, en cambio, la única constante es que la tasa de
ocupación de las mujeres de 25-59 años aumenta más rápidamente que la correspondiente a las
demás categorías de trabajadores (véase el cuadro 9).
Desde la perspectiva del empleo generado, su composición plantea otro interrogante de
importancia. Utilizando el indicador más exigente, la tasa de crecimiento de la proporción de
personas de 25-59 años ocupadas a tiempo completo, en el sector industrial ésta fue superior a la
media regional (2.2) en cuatro de los países del tipo I. Además, se observó un mayor dinamismo en
las ramas de servicios comerciales y financieros, más directamente relacionados con la producción,
que en las de servicios personales y sociales. En cambio, en los países del tipo II se dieron
tendencias encontradas: en Argentina y Brasil esos puestos de trabajo disminuyeron en la industria
y aumentaron en los servicios como un todo, pero a tasas superiores en los comerciales y
financieros que en los sociales y personales; por su parte, en Colombia y Venezuela hubo un
incremento en la industria y en los servicios, pero más en los sociales y personales que en los
comerciales y financieros (véase el cuadro 10).

44

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Cuadro 9

AMÉRICA LATINA (NUEVE PAÍSES): TASA DE CRECIMIENTO DE LA PROPORCIÓN DE PERSONAS
OCUPADAS QUE TRABAJA 40 HORAS Y MÁS EN ALGUNOS TRAMOS DE EDAD
Ocupados
Año inicial y
año final

Personas

Hombres

Mujeres

25-29 años

25-29 años

Personas
60 años
y más

Total

15-24 años

1989,1997

3.9

4.3

4.4

7.1

4.4

1987,1995
1988,1997
1984,1996
1986,1997

1.1
-0.1
4.1
4.0

3.8
3.4
3.5
3.0

6.0
5.0
7.5
4.4

6.3
3.3
2.9
3.9

3.9
2.7
4.2
3.6

1989,1997

0.7

-0.3

1.9

-0.2

0.3

1990,1996
1990,1997

-1.4
3.3

0.7
4.8

3.3
8.9

0.8
7.1

0.6
5.8

1990,1997

4.6

4.5

7.1

2.2

5.0

Países tipo I
Bolivia (Área
metropolitana)
Chile
Costa Rica
México
Uruguay (Área
urbana)
Países tipo II
Argentina (Área
metropolitana)
Brasil
Colombia (Área
metropolitana)
Venezuela

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los países respectivos.

En conclusión, los países pioneros y más avanzados en la institucionalización de las reformas
fueron capaces de generar más puestos de trabajo y de incorporar más personas a la fuerza laboral
que los que las comenzaron más tardíamente y en un marco de inseguridad sobre su permanencia y
configuración final. En ambos tipos de países, la creación de puestos de trabajo en sectores de
ocupación predominantemente femenina, como los servicios, fue mayor que en la industria, donde
los hombres constituyen el grueso de los ocupados.

45

(En porcentajes)

Industria
Países

Servicios comerciales y financieros

Servicios sociales y personales

Variación
primer
período

Variación
segundo
período

Variación
período
total

Variación
primer
período

Variación
segundo
período

Variación
período
total

Variación
primer
período

Variación
segundo
período

Variación
período
total

12.5

-6.9

4.8

21.6

-3.4

11.5

0.7

1.3

0.9

7.9

3.1

4.9

6.9

6.7

6.7

5.6

2.3

3.5

7.2

-1.6

4.2

7.9

4.5

6.7

2.2

3.6

2.7

4.5

5.5

5.1

-0.1

3.6

2.0

13.4

7.0

9.6

6.9

-2.6

0.8

5.1

4.1

4.4

8.1

0.3

3.1

TIPO I
Bolivia
(Área metropolitana)
Chile
Costa Rica
México
Uruguay
(Área
urbana)

1989-19941997
1987-19901995
1988-19941997
1984-19891996
1986-19901997

TIPO II
Argentina
(Área metropolitana)
Brasil
Colombia
(Área metropolitana)
Venezuela

0.2
1990-1997

-2.5

5.0

1990-1996
1990-1997

-1.1
1.8

4.9
6.9

1.8
8.0

1990-1997

3.9

4.7

5.1

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los países respectivos.

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

46
Cuadro 10

AMÉRICA LATINA (NUEVE PAÍSES): VARIACIÓN DE LA FUERZA LABORAL ASALARIADA DE 25 A 59 AÑOS DE EDAD
QUE TRABAJA 40 HORAS Y MÁS EN ALGUNAS RAMAS DE ACTIVIDAD

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

C.

N° 28

El acceso de la mujer a puestos de trabajo y empleos
de calidad
1.

El acceso a puestos de trabajo de calidad

Durante el proceso de reformas estructurales, el crecimiento económico (CEPAL, 1999b,
p. 89) y la generación de puestos de trabajo en los países latinoamericanos han sido heterogéneos:
en los del tipo I, salvo México, ambas tasas han sido superiores a la media regional en las décadas
de 1980 y 1990; en los del tipo II, salvo Argentina, estos dos indicadores aumentaron a tasas
inferiores a la media regional durante los años noventa. Argentina, cuya economía registró una tasa
de crecimiento negativa y por debajo de la media regional en la década de 1980, en la de 1990
superó dicha media, pero con una generación de puestos de trabajo escasa y fluctuante.8
Si bien el ritmo y la modalidad del crecimiento económico están relacionados con el
comportamiento de la generación de empleo, pueden favorecer o dificultar —según el caso— el
acceso a los puestos de trabajo, pero no determinar el acceso diferencial de las diversas categorías
de trabajadores a un puesto de trabajo, o el de los mejor calificados dentro de una misma categoría.
Este acceso depende de las reglas del juego laboral, que durante las reformas, según la mayoría de
los especialistas, han reflejado la discriminación contra la mujer y redundado en su exclusión de los
puestos de trabajo de calidad; también sería importante saber —entre otras cosas— si
alternativamente la mayor “libertad” de contratación, y el correlativo aumento de la movilidad
ocupacional, favorecen a las mujeres, que constituyen la categoría en expansión de la fuerza de
trabajo, dándoles acceso a puestos de mayor calidad.
En una primera aproximación se aceptará que los puestos de trabajo asalariados son, en
general, de mejor calidad que los no asalariados (cuenta propia y familiares no remunerados), para
luego analizar el acceso diferencial de hombres y mujeres a los primeros. En la mayoría de los
países seleccionados —salvo en Chile— el período de las reformas se ha caracterizado por un
descenso de la proporción de hombres asalariados. En cambio, en seis de los países considerados
(Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, México y Uruguay), la proporción de mujeres asalariadas
aumentó; sólo en Colombia, Costa Rica y Venezuela se registraron disminuciones. Se demostraría
así que la exclusión de la condición de asalariados afectó a los trabajadores hombres en ocho de los
nueve países considerados y a las mujeres sólo en tres de ellos. Al finalizar el período de las
reformas resulta que la proporción de hombres en puestos de trabajo asalariados es inferior a la de
mujeres (véase el cuadro 5.A).
Una probabilidad que debe considerarse es que durante el período de las reformas, los
hombres hayan accedido a puestos de trabajo por cuenta propia, profesionales y técnicos, es decir,
de calidad superior, en mayor proporción que de las mujeres. La CEPAL (1999a, pp. 257-258),
sobre la base de información correspondiente a 14 países latinoamericanos, ha mostrado que si bien
en 1979-1980 todavía había algunos en los que la proporción de hombres que trabajaba como
profesionales y técnicos era superior a la de mujeres, en 1997-1998 en todos ellos —salvo en
Bolivia y El Salvador—,9 la proporción de mujeres sobrepasaba en esta categoría a la de hombres.
Esto significa que las mujeres tienen mejor acceso que los hombres a puestos de trabajo por cuenta
propia de calidad.

8

De acuerdo con Altimir y Beccaria (1999), entre el primer trimestre de 1991 y el último de 1997, el producto tuvo una variación
anual de su tasa media de 6.2%, la ocupación, de 1.5% y la productividad, de 4.7%. Véase CEPAL (1999b), p. 70.

9

En Bolivia la proporción de profesionales y técnicos hombres era de 15.8 y la de mujeres de 15.0; en el Salvador
estos valores eran de 16.1 y 15.3, respectivamente.

47

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

La conclusión anterior sobre las diferencias en favor de las mujeres en el acceso a los
puestos de trabajo asalariado se refuerza si se consideran las proporciones de hombres y mujeres,
respectivamente, en el total de la fuerza de trabajo asalariada: la de mujeres muestra un aumento en
los nueve países seleccionados (véase el cuadro 5.A). La explicación puede deducirse de la
información presentada en el cuadro 11, en el que se muestra que las tasas medias anuales de
crecimiento del número de las asalariadas superaron las de los hombres asalariados en el conjunto
del período y en los dos subperíodos considerados en los países del tipo I y también en el período
correspondiente a los del tipo II.
Cuadro 11

AMÉRICA LATINA (NUEVE PAÍSES): TASAS DE CRECIMIENTO DE LOS ASALARIADOS
SEGÚN GÉNERO Y TIPOS DE EMPRESA
(En porcentajes)

Países

En el total de asalariados
Hombres

TIPO I

Por tamaño de empresa durante
todo el período

Mujeres

Hombres

Mujeres

Subperíodo

Países

1989
1994
1997
1987
1994
1998

Subperíodo

Período
total

Pequeña

Mediana Pequeña Mediana-grande
grande

7.9
0.7

5.2

7.9
2.4

6.1

9.1

8.8

14.1

9.1

5.7
0.6

3.8

2.6
4.7

4.9

1.4

2.3

2.2

4.1

2.6
1.0

2.1

3.7
1.5

2.9

3.2

1.4

4.8

2.2

5.8
3.5

4.1

7.7
4.0

5.5

0.6

0.1

-0.6

0.6

3.2
0.0

1.7

7.5
1.5

3.6

0.7

0.1

-0.6

0.7

1.5

2.6

5.0

4.2

2.4

5.8

3.3

7.4

0.6

3.6

3.9

4.7

10.0

2.2

6.0

4.3

Año

Bolivia

Período
total

Chile

Costa
Rica

México

Uruguay

1988
1994
1997
1984
1989
1996
1986
1990
1997

TIPO II
Argentina
Colombia
Brasil
Venezuela

1990
1997
1990
1997
1990
1996
1990
1997

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los países respectivos.

El análisis por subperíodos en los países del tipo I permite, además, comparar el ritmo de
crecimiento de los asalariados según género en la etapa inicial de las reformas y en una más
avanzada. En los cinco países, la tasa media anual de crecimiento de los asalariados hombres tuvo
una disminución, al igual que la de las mujeres asalariadas, salvo en Chile. Puede observarse, sin
embargo, que dicha reducción ha sido mayor en el caso de los hombres que en el de las mujeres
(véase el cuadro 10).

