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E
I
R
S

E

90

mujer y desarrollo

L

a organización del cuidado
de niños y niñas en Argentina
y Uruguay
Corina Rodríguez Enríquez

Unidad Mujer y Desarrollo

Santiago de Chile, diciembre de 2007

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Este documento fue preparado por Corina Rodríguez Enríquez, consultora de la Unidad Mujer y Desarrollo de la
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) e investigadora del Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y del Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas
Públicas (CIEPP) de Argentina, en el marco de las actividades del proyecto CEPAL/AECI “Contribución a la
Economía del Cuidado a la Protección Social” (AEC/06/002). La autora agradece los comentarios de Sonia
Montaño, María Nieves Rico, Laura Pautassi y Flavio Marco a versiones anteriores de este trabajo, como también
a Alma Espino y Norma Sanchís, coordinadoras de los equipos de investigación de Uruguay y Argentina,
respectivamente, de la Red Internacional de Género y Comercio, que generosamente compartieron los avances de
investigación y la información cuantitativa del proyecto “Comercio, género y equidad en América Latina:
generando conocimiento para la acción política”, que enriquecieron el presente trabajo.
Las opiniones expresadas en este documento, que no ha sido sometido a revisión editorial, son de exclusiva
responsabilidad de la autora y pueden no coincidir con las de la Organización.

Publicación de las Naciones Unidas
ISSN versión impresa 1564-4170
ISSN versión electrónica 1680-8967
ISBN: 978-92-1-323154-8
LC/L.2844-P
N° de venta: S.07.II.G.167
Copyright © Naciones Unidas, diciembre de 2007. Todos los derechos reservados
Impreso en Naciones Unidas, Santiago de Chile
La autorización para reproducir total o parcialmente esta obra debe solicitarse al Secretario de la Junta de Publicaciones,
Sede de las Naciones Unidas, Nueva York, N. Y. 10017, Estados Unidos. Los Estados miembros y sus instituciones
gubernamentales pueden reproducir esta obra sin autorización previa. Sólo se les solicita que mencionen la fuente e
informen a las Naciones Unidas de tal reproducción.

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CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Índice

Introducción ........................................................................................5
I. Marco teórico-conceptual............................................................7
1. El trabajo de cuidado en la economía:
la visión predominante .........................................................10
2. Reabordando el cuidado .......................................................16
II. Políticas públicas y cuidado ......................................................21
III. Caracterización del cuidado de niños y niñas en
Argentina y Uruguay .................................................................25
1. La regulación del cuidado ....................................................27
2. La provisión extra-hogar de servicios de cuidado................31
3. La provisión intra-hogar de servicios de cuidado ................45
4. Responsabilidades de cuidado e inserción
laboral femenina ...................................................................54
IV. Conclusiones y propuestas: el cuidado como
bien público.................................................................................57
Bibliografía ......................................................................................63
Serie Mujer y desarrollo: números publicados...............................67
Índice de cuadros
Cuadro 1 ARGENTINA – ESTRUCTURA DE LOS HOGARES,
SEGÚN GRUPOS DE EDAD Y SEXO DEL JEFE ........................26
Cuadro 2 ARGENTINA 2006 - ASISTENCIA ESCOLAR POR
TRAMO ETÁREO Y REGIÓN ............................................................ 32

3

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

Cuadro 3
Cuadro 4
Cuadro 5
Cuadro 6
Cuadro 7
Cuadro 8
Cuadro 9
Cuadro 10
Cuadro 11
Cuadro 12
Cuadro 13
Cuadro 14
Cuadro 15
Cuadro 16
Cuadro 17
Cuadro 18
Cuadro 19
Cuadro 20

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

ARGENTINA 2001 - POBLACIÓN DE 3 Y 4 AÑOS SEGÚN ASISTENCIA A
CENTROS DE CUIDADO INFANTIL....................................................................................33
ARGENTINA 2001 – TASA NETA DE ESCOLARIZACIÓN POR GRUPOS
DE EDAD POR REGIÓN .....................................................................................................33
ARGENTINA 2001 – TASA DE COBERTURA DEL NIVEL EDUCATIVO PREESCOLAR ............34
URUGUAY 2004 – NIÑOS/AS ATENDIDOS EN GUARDERÍAS POR EL MINISTERIO DE
EDUCACIÓN Y CULTURA EN CUMPLIMIENTO DE LA LEY 16.802 ......................................37
URUGUAY – COBERTURA DE LOS CENTROS DE EDUCACIÓN INICIAL .................................... 38
URUGUAY – POBLACIÓN URBANA DE 3 A 5 AÑOS DE EDAD SEGÚN
ASISTENCIA A CENTRO DE ENSEÑANZA INICIAL Y TIPO DE GESTIÓN ..............................38
URUGUAY 2006 – COBERTURA ACTUAL DEL PLAN CAIF SEGÚN EDAD.............................43
ARGENTINA 2005 – TASA DE PARTICIPACIÓN Y TIEMPO PROMEDIO DE TRABAJO POR
PARTICIPANTES POR SEXO..............................................................................................48
ARGENTINA 2001 – DURACIÓN DE LA JORNADA DE TRABAJO DOMÉSTICO EN LOS
HOGARES DE FAMILIA NUCLEAR SEGÚN NÚMERO Y EDAD DE HIJOS/AS .........................49
ARGENTINA 2001 – HOGARES NUCLEARES POR TIPO DE TAREAS
REALIZADAS SEGÚN SEXO DEL CÓNYUGE ......................................................................49
URUGUAY 2003 – RESPONSABLES DE LAS TAREAS DEL HOGAR POR SEXO Y EDAD .........50
URUGUAY 2003 – RESPONSABLES DE LAS TAREAS DEL HOGAR SEGÚN
TIPO DE HOGARES POR SEXO ..........................................................................................51
URUGUAY 2003 – RESPONSABLE DE LAS TAREAS DEL HOGAR, POR
NIVEL SOCIOECONÓMICO Y SEXO ..................................................................................50
URUGUAY 2003 – RESPONSABLES DE LAS TAREAS DEL HOGAR POR
CONDICIÓN DE ACTIVIDAD Y SEXO ................................................................................50
URUGUAY 2003 – TAREAS REALIZADAS POR LOS RESPONSABLES DE LAS
TAREAS DEL HOGAR POR TIPO DE TAREA Y SEXO...........................................................51
TAREAS REALIZADAS POR LOS RESPONSABLES DE LAS TAREAS DEL
HOGAR POR TIPO DE TAREA Y POSICIÓN EN EL HOGAR ..................................................51
URUGUAY 2003 – DISTRIBUCIÓN DE LA CARGA TOTAL DE TRABAJO
(REMUNERADO Y NO REMUNERADO) EN PROMEDIO DE HORAS SEMANALES .................52
URUGUAY 2003 – PROMEDIO DE HORAS SEMANALES DE TRABAJO
REMUNERADO Y NO REMUNERADO DE LA POBLACIÓN OCUPADA .................................53

Índice de gráficos
Gráfico 1 FLUJO CIRCULAR DE LA RENTA AMPLIADO ....................................................................15
Gráfico 2 PROVISIÓN DEL CUIDADO ...............................................................................................18
Gráfico 3 URUGUAY - EVOLUCIÓN DE LA MATRÍCULA EN EDUCACIÓN INICIAL PÚBLICA ..............35
Gráfico 4 URUGUAY - EVOLUCIÓN DE LA MATRÍCULA EN EDUCACIÓN INICIAL
PÚBLICA SEGÚN NIVEL – CANTIDAD DE ALUMNOS .........................................................36
Gráfico 5 URUGUAY 2004 - PROPORCIÓN DE LOS ALUMNOS MATRICULADOS EN
EDUCACIÓN INICIAL PRIVADA SOBRE EL TOTAL, SEGÚN EDAD ......................................39
Gráfico 6 URUGUAY 2006 -PROPORCIÓN DE HOGARES CON SERVICIO DOMÉSTICO ........................47
Gráfico 7 ARGENTINA 2006 - TASA DE ACTIVIDAD DE 15 A 64 AÑOS POR SEXO Y QUINTIL
DE INGRESO PER CÁPITA FAMILIAR. TOTAL AGLOMERADOS URBANOS 2006 ..................53
Gráfico 8 ARGENTINA 2006 - TASA DE ASISTENCIA EN LOS NIÑOS Y NIÑAS DE
3 A 5 AÑOS SEGÚN NIVEL DE INGRESO PER CÁPITA ........................................................54

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CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Introducción

Los niños y niñas nacidos en el siglo XXI son definitivamente
modernos. Desde muy pequeños están acostumbrados a comunicarse
por celular, correo electrónico y messenger. No les llama la atención
la tele digital, ni que se pueda escuchar música en un aparato del
tamaño del dedo pulgar. Se pasan horas en el ciber, jugando a juegos
virtuales. No se escandalizan si el profesor de gimnasia es gay, o el
candidato a intendente es transexual.
Sin embargo, estos mismos niños y niñas modernos siguen
preguntándole a mamá (en lugar de a papá) cuándo estará lista la cena.
Le entregan a ella la ropa sucia del colegio. Le preguntan a ella que
ropa ponerse al día siguiente. A lo sumo, van al supermercado con
papá, o lo acompañan a sacar la basura afuera. Estos niños y niñas
viven, en su mayoría, en hogares donde las obligaciones domésticas se
reparten casi de la misma manera, como lo hacían nuestras mamás y
nuestros papás.
Nadie puede negar que algunas cosas han cambiado. Ahora hay
más mujeres que además de tener lista la cena, se pasan el día
trabajando en la oficina, el negocio o la fábrica. También hay muchos
hogares con mamá y sin papá o viceversa, o con variadas
combinaciones de mamás y papás. Y también es cierto que cada vez,
papá y mamá, juntos o separados, tienen menos ganas de traer
hermanitos al mundo.
A pesar de estas lentas pero persistentes transformaciones,
también resulta evidente que la organización del cuidado de los hijos y
las hijas, en estos hogares cada vez más modernos, sigue siendo muy

5

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

tradicional. Tal vez la división sexual del trabajo sea el espacio donde las transformaciones se están
dando más lentamente. De esto trata el presente trabajo.
El objetivo es describir y analizar la organización del cuidado de los niños y niñas en dos
países de América Latina: Argentina y Uruguay. En el proceso se propone testear las siguientes
hipótesis: i) que la actual organización del cuidado en estos países, sostiene fuertes inequidades de
género; ii) que la inequitativa distribución de las responsabilidades domésticas es un elemento
esencial en el funcionamiento del sistema económico; iii) que estas inequidades se traducen en
menores oportunidades de vida para las mujeres; iv) que existe una fuerte ausencia estatal en las
responsabilidades de cuidado de su población; v) que la oferta mercantil de servicios de cuidado
segmenta el acceso de la población a los mismos, profundizando el cruce de inequidades de clase
y género.
El trabajo se organiza del siguiente modo. En la primera sección se presenta el marco
conceptual que se utiliza haciendo énfasis en tres cuestiones: i) la concepción amplia de economía
del cuidado que adoptamos; ii) la funcionalidad de la actual configuración del cuidado en el
funcionamiento del sistema económico; y iii) la necesidad de incorporar esta dimensión en todo
marco de análisis.
En la segunda sección, se ubica la discusión en el contexto de los marcos institucionales
existentes. Así se repasa brevemente la noción de Estado de Bienestar y se caracterizan los
regímenes de cuidado que en ellos se determinan.
En la tercera sección se describe y analiza la situación del cuidado de niños y niñas para los
dos casos nacionales bajo estudio, resaltando la limitación de la información estadística disponible
para hacerlo. Asimismo, se da cuenta del impacto de la configuración mencionada sobre otras
inequidades de género, particularmente sobre la inserción laboral de las mujeres.
El trabajo se concluye con una última sección de síntesis y sugerencias, para futuras
investigaciones y para acciones de política pública.

6

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

I.

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Marco teórico-conceptual

1

Hace ya más de tres décadas que las feministas evidenciaron la
importancia de distinguir entre trabajo productivo y reproductivo, y de
enfatizar las interrelaciones entre ambos, para visibilizar el trabajo de las
mujeres y hacer frente a la desigualdad de género en distintos ámbitos.2
Desde esos tiempos gran parte de los esfuerzos, sobre todo en el mundo
anglosajón, se centraron en contabilizar estas actividades para
contribuir, primero, a que se conciban como trabajo en términos
equivalentes al trabajo remunerado, y luego para incluirlas en las
estadísticas oficiales, dando cuenta del valor económico de dicho
trabajo.
Desde entonces, tanto desde Naciones Unidas como desde
espacios académicos y de política pública ha habido importantes
avances.3 En muchas esferas ya se acepta que las actividades de
cuidado, crianza y domésticas4 desarrolladas al interior de los hogares
constituyen un trabajo generador de valor, pasible de ser medido. Por
ello, en algunos países, incluidos algunos latinoamericanos, se han
aplicado encuestas de uso de tiempo, ya sea específicas, o

1
2

3

4

Esta sección ha sido escrita en colaboración con Flavia Marco.
De hecho, el trabajo asalariado y el trabajo doméstico surgen como categorías diferenciadas a partir del desarrollo de las economías
capitalistas industriales, que provocó una división entre la esfera de lo público (el mercado) y la esfera de lo privado (el hogar). Esta
frontera adquiere características diferenciadas según los contextos: es común encontrar situaciones donde los hogares siguen
haciéndose cargo de muchas actividades productivas (o que lo serían si se desarrollaran en el mercado) y situaciones donde el
mercado o el Estado han asumido funciones reproductivas (por caso, cuidado de niños o personas mayores, servicios domésticos de
distinto tipo, etc.).
Como ejemplo vale citar el Informe sobre Desarrollo Humano del año 1995, que tuvo como eje la cuestión de las inequidades de
género e hizo hincapié en la necesidad de dar visibilidad y valorización al trabajo no remunerado realizado por las mujeres. Al
respecto ver: http://hdr.undp.org/reports/global/1995/en/.
Más adelante en este texto se definirá cada uno de estos conceptos.