48

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Un segundo indicador de la calidad del empleo es el tamaño de las empresas, ya que en las
pequeñas la productividad de los puestos de trabajo usualmente es menor que en las empresas
medianas y grandes, que también ofrecen mejores condiciones de trabajo.10 En cinco de los siete
países sobre los que se dispone de información comparable puede observarse que la tasa media
anual de crecimiento de las trabajadoras asalariadas en empresas grandes fue superior a la de los
hombres y, por consiguiente, la proporción de mujeres ocupadas en empresas medianas y grandes
aumentó durante el período de las reformas (véanse los cuadros 10 y 6.A). Al analizar los
subperíodos en los países del tipo I se aprecia que las diferencias entre las tasas de crecimiento de
hombres y mujeres, en este caso favorables a las segundas, se amplían entre el período inicial y el
más avanzado de las reformas. Incluso en Bolivia, donde la proporción de mujeres en empresas
medianas y grandes disminuyó en el período total, la diferencia entre las tasas, que en el subperíodo
inicial favorecía a los hombres, se volcó en favor de las mujeres en el subperíodo siguiente.
Siguiendo dos criterios, el del costo que demanda la generación de puestos de trabajo y el de
su productividad relativa, tradicionalmente se ha utilizado la jornada de trabajo como indicador de
su calidad, entendiéndose que los puestos de jornada completa son mejores que los de jornada
parcial. Por extensión, desde el punto de vista del trabajador, éstos también eran considerados
mejores hasta años recientes, cuando la reducción de la jornada laboral comenzó a ser vista como
una solución al problema del alto desempleo —particularmente en algunos países europeos— y a
considerarse la ocupación a jornada parcial como alternativa válida a la creación de puestos de
trabajo y de empleo de calidad. En la sección B de esta segunda parte se ha empleado la jornada
laboral a tiempo completo como un indicador positivo, de acuerdo con los criterios de costo y
productividad, para evaluar la generación de puestos de trabajo en las economías nacionales. Sin
embargo, al evaluar la calidad desde el punto de vista del trabajador y del género, no es igualmente
válido considerar mejores los puestos de trabajo de tiempo completo que los de tiempo parcial.
En la primera parte pudo verse que en los países desarrollados, particularmente en aquellos
con una participación laboral femenina y condiciones laborales dignas de ser imitadas (Dinamarca,
Gran Bretaña, Israel, Noruega, Suecia ), la proporción de hombres ocupados a tiempo parcial era
siempre inferior a 20%., mientras que la de las mujeres a menudo bordeaba o superaba el 50%
(véase el cuadro 7.A). Igualmente se señaló que en los países europeos con sistemas
socialdemócratas y corporativos de apoyo a la participación laboral femenina, eran las empresas las
que generaban esos puestos de trabajo asalariado de jornada parcial, en tanto que en Estados
Unidos, donde existe un sistema de máxima responsabilidad privada, eran las trabajadoras y sus
familias las que tenían que crear puestos de trabajo por cuenta propia de jornada parcial.
A la luz de estas experiencias y aplicando un enfoque de género en el escenario actual de los
países latinoamericanos, sigue siendo válido considerar que la creación de puestos de trabajo de
tiempo completo es un indicador positivo de calidad en el caso de los hombres. Sin embargo, como
la participación laboral femenina ha evolucionado hacia modelos en que la máxima se registra en el
tramo de 25-44 años de edad, el acceso de la mujer a una combinación de puestos de trabajo en la
que los de jornada parcial representen entre 20% y 50%, puede considerarse deseable.11 Esto
siempre que los ingresos laborales, incluidos los beneficios adicionales (seguridad social, por
ejemplo) no disminuyan en proporción al número de horas trabajadas, sino que se mantengan y
justifiquen la permanencia en esos puestos. En los países en que la opción sea acelerar la
transformación de un sistema de apoyo de máxima responsabilidad privada a uno de

10

11

Lamentablemente, la información provista por las encuestas no permite comparaciones más desagregadas por tamaño de empresa
que las que se presentan en este análisis.
Si se subdivide la fuerza de trabajo por grupos de edad y género, se percibe que también sería deseable que se diera acceso a puestos
de trabajo de jornada parcial a una proporción creciente de jóvenes hombres y mujeres y de personas mayores de 60-62 años de
edad.

49

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

responsabilidad corporativa, un indicador adicional de calidad de los puestos a jornada parcial que
se creen es que sean asalariados, es decir, generados por empresas y no por cuenta propia.
Durante el período de las reformas, las trabajadoras asalariadas a jornada completa
continuaron siendo la categoría más importante (42%-62%) de la fuerza de trabajo femenina en
todos los países analizados, salvo en Bolivia, donde su proporción es muy similar a la de las
trabajadoras por cuenta propia a jornada completa (31.2% y 31.6%, respectivamente ). Del mismo
modo, salvo en Bolivia, las asalariadas a jornada parcial superan en proporción a las por cuenta
propia; no obstante, en ninguno de los países el total a jornada parcial se acerca al 50% que se
bordea o sobrepasa en varios de los países europeos antes mencionados (véanse los cuadros 2
y 7.A). En siete de los nueve países considerados, la proporción de mujeres en puestos de trabajo
asalariados de jornada parcial creció a tasas superiores a las ocupadas en puestos por cuenta
propia de jornada parcial y en puestos asalariados y por cuenta propia de jornada completa.
Además —como puede verse en el cuadro 12— en los países del tipo I la diferencia entre las tasas
de crecimiento de las asalariadas a jornada parcial y completa aumentó entre el subperíodo inicial y
el más avanzado de las reformas.
Cuadro 12

AMÉRICA LATINA (NUEVE PAÍSES): MUJERES EN PUESTOS DE TRABAJO ASALARIADOS
DE JORNADA COMPLETA Y PARCIAL
(Tasas medias anuales de crecimiento, en porcentajes)

Países

Menos de 40 horas

Tipo I

Año

Bolivia

1989
1994
1997
1990
1992
1994
1996
1998
1988
1994
1997
1984
1989
1996
1986
1990
1997

Chile

Costa Rica

México

Uruguay

40 horas y más

Subperíodo

Período total

Subperíodo

Período total

6.1
10.5

7.7

8.6
0.1

5.4

0.0
1.8
15.9
18.8

9.8

5.0
0.9
0.8
3.2

5.7
5.9
5.1

2.9

2.4
3.3
0.6

4.8
5.9
4.6

6.4
8.3
5.9

5.0
6.0
3.1

5.2
9.2
1.5

Tipo II
Argentina
Colombia
Brasil
Venezuela

1990
1997
1990
1997
1990
1996
1990
1997

2.7

2.6

7.7

7.3

5.8

2.7

2.3

5.5

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los respectivos países.

50

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

En la generación de esos puestos de trabajo asalariados a tiempo parcial, como se muestra en
el cuadro 13, el papel más dinámico ha sido el de las empresas pequeñas, lo cual indica que pueden
haber utilizado la posibilidad de trabajar a tiempo parcial como un elemento en su competencia con
las empresas medianas y grandes por la mano de obra femenina.
Cuadro 13

AMÉRICA LATINA (NUEVE PAÍSES): MUJERES EN PUESTOS DE TRABAJO ASALARIADOS
DE JORNADA COMPLETA Y PARCIAL SEGÚN TAMAÑO DE EMPRESAS
(En porcentajes)

Países

Pequeña

Tipo I

Horas

Año

Bolivia

Menos de 40

Mediana - Grande

Subperíodo Período total

Subperíodo

Período total

1989
1994

40 y más

31.9

1997

13.2
15.1

1997
1990

4.9

1994

3.1

1998

Menos de 40

17.0

40 y más

8.6

1.5

Menos de 40

1994

4.7

3.9

9.5

2.6
9.8

19.5

1.0

3.4

10.7

1997

11.2

0.5

1998
1988

13.0

10.7

1990
1994

Costa Rica

10.4

1989
1994

Chile

7.5
24.6

40 y más

1994
México

Menos de 40

Uruguay

40 y más
Menos de 40

7.1
6.2

6.6
-0.1

4.9

4.6

4.6

1988
1997
1996

6.4

1996
1986
1990

40 y más

-5.0

1.3

-1.3

-1.2

5.5

1997

2.1
4.3

1.8

6.5
1.5

1986
1990

8.5

1997

-3.7

9.1
0.6

-3.1

1.2

Tipo II
Argentina

Menos de 40

1990
1997

5.1

4.3

1997
1990

-0.3

7.2

1997

9.8

1.0

5.1

5.4

40 y más
Venezuela

1990

Menos de 40
40 y más

1990
1997

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los respectivos países.

51

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Finalmente, dado que las mujeres de 25-44 años de edad están sometidas a más presión por
conciliar las demandas del trabajo asalariado y el no remunerado en el hogar, se analizó su caso
para ver si durante el período de las reformas habían tenido mayor acceso a puestos de trabajo de
jornada parcial que las mujeres de otros tramos de edad. Al comparar los resultados de los cuadros
12 y 14 se observa que en la mayoría de los países la tasa de crecimiento del conjunto de mujeres
en puestos asalariados de jornada parcial fue mayor que la del tramo de 25-44 años de edad; por lo
tanto, las mujeres menores de 25 años y las mujeres de 45 y más tuvieron mayor acceso que las en
pleno ciclo resproductivo y cuidando de sus hijos menores a los puestos de ese tipo. Igualmente, la
evolución entre subperíodos indica que en los países pioneros, salvo en Chile, la tendencia apuntó a
una reducción de las posibilidades de las mujeres de 25-44 años de edad de acceder a puestos de
jornada parcial.
Cuadro 14

AMÉRICA LATINA (9 PAÍSES): MUJERES DE 25-44 AÑOS DE EDAD EN PUESTOS
DE TRABAJO ASALARIADOS DE JORNADA COMPLETA Y PARCIAL
(En porcentajes)

Países

Menos de 40 horas

Tipo I

Año

Bolivia

1989
1994
1997
1990
1994
1998
1988
1994
1997
1984
1989
1996
1986
1990
1997

Chile

Costa Rica

México

Uruguay

Subperíodo

Período
total

40 horas y más
Subperíodo

Período
total

4.8
4.9

4.8

8.4
2.7

6.2

1.3
17.4

9.1

4.2
3.2

3.7

7.6
3.5

7.1

4.8
1.3

4.0

5.9
5.5

5.6

7.3
6.2

6.6

4.8
1.9

3.0

9.8
1.6

4.5

Tipo II
Argentina
Colombia
Brasil
Venezuela

1990
1997
1990
1997
1990
1996
1990
1997

0.2

1.9

6.8

7.7

5.5

3.8

0.0

4.7

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los países respectivos.

Finalmente, se analizará la suerte corrida por las mujeres en los casos en que las reformas
fueron acompañadas de una reestructuración de sectores clave y una fuerte reducción de puestos de
trabajo. En dos estudios a este respecto realizados en los sectores industrial y bancario de Brasil,

52

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

uno de los países más representativos de este tipo de experiencias, se puede ver si ha habido
cambios en la tradicional mayor vulnerabilidad femenina ante la reducción de puestos de trabajo.
En el estudio sobre el primero de estos sectores se concluyó que, sorprendentemente, la
participación femenina en la fuerza de trabajo industrial no sólo se mantuvo, sino que aumentó
levemente (de 26.35% a 28.13%), en medio de la conocida y violenta reestructuración productiva
(tecnológica y de la composición de la producción) que tuvo lugar entre 1985 y 1997. Este
resultado se debió en parte a su mayor capacidad relativa para mantener sus empleos en aquellos
subsectores predominantemente femeninos (textil, calzado y vestuario), donde los puestos de
trabajo sufrieron mayores reducciones que en el conjunto de la industria. Pero sobre todo es
atribuible a que supieron acceder a los nuevos puestos de trabajo creados en los subsectores
mecánico, gráfico-editorial y alimentario (Pereira de Melo, 1999).
En el sector bancario brasileño, la reducción de puestos de trabajo fue aún mayor, más rápida
y sostenida que en la industria. Entre 1989 y 1997, el número de empleados en esta actividad
disminuyó cerca de 43%, de 811 425 a 463 329 personas; sin embargo, lejos de descender, la
participación femenina creció de 36% a 43% del total de trabajadores. Además, las mujeres fueron
capaces de acceder en proporciones crecientes a mejores puestos de trabajo creados o
transformados durante la reestructuración bancaria, como lo demuestra el hecho de que la
proporción de directores y gerentes mujeres pasó de 10% en 1986 a 25.5% en 1996. Este acceso
diferencial favorable a las mujeres se explica por el cambio de las funciones y el perfil de las
actividades directivas, con mayores exigencias de formación profesional y más volcadas hacia la
atención al cliente. En las jefaturas intermedias hubo una evolución similar durante ese período (de
22% a 30%); en cambio, en puestos de menor calidad, es decir, con menos exigencias profesionales
y actividad más rutinaria, como los auxiliares de caja y similares, en los que la participación
femenina alcanzaba a 54.8%, ésta cayó a 47%. En el conjunto del sistema bancario, los hombres
tenían mayores probabilidades de quedar desempleados que las mujeres, tendencia contraria a la
que predominaba en el mercado de trabajo urbano brasileño (Sorj y de Paiva Abreu, 1999).

2.

El acceso a empleos de calidad

El acceso de las mujeres a puestos de trabajo de calidad generados durante el período de las
reformas económicas ha sido, en muchos casos, más satisfactorio que el de los hombres, pero esto
no necesariamente significó que esas trabajadoras obtuvieran empleos que también fueran de
calidad. Dada la novedad de este tipo de análisis, lo más frecuente es que para evaluar la calidad de
los empleos obtenidos por las trabajadoras latinoamericanas deba recurrirse a información
proveniente de estudios nacionales, por no disponerse de datos comparativos. Para orientar esta
tarea lo más apropiado es adoptar un enfoque analítico de género que distinga diversas dimensiones
de la calidad del empleo y permita llegar a resultados que faciliten la comparación entre países.
Este aspecto será ilustrado con el estudio de caso realizado por Nancy Montiel (1999) en
Costa Rica.
La autora distingue tres dimensiones de calidad:
-

la salarial, o grado en que se remunera el capital humano que posee el empleado según
su educación, edad y sector de actividad económica;

-

la no salarial, o grado en que se cumple la legislación laboral relativa al aseguramiento
del empleado y el salario mínimo, así como la estabilidad de empleo; y,

-

la calificación de las tareas, o calidad de las actividades ocupacionales que desempeña
el trabajador (Montiel, 1999, pp. 12 y ss.).

53

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Cuadro 15

COSTA RICA: CALIDAD DEL EMPLEO ASALARIADO SEGÚN SEXO, 1987 Y 1997

a

(En cifras absolutas y relativas)

1987
Número
Calidad salarial
Mujer
Mala
Regular
Buena
Hombre
Mala
Regular
Buena
Calidad no salarial
Mujer
Mala
Regular
Buena
Hombre
Mala
Regular
Buena

1997
%

Número

34.8
41.4
23.8

83.016
88.378
76.755

33.5
35.6
30.9

-1.3
-5.8
7.1

3.1
2.0
6.3

67 495
172 588
146.098

17.5
44.7
37.8

137.064
162.987
204.776

27.2
32.3
40.6

9.7
-12.4
2.7

7.3
-0.6
3.4

50 589
32 427
100 238

27.6
17.7
54.7

71 028
45 276
135 188

28.2
18.0
53.8

0.6
0.3
-0.9

4.3
4.3
3.8

99 973
76 047
223 954

25.0
19.0
56.0

121 456
102 083
286 342

23.8
20.0
56.2

-1.2
1.0
0.2

2.5
3.7
3.1

44 245

22.3

76 358

27.3

5.0

5.6

45 450

22.9

69 839

25.9

2.1

4.4

28 155

14.2

29 461

10.5

-3.7

0.5

80 431

40.6

103 803

37.1

-3.4

2.6

64 331

14.5

92 748

16.2

1.7

3.7

87 112

19.6

122 414

21.4

1.8

3.5

156 003

35.1

197 327

34.5

-0.6

2.4

137 598

30.9

159 970

27.9

-3.0

1.5

b

Fuente: Nancy Montiel (1999).
b

54

Tasa anual
de crecimiento

61 056
72 703
41.803

Calificación ocupacional
Mujer
Directivos, profesionales
y técnicos
Administrativos y
supervisión de procesos
Artesanos y trabajadores
semicalificados
No calificados
Hombre
Directivos, profesionales
y técnicos
Administrativos y
supervisión de procesos
Artesanos y trabajadores
semicalificados
No calificados
a

%

Variación
de participación

No incluye los casos en que se ignoraba el grupo ocupacional.
Los datos corresponden a 1989 y 1997 por falta de información para 1987.

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

a)

N° 28

Calidad no salarial y calificación ocupacional: el caso de Chile

Se ha seleccionado el caso de Chile por ser la experiencia de reforma estructural pionera y,
en particular, la que ha permitido al sector privado mayor flexibilización para la contratación de
trabajadores y la determinación de salarios. En lo que respecta a la contratación, al reducir los
costos indirectos (seguridad social, despido, otros), aumentar las causales de despido legal y limitar
la intervención del Estado y de los sindicatos por la vía de la negociación colectiva. Y en materia
de determinación de salarios, al consagrar la práctica de su ajuste por inflación esperada, dejar en
libertad a la empresa para que establezca la proporción fija y variable de las remuneraciones,
aceptar cambios en la jornada de trabajo y limitar la influencia del Estado sobre la evolución de las
remuneraciones a la fijación del salario mínimo, el más bajo de la escala.
Además, en lo que respecta a pensiones, el nuevo sistema de seguridad social ha logrado una
cobertura de más de 75% del total de los asalariados, con proporciones de hombres y mujeres más
similares que las que correspondería a su importancia relativa en la fuerza de trabajo. Esto permite
analizar el acceso a ocupaciones con contribución a la seguridad social durante el período 19861999, y el monto imponible de los ingresos laborales de esos asalariado entre 1989 y 1998. La
limitación es que la cobertura es prácticamente marginal en el caso de los trabajadores
independientes, por lo que no es posible seguir los movimientos de los trabajadores entre
ocupaciones asalariadas y no asalariadas, ni comparar la evolución de los ingresos laborales por los
que cotizan. La ventaja de esta fuente es que la información ofrece mayor seguridad —concepto
por el cual se declara y patrón de subdeclaración de ingreso— que la proveniente de encuestas de
hogares, en las que puede variar el informante y también qué sabe y cómo entiende cada pregunta.
La información disponible permite así analizar un subconjunto mayoritario (75%) de los
puestos de trabajo asalariados existentes en la economía, que por ser los que cotizan a la seguridad
social puede suponerse que son, en general, los mejores de cada ocupación. De esta manera, el
acceso de las mujeres a esos puestos y la evolución de sus remuneraciones con respecto a las de los
hombres mostrarían el impacto de la flexibilización laboral en la reducción de la discriminación
según género; si ésta se entiende como asignación irracional de recursos humanos en la economía,
al disminuirla mejoraría esa asignación, porque existe una reserva de mujeres no ocupadas con
niveles de educación superiores a los de los hombres no ocupados, e incluso a una proporción de
los ya ocupados.
En el gráfico 8 se puede observar que en el período 1986-1999 la proporción de mujeres
asalariadas afiliadas al nuevo sistema de pensiones, es decir, las que han contribuido a él desde sólo
una vez hasta regularmente, desde su creación en 1983, ha pasado de 32.36% a 41.40% del total de
los trabajadores asalariados. En 1999, esta proporción era similar a la de la tasa de participación
global de la mujer en el trabajo, lo cual significa que en Chile, durante su vida laboral, las mujeres
se distribuirían en forma similar en puestos de trabajo con y sin cotización en el sistema de
pensiones.
Igualmente, el gráfico muestra que la proporción de cotizantes mensuales también ha
aumentado, pero sólo de 31.29% a 36.02, lo cual representa casi la mitad de la tasa de crecimiento
de las afiliaciones. Esto indicaría que las mujeres asalariadas han tenido un acceso menos estable
que los hombres a puestos de trabajo con cotización en el sistema de pensiones, vale decir, una
continuidad ocupacional como asalariadas cotizantes menor que la de ellos.
El gráfico 8 permite apreciar, además, que durante todo el período para el cual se cuenta con
una serie (1989-1998), la relación entre el ingreso imponible medio de las mujeres asalariadas
cotizantes en la seguridad social ha evolucionado favorablemente con respecto a los hombres en
esa misma categoría. También que este incremento a sido a tasas mayores que el de la proporción
de mujeres en el total de esos trabajadores (afiliados y cotizantes).
55

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Gráfico 8

CHILE: EVOLUCIÓN DE LA PROPORCIÓN DE ASALARIADAS EN LOS AFILIADOS Y COTIZANTES
DE SU INGRESO IMPONIBLE RESPECTO A LOS ASALARIADOS

90.0%

80.0%

Porcentaje

70.0%

60.0%

50.0%

40.0%

30.0%

20.0%
1986

1987

1988

1989

1990

% Afiliadas.

1991

1992

%Cotizantes

1993

1994

1995

1996

1997

1998

1999

% Ingreso Mujeres/Hombres

Fuente: Superintendencia de Administradoras de Fondos de Pensiones, Evolución del
o
sistema chileno de pensiones (1981-1997), N 73, Santiago de Chile, 1998.

Para precisar esa evolución se ha elaborado el gráfico 9 y los cuadros que lo acompañan, en
los que se analiza la distribución de las mujeres por tramos de ingreso durante el período 19891998. Se puede apreciar ahí que hay dos cambios en la distribución que explicarían el aumento
relativo del ingreso medio de las mujeres cotizantes: la disminución del porcentaje en el tramo de
menores ingresos, correspondiente a trabajadores no calificados y semicalificados, y el aumento en
los cuatro últimos tramos, a los que pertenecen profesionales y técnicos. En el primer caso, las
mujeres que cotizaban por debajo del ingreso mínimo mensual legalmente establecido han pasado
de más de una de cada cuatro a una de cada 20; los hombres, de uno de cada seis a uno de cada 25.
El descenso ha sido mayor con respecto a las mujeres, pero ha demorado 10 años, mientras que a
los hombres les bastó un quinquenio para llegar a la proporción actual; además, el porcentaje de las
trabajadoras que cotizan por menos del mínimo sigue siendo superior al masculino. En cuanto al
segundo cambio, se ha ampliado el acceso de las mujeres a puestos de trabajo gerenciales,
profesionales y técnicos, con ingresos salariales medio-altos y altos; cabe destacar que hoy existe
una proporción similar o muy parecida en los tres tramos que preceden al máximo y que en este
último la participación de los hombres ha aumentado de menos de un cuarto a la mitad.
El caso presentado muestra la evolución de la calidad no salarial sobre la base de indicadores
como la seguridad social y la estabilidad y continuidad laboral según género, así como el acceso a
puestos de trabajo; con respecto a la calificación ocupacional, el indicador utilizado han sido los
tramos de ingreso salarial imponible correspondientes a la escala ocupacional nacional. Sin duda,
los resultados son altamente satisfactorios: durante la pasada década los salarios reales crecieron a
tasas más altas que el PIB y las diferencias entre hombres y mujeres en términos de calidad no
salarial y calificación profesional han evolucionado muy rápidamente en favor de las asalariadas. A
56