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CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

incorporadas como módulos en encuestas a hogares o de fuerza de trabajo.5 Sin embargo, quienes
se dedican al cuidado al interior de sus hogares aun aparecen en las estadísticas como población
económicamente inactiva, las cuentas nacionales aun no contemplan el aporte de este trabajo y lo
más importante, el mismo sigue siendo responsabilidad casi exclusiva de las mujeres.
Pero el trabajo de cuidado no se realiza sólo al interior de los hogares ni sólo de manera no
remunerada. A lo largo de la historia cuatro tipos de instituciones han intervenido en la distribución
del cuidado: las instituciones de la sociedad civil (iglesia, voluntariado, fundaciones), el Estado, el
mercado y las familias. Desde esta visión, la provisión de cuidado se vincula con la producción de
bienestar, y la distinta combinación de cada una de estas instituciones con la idea de regímenes de
Estado de Bienestar (EB).6 Es la combinación institucional de estos elementos lo que determina dos
procesos de autonomía de las familias y las personas, en la provisión y acceso al bienestar y al
cuidado. Por un lado, el nivel de “des-mercantilización”, señalando el grado en que el EB consigue
garantizar derechos económicos y sociales reales a las personas, por fuera de los mecanismos de
intercambio mercantil. Por otro lado, el nivel de “des-familiarización”, que indica el grado en que
el EB reduce el nivel de dependencia de los individuos respecto de sus familias, o bien,
inversamente el aumento de la capacidad de control del individuo sobre los recursos,
independientemente de las reciprocidades familiares o conyugales (Sojo, 2005).
En base a este último criterio, según la tipología estilizada de Aguirre (2005), se pueden
identificar dos tipos ideales de EB: i) el régimen familista, en el cual la responsabilidad principal
del bienestar corresponde a las familias y a las mujeres en las redes de parentesco y ii) el régimen
des-familiarizador, en el cual hay una derivación de las responsabilidades de cuidado hacia las
instituciones públicas y hacia el mercado.7 En el primero, en tanto el supuesto ideológico es la
centralidad de la institución familiar y la división sexual tradicional del trabajo, sólo pueden existir
estrategias y medidas de conciliación que permitan a las mujeres asumir simultáneamente su
trabajo extra-doméstico y sus responsabilidades de cuidado. En este caso, las políticas activas no
hacen más que consolidar la división tradicional del trabajo de cuidado. El segundo tipo, por el
contrario, sería más amigable a políticas activas que reconfiguren los roles tradicionales, a la vez
que actúen sobre la separación de lo público-privado. En este caso, el Estado asume gran parte de la
infraestructura de cuidado infantil, otorga importantes ayudas a los padres y madres para el
cuidado, y alienta a las empresas públicas y privadas a que otorguen facilidades a las trabajadoras
que desean conciliar empleo y cuidado (Batthyany, 2004). Sin embargo, aún en configuraciones
donde predomine la provisión pública o mercantil de servicios de cuidado, pueden perpetuarse los
roles tradicionales de género, y esto es de hecho lo que parece suceder en la realidad.
En efecto, en todos los modelos, las mujeres se han hecho cargo de la mayor porción del cuidado,
y es esto lo que tienen en común el cuidado intra y extra hogar, remunerado y no remunerado: que es
prestado mayoritariamente por mujeres. A medida que las sociedades se complejizan se perfeccionan los
mecanismos institucionalizados de cuidado, mientras que en sociedades menos modernas predominarán
las formas cuidado al interior de los hogares (Giménez, 2003).
El cuidado es un trabajo que, como todos, implica tiempo y conocimientos. Su especificidad
es la de estar basado en lo relacional, ya sea en el marco de la familia o fuera de ella. En el marco
de la familia, su carácter, a la vez obligatorio y desinteresado le otorga una dimensión moral y
emocional. Fuera del marco familiar, el trabajo de cuidado está marcado por la relación de servicio
y asistencia. Como se dijo, lo que unifica la noción de cuidado es que se trata de una tarea
5
6

7

Esquivel (2007) presenta una síntesis muy completa de las encuestas de uso del tiempo realizadas en la región.
Sobre la idea de regímenes de EB ver Esping-Andersen (1990). Para su aplicación al caso de América Latina ver Lo Vuolo (1998) y
Martínez Franzoni (2005).
Esta tipificación puede considerarse análoga a la utilizada por Batthyany (2004) que identifica los tipos según la fortaleza o
debilidad del modelo “hombre suministrador principal de recursos”. Cuando este modelo es fuerte, estaríamos en un tipo similar al
familista. Cuando este modelo es débil estaríamos en el tipo des-familiarizador.

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

esencialmente realizada por mujeres, ya sea dentro de la familia o fuera de ella bajo la categoría de
prestación de servicios personales. “El brindar cuidados es una actividad altamente genérica, y
viceversa, es por medio del cuidado que la identidad genérica de las mujeres es construida. La
posición de las mujeres en la familia, sus oportunidades en el mercado laboral, su forma de
relacionarse con parientes es definida en términos de su potencialidad de brindar cuidados y de la
realización de su capacidad de cuidar. Cuidado y feminidad son dos caras de la misma moneda...”
(Batthyany, 2004:51).
Este proceso social y cultural de especialización de las mujeres en las tareas de cuidado va
de la mano de la separación de las esferas de la producción y reproducción, y de la consecuente
exclusión y segregación de las mujeres en el mercado de empleo.8 Esto se sintetizaría en la idea de
domesticidad (Williams, 2000), determinada por dos características. La primera es la organización
del trabajo de mercado (empleo) en torno a la norma de un “trabajador ideal” que se ocupa a
tiempo completo e incluso trabaja horas extras, y que destina muy poco tiempo a las tareas de
mantenimiento físico del hogar y cuidado de las personas dependientes. La segunda característica
central es el sistema de provisión de los servicios de cuidado, que marginaliza a quienes desarrollan
esa tarea.
La norma del trabajador ideal consiste en la estructuración de la organización del empleo, de
forma tal de posibilitar a las unidades de producción demandar fuerza de trabajo que pueda
emplearse a tiempo completo, asumir horas de trabajo en exceso a la jornada habitual y aceptar
movilidad geográfica. Esta norma requiere que los trabajadores que la conforman cuenten con un
flujo disponible de trabajo doméstico que les permita no sólo tener atendidas sus propias
necesidades, sino, además, verse exentos de asumir responsabilidades en la atención de las
necesidades de los otros con quienes convive.
La estructuración genérica actual permite a los hombres contar con este flujo de trabajo
doméstico en mucha mayor medida que las mujeres. Y esto se hace obviamente más evidente en los
sectores de bajos ingresos que no pueden siquiera contratar estos servicios en el mercado. Esta
situación se refleja en la discriminación de género en el mercado de empleo. La inmensa mayoría
de las mujeres no pueden constituirse en trabajadores ideales y esto las segrega a trabajos a tiempo
parcial, a trabajos de menores responsabilidades y constituye un límite estricto en las posibilidades
de desarrollo de una carrera. Esto sucede tanto porque las mujeres combinan un empleo
remunerado con sus responsabilidades domésticas, como así también por la intermitencia de su
inserción laboral debida a las interrupciones provocadas a lo largo de su ciclo de vida.
La contracara de esta situación es la marginación de quienes se dedican a las tareas de
cuidado. En un doble sentido. Por un lado, las personas que ejercen sus responsabilidades
domésticas se ven discriminadas en el mercado de empleo, si simultáneamente se insertan en él.
Por otro lado, las personas que “deciden” dedicarse exclusivamente a las tareas de cuidado, ven
subvalorada su contribución al hogar y a la sociedad. Más aún, quienes deciden ofrecer sus
servicios domésticos en el mercado de empleo, reciben paupérrimas condiciones de trabajo, malas
remuneraciones y baja consideración de la utilidad social de su tarea.
Aún cuando se han producido evidentes progresos en la inserción de las mujeres al mercado
de empleo, lo mismo no ha sucedido con la inserción de los hombres a las tareas de cuidado. “La
domesticidad no ha muerto, ha mutado” (Williams, 2000: 3). En este sentido, la inequidad de
género asociada a la domesticidad, está hoy adoptando mecanismos estructurales más
impersonales, que son vividos a través de formas culturales más fluidas. Una consecuencia de esto

8

Utilizo el término mercado de empleo en lugar del más difundido de mercado de trabajo, para indicar que el primero refiere sólo a
una manifestación del trabajo humano, aquel que adopta la forma mercantil.

9

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

es la (re)producción de la subordinación aún cuando las mujeres actúan crecientemente como
individuos que no se encuentran bajo el comando directo de un individuo varón (Fraser, 1997).
La convivencia de la domesticidad con la mayor inserción de las mujeres en el mercado de
empleo dio lugar al nacimiento de la doble jornada femenina.9 Este término se utiliza para describir
la naturaleza del trabajo que realizan las mujeres que se insertan en el mercado de empleo y
continúan realizando el trabajo no remunerado en el hogar. A esto se suma en algunos casos, el
trabajo comunitario. La multiplicidad de roles que han asumido las mujeres, como perceptoras de
ingreso en un empleo, como principales responsables de las tareas del hogar y del cuidado de los
menores y las personas mayores, y como agentes activos en sus propias comunidades, las han
llevado a buscar la manera de ajustarse a esta presión sobre su propio tiempo. En la mayoría de los
casos, este ajuste se realiza limitando las horas de descanso y el tiempo de ocio personal (Floro,
1999). En síntesis, la doble (o triple) jornada se traduce en un deterioro de la calidad de vida de las
mujeres. Esto no es sino la expresión de otro conflicto igual o más profundo que se da entre la
obtención de beneficios económicos y el cuidado de la vida humana, en el marco de la producción
capitalista que se asienta en los procesos de reproducción y sostenibilidad de las personas que se
desarrollan al interior los hogares (Carrasco, 2003).
No obstante esta tensión y las deficiencias de cuidado en las sociedades latinoamericanas,
ese sigue sin ser un problema público que ingrese en las agendas, en buena parte porque sigue
considerándose un tema privado a ser resuelto en función de las decisiones y opciones individuales,
según se verá en el título siguiente.

1.

El trabajo de cuidado en la economía: la visión predominante

En esta sección se muestra la fortaleza y el nivel de internalización de los mandatos del sistema de
género, cómo estos penetran en las ciencias sociales, en este caso la economía por ser una de las
disciplinas que más ha influido en la invisibilización y subestimación de la importancia del
cuidado. En efecto, la corriente principal de la economía aun interpreta el hecho de que las mujeres
sean las principales responsables del trabajo de cuidado, crianza y doméstico como una elección
racional, resultado de un cálculo maximizador de utilidades. Como si, en el caso del cuidado no
remunerado, trabajar sin jornada, remuneración, reconocimiento social, ni jubilación y en muchos
casos depender económicamente de otra persona fueran utilidades. El cuidado remunerado por su
parte, recibe en la teoría el mismo tratamiento que otras actividades generadoras de ganancia, aun
cuando se preste en condiciones diferenciadas. No obstante, algunas corrientes como la teoría dual
del mercado de trabajo o las corrientes institucionalistas han brindado interpretaciones explicativas
sobre la concentración y permanencia de las mujeres en estos oficios.
En efecto, el tratamiento del cuidado en la economía tiene una especial importancia, no solo
porque de él derive la falta de valoración y visibilización de este trabajo, sino también porque,
como vienen mostrando las economistas feministas hace tres décadas (Benería, 1978), la base
económica de los países y la organización de la producción se apoyan en buena parte en la división
sexual del trabajo y en la forma en que se reproducen las sociedades. Estos factores económicos
son fortalecidos y legitimados a su vez por factores ideológicos, sociales y políticos.

9

La tasa de participación femenina ha ido aumentando en la mayoría de los países, sin una redistribución de los tiempos dedicados a
las tareas domésticas. Es decir, lo que se observa son varias formas de inflexibilidad de la división del trabajo doméstico que reflejan
características sociales que actúan como freno en el proceso de equilibrio. La “rigidez” que se observa con más frecuencia está en la
sustitución del trabajo femenino por el masculino (Kabeer, 1998). Claramente, el aumento en el tiempo de las mujeres en el mercado
laboral, se ajustó por una disminución de su tiempo de ocio, y no por el aumento en el tiempo dedicado a las actividades domésticas
por parte de otros miembros del hogar.

10

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Los supuestos del liberalismo económico tienen repercusiones concretas en las sociedades
que se rigen por la competitividad y el individualismo y en las que el cuidado es considerado un
asunto privado y resultado de decisiones individuales. Las personas no ven a sus semejantes como
cuidadores o necesitados de cuidado debido a que los perciben consumidores que compiten entre sí,
haciendo sus propias elecciones. De hecho, estos supuestos económicos se encuentran de alguna
manera internalizados en mecanismos psicosociales que perpetúan las desigualdades en el cuidado,
que son consideradas resultados de elecciones de competidores.
El primer mecanismo se debe al hecho de que las necesidades de cuidado de las personas
más y menos privilegiadas compiten entre sí y de esta manera el cuidar de la propia familia atenta
contra la igualdad de oportunidades en lugar de contribuir a ella. Es decir que aunque en abstracto
las personas suscriban este principio (de igualdad), en los hechos hacen uso de sus privilegios en
las opciones de cuidado, generalmente privadas, y no consideran las necesidades de cuidado de las
personas cuidadoras a las que acuden. El segundo mecanismo que impide que el cuidado se piense
como un asunto público, tiene que ver con la dificultad de ponerse en el lugar del otro que es
diferente y menos privilegiado y la tendencia a identificarse con los más favorecidos. El tercero es
el uso irresponsable de los privilegios, de manera que la división del trabajo y la subvaloración del
cuidado se justifican en el hecho de tener un trabajo más importante que desarrollar, se presume así
un derecho para echar mano a los servicios personales prestado por otros o más bien por otras,
derecho que aparece como ejercicio de la libertad de opción (Tronto, s/f).
El cuidado, remunerado y no remunerado, y la sostenibilidad de la vida humana han sido
tratados como una externalidad del sistema económico (Carrasco, 2003, Pichio, 1999) que pertenece a
la competencia de las familias o en el mejor de los casos de políticas sociales focalizadas, en un
Estado mínimo liberal que depende de una actividad no estatal (el cuidado) para sostenerse (Buker,
s/f).
A lo largo de los siglos y las distintas corrientes económicas, se repite la constante de obviar
o analizar errada o parcialmente la esfera doméstica y sus relaciones con el resto del sistema
económico. Los aportes teóricos, desde la economía, sobre el trabajo de cuidado, referido
fundamentalmente como trabajo doméstico no remunerado, se inician con los economistas
clásicos.10 Ellos identificaron la importancia de la reproducción de la fuerza de trabajo, pero
concentraron su atención sólo en la cuestión de los “bienes salarios” consumidos por los hogares,
sin explorar el rol del trabajo doméstico en este proceso. En el contexto de esta discusión,
asumieron como natural el modelo jerárquico del matrimonio y la familia con la autoridad investida
en la figura del esposo/padre.11
Marx, por su parte, en el desarrollo de su teoría del valor-trabajo reconoció como tal tanto al
que resultaba productivo desde el punto de vista capitalista, como al que resultaba productivo desde
un punto de vista social. Sin embargo, el énfasis estuvo puesto en el análisis del primero resultando
marginal el estudio de las especificidades del segundo. Engels, sí observó en más detalle el rol de la
familia nuclear en el desarrollo capitalista, señalando que el objetivo principal del hogar patriarcal
era la reproducción de la propiedad privada. Así, remarcaba que la monogamia surgió de la
concentración de suficiente riqueza en las manos de un solo individuo, un hombre, y de la
necesidad de legar esa riqueza a sus hijos. Desde el punto de vista marxista, la única forma en que
las mujeres podían conseguir igualdad con los hombres era socializando el trabajo doméstico y el
cuidado de los niños.