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

partir de este caso y a manera de epílogo, en la sección final de este trabajo se presentarán estudios
y resultados complementarios de los países latinoamericanos a fin de extraer conclusiones y
mostrar las perspectivas de corrección y de generalización de algunas tendencias observadas.
Gráfico 9

DISTRIBUCIÓN POR TRAMOS DE INGRESO DE HOMBRES Y MUJERES
Chile 1998

Distribución por Tramos de Ingreso de Hombres y Mujeres

50.0%
45.0%

Hombres

Mujeres

40.0%
35.0%
30.0%
25.0%
20.0%
15.0%
10.0%
5.0%
0.0%

hasta 4.1 U.F

4.1 - 10.2 U.F

3.8%
5.1%

Hombres
Mujeres

35.2%
42.5%

10.2 - 20.4 U.F 20.4 - 37.5 U.F 37.5 - 47.7 U.F 47.7 - 54.5 U.F Más de 54.5 U.F
30.8%
28.0%

15.8%
15.9%

4.0%
3.4%

1.8%
1.3%

8.6%
3.8%

Chile 1993
Distribución por Tramos de Ingreso de Hombres y Mujeres

50.0%
45.0%

Hombres

Mujeres

40.0%
35.0%
30.0%
25.0%
20.0%
15.0%
10.0%
5.0%
0.0%

hasta 3.8 U.F

3.7 - 9.4 U.F

9.4 - 18.9 U.F

18.9 - 37.7 U.F

37.7 - 47.1 U.F

Hombres

5.4%

42.1%

27.9%

14.4%

2.8%

47.1 - 56.6 U.F Más de 56.6 U.F
2.0%

5.4%

Mujeres

13.4%

45.3%

25.2%

11.5%

1.8%

1.0%

1.8%

os

Fuente: Elaboración propia en base a información del Boletín Estadístico N
148, Superintendencia de Administradoras de Pensiones

b)

119 y

Calificación ocupacional

En Costa Rica, como se muestra en el cuadro 15, gracias a la satisfactoria generación de
puestos de trabajo de calidad y el amplio acceso de las trabajadoras a ellos durante el período de las
reformas, las mujeres pudieron obtener proporcionalmente más empleos de calidad —según las tres
dimensiones de este indicador—, que los hombres. Se pasará ahora a la realidad latinoamericana
más general y a algunos estudios de caso ilustrativos.

57

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Cuadro 16

AMÉRICA LATINA (NUEVE PAÍSES): EVOLUCIÓN DEL INGRESO LABORAL
DE ASALARIADOS Y NO ASALARIADOS
(En múltiplos de la línea de pobreza)
Hombres

Países
Tipo I
Bolivia

Mujeres

Año

Diferencial
hombre/ mujer
(porcentaje)
67.4
68.3

Asalariados
No asalariados

4.0
7.0

2.7
2.8

67.5
40.0

Asalariados
No asalariados

4.4
7.1

3.4
3.1

77.3
43.7

1987

Asalariados
No asalariados

5.3
7.6

3.3
4.4

62.3
57.9

Asalariados
No asalariados

5.1
30.9

3.5
10.4

68.6
33.7

1998

Asalariados
No asalariados

5.1
17.9

3.9
12.3

76.5
68.7

1988

Asalariados
No asalariados

4.7
7.0

3.3
4.3

70.2
61.4

1994

Asalariados
No asalariados

5.0
6.7

4.1
3.7

82.0
55.2

1997

Asalariados
No asalariados

4.9
6.5

4.5
3.0

91.8
46.2

1984

Asalariados
No asalariados

7.2
10.4

5.6
4.2

77.8
40.4

1989

Asalariados
No asalariados

5.4
12.8

3.3
4.4

61.1
34.4

1996

Asalariados
No asalariados

2.9
8.3

2.1
2.4

72.4
28.9

1986

Asalariados
No asalariados

3.5
3.9

2.3
1.9

65.7
48.7

1990

Asalariados
No asalariados

3.6
5.1

2.5
2.5

69.4
49.0

1997

Asalariados
No asalariados

4.4
5.1

3.2
3.1

72.7
60.8

1990

Asalariados
No asalariados

5.0
12.3

4.0
8.0

80.0
65.0

1997

Asalariados
No asalariados

6.1
14.5

4.4
9.0

72.1
62.1

1990

Asalariados
No asalariados

3.9
6.8

2.9
4.2

74.4
61.8

1997

Asalariados
No asalariados

4.9
6.2

3.3
3.8

67.3
61.3

1990

Asalariados
No asalariados

6.8
10.5

4.1
4.9

60.3
46.7

1996

Asalariados
No asalariados

8.8
12.1

5.4
6.8

61.4
56.2

1990

Asalariados
No asalariados

3.7
9.0

2.8
4.9

75.7
54.4

1997

Asalariados

2.5

2.2

88.0

No asalariados

Uruguay

3.1
4.3

1994

México

4.6
6.3

1997

Costa Rica

Asalariados
No asalariados

1994

Chile

1989

8.4

4.8

57.1

Tipo II
Argentina

Colombia

Brasil

Venezuela

Fuente: CEPAL, sobre la base de encuestas de hogares de los países respectivos.

58

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

c)

N° 28

Calidad salarial

En el mismo orden seguido para analizar la calidad de los puestos de trabajo, se comparará
primero la evolución de los ingresos laborales de los asalariados y no asalariados, a fin de evaluar
si la calidad salarial de los primeros ha sido superior y mejorado más que la de los no asalariados.
En el cuadro 16 sobre la evolución de los ingresos laborales durante las reformas se muestra lo
siguiente:
-

el diferencial de ingreso medio entre los empleos por cuenta propia y los asalariados a
estos, favorable se amplió, lo cual confirma la calidad salarial creciente de los
segundos;

-

el diferencial entre hombres y mujeres asalariados disminuyó en los países del tipo I
(salvo en México) y en la mitad de los del tipo II (Argentina y Colombia), lo cual denota
que trabajadores hombres y mujeres compiten crecientemente por esos empleos, como
resultado de la progresiva ampliación del acceso de las mujeres a ellos; y

-

el diferencial entre hombres y mujeres no asalariados aumentó en los países del tipo I
(salvo Chile y Uruguay) y en los del tipo II (salvo Brasil y Venezuela), lo que indica
que las mujeres buscan o aceptan empleos por cuenta propia no por falta de
alternativas de trabajo, sino por conciliar las demandas laborales externas con las del
hogar para reducir el conflicto entre trabajo remunerado y doméstico no remunerado,
dada la mayor flexibilidad de estos empleo (por área, actividad/inactividad y otros
factores).

Para tener una visión de los factores que inciden en la evolución de los ingresos laborales de
asalariados y no asalariados, se analizan los diferenciales mujer/hombre según niveles de
instrucción (véase el cuadro 17), lo cual confirma la tendencia a una disminución de las diferencias
de ingresos laborales entre hombres y mujeres, en este caso debido al positivo cambio del perfil
educativo de la fuerza de trabajo femenina, ya señalado en la primera parte.
Puede advertirse, además, que solo en cuatro países (Bolivia, Brasil, Chile y México), el
mejoramiento de los diferenciales de ingreso de las mujeres con poca o ninguna instrucción
respecto de los hombres en esa categoría se combina con un aumento de su tasa de participación
(véanse cuadros 16 y 17). Esto denotaría que en los países más avanzados en las reformas que otros
(excepto Brasil), existe una mayor tendencia a incorporar a mujeres con poca o ninguna educación,
y a que los ingresos laborales de éstas aumenten más que en el resto de los países del tipo I. Habría
así una mejora de la calidad del empleo para quienes ocupan esos puestos de trabajo.

59

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

Cuadro 17
a

AMERICA LATINA (NUEVE PAÍSES): CEMIT FEMENINA COMO PORCENTAJE DE LA MASCULINA
PARA LA POBLACIÓN OCUPADA DE 25 A 59 AÑOS DE EDAD QUE TRABAJA MÁS DE
20 HORAS SEMANALES, SEGÚN NÚMERO DE AÑOS DE INSTRUCCIÓN
(Zonas urbanas)

Países

Año

Tipo I

Total

Bolivia
Costa Rica
Chile
México
Uruguay

0 a 5 años

6 a 9 años

10 años y más

1989
1997
1988
1997
1990
1996
1989
1996
1990
1997

65
75
84
96
77
73
75
72
74
83

66
74
79
68
65
79
78
75
63
68

74
74
64
73
69
74
79
79
67
76

71
86
81
95
75
68
72
67
72
74

1990
1997
1990
1997
1990
1996
1990
1997

90
87
76
95
67
74
73
79

93
95
72
74
51
65
65
77

80
84
78
123
56
63
70
71

87
78
70
85
62
63
69
71

Tipo II
Argentina
Colombia

b

Brasil
Venezuela

Fuente: Elaborado sobre la base de CEPAL, Panorama social deAmérica Latina, 1998 (LC/G.1886-P), anexo
estadístico, cuadro 39, Santiago de Chile. Publicación de las Naciones Unidas, Nº de venta: S.99.II.G.4.
a

CEMIT significa Capacidad Equivalente Mensual de los Ingresos por Trabajo y corresponde al ingreso mensual
equivalente según el valor de la hora de trabajo, expresado en líneas de pobreza. Este indicador no incluye a los
familiares no remunerados.
b
A partir de 1993, la cobertura geográfica de la encuesta se amplió hasta abarcar prácticamente la totalidad de la
población urbana del país. Hasta 1992, la encuesta comprendía a alrededor de la mitad de dicha población.

D.

Desarrollo institucional del mercado de trabajo y
participación laboral femenina: conclusiones y
consideraciones de política
1.

Regulación y desregulación

La favorable evolución observada en el caso de Chile, una de las experiencias más antiguas y
completas de reforma laboral neoliberal, lejos de estar asociada a la desregulación del mercado de
trabajo, atrae la atención hacia el desarrollo institucional requerido para lograr aunar el máximo
aprovechamiento de los recursos humanos con el avance hacia la equidad de género. En los
gráficos 8 y 9 que ilustran esa evolución se observa un punto de inflexión de las tendencias a partir
de 1990: éste se relaciona con cambios institucionales en el mercado de trabajo, entre los cuales se
destacan los siguientes:

60

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

-

El paso de una organización sindical reprimida durante el régimen político autoritario
a una creciente libertad e influencia de la acción de los trabajadores organizados —si
bien en el marco de la limitación de la negociación colectiva a nivel de empresa–,
fruto de la transición a un régimen democrático, en la que estos trabajadores tuvieron
una participación. Este aumento de la actividad e influencia de los trabajadores
organizados también se ha dado en los demás países latinoamericanos, en particular,
aunque insuficientemente, en el campo de las condiciones laborales de la mujer, como
resultado del creciente interés en incorporarla y así ampliar la presencia y fuerza del
movimiento sindical;

-

La mayor receptividad a las propuestas legislativas presentadas por organizaciones y
centros de estudios de la mujer, complementada con la creación de una Secretaría
Nacional de la Mujer encargada de promover la equidad de género en y desde el aparato
del Estado. La promulgación de leyes laborales dirigidas específicamente a la mujer ha
sido común en los países latinoamericanos; la manifestación más reciente de esta
constante puede verse en la Constitución venezolana aprobada en diciembre pasado;

-

La aprobación por el Congreso en 1990 de una reforma laboral en la que se ampliaban
las posibilidades de regulación estatal, en particular en materia de salarios mínimos;
esto fue reforzado con la adopción de políticas del estado que, a partir de 1994,
tuvieron una perspectiva de mediano plazo, con metas que reflejaban la continuidad
del acelerado y sostenido crecimiento económico (7% anual) desde 1986, tendientes a
que los salarios mínimos aumentaran a tasas superiores a las del PIB;12

-

Gracias a los recursos generados por la reforma tributaria, introducida también en
1990, se acordó realizar programas en favor de los trabajadores del sector público,
cuyos salarios habían quedado rezagados a raíz del severo ajuste fiscal de la década
precedente; este era el caso, en especial, de los trabajadores de la salud y la educación,
los más numerosos y con una dotación predominantemente femenina;13

-

Finalmente, las condiciones y beneficios laborales (horarios, licencia maternal pagada y
otros) de algunos grupos ocupacionales particularmente vulnerables, como las empleadas
domésticas remuneradas, mediante diversas modificaciones legislativas fueron
equiparadas con las del conjunto de los asalariados en el curso de la pasada década.

Este examen de la regulación en la experiencia de Chile, desde una perspectiva regional
latinoamericana avala la necesidad de revisar aspectos críticos para el funcionamiento de los
mercados de trabajo, en particular los referidos a la participación de la mujer, dado el carácter aún
general e incompleto de los cambios en la institucionalidad laboral. A menudo esta revisión exigirá
obtener información adicional e incorporar nuevos indicadores para dar seguimiento a procesos y
tendencias que pueden o no requerir modificaciones legales o, simplemente, traducirse en nuevas
prácticas de las empresas, los trabajadores y los organismos de fiscalización laboral.
12

13

La fijación de los salarios mínimos, en un contexto en que el número de trabajadores que los percibían disminuía rápida y
sostenidamente puede inducir a creer que su impacto fue marginal. Sin embargo, la realidad es que esta fijación constituye una señal
orientadora para las negociaciones colectivas a nivel de empresa y también para las prácticas empresariales en aquellas empresas y
subsectores donde estas negociaciones no existen. En la experiencia de Costa Rica, Fatma El-Hamidi ha encontrado evidencias
igualmente concluyentes de que los salarios mínimos son considerados por las partes como el nivel normativo de pago en la
economía y que su fijación ejerce un impacto positivo en la evolución global de las remuneraciones (véanse El-Hamidi, 1996;
Montiel, 1999). Sobre otras experiencias, véanse García,1993; Bell, 1995.
Estos programas en favor de los empleados públicos con rezagos salariales acumulados desde los años ochenta, en especial los de las
áreas de la salud y la educación, se han generalizado en muchos otros países latinoamericanos a raíz del aumento de la fuerza de los
trabajadores organizados y de la mayor estabilidad fiscal. Uno de los casos más conocidos en el último bienio ha sido el de
Colombia. También en Ecuador, ante la crisis fiscal y financiera de 1999 se llegó incluso a que las autoridades y dirigentes políticos
y sindicales plantearan que debía incluirse la obligación de pagar las remuneraciones a los empleados públicos entre las condiciones
internas para suscribir un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

61

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

2.

Movilidad ocupacional e institucionalidad laboral

Como es sabido, en los países de América Latina el período 1980-2000 resalta por las
transformaciones de la ocupación industrial entre subsectores y dentro de ellos, así como por la
expansión de los servicios, las dos actividades en que se concentra la población activa y la creación
de puestos de trabajo. Estas transformaciones han tenido lugar en ciclos de crisis o de crecimiento
económico y se han traducido en una excepcional movilidad ocupacional, particularmente en los
países en los que la flexibilización laboral ha ido acompañada de un creciente uso de los contratos
temporales por parte de las empresas. Casos como el de Brasil, que presenta una flexibilización
laboral de hecho, y el de Chile, donde la flexibilización fue impulsada por reformas laborales,
servirán de ejemplo.
Si se incorpora la dimensión de la movilidad ocupacional, la favorable evaluación de la
experiencia chilena en la década pasada, puesta en el contexto de la realidad laboral en su conjunto,
se vuelve relativa incluso entre los asalariados. Para analizar la movilidad ocupacional se empleará
como indicador la continuidad de la contribución al nuevo sistema de seguridad social, que
constituye el registro más completo, desde 1982, de los trabajadores en la fuerza de trabajo o
actualmente fuera de ella. Como puede verse en el cuadro 18, el número de trabajadores afiliados,
vale decir, los que cotizaron en el nuevo sistema durante algún período entre su creación en 1982 y
junio de 1999, es mayor que el de los ocupados en esas fechas y más del doble de los que cotizaron
en ese último mes. De los 5.1 millones de trabajadores ocupados, la mitad no contribuía a las
administradoras de fondos de pensiones (AFP), aun tratándose mayoritariamente de asalariados
entre los que la proporción de cotizantes alcanza a 70%. Además, el número de desocupados
superaba los 550 000 y cerca de 300 000 estaban fuera de la fuerza de trabajo. Esto significa que
por lo menos una de cada dos personas que trabajaron entre 1982 y 1999 en un puesto asalariado en
el que cotizaban para la seguridad social, actualmente ocupaba un puesto de trabajo en el que no
cotizaba, estaba desocupado o fuera de la fuerza de trabajo. La movilidad ocupacional, o cambio de
puesto de trabajo, como ocurre normalmente en todos los países, fue una experiencia común entre
los trabajadores chilenos, pero al menos para uno de cada dos de ellos este cambio fue negativo, ya
que una o más veces durante el período pasó de un puesto de trabajo en el que cotizaba a uno en el
que no lo hacía. La explicación del bajo porcentaje de trabajadores afiliados con respecto a la
media mensual de cotizantes está estrechamente vinculada al tipo de movilidad ocupacional y tiene
dos componentes: la limitada proporción de trabajadores que desde la creación de las AFP han
cotizado en ellas en calidad de autónomos, por una parte, y por la otra, la prácticamente nula
continuidad de cotización al pasar los trabajadores de asalariados a autónomos, a desocupados y,
obviamente, al salir de la fuerza de trabajo.
Cuadro 18

CHILE: TRABAJADORES OCUPADOS, AFILIADOS Y COTIZANTES EN LAS ADMINISTRADORAS
DE FONDOS DE PENSIONES, SEGÚN GÉNERO Y CONDICIÓN CONTRACTUAL
Asalariados
Total
Ocupados

Hombres

Autónomos
Mujeres

3 558 900

Total

Hombres

Total
Mujeres

1 442 350

5 124 370

Afiliados

5 832 717

3 398 900

2 401 172

163 268

93 398

69 484

5 995 985

Cotizantes

2 494 048

1 592 067

896 131

67 287

40 997

26 132

2 561 335

Cotizantes/ocupados

70%

Cotizantes/afiliados

43%

4%
47%

37%

41%

50%
43%

37%

42%

Fuente: Encuesta de ocupación, mayo-junio de 1999 del Instituto Nacional de Estadística (INE) y CEPAL, sobre la base
de información proporcionada por la Superintendencia de Administradoras de Fondos de Pensiones de Chile.

62

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

En el caso de Brasil, el interés por la movilidad ocupacional aumentó en el contexto de la
crisis y la reestructuración productiva ocurridas en las dos ultimas décadas; la continuidad
ocupacional ha sido analizada por los especialistas en función de la permanencia de los
trabajadores en una misma rama de actividad y en empleos con contrato legal de trabajo.14 En este
país, por ser la industria el sector más afectado y por las limitaciones de las fuentes de información,
los análisis están centrados en los trabajadores industriales (Araujo Castro, 1994, pp. 116-132; Paes
de Barros y otros, 1997). En el período 1989-1995, la proporción de trabajadores que sólo pudo
ocuparse en puestos sin contrato legal fue de 36% entre los expulsados del sector industrial en su
conjunto y de 38% entre los que perdieron su trabajo en subsectores afectados particularmente por
la crisis y la reestructuración; en la industria automotriz, por ejemplo, sólo 30% de los ocupados
mantuvo su puesto durante ese período (Araujo Castro, 1999), y de los trabajadores licenciados de
esta rama industrial que lograron puestos con contrato de trabajo en otras actividades, casi la mitad
debió cambiar de empleador cuatro o más veces entre 1989 y 1995 (Cardoso, 1998, pp. 701-750).
Finalmente, de los trabajadores industriales que encontraron ocupaciones, con o sin contrato legal,
sólo un tercio siguió desempeñando tareas acordes con sus calificaciones profesionales al
cambiarse de puestos de trabajo.
A su vez, la comparación de la movilidad ocupacional de hombres y mujeres en el caso de
los trabajadores industriales brasileños muestra que, una vez despedidos, la probabilidad de tener
que emplearse en un puesto de trabajo sin contrato legal fue de 55% para las mujeres y de 40%
para los hombres; además, en el caso de las mujeres, la probabilidad de reintegrarse posteriormente
al sector industrial era en ramas tradicionales, como la textil, y en general en pequeñas industrias
(Araujo Castro, 1999). En el caso chileno, las mujeres que durante el período 1982-1989 habían
trabajado puestos que cotizaban en la seguridad social privada tenían un 37% de probabilidades de
encontrarse en un puesto de igual calidad en junio de 1999, mientras que para los hombres esta
probabilidad era de 47% entre los asalariados y de 43% entre los autónomos (véase el cuadro 18).
Estos son resultados previsibles, aunque agravados por la discriminación y la especificidad
ocupacional de su participación laboral, por constituir las mujeres la categoría que ingresó al
mercado de trabajo en mayores proporciones durante el período de crisis y de reestructuración.
La comparación de estos países latinoamericanos con los desarrollados sugiere que la
movilidad o rotación ocupacional en períodos de reestructuración no es particularmente más
acentuada en los primeros. Así, por ejemplo, los trabajadores en la industria automotriz brasileña,
más expuestos a la rotación, cambiaron de empleo 2.5 veces, en promedio, en el curso de cinco
años, es decir, una vez cada 24 meses. En períodos de similares características, la permanencia
media en el puesto de trabajo fue de 25 meses en Australia, de 23.2 meses en Canadá y de
22.2 meses en Estados Unidos.15 En el caso de este último, se observó una tendencia hacia
una reducción de la movilidad ocupacional: entre 1979 y 1988 la proporción de los trabajadores
con tres años y más de antigüedad en el puesto de trabajo pasó de 53.6% a 55.6%. Este aumento
de la estabilidad laboral fue mayor para las mujeres (de 47.6% a 51. 1%) que para los hombres;
éstos, sin embargo, seguían superándolas a este respecto en el año final (59.6%) (Osterman, 1992,
pp. 278 y ss.).
Igualmente, la comparación internacional indica que la tasa de movilidad o rotación
ocupacional femenina no difiere mayormente de la masculina entre los jóvenes (15-19 y 20-24 años
de edad), pero sí en el tramo central de la vida ocupacional (25-59 años de edad), en el cual la tasa
14

15

La información sobre los trabajadores con contrato legal es recopilada por el Ministerio del Trabajo, sobre la base de la que
suministran las empresas industriales, y se conserva en la base de datos de la Relação Anual de Informaçoes Sociais (RAIS). A partir
de este año, la información recolectada y la base de datos se ampliarán al conjunto de las empresas urbanas. El acceso a esta base de
datos ha permitido, en particular, la realización del proyecto “Trajetorias ocupaciónais e empregabilidade da força de trabalho: por
uma metodologia de acompanhamento de trajetorias de trabalhadores industriais na nova ordem produtiva brasileira”, coordinado
por Nadya Araujo de Castro desde 1997.
Para Brasil, véase Cardoso (1998), p. 717; para los desarrollados Foster y Gregory (1983) y Allen y Unwin (1983), p. 119.