10
11

Se sigue en esta síntesis a Gardiner (1997).
La excepción son los trabajos de John Stuart Mill y Harriet Taylor quienes reconocieron la importancia de la inserción de las
mujeres en el mercado de empleo como elemento esencial para la distribución democrática de decisiones y responsabilidades al
interior de los hogares.

11

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En el ámbito de la teoría feminista, el “debate del trabajo doméstico” volvió sus pasos sobre
la teoría marxista. El principal punto de discusión fue la relación entre el trabajo doméstico y la
acumulación capitalista. Y existieron dos posiciones básicas. Una argumentaba que el trabajo
doméstico subsidiaba a la producción capitalista con su rol en la reproducción de la fuerza de
trabajo, directamente incrementando el beneficio capitalista. La otra postura negaba la noción de
subsidio y en cambio consideraba al trabajo doméstico como esencial para la reproducción de la
fuerza de trabajo en este tipo de sociedades.
Desde la primera visión se redefinió el valor de la fuerza de trabajo como el tiempo de
trabajo total necesario para su reproducción, es decir, el tiempo de trabajo necesario utilizado en el
trabajo del hogar además del tiempo abstracto incorporado en las mercancías consumidas. De esta
manera la plusvalía es apropiada por los capitalistas que le pagan a los trabajadores hombres un
salario que es menor que el valor de su fuerza de trabajo.
Así, la contribución que el trabajo doméstico realiza a la producción de plusvalía es la de
mantener el valor de la fuerza de trabajo por debajo del costo de su reproducción. El mecanismo
para esto consiste en la retención dentro del hogar de aquellos aspectos de la reproducción y el
mantenimiento de la fuerza de trabajo que no son rentables ni para la producción capitalista ni para
el Estado, en caso de que éste eventualmente se hiciera cargo. La configuración futura del trabajo
doméstico dependería entonces, de la interrelación de los costos de la reproducción de la fuerza de
trabajo, el proceso de acumulación capitalista y la demanda de trabajo femenino remunerado.
La perspectiva que considera al trabajo doméstico como un elemento indispensable para la
supervivencia del modo capitalista de producción, lo entiende como producción en sí mismo, ya no de
mercancías, sino de valor de uso. Su fin último es proveer fuerza de trabajo para su venta. Desde esta
perspectiva, la principal razón por la cual el trabajo doméstico sobrevive es porque el capitalismo
requiere trabajadores que sean individuos libres ofreciendo su fuerza de trabajo en el mercado.
El posterior desarrollo de la escuela marginalista neoclásica invisibilizó por completo este
aspecto. Considerando al trabajo exclusivamente como un factor productivo que los individuos
intercambian en el mercado, divorció su precio (salario) de cualquier proceso social o histórico.
Relacionando el valor económico con la posibilidad y el deseo de intercambio, todo trabajo sin
remuneración (o sin mercado) dejó de ser considerado como objeto de análisis. Fuera del esquema
quedó también el abordaje de los condicionantes por los cuales los individuos eligen ofrecer o no
su fuerza de trabajo en el mercado de empleo. Todo individuo se considera racional y por lo tanto
ejerciendo la opción (entre trabajo y no trabajo) que maximiza su utilidad (bienestar).
Sin embargo, desde la propia teoría neoclásica existió una aproximación a la consideración del
trabajo doméstico en la elección de los individuos a través de lo que se conoce como “Nueva
Economía del Hogar” [New Home Economics]. Desde esta perspectiva se considera que el hogar
decide como una unidad la participación de sus miembros en el mercado de empleo, y por ende la
correspondiente responsabilidad sobre las tareas domésticas. Lo que se busca es entonces maximizar
la utilidad conjunta de los miembros del hogar, sujeta a las restricciones de ingresos y tiempo. La
división tradicional por género del trabajo dentro del hogar se considera una respuesta económica
racional del hogar a la valoración que el mercado hace del tiempo de cada uno de sus miembros, lo
que a su vez se considera que está reflejando la productividad de los individuos en el mercado.12
Más recientemente, la economía feminista ha realizado importantes contribuciones al estudio
del trabajo no remunerado, resaltando sus aspectos de género, su invisibilidad y su aporte central a
12

Esto significa, por ejemplo, que si los varones y las mujeres jóvenes comienzan siendo igualmente productivos en ambas esferas de
la producción, la discriminación de género en el mercado de empleo (que reduce el salario de las mujeres por debajo de su
productividad de mercado) implicará que ellas se responsabilicen por una mayor cuota del trabajo doméstico y los varones por una
mayor cuota de trabajo remunerado en el mercado (Gardiner, 1997).

12

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la reproducción social y el funcionamiento de la economía. En este sentido, han desarrollado el
concepto de economía del cuidado, para referir a un espacio bastante indefinido de bienes,
servicios, actividades, relaciones y valores relativos a las necesidades más básicas y relevantes para
la existencia y reproducción de las personas, en las sociedades en que viven. Como todo concepto
en construcción sus alcances y límites son difusos. Podría argumentarse que en realidad toda
actividad humana tiene como objetivo final la propia reproducción, como personas y como sistema
social. Esto puede ser cierto, pero la economía del cuidado, con sus ambigüedades, refiere a un
espacio más acotado.
Se trata más bien de aquellos elementos que cuidan o “nutren” a las personas, en el sentido
que les otorgan los elementos físicos y simbólicos imprescindibles para sobrevivir en sociedad
(Unifem, 2000). Así, el cuidado refiere a los bienes y actividades que permiten a las personas
alimentarse, educarse, estar sanas y vivir en un hábitat propicio. Abarca por tanto al cuidado
material que implica un trabajo, al cuidado económico que implica un costo y al cuidado
psicológico que implica un vínculo afectivo (Batthyany, 2004).
Asociarle al término cuidado el concepto de economía implica concentrarse en aquellos
aspectos de este espacio que generan, o contribuyen a generar, valor económico. Es decir, lo que
particularmente interesa a la economía del cuidado, es la relación que existe entre la manera cómo
las sociedades organizan el cuidado de sus miembros, y el funcionamiento del sistema económico.
Si se considera el trabajo de reproducción dentro de los procesos básicos del funcionamiento
económico, entonces puede ubicarse al trabajo de cuidado dentro de los agregados nacionales,
utilizando un enfoque macro clásico. Esto es lo que hace Picchio (1999). Considera que la
producción de mercancías no sólo incorpora trabajo de producción remunerado, sino también
trabajo de reproducción no remunerado. Así pueden conjeturarse algunas de las implicancias
analíticas de este enfoque.
Se puede definir una relación simple, donde el producto P aparece como una función del
trabajo asalariado (Lw) y del trabajo doméstico (Ld).13
(1) P = f ( Lw + Ld )
El producto se distribuye entre el trabajo (asalariado y doméstico) y el beneficio (R), luego:
(2) P = Lw W + R + Ld 0
La parte de P que corresponde al trabajo doméstico es nula, ya que su salario es nulo. Podría
decirse que parte del producto va a parar a quienes realizan trabajo de cuidado a través de una norma
de distribución de W al interior de los hogares, pero ésta se encuentra indeterminada. En efecto,
habría que especificar la relación entre el trabajo doméstico y las demás variables (Lw, P, W, R).
El trabajo doméstico influye sobre la cantidad y calidad del trabajo asalariado (Lw). Su
influencia con la calidad de Lw está relacionada con los valores que se transmiten en la educación
al interior de los hogares, y con los cuidados de la salud que se realizan en el ámbito hogareño. El
trabajo doméstico también influye sobre la cantidad de horas de trabajo asalariado disponible, ya
que lo libera de las responsabilidades de cuidado.
El papel del trabajo doméstico sobre W es muy importante, porque existe un cierto grado de
sustitución entre trabajo doméstico y mercancías salariales, y los niveles de vida no dependen
exclusivamente de las mercancías sino también de bienes y servicios no mercantiles.
Asimismo, en la medida que W está inversamente relacionado con R, la parte de W que
corresponde a las transferencia intra-hogar de recursos, también dependerá del grado de
13

Trabajo doméstico es la terminología que Picchio (1992, 1999) utiliza para referirse a lo que aquí se considera trabajo de
reproducción social. En el mismo sentido se encuentra y utiliza la expresión “cuidado” o “trabajo de cuidado”.

13

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explotación del capital sobre el salario, o bien, de la proporción de W y R en relación con el
producto P. Si se considera, dada la evidencia histórica, que es más probable que el beneficio
imponga a los salarios como un residuo, entonces se comprende la dureza del trabajo doméstico. La
reproducción se encuentra atrapada entre un salario dado y las necesidades y carencias. “Este es a
la vez un problema de relaciones de poder de clase y de género, toda vez que la relación inversa
entre salarios y beneficio se convierte en una relación directa entre trabajo doméstico no
remunerado y beneficio”(Picchio, 1999: 220).
La discrepancia entre la carga del trabajo de cuidado, la elevada productividad social de su
trabajo y la pobreza de los recursos que en la distribución se asignan a la reproducción de la
población trabajadora en general revela hasta qué punto es social y no objetiva la relación entre el
trabajo y la distribución de la renta. La visibilidad del trabajo doméstico como reivindicación
política no sólo se propone hacer explícita la relación entre trabajo de reproducción y producto
social, sino también abrir un debate sobre las normas de la distribución, los modos de producción y
la calidad de la relación entre producción y reproducción.
Para comprender mejor estos aspectos, Picchio (2001) propone ampliar el tradicional
esquema del flujo circular de la renta, incorporando un espacio económico que define de desarrollo
humano, caracterizado por el hecho de que las actividades que en él se desarrollan tienen como
finalidad directa el bienestar de las personas y no la valorización de las mercancías.14
Este espacio de desarrollo humano permite integrar en el análisis las grandes funciones del
trabajo de reproducción diferenciadas a escala del sistema. Picchio (2001) las define del siguiente
modo: i) ampliación o extensión de la renta monetaria en forma de nivel de vida ampliado, que
también incluye la transformación de bienes y servicios por medio del trabajo de reproducción
social no remunerado; ii) expansión del nivel de vida ampliado en forma de una condición de
bienestar efectiva, que consiste en el disfrute de niveles específicos, convencionalmente adecuados,
de educación, salud y vida social; iii) reducción cuantitativa y cualitativa de la población
trabajadora a los trabajadores y trabajadoras efectivamente empleados: en este caso, el trabajo no
remunerado desarrollado en el ámbito doméstico sirve de apoyo para la selección, realizada en el
mercado laboral, de las personas y las capacidades personales efectivamente utilizadas en los
procesos productivos, facilitando, material y psicológicamente, los procesos de adaptación a los
mismos y/o absorbiendo las tensiones que generan.
El flujo circular de la renta ampliado puede verse en el gráfico 1. El mismo permite hacer
visible la masa de trabajo de reproducción no remunerado y relacionarla con los agentes
económicos y con el sistema de producción.

14

El concepto de desarrollo humano se diferencia del de capital humano. El primero refiere a las condiciones de sostenibilidad del
proceso de reproducción social de la población. El segundo revela, en cambio, un uso instrumental de las personas como elementos
de producción que es preciso actualizar y valorizar para aumentar su productividad.

14

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GRÁFICO 1
FLUJO CIRCULAR DE LA RENTA AMPLIADO

Fondo de salarios
(Lhw=W; w0)

Producción (Empresas)

Producción y
Distribución
Mercantil
Población ocupada
Familia - Estándar de
Vida (bienes de
Mercado y servicios
Trabajo no remunerado
(Wd  0 ; Ldhwd  0)

Desarrollo
Humano

Población Trabajadora
(activa e inactiva)
Reducción

conocimientos; relaciones
Expansión
Extensión

Estándares de vida ampliados

Fuente: Picchio, A. (2001) “Un enfoque macroeconómico ampliado de las condiciones de vida.”
Barcelona: Universidad de Barcelona, Conferencia Inaugural de las Jornadas “Tiempos, trabajos y
género”.

Lo primero que se observa es que los trabajadores y trabajadoras perciben el fondo de
salarios (W), que se obtiene multiplicando el número de trabajadores empleados (L) por las horas
de trabajo (h) y por el salario unitario medio (w). El fondo de salarios puede aumentar o disminuir
debido a la variación de cualquiera de las tres variables: el salario, el número de ocupados y
ocupadas, la jornada laboral.
El fondo de salarios financia a los hogares, que a diferencia del caso del flujo circular
tradicional, aquí no son instituciones armónicas. Por el contrario, la inclusión del trabajo no
remunerado en el análisis complejiza a las familias que ahora deben explícitamente negociar en su
interior y decidir la división de trabajo entre sus miembros.15
En el análisis económico habitual, el trabajo no remunerado desaparece en parte porque este
agregado, que se contabiliza en términos de participantes y de horas (Ld y h), no se manifiesta en
forma de transacciones monetarias. Si el salario del trabajo doméstico es nulo, el producto de
Ldhwd también será nulo. Por lo tanto, para trabajar en términos de renta ampliada es preciso
expresar el trabajo de reproducción social en términos de un valor monetario. El objetivo no es una
redistribución efectiva de la renta, sino hacer visible un componente importante del circuito.
Este componente es el que transforma los bienes y servicios adquiridos en el mercado,
extendiéndolos en bienes transformados, que determinan los estándares de vida ampliados. Estos
15

Esta idea se relaciona con la de los “conflictos cooperativos” desarrollada por Sen (1990).