63

Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

femenina puede llegar a duplicar la masculina (Canadá) y hasta cuadruplicarla (Australia y Estados
Unidos) (Foster y Gregory, 1983, pp. 121 y ss.). Esta diferencia entre la rotación ocupacional de
hombres y mujeres en el tramo central de edad está fuertemente determinada por el ciclo vital; así,
en Estados Unidos, la proporción de mujeres entre 35-44 años de edad con una baja permanencia,
de dos años o menos, en el puesto de trabajo (39.3%) es muy superior a la de los hombres (28.2%),
mientras que en el tramo de 45-60 años de edad, la proporción de mujeres con 16 años o más de
permanencia (20.7%) alcanza a la mitad de la de hombres (41.7%) (Osterman, 1992, p. 281).
El peso decisivo del ciclo individual y familiar en esta rotación laboral diferencial, vinculado
a los distintos patrones de responsabilidad, ha sido mostrado en algunos estudios recientes en los
países latinoamericanos. Al respecto, es ilustrativo el caso de la industria de maquila: aunque allí
los mayores de 25 años de edad de ambos sexos, casados y con hijos, tienen una rotación laboral
más baja, “las responsabilidades para las mujeres parecieran ser mayores, debiendo comprometerse
con una participación más activa y permanente”.16 Este caso recuerda también que los principales
desincentivos (desutilities) de la vida laboral son la rutina y la inestabilidad y baja exigencia
profesional de los puestos de trabajo (Lane, 1991, p. 24), que en el caso de ramas como la maquila
se traducen en una movilidad ocupacional hacia otras actividades laborales más atractivas y en una
movilidad de retorno nula o marginal hacia ese subsector. En estas circunstancias, una alta
permanencia femenina en el puesto de trabajo, así como su contratación preferencial por parte de
las empresas, indica la existencia de una competitividad espuria respecto de los hombres y una
discriminación de hecho. En cambio, un flujo creciente de hombres hacia estas actividades, como
actualmente comienza a suceder en la industria maquiladora de exportación mexicana, se asociaría
a un incremento de los factores de atracción del subsector (creatividad, oportunidades de carrera,
niveles salariales, otros).
La diferencia entre los países latinoamericanos y los desarrollados en cuanto a movilidad
ocupacional y la institucionalidad laboral que la enmarca estriba en que en los primeros es más
frecuente que la movilidad conduzca de empleos de calidad aceptable a otros de mala calidad (sin
seguridad social o sin contrato de trabajo), así como en el mayor uso de los contratos temporales de
trabajo.17 En estas circunstancias, el desarrollo de la institucionalidad laboral en los países
latinoamericanos tiene que ser adecuada para seguir el modelo “bismarckiano”, utilizado por
algunos del mundo desarrollados, en el que se vincula la seguridad social a la contribución basada
en la nómina de salarios o el resultado en el mercado de trabajo (León, 1998, pp. 21-42). Al
hacerlo, en las condiciones actuales, en el flujo de financiamiento de la seguridad social se
introduce la discontinuidad de la contribución que resulta del cambio de puestos de trabajo. Esto se
traduce en discontinuidad de la cobertura de salud del trabajador y, en muchos casos, de su familia,
así como en insuficiencia del período de contribución para que el trabajador obtenga una pensión
mínima o que le que garantice un ingreso sobre la línea de pobreza.18
Igualmente, el desarrollo institucional del mercado de trabajo no puede basarse
exclusivamente en consideraciones de costo y competitividad laboral internacional por trabajador,
sin tomar en cuenta el cambio del modelo de participación laboral femenina, que está determinando
que aumente el número de aportantes adultos de ingresos laborales en hogares que antes contaban
sólo con uno. Este ingreso laboral, ahora posiblemente mayor y más estable por ser múltiple, puede
16

17

18

64

En el caso de un subsector de actividad de tan alta rotación como la maquila, el porcentaje de hombres que permanece por dos años
y más (28%) es muy inferior al de las mujeres (46%). Véase Canales Ceron (1995), pp. 133-164. También Christenson, Garcia y de
Oliveira (1989) y de Oliveira (1999).
En Chile, por ejemplo, la utilización de estos contratos, sea directamente o por la vía de contratar a empresas de trabajo temporal,
alcanza a 30% del total, proporción muy superior a la registrada en Canadá (11.6%), Estados Unidos y Francia (menos de 10%), y
Bélgica (7.8%). Sin embargo, en España la frecuencia es similar a la chilena. Véase Fernández (1999), pp. 149-177.
La probabilidad de que la mujer contribuya por un período insuficiente, en todos los modelos de participación laboral femenina, es
superior a la del hombre y hace que los modelos de seguridad social inspirados en el que se adoptó en Chile en 1982 discriminen
contra la mujer trabajadora. Véase Arenas y Montecinos (1999), pp. 7-39.

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propiciar la sostenibilidad y la progresiva universalización de la cobertura de los sistemas de
seguridad social y de otros componentes no salariales básicos de la calidad del empleo (seguridad
ocupacional, por ejemplo). En el caso de la seguridad social en materia de salud, al vincularse la
contribución múltiple por hogar a mejores planes de atención, puede contribuir a que disminuya la
evasión del pago de cotizaciones, aumentar la viabilidad financiera del sistema y reducir la
necesidad de subsidios estatales para cubrir lagunas en los aportes de los beneficiarios de los planes
públicos y privados de atención de la salud.

3.

Continuidad ocupacional e institucionalidad laboral

Corresponde a la institucionalidad laboral conciliar el conflicto entre el rechazo a la
inseguridad de su permanencia en el puesto de trabajo por parte del empleado, y el rechazo a la
seguridad de esa permanencia del ocupante, en calidad de cuasi propietario, por parte del
empleador. La permanencia es valorada por el ocupante y resistida por el empleador debido a que
generalmente conlleva remuneraciones y costos laborales que aumentan —al menos
nominalmente— con la antigüedad; así, los trabajadores buscan que las alzas salariales en función
de la antigüedad formen parte de las reglas del juego laboral, en tanto que los empleadores se
esfuerzan por obtener el máximo de flexibilidad para ajustar los costos laborales al ciclo
económico general y de la empresa (Lane, 1991, p. 332).
En un mercado de trabajo de compradores en condiciones de pleno empleo o en una
economía con una dinámica generación de puestos de trabajo, la inseguridad del empleo que exigen
las transformaciones productivas puede ser compensada por una continuidad ocupacional. Esta
alternativa, sin embargo, es resistida por los trabajadores cuando —como ocurre en los países
latinoamericanos— las trayectorias ocupacionales no garantizan traslados entre empleos de igual
calidad y, lejos de predominar un mercado de compradores, las transformaciones productivas van
acompañadas de tasas de desempleo de dos dígitos, a menudo durante varios años.
La masiva integración de la mujer al mercado de trabajo en los últimos 20 años, como se ha
visto, ha tenido lugar en un contexto de discontinuidad laboral, o bien de continuidad, pero con
trayectorias laborales poco satisfactorias. Y uno de los mecanismos adoptados por ellas y sus
hogares para ajustarse a esta realidad ha sido la negativa a asociar la seguridad social y los
compromisos a largo plazo, personales y de sus hogares, a la continuidad de su contribución laboral
a los sistemas de seguridad social o al ingreso del hogar. Por esta razón, muchas trabajadoras han
preferido maximizar su remuneración neta (take home pay), por la vía de aceptar que las empresas
no les paguen las contribuciones sociales o su equivalente; otra forma es la de emplearse sin
contrato de trabajo, lo que supone no poder justificar ingresos para acceder a mejores condiciones
de crédito personal y familiar.
Durante este período de transformaciones, los episodios de caída de los salarios reales y
aumento de las tasas de desempleo, con la consiguiente presión hacia el ingreso al mercado de
trabajo de un mayor número de mujeres, han dado paso a otras fases en que se incrementan los
medios de crédito (tarjetas, programas de vivienda basados en el ahorro previo, otros) y se
privatizan algunos servicios básicos (salud, educación), todo lo cual al aumentar la participación en
la experiencia de los mercados de consumo y de trabajo, apunta a una inserción laboral femenina
más permanente. Con frecuencia, la experiencia de participar en el mercado de consumo ha sido
más importante, al menos temporalmente, que la de estar integrada al mercado de trabajo, por lo
que ha servido como elemento facilitador de una mayor estabilidad en la participación laboral de la
mujer. Así, por ejemplo, el interés en adquirir una vivienda, y su posterior equipamiento, han
motivado la entrada o permanencia de la mujer en el mercado de trabajo después del matrimonio.
En el tiempo, la influencia de las experiencias en los mercados de consumo y laboral actúa en dos
sentidos: por una parte, está marcada por el incremento de los compromisos de consumo que, a su
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Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

vez, demandan compromisos más permanentes con el mercado de trabajo, como la contribución a la
educación de los hijos; y por la otra, el compromiso laboral más permanente permite que la mujer
trabajadora logre una redefinición y división de papeles con su cónyuge y otros miembros del hogar
para el financiamiento de los compromisos del consumo, dando en general preferencia a los de
mediano y largo plazo.
La relevancia de este proceso de cambio en la participación laboral femenina, alimentado por
la experiencia simultánea de la mujer en los mercados de consumo y de trabajo, radica en que al
pasar su perspectiva temporal de puntual a de mediano plazo y, finalmente, a permanente, se
modifican su actitud y sus objetivos en la negociación de las reglas del juego laboral. De este
modo, a la reivindicación de la equidad de género en el acceso a los puestos de trabajo y de igual
remuneración por igual trabajo, se agregan otras, originadas por el compromiso laboral permanente
y el logro de una continuidad ocupacional con costos y gratificaciones; estas demandas, aunque a
menudo distintas por la especificidad de género, son igualmente satisfactorias que las planteadas
por los hombres. Se examinará a continuación algunas de las principales reivindicaciones y su
relación con los cambios en curso de la institucionalidad laboral en los países de la región.

4.