15

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bienes transformados tienen incorporado, por tanto, una mayor cantidad de trabajo que la que
identifica el mercado.
A esto se suma, que en el caso del trabajo no remunerado se reconoce, por parte de quienes
lo proveen, “la pertenencia de sus destinatarios a una “humanidad común”, y parte de la
responsabilidad del trabajo de cuidado es precisamente intentar compensar las dificultades y
humillaciones de una inserción social desventajosa. El reconocimiento de las necesidades,
capacidades y aspiraciones es justamente lo que caracteriza lo que en este marco se define como el
proceso de expansión de la renta, designado como bienestar” (Picchio, 2001: 15). El bienestar
aparece como un espacio de desarrollo humano para la totalidad de la población trabajadora y no
sólo para las personas ocupadas.
La presión sobre el trabajo no remunerado es permanente, ya que a éste le corresponde cubrir
el desfase entre las rentas disponibles y las normas sociales de consumo y, en particular, entre las
condiciones del trabajo asalariado y las condiciones de vida. La ampliación de la renta por medio
del trabajo no remunerado es un proceso real que sirve para reducir la discrepancia entre los
recursos distribuidos y los efectivos consumos familiares.
Ahora bien, el trabajo no remunerado tampoco es infinitamente elástico. Su capacidad para
arbitrar entre el mercado de empleo y las condiciones de vida se reduce, además, cuando aparecen
nuevas oportunidades para algunos segmentos de la fuerza de trabajo (incluidas las mujeres). El
problema de las tensiones crecientes entre las condiciones del proceso de reproducción social y las
condiciones de producción de mercancías con el fin de obtener un beneficio, no puede resolverse
potenciando simbólicamente las capacidades de las mujeres, sin entrar a debatir las contradicciones
internas del sistema en relación con la formación de capital social, las normas de convivencia y la
adecuación de la remuneración del trabajo.
En esa línea, Nelson (1993 y 1996) aboga por una modificación del foco central del análisis
económico, pasando del intercambio y la elección (choice) a la provisión (provisioning), esto es, a
los bienes y procesos necesarios para la supervivencia humana. Cuando este elemento (la
supervivencia humana) se transforma en el corazón del análisis económico, los servicios
inmateriales como el cuidado de los niños y niñas, el cuidado de la salud y la preocupación por la
transmisión de las habilidades (educación), se vuelven tan centrales como la alimentación y la
vivienda. Algo similar propone Power (2004) cuando sugiere que el punto de partida del análisis
económico debe ser la provisión social (social provisioning). Con este término quiere resaltar el
análisis de las actividades económicas como procesos sociales interdependientes. Este concepto
permite incluir el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres, así como las normas sociales
que afectan tanto lo procesos como sus resultados.
Desde estas visiones alternativas, es posible entonces, reconfigurar la noción de cuidado y
reabordarlo para su estudio en el caso latinoamericano, identificando las inequidades de género
asociadas e imaginando estrategias para revertirlas.

2.

Reabordando el cuidado

Los elementos enunciados hasta ahora permiten ir definiendo el concepto de cuidado que
abordamos en el presente trabajo. Se trata fundamentalmente del cuidado como elemento esencial
de funcionamiento del sistema económico y social. Por eso lo enmarcamos dentro del campo de la
economía del cuidado. Esto no implica desconocer que el cuidado es una actividad
multidimensional, con aspectos económicos, sociales, psicológicos, culturales y políticos.
“El cuidado es una actividad específica que incluye todo lo que hacemos para mantener,
continuar y reparar nuestro mundo, de manera que podamos vivir en él tan bien como sea posible.
16

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Ese mundo incluye nuestros cuerpos, nuestro ser, y nuestro ambiente, todo lo cual buscamos
para entretejer una compleja red del sostenimiento de la vida” (Fisher, 1990 citada por Tronto (s/f),
5 traducción libre). Esta definición incluye tanto la posibilidad del auto-cuidado como la de cuidar
a otros, a tiempo que deja fuera la dimensión afectiva del cuidado como inherente al mismo, pero
tampoco lo equipara a una actividad mercantil cualquiera. Asimismo, incorpora tanto la perspectiva
de quienes otorgan y quienes reciben el cuidado. Como ya se mencionó, asociarle al término
cuidado el concepto de economía implica concentrarse en aquellos aspectos que generan, o
contribuyen a generar, valor económico.
El cuidado hacia los otros puede ser de dos tipos. Directo, que implica la prestación material
del mismo, la atención de las necesidades físicas y biológicas de tal manera que hay una
transferencia de tiempo y una interacción cara a cara entre las personas que otorgan y reciben el
cuidado. E indirecto, que consiste en la transferencia desde un componente de algún sistema social,
especializado o no, de los mecanismos necesarios para que los individuos generen por cuenta
propia las atenciones que requieren (Giménez, 2003).
A su vez el cuidado directo se diferencia entre: i) cuidado espontáneo, que es aquel que es
prestado ocasional y voluntariamente y no hace parte de una relación constante; ii) cuidado
necesario, que es el que no puede ser auto provisto, por ejemplo el prestado a la niñez y las
personas enfermas; y iii) servicios personales, aquellos que podrían ser provistos por el propio
beneficiario pero se delegan a otra persona. La diferencia entre cuidado y servicios personales no
es la naturaleza del acto, ni la relación de intimidad del trabajo de cuidado, la diferencia es la
facultad de mando de una de las partes y la falta de autonomía de la otra, aunque el lenguaje de los
servicios preserve la ilusión de la independencia de la prestadora. Esta ilusión o mito hace que las
opciones de mercado oculten las reales necesidades de cuidado (Tronto, s/f).
Como ya se dijo, los prestadores de cuidado han sido históricamente las familias, las
instituciones de la sociedad civil, el mercado y el Estado. Asimismo, el cuidado no es
inherentemente remunerado o no remunerado. Su carácter en ese sentido es consecuencia de
elecciones políticas, valoraciones culturales y estructuras de género (Batthyany, 2004).
Por su parte los receptores del cuidado han sido tradicionalmente las personas dependientes,
es decir, la ancianidad, la niñez, los enfermos y en alguna medida los discapacitados, pero el
cuidado también se dirige a personas plenamente capaces, ocupadas o no en el mercado laboral. Sin
embargo, se requiere ir más allá: los receptores de cuidado, los sujetos del cuidado somos todos.
Desde el momento en que los receptores son los dependientes, “los otros”, quedan excluidos de las
decisiones relativas al cuidado. Además, cuando los actores autónomos son tomados como la
norma del accionar humano, el cuidado deja de considerase como un aspecto de la vida. Si todos
son considerados receptores, se deshace la falacia de las personas como actores racionales que
compiten constantemente en el mercado, y se reconocen los límites de éste, a tiempo que los
receptores dejan de ser “los otros” (Tronto, s/f).
En el presente trabajo se establece además, la subcategoría de “crianza”, que es un tipo de
cuidado específico dedicado a la niñez. Esta diferenciación se justifica tanto por acotar el ámbito de
estudio como por razones de visibilización, ya que cuando se habla de cuidado en general, aun
aclarando que sus destinatarios son no únicamente las personas dependientes, lo que suele suceder en
los estudios de América Latina es que cuidado se termina asimilando a crianza y se olvidan o
invisibilizan los trabajos de cuidado a otras personas. También se pretende contribuir a ir
construyendo un nuevo lenguaje del cuidado que de cuenta de sus especificidades, complejidad y
magnitud.
En la actualidad se puede trazar el siguiente diagrama de la distribución social del cuidado
directo (ver gráfico 2). Cada uno de los prestadores del diagrama, tanto los pertenecientes al ámbito

17

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intra como extra-hogar, implican una compleja organización y planificación y mantienen flujos entre
ellos, dependiendo de la suficiencia y oportunidad de la prestación. Así, si la oferta pública estatal no
brinda una cobertura u horarios suficientes, se deberá acudir al mercado, a las cuidadoras remuneradas
o no pagadas al interior del hogar. En el mismo sentido, si la oferta del Estado es residual y no existen
ingresos para contratar los servicios en el mercado se acudirá a la oferta pública no estatal disponible:
ONGs, instituciones religiosas, voluntariado que se encarga del cuidado.
Como es de suponer la existencia de prestadores de cuidado extra-hogar requiere de una
organización y planificación, más o menos compleja, propia de las empresas o instituciones
formalizadas. Pero el cuidado intra-hogar también requiere, contrariamente a lo que se suele
pensar, una compleja organización y planificación. La magnitud y responsabiliad de esta actividad
lleva a pensar en la existencia de una “mano invisible” mucho más poderosa que la de Adam Smith,
que regula la vida, y permite que el mundo siga funcionando (Carrasco, 2003,17).
GRÁFICO 2
PROVISIÓN DEL CUIDADO

Provisión del cuidado

INTRA HOGAR

Cuidadoras no
remuneradas

EXTRA HOGAR

Cuidadoras
remuneradas

Mercado

Oferta Estatal

Oferta pública
no estatal

Cuidadoras voluntarias,
convenios entre instituciones

Guarderías, salas
cunas, hogares
para el adulto
mayor

Ausencia o presencia de políticas
de cuidado/conciliación y leyes

Empleadas
domésticas
Niñeras
Enfermeras

Centros de
cuidado
infantil
Salas cunas
Colegios

Hospitales
Clínicas

Residenciales
para el
adulto mayor

Programas
y centros
del adulto
mayor

Colegios y
guarderías de
convenio
(instituciones
privadas,
pagadas, con
subsidio de
iglesia católica)

Programas
y centros de
cuidado
infantil

Hospitales,
postas

En general la distribución del cuidado varía en función de la oferta pública del mismo, y es
precisamente por sus deficiencias que las familias se han constituido en la red de protección socia
principal. Además se dan distintas combinaciones de provisión intra y extra hogar que van de la
complementariedad a la sustitución.
En América Latina, la mayoría del cuidado se resuelve en la oferta privada, con serias
consecuencias no sólo para las mujeres como sus principales responsables, sino también para los
receptores del cuidado, especialmente para la niñez. En efecto, cuando el cuidado para ciudadanos en
desiguales condiciones es prestado privadamente se acentúan las inequidades existentes y se excluye a
muchos de la posibilidad de ser ciudadanos plenos (Tronto, s/f; Buker, s/f; Giménez, 2003).
Las inequidades se dan tanto en la distribución del cuidado recibido como en los recursos con que
cuentan las personas para hacerse cargo del cuidado de sí mismas y de los demás. Sin duda la
18

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disponibilidad de ingresos de las personas determinan la posibilidad de recibir cuidado y la calidad del
mismo, pero también en las prácticas sociales del cuidado hay importantes aspectos que contribuyen a
estas inequidades.
En primer lugar, la subvaloración del trabajo de cuidado y su atribución a las mujeres en la esfera
doméstica y en la esfera pública, en un marco de larga discriminación a estas trabajadoras, y de
diferencias estructurales en la forma en que se piensa sobre la remuneración para el trabajo de cuidado.
En segundo lugar, el control y solución de las necesidades de cuidado está en manos de las
personas consideradas independientes y competentes, excluyendo a quienes se consideran vulnerables y
sujetos del cuidado de esas decisiones, tales como los niños, enfermos y ancianos. Este hecho, sumado a
los mecanismos psico-sociales que perpetúan la desigual distribución del cuidado, y las desiguales de
género, raza y etnia dan lugar al “círculo vicioso de la privatización del cuidado” que impide que el
mismo sea asumido como una responsabilidad social (Tronto, s/f).
En la región la distribución de los servicios de cuidado depende del tipo de cuidado y de los
receptores. Así en el cuidado de personas enfermas participan más la oferta pública y el mercado, que en
lo relativo al cuidado de la niñez y la ancianidad, donde la oferta pública es residual. En todo caso, en
todas las clases de cuidado el nivel de ingresos de las familias es determinante del modo de la prestación.
El salario se presenta entonces cono el nexo económico fundamental entre la esfera de la reproducción
humana y la esfera mercantil (Carrasco, 2003, 20). En función de la remuneración al trabajo de los
miembros ocupados del hogar, se hacen diversos arreglos que pueden incluir la contratación de empleada
doméstica, niñera, enfermera, guarderías; acudir a parientes o vecinas para delegar el cuidado de
ancianos o infantes temporalmente o en el peor de los casos permanecer a cargo de las mujeres que no
pueden hacer ningún tipo de arreglo y se ven imposibilitadas de acceder al mercado laboral.
Además de los flujos entre prestadores señalados en el diagrama se dan situaciones que dan lugar
a otras vinculaciones. Por ejemplo, cuando los colegios, sean parte de la oferta pública o privada de
cuidado, tienen horarios que no coinciden con la jornada laboral de las madres cuidadoras se debe acudir
a algún otro mecanismo disponible generalmente en la oferta intra hogar.
Ahora bien, ¿todo el cuidado puede ser asumido indistintamente por el Estado, el mercado, las
familias o las instituciones de la sociedad civil? O en otras palabras, ¿todo el cuidado puede ser
“delegado” a la oferta pública o mercantil? Como en tantos otros fenómenos aquí el factor cultural es
determinante. Así, una misma actividad puede tener sustituto en el mercado en una sociedad (si los
ingresos lo permiten) y ser indelegable en otras. Pero además está el factor subjetivo, que se hace más
claro en el cuidado de infantes, en la crianza, ya que lo que para unos padres es indelegable por marcar la
relación que tienen con sus hijos, para otros puede ser perfectamente realizado por una sustituta. Por ello
es prácticamente imposible clasificar a las actividades de cuidado en enteramente mercantilizables y no
mercantilizables (Carrasco, 2003).
Se considera que es necesario un abordaje que de cuenta de los actores y flujos representados en el
diagrama, de manera de superar las perspectivas dicotómicas que el propio enfoque de género critica y
tratar de superar e intentar un abordaje de la organización social, de la forma en que cada sociedad
resuelve sus problemas de cuidado. De ahí la relevancia de ahondar en los debates, enfoques
conceptuales y en las propuestas de políticas públicas que permitan abordajes integrales y dinámicos
para una redistribución más equitativa del cuidado. Por ello en este documento se opta por el enfoque de
la economía del cuidado en su concepción más amplia, como manera de integrar el cuidado no
remunerado y el remunerado, dando un panorama de los flujos intersectoriales que operan en su
prestación y recepción, las tensiones que tienen lugar y los riesgos que presenta la actual distribución
social del cuidado.

19

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II. Políticas públicas y cuidado

La responsabilidad en el cuidado de los miembros de la sociedad, o más
precisamente, en la reproducción de la fuerza de trabajo necesaria para
el funcionamiento del sistema, nunca fue cabalmente asumida de manera
colectiva en América Latina. Esto se expresa en la forma que tomaron
las instituciones sociales, que a través de particulares regímenes de
Estado de Bienestar, dan muestra de una realidad en la cual las políticas
públicas, a lo sumo acompañan el cuidado entendido como una
responsabilidad básicamente privada (hogareña y femenina).16
Esto se así, porque tal como se señalara tempranamente en la
literatura, los regímenes de bienestar están basados en una
combinación de estratificaciones, no solo de clase, sino también de
género (O’Connor et al., 1999; Orloff, 1996; Sainsbury, 1996) y están
apoyados, en mayor o menor medida, en un modelo de familia
constituido por varones proveedores y mujeres cuidadoras (Lewis,
1993; Sainsbury 1996, 1999). En su forma “pura” se trata de un
modelo en el que las mujeres están excluidas del mercado laboral,
subordinadas a sus esposos o compañeros en el acceso a servicios, y a
cargo del trabajo no remunerado, incluyendo el cuidado de otras
personas, económicamente dependientes o no.
La extensión de las instituciones del EB tradicional difiere
significativamente entre los países de América Latina, y en la mayoría
de los casos suelen encontrarse regímenes híbridos que

16

Para una conceptualización originaria de régimen de Estado de Bienestar, ver Esping-Andersen (1990). Para su adaptación al caso
latinoamericano, ver Filgueira (1998) y Lo Vuolo (1998).

21

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combinan, con mayor o menor grado, componentes de distintos modelos ideales de EB. Lo cierto es
que aún aquellos países que han conseguido un significativo nivel de desarrollo de estas
instituciones, han construido configuraciones con moderado nivel de des-mercantilización y casi
ningún grado de des-familiarización. Sintéticamente, estas serían las principales características de
estos regímenes:
• La red de seguridad social se construyó en base a la red de seguridad laboral. Y esta última se
edificó en torno a la relación salarial, bajo el supuesto que las economías podían sostener
senderos de crecimiento económico estable que garantizaran niveles cercanos al pleno
empleo.
• La población se pensaba organizada en hogares que respondían al modelo del proveedor
único. Esto es, familias con un jefe varón ocupado en un puesto asalariado, y una cónyuge
mujer cuya principal responsabilidad era atender las obligaciones domésticas del hogar.
• En consecuencia, la base del derecho a la protección social radicaba en la situación frente al
mercado laboral. Así, se accedía a la cobertura en tanto ocupado, o en tanto dependiente de
un ocupado. En términos extremos, los hombres estaban protegidos directamente por su
condición de trabajadores asalariados y las mujeres y los niños y niñas por su condición de
dependientes del primero. Esta lógica regía, con matices según la diversidad de la región, los
esquemas básicos del seguro social: previsión, obras sociales de salud, asignaciones
familiares, seguro de desempleo.
• La situación de ocupación, también permitía el acceso a uno de los pocos servicios de cuidado
provisto para la población trabajadora: las guarderías infantiles en los lugares de trabajo. En
algunos casos, la propia normativa establecía la obligatoriedad de brindar estos servicios, en
función del tamaño de la dotación de personal femenino. Las guarderías infantiles existían en
algunos sectores productivos y en algunos establecimientos, a cargo tanto de instituciones
públicas, como de empresas privadas y sindicatos o mutuales. Sin embargo, la extensión de la
cobertura de este tipo de servicios, nuevamente muy heterogénea por país, nunca llegó a ser
considerable.
• Claramente, la particular configuración de los mercados de empleo latinoamericanos, con un
peso relativo importante del trabajo asalariado no registrado y del empleo informal,
implicaron que aún en los momentos de apogeo del EB, gran parte de la población quedara
excluida del acceso a estos servicios sociales.
• La educación formal en el nivel primario y pre-escolar completaba la oferta de servicios para
el cuidado de los niños pequeños. Nuevamente, aquí existió mucha diversidad de situaciones
al interior de la región, dependiendo de los niveles de escolarización alcanzados, la edad
mínima de la obligatoriedad, y las condiciones de la oferta pública real de establecimientos
educativos.
• Los servicios de cuidado para personas mayores y enfermas no fueron contemplados en estos
diseños iniciales de instituciones sociales, más allá de los servicios públicos de salud, que
atendieron desde siempre la mayor proporción de la internación crónica.
• Finalmente, la oferta privada de servicios de cuidado completaron la provisión extra-hogar.
En este sentido, la contratación de servicio doméstico fue una característica habitual y
temprana de los hogares de estratos económicos medios y altos en América Latina.
• Otras ofertas mercantiles como servicios privados de guarderías, transporte escolar, hogares
de ancianos, servicios de lavandería y alimentación, fueron escasos en la configuración
original de estos regímenes de EB, pero su provisión desde el sector privado fue creciendo en

22

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

el tiempo, y fundamentalmente a partir de los procesos de reforma y retracción del EB. Claro
que estos servicios han estado disponibles sólo para los sectores socio-económicos que
pudieran pagarlos.
• Tanto en los escasos servicios públicos como en los servicios mercantiles de cuidado, la
fuerza de trabajo contratada ha sido mayormente femenina. De hecho, la enseñanza, las
actividades de asistencia en la atención de la salud y el servicio doméstico fueron las ramas
de actividad que concentraron la mayor parte de la población económicamente activa
femenina cuando comenzó a incorporarse a tasas crecientes en el mercado de empleo. La
inequidad de género típica del mercado laboral, ya relevada por abundante literatura en la
materia, se reprodujo en estos sectores.
La paulatina mayor incorporación de las mujeres al mercado laboral, el lento proceso de
debilitamiento de la tradicional familia patriarcal, conjuntamente con los procesos de ajuste de los
presupuestos públicos ocurridos en la región, que implicó un profundo proceso de retracción de las
instituciones del EB, impusieron un contexto crítico para la organización del cuidado.
Martínez Franzoni (2005) propone una caracterización de los regímenes de bienestar actuales
de América Latina, a partir de incorporar como variable definitoria, al trabajo de cuidado no
remunerado. Así identifica:
• a) Los regímenes de bienestar de proveedor único: Refiere a países donde los ingresos de
los hogares se producen principalmente a partir de una organización doméstica basada en
varones proveedores y mujeres cuidadoras. La demanda de cuidado en estos países es
relativamente baja asociada a menores tasas de fecundidad. A su vez estos países cuentan con
una oferta pública de servicios sociales mayor, cuyo acceso descansa, al menos en gran
medida, en que una persona del hogar, usualmente las mujeres, sean las responsables de
recolectar las distintas transferencias y servicios.
Esta oferta de servicios se bifurca en un énfasis focalizado, con políticas públicas
especializadas en la población de menores ingresos, y un énfasis universalista, con una cobertura
importante de sectores medios y medios altos. Esto permite diferenciar dos subgrupos al interior de
los regímenes de estado de bienestar de proveedor único:
− a.1) El estatal: Refiere a países que continúan asignando la mayor parte de sus recursos
a servicios universales, aunque están experimentando un gradual desplazamiento hacia
una mayor participación del mercado, en particular de servicios como educación, salud y
pensiones. En este grupo se encontrarían Costa Rica y Uruguay.
− a.2) El liberal: Refiere a países que han experimentado un desplazamiento desde el
Estado hacia la prestación privada de servicios, en particular de salud, educación y
pensiones, radical y acelerado. Es el caso de México, Argentina y Chile. En estos países
el Estado tiene altas capacidades relativas y en la última década ha venido
especializándose en una inversión focalizada, dirigida a prestar servicios básicos.
• b) Los regímenes de bienestar informal de doble proveedor: En estos países, para lograr
niveles mínimos de ingreso las mujeres alcanzan niveles muy altos de participación laboral y
de hogares con doble proveedor. Esto se da además con una muy alta proporción de empleo
informal. En estos países las mujeres continúan siendo cuidadoras y deben responder a una
alta demanda de cuidado, debido tanto a tasas de fecundidad elevadas como a la muy escasa
inversión social. El Estado tiene poca presencia y sus capacidades institucionales son débiles.
En este grupo se encuentran países como El Salvador, Guatemala y Nicaragua.
“Puesto en términos del motor principal de asignación de los recursos en cada régimen, y
partiendo del predominio de la asignación mercantil de recursos que caracteriza a todas las
23

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

sociedades capitalistas, el primero se distingue por su “estadocentrismo” relativo, el segundo por su
“mercadocentrismo-con-Estadofocalizado”, y el tercero por su “familiocentrismo-con-Estados-ymercadosdébiles.” (Martinez Franzoni, 2005: 40).
En el marco de estos regímenes de bienestar, las familias se insertan a través de dos prácticas
relacionadas pero distinguibles entre sí. Por un lado, la producción de bienestar, que comprende
actividades que, al igual que las realizadas por mercados y Estados, se traducen en bienes y
servicios. En el caso de las familias, se llevan a cabo a través del trabajo no remunerado. Por otro
lado, los hogares se encargan de articular el bienestar, esto es, gestionar prácticas de asignación de
recursos procedentes del mercado, las políticas públicas y las propias familias. Las distintas esferas
de producción del bienestar no se articulan por sí mismas sino mediante prácticas familiares y
estructuras de oportunidades, en gran medida dadas por los mercados laborales y la inversión
pública social. Como articuladora, la familia endogeniza las “fallas” del mercado y la presencia o
ausencia de apoyo estatal a través de una expansión o reducción de su producción de bienestar.
Martínez Franzoni (2005) demuestra, para un grupo seleccionado de países para los cuales
cuenta con información estadística, algunos rasgos de los regímenes de bienestar en América
Latina en relación con la producción y articulación de bienestar en los hogares, haciendo especial
énfasis en el trabajo no remunerado. La evidencia disponible señala que efectivamente hay una
clara división sexual del trabajo en la manera que los hogares organizan la producción y
articulación del bienestar.
Aun cuando se trate de hogares con doble proveedor, el promedio de horas dedicadas al
trabajo doméstico y al cuidado de niños y niñas y otros miembros del hogar, es sistemáticamente
mucho mayor para las mujeres que para los varones. La incorporación de las mujeres al mercado
laboral no ha conllevado hasta el momento cambios importantes en la organización del trabajo al
interior de los hogares.
La intensidad de la presión sobre el trabajo remunerado y no remunerado de las mujeres,
depende en definitiva de la interrelación del régimen de estado de bienestar de que se trate y de la
posición del hogar en la estructura socio-económica, lo que determinará la combinación de
servicios públicos sociales, servicios mercantiles y trabajo no remunerado necesario para proveer a
la reproducción social de la población.

24

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

III. Caracterización del cuidado
de niños y niñas en Argentina
y Uruguay

¿Cuál es la combinación de servicios públicos sociales, servicios
mercantiles y trabajo no remunerado que organizan la reproducción
social de la fuerza de trabajo en Argentina y Uruguay? Este es el tema
de esta sección.
Se parte de revisar la previsión normativa en torno al tema, para
luego repasar la oferta y cobertura de servicios de cuidado extradomésticos (públicos, privados y del tercer sector), y la participación
del trabajo de cuidado no remunerado al interior de los hogares. Esto
se hace siempre, en el marco de los límites planteados por la
información estadística disponible.
Se utilizan aquí parcialmente los resultados de la primera etapa
del proyecto de investigación “Comercio, género y equidad en
América Latina: generando conocimiento para la acción política”, del
capítulo latinoamericano de la Red Internacional de Género y
Comercio, financiado por el International Development Research
Centre (IDRC). Para el caso uruguayo, el equipo de investigación de
esta etapa estuvo integrado por Alma Espino, Soledad Salvador y
Paola Azar. En el caso argentino, participaron Norma Sanchís, Damián
Kennedy y quien suscribe. Se agradece la generosidad de los equipos
para compartir la información que aquí se presenta.

25

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Para comenzar, las características demográficas de la población brindan una primera
aproximación a lo que pueden ser las necesidades de cuidado de las personas. Esto es, cuántos
niños y niñas hay y en qué tipo de hogares viven. La información disponible para América Latina
indica una disminución paulatina de la cantidad de hijos e hijas en los hogares, y que los hogares
nucleares (una pareja con o sin hijos) sigue siendo la estructura hogareña predominante. Sin
embargo, dos cambios paulatinos ameritan ser considerados: un aumento ligero de los hogares
unipersonales y una expansión de las familias dirigidas por mujeres. (Ariza y de Oliveira: 2003).
Estas tendencias generales se confirman para el caso de Argentina, cuando se analiza la
información disponible para la segunda mitad del siglo XX (Torrado, 2003). Así, los principales
cambios en la organización familiar están dados por el aumento de las familias monoparentales, la
relativa disminución de las familias extensas y compuestas y la correlativa preeminencia de la
forma nuclear, acompañada por una disminución del tamaño medio de las familias, como
consecuencia del menor número de hijos.
Según la información del Censo Nacional de Población del año 2001, los niños de entre 0 y
14 años de edad representan el 28,3% del total de la población, con un incremento intercensal
(1991-2001) de 2,77%. Según la misma fuente, el hogar nuclear sigue siendo la forma de
organización predominante (63,2% del total de hogares). Claramente este peso relativo varía según
los grupos étareos y fundamentalmente según el sexo de la persona considerada jefa de hogar.
Como puede verse en el cuadro 1, el hogar nuclear prevalece entre los hogares con jefatura
masculina o femenina en edades centrales (25 a 44 años). Las otras formas de hogar prevalecen
para los casos de jefaturas femeninas, en cualquier rango de edad.
CUADRO 1
ARGENTINA – ESTRUCTURA DE LOS HOGARES, SEGÚN GRUPOS DE EDAD Y SEXO DEL JEFE
Tipo de Hogar

Hogares

Grupos de edad y sexo del jefe
14-24 años

Total

25-44 años
100,0

46-64 años

65 años o más

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

Hogar unipersonal

15,0

15,7

26,3

6,5

14,3

8,5

22,2

14,6

100,0
53,5

Hogar nuclear

63,2

62,9

37,0

79,2

62,7

67,7

45,4

63,8

20,3

Hogar extendidoa

23,7

19,6

15,8

25,6

12,5

19,6

22,1

30,0

20,1

Hogar compuestob

1,4

2,0

3,4

1,2

2,2

1,4

1,8

1,1

1,1

Hogar multipersonal no
familiar

0,8

3,6

7,7

0,6

1,3

0,4

0,7

0,4

1,5

Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2001.
a
b

Hogar nuclear con otros familiares.
Hogar nuclear con otros no familiares.