Sistemas de apoyo a la participación laboral y compensación
por salida temporal o definitiva del mercado laboral

En un contexto de participación laboral puntual, la reivindicación femenina apuntaba a una
mejor división del trabajo doméstico no remunerado con su cónyuge y otros miembros del hogar o
a la contratación, con financiamiento compartido, de una persona externa para realizar ese trabajo;
al asumirse el compromiso laboral a mediano plazo o permanente, la reivindicación de las mujeres
trabajadoras se orienta hacia los sistemas de apoyo y la compensación por su participación laboral
irregular.
En los sistemas de apoyo, fundamentalmente vinculados a las funciones reproductivas y el
cuidado de los niños, se asiste a un rechazo de los esquemas tradicionales dependientes de la
empresa, que al inducir un aumento del costo de la mano de obra femenina iban en detrimento de
su competitividad en el mercado de trabajo. Es así que surge el planteamiento de que los sistemas
de apoyo se financien de modo compartido por hombres y mujeres para que su costo no se traduzca
en una discriminación contra la mujer trabajadora por parte de los empleadores; alternativa o
complementariamente también se propone que estos sistemas sean asumidos por la sociedad y la
economía en su conjunto, mediante subsidios a la salud reproductiva y las licencias pre y post
natales, así como el establecimiento de sistemas de apoyo para el cuidado de los niños (educación
preescolar, por ejemplo).
Cabe observar que existe una actitud equívoca, compartida por los trabajadores
independientemente del género, con respecto a la reivindicación de la seguridad del empleo, o
permanencia en el puesto de trabajo, y la continuidad laboral. La reivindicación de la seguridad
laboral conduce a asignar a la empresa donde se ha logrado un contrato permanente, o vincular a
ella, la responsabilidad del derecho al descanso, el pago de los costos de la salud reproductiva y el
financiamiento de los sistemas de apoyo. En cambio, la demanda relativa a la continuidad
ocupacional lleva a independizar la empresa de las prestaciones y a reconocer la libre elección de
los proveedores de servicios de salud y apoyo, actitud consistente con la libertad de movimiento
ocupacional propiciada por otros cambios en la institucionalidad laboral, en particular en materia
de seguridad social.
Entre ambas alternativas, la relativa a la continuidad ocupacional tiene varias ventajas: es
más neutra respecto de la competitividad laboral de hombres y mujeres e involucra al sector
empresarial y no a empresas específicas; a la vez, permite tomar el precedente de las reglas del
juego y ejercer la libre elección en la seguridad social para así legitimar las propuestas con la
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consistencia requerida por la institucionalidad laboral. Ambas alternativas, sin embargo, tienen el
inconveniente de que limitan los beneficios a los asalariados, y dejan al margen a quienes ocupan
puestos de trabajo por cuenta propia o autónomos. Esto significa que el actual patrón de movilidad
ocupacional incide negativamente en los beneficios y resalta la conveniencia, al igual que en el
caso de la salud, de combinar las responsabilidades estatal y privada en el financiamiento y la
prestación de estos servicios, sin que ello necesariamente implique la asignación de un subsidio
generalizado a los trabajadores por cuenta propia.
La compensación a la mujer por su salida temporal o definitiva del mercado de trabajo es una
reivindicación más reciente e inspirada en los logros de las organizaciones de mujeres en los países
desarrollados. Lo que se demanda es que la sociedad y la economía asuman el pago del trabajo
doméstico actualmente no remunerado, con o sin el reconocimiento de cobertura de seguridad
social a quienes lo desempeñan. En la nueva constitución de Venezuela se ha incorporado este
reconocimiento, que será puesto en práctica gradualmente y constituye una muestra aún
excepcional y reciente. Formas parciales de esta compensación son el derecho de la mujer a horario
flexible o trabajo a tiempo parcial en la empresa contratante de acuerdo con sus actividades
reproductivas o el cuidado de miembros de su hogar (hijos o esposos);19 la inmunidad al despido
durante los períodos pre y post natales; y el derecho de la mujer a una parte proporcional de los
fondos o beneficios de pensión del cónyuge, independientemente de su participación laboral
remunerada. Sea que se trate de una compensación general, pero obtenida gradualmente, o
mediante acumulación de formas parciales, las reivindicaciones apuntan a que se reconozca el
trabajo doméstico no remunerado como parte de la continuidad ocupacional de la mujer.

5.

Seguro de desempleo

La reivindicación de un sistema universal de seguro de desempleo ha tomado fuerza en los
países latinoamericanos impulsada por la experiencia de la década de 1990, cuando la tasa de
desempleo a nivel regional fue similar a la registrada en la época de la crisis de la deuda, y también
por el rápido y fuerte incremento de la desocupación ante crisis que repercuten en grupos de países,
como la de México en 1984/1985 y la actual. Esas experiencias han enseñado que sería necesario
reconocer la responsabilidad pública-estatal y privada respecto de los costos en términos de
desempleo que originan las transformaciones productivas y la inserción en la economía global, si se
quiere que el proceso de reformas estructurales sea viable y no pierda legitimidad por sus altos
costos sociales y la desigual distribución de éstos; también han subrayado la factibilidad económica
de introducir o generalizar sistemas de seguro de desempleo en economías emergentes, como
muchas de las latinoamericanas.20
Sin duda, un sistema de seguro de desempleo haría que la alternativa de la continuidad
ocupacional fuera más viable y aceptable por los trabajadores, al igual que reformas laborales más
completas, como las que se están debatiendo en varios países de la región (Argentina, por ejemplo).
Por su actualidad, es conveniente considerar el tema de esta propuesta de cambio de la
institucionalidad laboral desde el punto de vista del género y a la luz de las experiencias históricas,
dentro y fuera de la región. En efecto, éstas muestran que los sistemas de seguro de desempleo, si
bien representan una reivindicación común a todos los trabajadores, no son neutros desde el punto
de vista del género, especialmente cuando son introducidos en un período de cambio del modelo de
participación laboral femenina.
Los análisis de las trayectorias ocupacionales de hombres y mujeres en los países
desarrollados y latinoamericanos, como los ya presentados en la primera parte, demuestran en
19

20

Una de cuyas variantes incluye el reconocimiento de este derecho a ambos cónyuges, particularmente en el caso del cuidado de los
niños.
Véase Lee (1998), pp. 75 y ss. En su propuesta el autor hace referencia a varios países latinoamericanos.

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Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

forma concluyente que difieren en muchos aspectos. En particular, la mujer tiene una mayor
probabilidad de cesantía y por tiempo más prolongado; también es más frecuente que salga
temporalmente del mercado de trabajo, no necesaria ni claramente en forma voluntaria. Además,
con el cambio en curso de su modelo de participación laboral en los países latinoamericanos, la
proporción de mujeres de 25-55 años de edad entre los trabajadores afectados por la cesantía ha
aumentado y, con ello, el impacto en el hogar y en la economía en su conjunto. Finalmente, la
antigüedad en el puesto de trabajo —como ya se vio— es menor en el caso de la mujer, sobre todo
en un período de aumento masivo de su entrada al mercado laboral, lo cual la hace menos elegible
para los beneficios del seguro de desempleo que, habitualmente, tienen como requisito una
antigüedad mínima en el puesto de trabajo. La combinación de estos factores explica lo ocurrido en
experiencias como la de Brasil, donde el sistema de seguro de desempleo se introdujo en 1986: allí
41% de los desempleados eran mujeres, pero sólo representaban 28.7% de los asegurados. Sin
embargo, la discriminación positiva del seguro de desempleo en Brasil a favor de las mujeres
trabajadoras de menores ingresos ha logrado elevar la proporción de éstas entre las cubiertas por el
seguro.21
La necesidad de incorporar los diferenciales de género de las trayectorias ocupacionales de
hombres y mujeres es tan evidente como la de reconocer que en la actualidad no se dispone de los
estudios ni de gran parte de la información requerida para hacerlo. Si bien esto no justifica que no
se emprenda la tarea, sabiendo la urgencia que puede asignársele a la introducción o generalización
de los seguros de desempleo, se podría prever que fueran lo suficientemente flexibles como para
permitir revisiones periódicas de su forma de operar y su complementación con subsistemas de
seguimiento que proporcionen los antecedentes necesarios para detectar los problemas y corregirlos
oportunamente.

6.

Capacitación laboral

En el marco de la alternativa de contratos de trabajo permanentes, la capacitación laboral es
tanto o más beneficiosa para la empresa que para el trabajador, mientras que en la de continuidad
ocupacional es una condición para que tenga éxito y la responsabilidad de ella corresponde a la
economía y a la sociedad en su conjunto. Sin duda, esta responsabilidad compartida es uno de los
factores que explica la carencia de actividades de capacitación en los países latinoamericanos
durante el período de transformación productiva en curso y muestra que a pesar de ser una
responsabilidad pública-estatal y privada, aún los gobiernos no le asignan prioridad. Es ésta una de
las más importantes deudas sociales en los países en que se promovieron y se sigue adelante con las
reformas estructurales, ya que para legitimar la flexibilización laboral no se dudó en prometer que
ésta sería acompañada de un acceso generalizado a la capacitación profesional.
Como puede comprobarse en los casos de transformación productiva exitosa, la capacitación
laboral es, además, un factor favorable a la permanencia del beneficiario en la empresa o
conglomerado económico donde se desempeña y al desarrollo de carreras ocupacionales; es
igualmente un componente básico de la reconversión ocupacional que generan los procesos de
transformación productiva.
En los programas de capacitación, la ceguera a las consideraciones de género es tan grande,
aun en los casos en que la oferta de este servicio ha aumentado, que generalmente no se cuenta con
información desagregada por sexo sobre los beneficiarios de estos programas. Esto a pesar de que
la mujer, si bien ha logrado equiparar o sobrepasar los niveles de educación formal del hombre,
21

68

Véase Araujo Castro y Valle (1998), p. 59. Este documento fue preparado en el marco del programa integrado para promover y
mejorar la participación de la mujer en la industria en la región del Mercosur y Chile y Araujo Castro y Comin (2000), “Mobilidade
setorial, diversidade de gênero e acesso ao seguro desemprego. Vicissitudes de trabalho no Brasil nos anos 90”, elaborado en el
marco del proyecto CEPAL/GTZ. Para un análisis general del desempleo en las zonas urbanas de Brasil con una perspectiva de
género, véase Lavinas, Rubens do Amaral y Barros (1999).

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tiene un rezago importante en términos de antigüedad laboral. Además, esta herramienta es
fundamental para superar el dualismo en cuanto a participación laboral femenina según niveles
educativos y de ingreso del hogar. En un programa de capacitación que incorpore consideraciones
de género se deberá evitar que sus beneficios queden supeditados a la vinculación a una empresa y
a la duración de la permanencia en ella, para así neutralizar la menor antigüedad laboral relativa de
la mujer; también se tendrá que incluir un componente de alfabetización de adultos, dada la alta
incidencia del analfabetismo entre las mujeres de hogares pobres.
En vistas del dualismo que muestra la participación laboral femenina entre los niveles
superiores e inferiores de educación y de ingreso del hogar, la capacitación laboral debe incorporar
el hecho de que, así como en la educación las diferencias comienzan a manifestarse tempranamente
en las más altas tasas de repetición de los niños provenientes de hogares pobres y de padres con
bajo nivel educacional, en la inserción en el mercado laboral las tasas de participación diferencial
entre mujeres se relacionan con la deserción o finalización de los estudios y la entrada al mundo del
trabajo. Las jóvenes que ingresan al mercado laboral a edades tempranas (12-19 años) con
educación primaria o secundaria completa/incompleta, tienen una inserción ocupacional muy
inferior, que se traduce en trayectorias ocupacionales más truncas y de poca o nula movilidad
vertical durante su vida laboral.22 El acceso a la capacitación, o la continuación de los estudios
gracias a becas y programas de educación y trabajo dirigidos preferentemente a mujeres con bajos
niveles educacionales y de ingreso constituye una herramienta fundamental para terminar tanto con
el dualismo de los modelos de participación laboral femenina como con una de las principales
causas de la transmisión intergeneracional de la pobreza.

7.