En el caso de Uruguay, durante los últimos 15 años se evidencia una importante
recomposición de los tipos de hogar, reduciéndose la proporción de hogares biparentales con
hijos/as (de 39% a 32,5%) e incrementándose el porcentaje de hogares monoparentales con jefa
mujer (de 7,2% a 10,6%).
A su vez, los/as niños/as de 0 a 5 años de edad han reducido su participación en hogares
biparentales y la han incrementado en hogares monoparentales. De todas formas, un 59% viven en
el año 2005 en hogares biparentales, un 29% en hogares extensos y 8% en hogares monoparentales.
Batthyáany (2004) realiza una estimación de la demanda de cuidado en Uruguay, en relación
a la población en edad dependiente (niños y niñas, jóvenes y adultos) con respecto a la población
en edades centrales. En su estimación concluye que Uruguay se encuentra en una situación de crisis
de cuidado, en tanto la población demandante de cuidado, excede en 40% a la población total
26

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

existente. El 11% de este exceso de demanda de cuidado está constituido por los niños y niñas de 0
a 4 años. Y la situación futura parece persistir en estos parámetros, según las proyecciones
realizadas.
Es decir, en los dos casos bajo estudio, las tendencias demográficas confirman la persistencia
de la organización familiar tradicional. Como se verá en lo que resta del trabajo, esto no es sólo una
tendencia demográfica. A pesar de pequeños avances en relación con una distribución más equitativa
de las responsabilidades domésticas, así como de una mayor inserción femenina en el mercado
laboral, una reducción en el número de hijos e hijas promedios en los hogares, y algunas acciones de
política pública, lo que persiste es una división sexual tradicional del trabajo, que impone a las
mujeres las mayores cargas, limitando de este modo sus oportunidades de vida, y desconociendo la
responsabilidad social, pública y colectiva, sobre la reproducción de la fuerza de trabajo.

1.

La regulación del cuidado

La regulación del cuidado de niños y niñas en los países del Río de la Plata se restringe casi con
exclusividad a dos ámbitos. Por un lado, la implementación de la obligatoriedad de la educación
básica, que desde tiempos tempranos implicó una amplia tasa de escolarización en los niveles
primarios de la educación, y con ello, una participación importante de las instituciones educativas
formales en el cuidado de los niños y niñas. Por otro lado, la inclusión de cuestiones relativas a la
protección de la maternidad y la prestación de mínimos servicios de cuidado en las unidades
productivas, en el ámbito de las regulaciones del mercado laboral.
En este último caso, como señala Pautassi et al (2005) se observan dos grandes ejes
relacionados a la normativa referida a la articulación entre la vida laboral y la vida familiar. Por un
lado, se concentra en las referencias al período de gestación, alumbramiento y lactancia, y por otro
estas disposiciones se refieren casi exclusivamente a los derechos de las mujeres, asumiendo su doble
función de trabajadoras y madres, y casi nunca a los varones (cuya función como trabajadores parece
partir del supuesto que existe una mujer que cubrirá las necesidades de cuidado de sus hijos). Este
supuesto que se encuentra implícito en todos los beneficios que se otorgan (licencias, acceso a
servicios como guarderías, etc.) contribuye al sostenimiento del modelo familiar según el cual es a las
mujeres a quienes competen las responsabilidades del cuidado familiar.
En el caso de Argentina, la Constitución Nacional establece la obligación del Estado y el
derecho de los ciudadanos y ciudadanas de acceder a servicios básicos de educación y salud. La
Ley Federal de Educación, sancionada en 1994, reactualizó los compromisos en materia educativa,
imponiendo la educación básica obligatoria desde los 5 hasta los 15 años de edad.
En materia laboral, la Ley de Contrato de Trabajo (LCT), principal mecanismo regulador,
establece la protección de las trabajadoras madres, en los siguientes aspectos:
•

Estabilidad en el empleo (art 177): toda mujer tiene el derecho adquirido a conservar
su puesto de empleo durante el período de gestación. De este modo se establece una
presunción de despido por causa de embarazo si la terminación del contrato de
empleo es dispuesta por el empleador dentro del plazo de siete meses y medio
anteriores o posteriores a la fecha de parto, correspondiendo una indemnización
agravada acumulativa con la indemnización por despido sin causa justa.

•

Licencia por maternidad: por un total de noventa días. Durante el plazo de licencia
por maternidad, el salario de la trabajadora es reemplazado por una asignación
familiar de igual monto; es decir, que el costo no lo asume directamente el
empleador, sino que opera un programa de seguro social. Para el goce de dicha
asignación se requiere una continuidad anterior en el empleo de tres meses. Una vez
27

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

concluido este período, la trabajadora puede optar por continuar su trabajo o por un
período de excedencia de hasta 6 meses sin percibir remuneración. Los plazos de
excedencia no se computan como tiempo de servicio, porque esta es una opción
“voluntaria” para la trabajadora. En 1999 se hizo extensivo el beneficio del estado de
excedencia a las trabajadoras que están bajo el régimen del empleo público. Extiende
la licencia por maternidad a cien días, incluso para madres adoptivas, extiende la
licencia por paternidad a cinco días y aumenta al doble los períodos de descanso
remunerado para la lactancia17.
•

Descanso adicionales por lactancia (art. 179): para las mujeres que amamntan a sus
hijos e hijas se prevén dos descansos de medio hora en el transcurso de la jornada de
trabajo por un período no superior a un año posterior a la fecha de nacimiento.

•

Salas maternales y guarderías (art. 179): se impone a los empleadores la habilitación
de salas maternales y guarderías en función del número de trabajadoras ocupadas.
Esta normativa nunca fue reglamentada y, por lo tanto, tiene poca operatividad

En ningún caso se incluye al padre en la posibilidad de asumir la licencia por nacimiento, o
el beneficio de la excedencia en lugar de la madre.
Por su parte, la LCT no contiene disposiciones explícitas referidas a períodos de licencia
para el cuidado de hijos e hijas a causa de enfermedades. La única excepción (art. 183), es la
opción de ejercer voluntariamente el estado de excedencia por causa justificada debido a la
necesidad de cuidar a un hijo o hija enfermo menor de edad que la trabajadora tenga a su cargo.
Esta opción sólo puede ser ejercida por la madre.
En el caso de Uruguay, la Constitución Nacional establece las obligaciones del Estado en la
provisión de los servicios de salud y educación. Respecto a los primeros, no se trata de una
disposición de carácter universal sino orientada a la población en situación de pobreza extrema.18
Con relación a los segundos, la definición de gratuidad y obligatoriedad alcanza a la enseñanza
primaria y media, agraria o industrial, y desde 2003, rigen estos mismos principios para la
Educación Inicial abarcando a los niños de 5 años.
Además del establecimiento de estos derechos, la mayor regulación existente se refiere al
ámbito del mercado laboral. En Uruguay, las normas protectoras de la maternidad contemplan los
siguientes aspectos:19
• licencia de maternidad: seis semanas antes y seis semanas después del parto (13 semanas para
las funcionarias públicas);
• prestaciones económicas y médicas: subsidio de maternidad provisto por el organismo estatal
de seguridad social (Banco de Previsión Social) y asistencia médica durante el embarazo,
parto y posparto;
• facilidades para la lactancia: dos pausas diarias de media hora contadas como trabajo
efectivo; media jornada en el caso de las funcionarias públicas;
• traslado temporal de tareas durante el período de gravidez o de lactancia o, en su defecto,
licencia especial abonada por la seguridad social (Ley 17.215);
17

18

19

La ley Nº 24.715, extiende el período de licencia para las trabajadoras que tengan un/a hijo/a con síndrome de down. La trabajadora
tiene derecho a seis meses de licencia sin goce de sueldo desde la fecha de vencimiento del período regular. Durante ese plazo
percibirá una asignación familiar igual a la remuneración que habría percibido de haber prestado servicios.
El “Estado proporcionará gratuitamente los medios de prevención y de asistencia tan sólo a los indigentes o carentes de recursos
suficientes”.
RIGC (2007) en base a Márquez (2005).

28

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

• conservación del puesto de trabajo: la trabajadora embarazada o que ha dado a luz no puede
ser despedida; si lo fuera, el empleador deberá abonar una indemnización especial de seis
meses de sueldo, que se acumula a lo adeudado por la indemnización común (Ley 11.577),
• licencia especial de seis semanas para todos los trabajadores (hombres y mujeres) de la
actividad pública y privada, que adopten menores (Ley 17.292).20
En cuanto a la licencia por paternidad sólo existe legislación para la actividad pública que
concede diez días hábiles a partir de diciembre de 2005 (Ley 17.930), ampliando la disposición de
la Ley 16.104 de 1989 que preveía tres días hábiles. La misma normativa rige en caso de adopción.
Fuera de estas licencias, no existen disposiciones legales referentes al cuidado de los hijos e
hijas. Los funcionarios públicos, pueden disponer de una “licencia especial” hasta por treinta días
con goce sueldo, en caso debidamente justificados. Si es por un plazo mayor será sin goce de
sueldo (art. 37 de la ley 16.104).
Esto demuestra la existencia de varios déficits normativos (Márquez 2005), entre los que
pueden señalarse: i) la no previsión de un plazo legal de estabilidad después del reintegro de la
licencia maternal; ii) inexistencia de normas sobre licencia por enfermedad de hijos o menores a
cargo; iii) inexistencia de disposiciones legales sobre licencia de paternidad (sólo prevista
legalmente para los funcionarios públicos), y sobre licencia parental; iv) ausencia de normativa
respecto a las facilidades para el cuidado de los hijos menores (guarderías o reembolso de gastos
por este concepto, jardines infantiles, etc.).
Existen cláusulas en convenios colectivos sectoriales o por empresa que buscan compensar
algunas de esas deficiencias.21 Las cláusulas más comunes se refieren a licencia por paternidad
porque no hay disposiciones legales que otorguen ese beneficio a los trabajadores de la actividad
privada. La duración de la licencia varía de uno a tres días.
Las cláusulas relativas al período de lactancia consisten en la reducción del horario de
trabajo (a la mitad o menos de la mitad), flexibilización del horario de entrada o salida, u otro
beneficio como la entrega de complemento de leche materna. Con respecto a la provisión de
servicios de guarderías son muy escasos los convenios que suplen la ausencia de normas legales
con este beneficio. Lo que existe es la contribución monetaria del empleador a la provisión del
servicio por el sindicato (caso del sector financiero) o el pago de una suma en dinero al empleado
(sector salud).
En síntesis, en los dos casos nacionales estudiados, la regulación del cuidado refleja límites
precisos. El Estado restringe su participación a dos esferas. Por un lado, el cuidado de los niños y
niñas en edad escolar. En la próxima sección ampliaremos sobre las características de los servicios
educativos en los países bajo estudio, poniendo en evidencia los límites que esta perspectiva
encierra a los efectos de considerar a la política educativa como política de cuidado.
Por otro lado, la protección de las madres en tanto trabajadoras (registradas) y la
consideración mínima de acciones tendientes a facilitar la conciliación entre la vida laboral y la
vida familiar o doméstica. Al respecto, cabe resaltar los siguientes aspectos comunes a los casos
estudiados: i) las políticas de conciliación se piensan en su mayor parte como políticas para las
mujeres, lo que consolida la ideología que considera a las responsabilidades domésticas, como
responsabilidades femeninas; ii) la cobertura de estas políticas se restringe a la población
trabajadora registrada, lo que excluye a priori a importantes contingentes de personas de las
protecciones y beneficios contemplados; iii) las normativas existentes proponen soluciones muy
20

21

En el caso de los funcionarios públicos, se trata de una licencia especial con goce de sueldo; en el caso de los trabajadores del sector
privado, se percibe un subsidio similar al previsto para la licencia de maternidad, a cargo del Banco de Previsión Social.
Márquez (2005).

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

limitadas a los problemas de conciliación entre la vida laboral y la vida familiar, y las restringe sólo
a las edades más tempranas de los hijos e hijas; iv) no existe promoción del involucramiento de los
varones en las responsabilidades domésticas desde el aspecto institucional y normativo.

2.

La provisión extra-hogar de servicios de cuidado

Como se mencionó al inicio, la organización del cuidado tal como se concibe en el presente trabajo,
involucra actividades que se realizan al interior de los hogares, así como la provisión extra-hogar
de servicios de cuidado. Qué se contempla dentro de este último componente?
En principio, toda actividad que en la forma de una oferta mercantil o de una intervención de
política pública, tiene como objetivo la atención de la población infantil, enfocada en acciones
relativas al cuidado. En el marco de este trabajo, se observan en particular las acciones que se
vinculan con la educación, considerando tanto las guarderías destinadas a la primera infancia, como
la educación formal de nivel básico primario.
Desde el ámbito público, se contemplan también aquellos programas sociales que toman
como base del derecho de acceso a los beneficios a la niñez, y que distribuyen bienes o servicios
relativos al cuidado de los niños y niñas.
Desde el ámbito privado, se contempla toda oferta mercantil de servicios de cuidado,
en particular, guarderías y atención de la primera infancia, educación básica, y servicio
doméstico remunerado.
En lo que sigue pasamos revista a cada uno de estos componentes, para los dos casos
nacionales bajo estudio, con las limitaciones que la información disponible impone.

2.1. La provisión de servicios de guarderías, jardines maternales y
educación primaria22
Los dos casos nacionales bajo estudio se caracterizan por una presencia histórica muy importante
del Estado en la prestación del servicio educativo básico, en sintonía con el temprano
establecimiento del derecho a la educación en estas naciones. Sin embargo, el acceso, la cobertura
y la calidad del servicio educativo difieren territorialmente y por nivel socio-económico de la
población. Asimismo, los procesos de reforma operados en este campo durante los 90 han tenido un
impacto diferenciado en la profundización de estos rasgos.
En el caso de Argentina, la asistencia de niños pequeños comprende las guarderías o jardines
maternales (de 0 a 2 años) y el jardín de infantes (de 3 a 5 años). Cabe mencionar que sólo este
último forma parte del sistema educativo formal23, mientras que el jardín maternal se ha
desarrollado más bien como función asistencial.
Durante la década del ´90, el sistema educativo formal argentino fue sometido a un proceso
de reforma signado por la implementación de la Ley Federal de Educación (LFE)24. La misma tuvo
cuatro ejes principales: i) la transferencia (descentralización) de la responsabilidad de la prestación
del servicio educativo de nivel básico desde la Nación a las provincias; ii) el cambio en la
estructura curricular de la educación básica; iii) el establecimiento de un sistema permanente de
evaluación de la calidad educativa; iv) la implementación de políticas compensatorias para atender
las disparidades territoriales en calidad y rendimiento educativo.

22
23
24

Se sigue aquí principalmente a Salvador (2007) y Sanchís (2007).
Razón por la cual no existen registros oficiales de cobertura para niños y niñas de 0 a 2 años.
Sancionada en 1994.

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

La LFE instituyó una estructura educativa compuesta por el Nivel Inicial, la Enseñanza
General Básica (EGB) y el nivel Polimodal y extendió la escolaridad obligatoria a diez años.25 La
implementación efectiva de esta transformación curricular fue compleja. Algunas jurisdicciones
directamente no la implementaron (tal es el caso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires). Otras
lo hicieron de manera paulatina y con serias dificultades materiales (carencia de escuelas o
docentes para atender los nuevos niveles, obsolescencia y ociosidad de capacidades docentes, etc.).
Sin embargo, un hecho positivo, y muy relevante a los efectos del cuidado de la población
más dependiente, fue la extensión de la obligatoriedad al nivel inicial de la educación. De hecho, la
evidencia demuestra que en las edades menores (de escolaridad no obligatoria), el incremento en la
cobertura resulta mucho menor que en el grupo etáreo de 5 años (de escolaridad obligatoria) (cuadro 2).
CUADRO 2
ARGENTINA 2006 - ASISTENCIA ESCOLAR POR TRAMO ETÁREO Y REGIÓN
Región

Porcentaje asistencia 3 y 4 años

Porcentaje de asistencia 5 años

Nordeste

17,73

64,29

Nordeste

21,75

70,08

Cuyana

21,85

71,84

Metropolitana

44,64

82,75

Pampeana

49,33

86,69

Patagónica

53,56

80,47

Total país

39,13

78,8

Fuente: Sanchís (2007) en base a Encuesta Permanente de Hogares (EPH-INDEC).

Como puede observarse, existen fuertes disparidades regionales en el nivel de asistencia
escolar. De igual modo, se evidencian menores tasas de asistencia en los sectores más pobres de la
población. En efecto, según la información provista por la Encuesta de Condiciones de Vida
(2001), mientras en el total de la población, aproximadamente la mitad de los niños y niñas de 3 y 4
años de edad, no asisten a ningún establecimiento de educación formal, este porcentaje se eleva a
70% en el caso de la población más pobre y se reduce a 10% en el caso de la población más rica
(cuadro 3). También difieren por estrato de ingreso el tipo de gestión de los establecimientos a los
que asisten los niños y niñas de esta edad, con una proporción razonablemente más elevada de la
gestión pública en el caso de los niños y niñas de hogares más pobres y una proporción más elevada
de los establecimientos de gestión privada en el caso de los niños y niñas de hogares más ricos.

25

Esto es: un año de nivel preescolar, siete años de escolaridad primaria y dos de secundaria (Nivel Inicial y EGB).

31

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

CUADRO 3
ARGENTINA 2001 - POBLACIÓN DE 3 Y 4 AÑOS SEGÚN ASISTENCIA A CENTROS
DE CUIDADO INFANTIL
Condición de asistencia a
centros de cuidado infantil

Total

Quintil de ingreso
1

Población de 3 y 4 años
Asiste
Sector público
Sector privado
No asiste

2

3

4

5

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

46,8

29,1

40,2

53,7

73,7

89,9

27,3

24,7

30,1

28,8

32,5

22,4

19,5

4,4

10,1

24,9

41,2

67,5

53,2

70,9

59,8

46,3

26,3

10,1

Fuente: Sistema de Información, Monitoreo y Evaluación de Programas Sociales (Siempro). Encuesta de Condiciones de
Vida (ECV) 2001, Buenos Aires, Argentina.

En relación con la educación básica obligatoria, el proceso de descentralización de las
responsabilidades en la prestación del servicio educativo, produjo presiones fiscales sobre los
gobiernos sub-nacionales (provinciales) que fueron administradas con distintas posibilidades,
resultando en fuertes disparidades en la cobertura, calidad y rendimiento, en un marco de expansión
acelerada de la matrícula educativa.
En la Argentina el nivel de escolarización primaria es casi universal (cercana al 100%), pero
a medida que se avanza en los niveles de escolaridad se van agudizando las heterogeneidades de
cobertura, condiciones de accesibilidad y permanencia en el sistema escolar por regiones y por
condición socio-económica26.
Las diferencias son notorias no sólo a nivel socioeconómico, sino a nivel territorial. En
efecto, para todas las regiones la escolarización decrece a medida que aumenta la edad de los
asistentes, pero no sucede de manera territorialmente homogénea (cuadro 4).

CUADRO 4
ARGENTINA 2001 – TASA NETA DE ESCOLARIZACIÓN POR GRUPOS DE EDAD POR REGIÓN
(En porcentajes)
Región

6 a 11 años

12 a14 años

15 a 17 años

GBA

92,70

76,50

56,50

Pampeana

93,10

72,00

51,50

Cuyo

92,30

68,40

44,20

NEA

91,10

55,10

34,80

Noa

92,20

63,80

42,00

Patagonia

93,10

66,70

44,10

Total

92,50

69,60

48,80

Fuente: Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC). Censo Nacional de Población, Hogares y
Viviendas 2001. Buenos Aires, Argentina.

Concentrándonos en los niveles de educación que refieren a la población de menor edad, y
por lo tanto más dependiente en términos de cuidado, puede observarse que la participación de la
26

Como ejemplo, puede decirse que en líneas generales durante los 90 la cobertura de la educación básica aumentó, pero mientras que
para la población en situación de pobreza los años promedio de estudio pasaron de 7 en 1995 a 8 en 2003, para la población no
pobre en el mismo período el incremento pasó de 9 a 11 años (Giacometti, 2005).

32

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

gestión estatal en el total de la oferta es superior en los niveles obligatorios, pero se reduce
fuertemente en los grupos de menor edad. Y que asimismo, la asistencia a establecimientos
escolares o de cuidado es muy dependiente de esta presencia estatal a medida que se decrece en la
escala de ingresos.
En efecto, según la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) de 2001, el 76,9% de la
prestación del servicio educativo primario está cubierto por la gestión estatal y el 22,2% por la
gestión privada. El sector privado responde por el 65% de la demanda del quinto quintil de ingreso,
mientras que la gestión estatal cubre el 95% del primer quintil de ingreso.
En el nivel pre-escolar (niños y niñas de 5 años), también obligatorio, la tasa de
escolarización se mantiene en niveles elevados, aunque comienza a hacerse más intensa la
diferencia en el tipo de gestión a la que se accede según el nivel socio-económico (cuadro 5).
CUADRO 5
ARGENTINA 2001 – TASA DE COBERTURA DEL NIVEL EDUCATIVO PREESCOLAR
Sector

Total

Quintil de ingreso

Total

91,8

87,1

94,0

94,1

97,5

95,2

Sector Público

69,8

80,3

81,4

65,5

45,5

32,0

Sector Privado

22,0

6,8

12,6

28,6

52,0

63,2

Fuente: Sistema de Información, Monitoreo y Evaluación de Programas Sociales (Siempro). Encuesta de
Condiciones de Vida (ECV) 2001.

Uno de los rasgos notorios de las deficiencias de la prestación del servicio educativo
argentino, cuando se evalúa su funcionalidad para aliviar las tensiones entre vida familiar y laboral,
es la baja oferta, sobre todo a nivel estatal, de escuelas con doble jornada escolar.
Para el nivel inicial, tanto en el sector estatal como en el privado, la matrícula mayoritaria se
concentra en los turnos de media jornada (mañana o tarde), mientras que la jornada doble
representa el 2,3% en el sector estatal y el 1,8 % en el sector privado. Para el nivel primario, tanto
de gestión estatal como privada, la oferta de doble jornada representa apenas alrededor del 5,5% de
la cobertura total.27
En el caso de Uruguay, la oferta de servicios de educación formal abarca a la población de 3
años y más, aún cuando la obligatoriedad rige, al igual que en Argentina, a partir de los 5 años. De
3 a 5 años concurren a servicios de educación inicial (preescolar o jardines de infantes) y de 6 a 12
años concurren a establecimientos de enseñanza primaria que se componen de 6 niveles (de
primero a sexto grado).
Al igual que en Argentina, la oferta de servicios de cuidado a niños de 0 a 3 años es
principalmente privada. Asimismo, el sector privado se destaca por su oferta de servicios de
enseñanza primaria y preescolar de jornadas más amplias que las del sector público. La enseñanza
pública ofrece servicios de cuatro horas y las propuestas de escuelas de tiempo completo (7 horas y
media diarias) están dirigidas a la población de contexto socio-cultural crítico, o sea, aquellos niños
y niñas que tienen mayor dificultad para aprender y requieren mayor atención.
Según señala Salvador (2007), las guarderías brindan atención a niños de 0 a 6 años en un
régimen no inferior a 12 horas semanales. Están reguladas por la ley 16.802 de 1996 que establece

27

Sanchís (2007) en base al Anuario Educativo 2005, Ministerio de Educación del MECYT

33

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

que deben registrarse en el Ministerio de Educación y Cultura y quedar sometidas al control y
fiscalización de una Comisión Honoraria que actúa en dicho organismo.28
La cobertura de las guarderías alcanza a 35.413 niños/as inscriptos. En ese total se incluyen
los/as niños/as que pertenecen a programas públicos que gestiona el sector privado, como son el
Plan CAIF y el “Programa Nuestros Niños” de la Intendencia Municipal de Montevideo; y los/as
que concurren a guarderías sindicales y de empresas y organismos del Estado (cuadro 6).
CUADRO 6
URUGUAY 2004 – NIÑOS/AS ATENDIDOS EN GUARDERÍAS REGULADAS POR EL MINISTERIO DE
EDUCACIÓN Y CULTURA EN CUMPLIMIENTO DE LA LEY 16.802
Total de instituciones registradas

Instituciones privadas (exceptuadas ANEP)

Total

35 413

28 763

Montevideo

16 537

12 640

Interior

18 876

16 123

Fuente: Salvador (2007) en base a datos del Ministerio de Educación y Cultura, Dirección de Educación.

Las guarderías aparecen asociadas claramente con la mayor inserción laboral femenina
ocurrida durante la década del 90. Batthyány (2004)29 afirma que un 60,5% de estos centros se crea
en este período, y que se encuentran relativamente concentradas en zonas con bajos niveles de
Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). Ello significa que el carácter privado de estas guarderías
restringe el acceso de los hogares de menores recursos.
Asimismo, en loa los barrios con mayores niveles de NBI, se verifica un mayor número de
horas de permanencia de los niños y niñas en los centros de atención. Batthyány (2004) sostiene
que ello puede responder a que los niños pertenecientes a hogares de menores recursos asisten a
estas guarderías como una solución única de cuidado mientras los adultos trabajan. Los niños de
hogares de mayores recursos permanecen menos tiempo en los centros de atención seguramente
debido a la combinación de otras formas de cuidado. Se entiende entonces que, la concurrencia al
centro educativo tendría en este caso, ante todo, un propósito formativo, de estimulación temprana,
más que de solución concreta a las necesidades de empleo de las personas adultas del hogar.
En relación con la educación formal, y según señala Salvador (2007), la Administración
Nacional de Educación Pública (ANEP)30 ha llevado adelante desde el año 1995 una política de
universalización de la cobertura de la educación inicial que tiene por objetivo incorporar a los
niños provenientes de sectores de la población más desfavorecida, tanto desde el punto de vista
económico como social y cultural, quienes presentan los mayores porcentajes de fracaso en el
primer año escolar.
Como puede verse en el Gráfico 3, el crecimiento de la matrícula de este nivel educativo se
incrementa notoriamente, siendo en el 2001 un 75,6% al año 1995. A partir de entonces este
crecimiento se estabiliza como consecuencia de un marcado descenso en la tasa de natalidad.

28

29
30

En la ley se define a las guarderías privadas como “toda institución cuyo fin principal sea la guarda, cuidado, educación preescolar,
estimulación temprana o similar, de niños de 0 a 6 años que asistan durante un período no inferior a las 12 horas semanales y que no
dependan orgánicamente de la ANEP o del Iname”.
Citado por Salvador (2007).
La Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) es un ente autónomo del Estado responsable de la planificación, gestión
y administración del sistema educativo público. Tiene a su cargo la administración de la educación pública y el control de la
enseñanza privada.

34

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

GRÁFICO 3
URUGUAY - EVOLUCIÓN DE LA MATRÍCULA EN EDUCACIÓN INICIAL PÚBLICA

100.000

Número de alumnos

90.000

87155
84984
78047
73256
66612

80.000
70.000
60.000

56050
49618

50.000
40.000

83546

46201

30.000
20.000
10.000
2005

2004

2003

2002

2001

2000

1999

1998

1997

1996

1995

1994

1993

1992

1991

1990

0

Fuente: Salvador (2007) en base a datos del Ministerio de Educación y Cultura, Dirección de
Educación.

Esta expansión se corresponde fundamentalmente con los niños de 4 y 5 años. Para el nivel
de 3 años la oferta del sector público se mantuvo prácticamente estable durante este período
(Gráfico 4).
GRÁFICO 4
URUGUAY - EVOLUCIÓN DE LA MATRÍCULA EN EDUCACIÓN INICIAL PÚBLICA
SEGÚN NIVEL – CANTIDAD DE ALUMNOS
50.000
45.000

45252

46661

36247

36220

Número de alumnos

40.000
37313

35.000
34332

30.000

3 años

25.000

4 años

25558

5 años

20.000
15.000
10.000

9798

5.000

5488

3741

3321

0
1995

1996

1997

1998

1999

2000

4025

3485

Fuente: Salvador (2007).

35

2001

2002

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Según señala ANEP (2005), los estándares de calidad no se vieron perjudicados con el incremento
de la matrícula. Eso se debió al desarrollo de un plan de construcciones y ampliaciones escolares, a lo que
sumó la racionalización y optimización de la capacidad subutilizada. Entre 1995 y 2001, si bien se produce un
incremento marginal del tamaño promedio de la sala de educación inicial, éste se mantiene en el entorno de
los 30 niños por grupo31.
En términos de evolución, en el caso de Uruguay, se observa que tanto la oferta como la
cobertura de los servicios de cuidado para niños de 0 a 5 años aumenta en los 90. Al igual que en
Argentina, la presencia de la gestión estatal es más importante para los niños y niñas más grandes,
mientras que aumenta la relevancia de la oferta privada para los niños y niñas menores.
El cuidado de los menores de 0 a 2 años aparece como una responsabilidad exclusiva de las
familias. Los servicios que se ofrecen a través de programas públicos para este grupo de edad, están
dirigidos a la población de muy bajos recursos con el propósito de enfrentar la pobreza infantil.
Otro segmento más exclusivo tiene acceso a servicios provistos por empresas u organismos del
Estado y sindicatos. Los datos sobre cobertura indican que 7% de la población de 0 a 2 años
accedía a servicios de cuidado a inicios de los noventa (Salvador, 2007).
Para la población de 3 años la cobertura de los servicios de educación inicial es aún
reducida. Según la Encuesta Continua de Hogares (ECH), durante la década de los noventa se
mantuvo en torno al 36%, con un leve incremento en 2005 que responde a una reducción de la
población en ese rango de edad.
Para los niños y niñas de 4 y 5 años la oferta pública se expande como resultado de la
reforma educativa mencionada, tendiente a la universalización de la educación inicial para esos
rangos de edad. Según la información de la Encuesta Continua de Hogares, la cobertura se
incrementa de 52% a 80% para los niños y niñas de 4 años de edad, y de 78% a 96% para los de 5
años (cuadro 7).
CUADRO 7
URUGUAY – COBERTURA DE LOS CENTROS DE EDUCACIÓN INICIAL
(Tasa de asistencia)
Edad

1990

0-2 años

7,1

1995

2000

2005

s/d

s/d

s/d

3 años

35,8

36,4

33,6

42,6

4 años

52,2

52,7

73,7

79,6

5 años

77,8

80,6

90,8

96,3

Fuente: Salvador (2007), en base a datos de ECH, INE.