Mejoramiento de la calidad de los puestos de trabajo por
cuenta propia

Desde la década de 1970, y debido en buena parte a la acción pionera del Programa Regional
de Empleo para América Latina y el Caribe (PREALC-OIT), los países de la región han acumulado
una larga experiencia en iniciativas para el mejoramiento del empleo por cuenta propia o
autónomo; estos proyectos, abundantes en prácticas efectivas, han tenido una gran prioridad en las
organizaciones de mujeres, tanto estatales como de la sociedad civil. En un contexto como el
surgido de la crisis y las transformaciones productivas entre 1980 y el 2000, la continuidad de estas
iniciativas requiere que se consideren algunas prácticas y tendencias emergentes en el ámbito
ocupacional. Aquí se han seleccionado dos de ellas, por su importancia y valor ilustrativo: el
trabajo asalariado disfrazado y la incorporación a la práctica autónoma de nuevas profesiones.
Por trabajo asalariado disfrazado se entiende, en este documento, la situación de un
trabajador que realiza actividades laborales bajo la dependencia de una empresa o empleador
individual, pero sujeto a las normas y prácticas del trabajo autónomo o por cuenta propia. Esto
significa que en lugar de un contrato de trabajo tiene, a lo sumo, uno por venta de servicios
autónomos, carece de derechos en caso de accidentes del trabajo, cobertura de seguridad social,
seguro de desempleo, capacitación laboral y otros beneficios inherentes a los asalariados y debe
pagar impuestos por prestación de servicios. Esta modalidad fue común en el pasado,
especialmente entre los trabajadores a domicilio y algunos ocupados en actividades de distribución
(diarios y revistas, por ejemplo), pero respondía a una lógica diferente de la que se ha configurado
en los últimos años. En efecto, ahora el no reconocimiento de la condición de trabajador asalariado
no responde al rechazo por parte del empleador de un compromiso laboral permanente, actualmente
22

En el caso de Costa Rica, por ejemplo, las jóvenes con esos niveles de instrucción ingresaron como empleadas domesticas en una
proporción que duplicó con creces la registrada para el conjunto de las mujeres. Véase Montiel (1999). En Chile, la base de datos de
encuestas de hogares de la CEPAL permite ver que la proporción de mujeres de 15-24 años de edad que trabaja en empresas con
menos de cinco empleados es casi el doble de las que los hacen en empresas medianas y grandes. Además, las ocupadas en la rama
del comercio minorista representan una parte importante de esa proporción.

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Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y 1990

factible mediante los contratos temporales, sino a la búsqueda de una mayor flexibilización salarial
y de un gran margen de libertad para modificar el costo del trabajo. En esta relación
empleador/empleado la asimetría de poder es extrema, ya que no está limitada ni por el régimen
laboral ni por la mediación de una organización de trabajadores. Un ejemplo ilustrativo es el de los
cuidadores de vehículos y los empaquetadores en los supermercados y centros comerciales, quienes
son seleccionados y están bajo la autoridad de la gerencia de esos establecimientos, donde cumplen
un horario y normas de trabajo, pero carecen de contrato y de los derechos y beneficios laborales
comunes al resto de los trabajadores de la empresa y no reciben otra remuneración que la voluntaria
y “acorde con la costumbre” de los usuarios. El hecho más relevante es que actualmente este tipo
de relación laboral está ganando importancia en actividades como la venta de algunos productos
financieros, seguros, publicidad y otros, en las que se multiplica el número de personas que laboran
para una empresa o empleador individual, sea en un establecimiento o desde su domicilio, y cobran
una comisión o monto fijo por unidad de producto elaborado/distribuido o de servicio prestado a la
empresa o a sus clientes. No es sorprendente que para los empleadores que optan por estas
relaciones laborales las categorías preferidas sean las mujeres y los jóvenes aún estudiantes o
recién ingresados al mercado de trabajo.
La incorporación al ejercicio autónomo de algunas profesiones, a diferencia del asalariado
disfrazado, constituye una valorización del trabajo por cuenta propia. Como es sabido, la libre
práctica no es común a todas las profesiones; en general, las que se ejercen habitualmente como
asalariadas coinciden con las menos remunerativas y desempeñadas mayormente por mujeres.
Entre ellas, las enfermeras y las maestras son las categorías más numerosas y conocidas. La
novedad en los procesos de transformación de las actividades productivas de bienes y de prestación
de servicios es que en algunos casos han favorecido la incorporación masiva de ciertos tipos de
profesionales a la libre práctica. Uno de los casos más ilustrativos es el de las enfermeras. Los
cambios de los modelos de atención de salud, demográficos y epidemiológicos, así como las
medidas para reducir costos, han dado lugar a una notable expansión de la demanda de atención
ambulatoria y de la práctica autónoma para satisfacerla. Esto ha sido facilitado por los organismos
y empresas de administración de seguros de salud, que en sus planes de reembolso han incluido los
servicios de enfermería para atención ambulatoria (Weintraub, Hernández y Flores, 1999).
La expansión de actividades generadoras de puestos de trabajo asalariado de aparente
calidad, como en el caso de muchos de los de venta, puede ser la base para su posterior
transformación en empleos de calidad, como resultado, por ejemplo, de la organización de los
trabajadores que los desempeñan, al entrar éstos en conflicto con los empleadores y el Estado a raíz
de cambios que los afectan en común; también puede suceder que la acción de las organizaciones
de mujeres y de organismos sindicales complemente o reemplace la organización propia. El caso de
las empleadas domésticas, cuya situación de asimetría de poder respecto de su empleador resulta
similarmente paradigmática, ha mostrado que el apoyo externo organizado, esta vez de las
entidades de mujeres, puede ser muy efectivo. Igualmente, el aumento de las empresas
especializadas en el suministro a las empresas de personal externo temporal, a menudo por períodos
muy cortos, y en la prestación de servicios a las personas, puede reconsiderarse por su utilidad
como instrumento que valoriza el trabajo asalariado temporal y facilita su regulación. Así, el
ejemplo clásico de mercado de trabajo desregulado que citan los economistas laborales, el de los
trabajadores agrícolas de temporada, aun sin organización sindical puede ser objeto de un
desarrollo institucional orientado a transformar esos puestos de trabajo en empleos de calidad. Esto
podría facilitarse si los trabajadores agrícolas dejaran de depender de múltiples empleadores y
fueran ocupados por una empresa de trabajo temporal que les diera seguridad y continuidad
ocupacional, cobertura de seguridad social y otros derechos similares, dado que debe competir
sobre la base de la calidad del servicio que ofrece y que puede ser más fácilmente controlada por
los sindicatos, el Estado y la parte contratista.
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Al concluir este breve repaso de algunos de los temas prioritarios de una agenda para lograr
un desarrollo institucional del mercado laboral que favorezca el aprovechamiento de los recursos
humanos y la equidad en el acceso al trabajo y en la retribución laboral de la mujer, conviene
recordar que no es posible tener éxito mediante una simple y desordenada acumulación de cambios:
éstos tienen que ir en la dirección correcta y propiciar la configuración de un escenario de libertad
y seguridad para la mujer trabajadora. Según la experiencia internacional en materia de desarrollo
de la institucionalidad laboral en períodos de transformación productiva, en condiciones de intensa
competitividad internacional y en economías muy vulnerables a los vaivenes de la globalización,
como las latinoamericanas, los cambios de las reglas del juego tienen que ser graduales y
consistentes con principios de base sobre los cuales exista un creciente consenso entre trabajadores,
empleadores y el Estado. En el caso objeto de este estudio, tal proceso debe incluir a las
organizaciones de mujeres de la sociedad civil y los organismos estatales encargados de la
promoción de sus derechos.

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CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

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próximamente en conjunto por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el
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próximamente en conjunto por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el
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proyecto CEPAL/GTZ, “Exigencias institucionales de estructuras orientadas al mercado en América
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Chile, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

75

CEPAL - SERIE Mujer y desarrollo

N° 28

Anexo: gráficos y cuadros

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Serie

mujer y desarrollo
Números publicados
1
2
3
4
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8
9
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11
12
13
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15
16
17
18
19
20
21
22
23

Mujeres rurales de América Latina y el Caribe: resultados de programas y proyectos (LC/L.513),
septiembre de 1989
América Latina: el desafío de socializar el ámbito doméstico (LC/L.514), octubre de 1989
Mujer y política: América Latina y el Caribe (LC/L.515), septiembre de 1989
Mujeres refugiadas y desplazadas en América Latina y el Caribe (LC/L.591), noviembre de 1990
Mujeres, Culturas, Desarrollo (Perspectivas desde América Latina) (LC/L.596), marzo de 1991
Mujeres y nuevas tecnologías (LC/L.597/Rev.1), abril de 1991
Nuevas tecnologías de participación en el trabajo con mujeres (LC/L.592), octubre de 1990
La vulnerabilidad de los hogares con jefatura femenina: preguntas y opciones de política para
América Latina y el Caribe (LC/L.611), abril de 1991
Integración de lo femenino en la cultura latinoamericana: en busca de un nuevo modelo de
sociedad (LC/L.674), marzo de 1992
Violencia doméstica contra la mujer en América Latina y el Caribe: propuesta para la discusión
(LC/L.690), mayo de 1992
Feminización del sector informal en América Latina y el Caribe (LC/L.731), abril de 1993
Las mujeres en América Latina y el Caribe. Un protagonismo posible en el tema de población
(LC/L.738), mayo de 1993
Desarrollo y equidad de género: una tarea pendiente (LC/L.767), diciembre de 1993
Poder y autonomía roles. Roles cambiantes de las mujeres del Caribe (LC/L.881), abril de 1996
Formación de los recursos humanos femeninos: prioridad del crecimiento y de la equidad
(LC/L.947), junio de 1996
Violencia de género: un problema de derechos humanos (LC/L.957), julio de 1996 www
La salud y las mujeres en América Latina y el Caribe: viejos problemas y nuevos enfoques
(LC/L.990), mayo de 1997
Las mujeres en América Latina y el Caribe en los años noventa: elementos de diagnóstico y
propuestas (LC/L.836/Rev.1), abril de 1997
Reflexiones sobre los indicadores del mercado de trabajo para el diseño de políticas con un
enfoque basado en el género (LC/L.1016), mayo de 1997 www
El sector informal urbano desde la perspectiva de género. El caso de México (LC/L.1017), julio
de 1997
Mitos y eficiencias del trabajo femenino urbano en América Latina (LC/L.1034), agosto de 1997
www
La educación de las mujeres: de la marginalidad a la coeducación. Propuestas para una
metodología de cambio educativo (LC/L.1120), julio de 1997 www
Violencia en la pareja. Tratamiento legal. Evolución y balance (LC/L.1123), agosto de 1998
www

24 Hacia la igualdad de la mujer. Avances legales desde la aprobación de la Convención sobre la
eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (LC/L.1126), agosto de 1998
www
25 Género, medio ambiente y sustentabilidad del desarrollo (LC/L.1144), octubre de 1998 www
26 El trabajo a tiempo parcial en Chile (LC/L.1301-P), Nº de venta: S.00.II.G.9 (US$ 10.00), enero
de 2000
27 El desafío de la equidad de género y de los derechos humanos en los albores del siglo XXI
(LC/L.1295/Rev.1-P), No de venta: S.00.II.G.48 (US$ 10.00), mayo de 2000 www
28 Mujer y trabajo en las reformas estructurales latinoamericanas durante las décadas de 1980 y
1990 (LC/L.1378), No de venta: S.00.II.G.94 (US$ 10.00), mayo de 2000 www

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El lector interesado en adquirir números anteriores de esta serie puede solicitarlos dirigiendo su correspondencia a la Unidad
de Distribución, CEPAL, Casilla 179-D, Santiago, Chile, Fax (562) 210 2069, publications@eclac.cl.

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