En el año 2005, la cobertura de la población de 0 a 5 años de edad por servicios de educación
inicial que ofrece el sistema formal es un 38%. Si se incorpora la población que asiste a guarderías
ese porcentaje asciende a 50%. El otro 50% que no tiene cobertura se concentra en la población de
0 a 2 años.
En síntesis, entre 1990 y 2005, en Uruguay para el caso de los niños hasta 5 años, se expande
la cobertura total y aumenta la cobertura que provee el sector público. Ello es más significativo
para los/as niños/as de 4 y 5 años de edad (cuadro 8).

31

Asimismo, la reforma educativa de 1995 promovió la construcción de Jardines y Aulas, entre ellos la creación de los Jardines de
Infantes de Ciclo Inicial (JICI). Éstos constituyen un Plan Piloto que integra la educación inicial y los dos primeros años de
educación primaria (niños de 3 a 7 años) (RIGC, 2007)

36

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

CUADRO 8
URUGUAY – POBLACIÓN URBANA DE 3 A 5 AÑOS DE EDAD SEGÚN ASISTENCIA A CENTRO DE
ENSEÑANZA INICIAL Y TIPO DE GESTIÓN
(En porcentajes)
1990

1995

2000

2005

64,2

63,6

66,4

57,4

3 años
No asiste
Público

12,7

15,0

17,5

27,0

Privado

23,1

21,4

16,1

15,6

No asiste

47,8

47,3

26,3

20,4

Público

24,6

29,7

55,2

60,5

Privado

27,6

23,0

18,5

19,1

No asiste

22,2

19,4

9,2

3,7

Público

53,0

58,7

76,9

81,0

Privado

24,8

21,9

13,9

15,3

4 años

5 años

Fuente: Salvador (2007), en base a datos de ECH, INE.

Según señala Salvador (2007), la oferta privada capta alrededor del 20% del total de la
matrícula de educación inicial. Sin embargo, es la única oferta disponible para los niños y niñas de
0 a 2 años y abarca al 70% de la matrícula de 3 años. Su participación decrece notoriamente para
los rangos de edad donde la oferta pública se ha propuesta metas de universalización (gráfico 5).

GRÁFICO 5
URUGUAY 2004 - PROPORCIÓN DE LOS ALUMNOS MATRICULADOS EN EDUCACIÓN
INICIAL PRIVADA SOBRE EL TOTAL, SEGÚN EDAD

100
80
60
40
20
0
Total

Nursery 2 años 3 años 4 años 5 años 6 años

Fuente: Salvador (2007) en base a datos del Consejo de Educación Primaria.

Contrariamente al caso argentino, en Uruguay la expansión de la cobertura ha implicado una
reducción de la brecha entre sectores socio-económicos y entre Montevideo y el Interior del país.
En el caso de la educación primaria, la cobertura resulta prácticamente universal y
desaparecen casi por completo las disparidades por niveles socio-económicos de la población y las

37

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

diferencias territoriales (ANEP, 2005). La combinación de una cobertura universal alcanzada hace
algunas décadas con una baja tasa de fecundidad hace que el volumen de niños incorporados al
sistema no presente cambios sustanciales.
La cobertura de la enseñanza primaria se encuentra liderada ampliamente por el sector
público. En 2005, el 88% de los niños matriculados en educación primaria concurre a escuelas
públicas, proporción que ha crecido en forma constante desde 1993 (ANEP, 2005). Sin embargo, y
al igual que en Argentina, la universalización del acceso a la educación primaria no supone equidad
en la culminación del ciclo, existiendo niveles significativos de extraedad32.
Salvador (2007) afirma que una acción de política particularmente relevante a los efectos de
la economía del cuidado, que interesa en el ámbito de la educación primaria en Uruguay es la
promoción de las Escuelas de Tiempo Completo. Esto forma parte del proceso de reforma
educativa (de mediados de los 90) que se propone una reformulación pedagógica y la expansión de
este tipo de escuelas, lo que ha permitido mejorar niveles de asistencia, repetición y aprendizaje.
Atienden diariamente a niños y niñas desde los 4 años de edad, con jornadas de 7 horas y media
diarias, y 37 horas y media semanales. Entre 1992 y 2004 se produce un incremento de la cantidad
de escuelas de Tiempo Completo (TC), que pasan de 46 centros en 1995 a 102 en el 2004 (10% de
las escuelas urbanas del país).
En conjunto, entre 1994 y 2004, las escuelas de Contexto Sociocultural Crítico (CSCC)33 y
de Tiempo Completo (TC) se mantienen en aproximadamente el 20% de la matrícula urbana total,
con un leve descenso de la matrícula de las escuelas de CSCC y un aumento modesto pero
sostenido de la matrícula de las escuelas de TC (incrementándose aproximadamente del 2% al 7%
de la matrícula urbana).
En síntesis, la provisión de servicios educativos en los dos casos estudiados se encuentra
centrada en los tramos etáreos correspondientes a la educación obligatoria (a partir de los 5 años),
lo cual impone restricciones en particular para la atención de los niños y niñas de menor edad.
En este sentido, se observa en ambos casos una ausencia notoria de la responsabilidad
pública, ya que la oferta de guarderías y centros de atención infantil para la población más pequeña,
queda restringida casi con exclusividad al sector privado. A su tiempo, esto incide sobre la tasa de
asistencia por nivel socio-económico y territorial, con marcadas diferencias en las posibilidades de
acceso para la población más pobre respecto de aquella con mayores recursos.
Un rasgo positivo en relación con la provisión y el acceso al servicio educativo en estos
países, es la alta tasa de escolarización del nivel primario, que en ambos casos resulta, sobre todo
para los primeros años de este nivel, casi universal. En este sentido, cabe rescatar la herencia
institucional, ya que en ambos países se promovió desde tiempos tempranos la escolaridad pública,
libre y gratuita, principio que se sostuvo a pesar de las reformas operadas en los años 90.
Respecto a esto último es que se perciben algunas diferencias entre los casos nacionales bajo
estudio. En efecto, mientras Argentina profundizó a partir de las reformas la segmentación y
heterogeneidad de su oferta educativa, Uruguay caminó, aunque lentamente, en el sentido
contrario.
En el caso de Argentina, el descuido público respecto de la atención de los menores de 5
años desde el sistema educativo es absoluto. No existe oferta estatal de servicios de cuidado para
esta población, ni regulación de la oferta privada existente. En el caso de Uruguay, por el contrario,
32
33

Con todo, el 96% de las personas mayores de 16 años finalizó el nivel primario (Salvador, 2007).
La escuela de Contexto Sociocultural Crítico (CSCC) tiene el objetivo de fortalecer los recursos y capacidades de las escuelas que
operan en los contextos socioeducativos más carenciados. En el período 1994-2004 se observa una reducción de su matrícula a costa
del incremento en las Escuelas de Tiempo Completo. De cualquier manera su presencia (148 escuelas en el 2004) sigue siendo
superior a la de las escuelas TC.

38

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

existen esfuerzos tendientes a ampliar la oferta pública para los menores de 3 y 4 años, e instancias
de regulación, supervisión y control para la oferta privada existente.
Finalmente, ambos países demuestran una fuerte deficiencia en la oferta de servicios
educativos de doble jornada, o jornada extendida. Nuevamente, mientras no existen esfuerzos en
Argentina para revertir esta situación, en Uruguay existen programas específicos que intentan
alcanzar con este tipo de servicios a la población de contexto socio-cultural crítico.

2.2. Los programas sociales destinados a la niñez34
El programa social que reconoce el derecho a un beneficio a la niñez con un recorrido histórico
más sólido en Argentina, es el sistema de asignaciones familiares. Se trata de un esquema de seguro
social, financiado a través de una contribución patronal sobre la masa salarial. Su cobertura alzanza
a los hijos e hijas de trabajadores y trabajadoras en relación de dependencia, registrados
formalmente. Y esta es su mayor limitación, ya que quedan fuera de la coberta los hijos e hijas de
trabajadores y trabajadoras no registrados o del sector informal.
Los beneficios que distribuye el sistema de asignaciones familiares comprenden: nacimiento,
maternidad, adopción, matrimonio, prenatal, hijos/as, hijos/as con discapacidad y ayuda escolar.
A comienzos de los 90, el nivel de la contribución se ubicaba en 9%. En 1991 este aporte
disminuyó a 7,5% de la masa salarial (destinándose el 1.5% restante a la creación del Fondo Nacional
de Empleo). En ese año se unificaron las prestaciones de la seguridad social, incluido el sistema de
asignaciones familiares, bajo la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES).
En 1996 el sistema se reformó con el pretendido objetivo de lograr mayor equidad. Por un
lado se estableció un tope en el nivel salarial a partir del cual no se reciben beneficios en el marco
de este programa35. Por otro lado, se estableció una escala en el valor de los beneficios otorgados.
De esta forma, el programa fue perdiendo su carácter de componente de los esquemas de seguro
social, para transformarse en una especie de programa asistencial para los trabajadores y
trabajadoras asalariados registrados.
En efecto, en la década de los noventa, el gasto en asignaciones familiares osciló entre el
0.4% y el 0.8% del PBI. Al estar vinculado con el empleo de los adultos, en contextos de
crecimiento del desempleo y de la precarización laboral, el gasto en este tipo de asignaciones
tendió a decrecer, al igual que su cobertura, que nunca fue universal dado el alto nivel de
informalidad que siempre caracterizó al mercado laboral argentino (Sanchís, 2007).
Bertranou y Bonari (2005) citan los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida
(2001), que registra una cobertura de poco más de 30% de los menores de hasta 18 años. Sin
embargo, al estar asociada al empleo formal, la cobertura llega sólo al 4.7% de los menores de
hogares indigentes. En el grupo pobre no indigente, la cobertura aumenta a 27.9%, y llega casi a la
mitad para la población no pobre.
Otra prestación monetaria vinculada a la niñez es la “Pensión a Madres de 7 o más hijos”,
dependiente del Ministerio de Desarrollo Social. Se trata de una prestación asistencial no contributiva
que se creó en 1986 y tiene como beneficiarias a las madres de siete o más hijos nacidos con vida o
adoptados, cualesquiera fueran la edad, estado civil o nacionalidad de éstos o de su progenitora. El

34
35

Seguimos aquí principalmente a Sanchís (2007) y Salvador (2007).
En esa oportunidad el máximo salarial se estableció en $1500.-, actualizándose en los últimos años hasta ubicarse a partir de julio de
2007 en $4000.-

39

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

beneficio es monetario a través de una pensión mensual, inembargable y vitalicia cuyo monto es igual
al de la jubilación mínima del Sistema Integrado de Jubilaciones y Pensiones (SIJP)36.
La presencia de niños y niñas en el hogar también resulta fuente de derecho al beneficio de
los programas asistenciales de transferencias monetarias más importantes en Argentina. En efecto,
tanto el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados (PJJHD) como el Plan Familias (PF) se dirigen a
población desocupada (PJJHD) o con recursos insuficientes (PF) que tengan hijos menores de 18
años a cargo. Ambos programas transfieren beneficios monetarios modestos, fijo en $150.- para el
caso del PJJHD y graduado según la cantidad de hijos en el caso del PF, pudiendo llegar en la
actualidad a $225.- En el caso del PJJHD se requiere la realización de una contraprestación laboral
o de capacitación para poder acceder al beneficio. En el caso del PF no se requiere esta
contraprestación, sino que el requisito consiste en dar cuenta de la asistencia escolar de los hijos e
hijas y de sus cuidados básicos de salud.37
Resulta importante señalar que los beneficiarios del PF son exclusivamente mujeres, y que
este hecho demuestra la consolidación desde el ámbito de la política pública de la idea que el
cuidado de los hijos e hijas es una responsabilidad femenina. Para fortalecer esta visión, se enfatiza
que si un beneficiario varón del PJJHD quiere pasarse al PF, debe cambiar la titularidad del
beneficio a favor de su cónyuge mujer.
El otro conjunto de acciones de tipo asistencial que hacen foco en la niñez se desarrollan en
el área de la salud y refieren a programas alimentarios, nutricionales y materno-infantiles.
La política de mayor envergadura es el Programa Materno Infanto Juvenil. Este programa se
creó en 1993 y su alcance es nacional. Entre sus objetivos se encuentran: fortalecer la salud de
mujeres en edad fértil, embarazadas, madres, niños y adolescentes de todo el país; reducir la morbimortalidad de niños y adolescentes; reducir la mortalidad materna y el bajo peso al nacer; mejorar
la atención del parto y del recién nacido; vigilar el crecimiento y el estado nutricional en los
menores de 5 años; promover la lactancia materna y recuperar a los niños desnutridos con atención
ambulatoria; articular acciones intersectoriales con educación para la promoción integral de la
salud en la comunidad (Sanchís, 2007).
El programa distribuye leche fortificada y medicamentos esenciales para la atención del
embarazo, parto y enfermedades prevalentes de la infancia, capacitación de los equipos de salud,
publicaciones sobre temas relacionados con la salud de la población materno-infantil y juvenil.
La ejecución del Programa se realiza en forma descentralizada en las provincias y se financia
actualmente con fondos del Tesoro nacional (28.6%) y un crédito del Banco Mundial (71.4%). La
cobertura prioriza a la población con menores ingresos. Así, en el primer quintil alcanza a casi la
mitad de la población de 0 a 2 años y a algo más de la cuarta parte de esa población en el segundo
quintil.
Como se ve, los programas sociales destinados a la niñez en Argentina no contemplan el
objetivo de asistir, complementar o atender las necesidades de cuidado de la población. Por el
contrario, consisten principalmente en transferencias monetarias o en especie cuyo objetivo es
complementar la carencia de ingresos y recursos de la población pobre, para garantizar mejores
estados nutricionales y de salud de los niños y niñas. La focalización de la mayoría de estos
programas en las madres de esta población menor, contribuye a consolidar el reparto más
tradicional de las responsabilidades de cuidado de los hijos e hijas.
36

37

Los requisitos para acceder a este beneficio son: no gozar de jubilación, pensión, retiro o prestación no contributiva, no poseer
bienes, ingresos, ni recursos de otra naturaleza que permitan la subsistencia de la solicitante y grupo conviviente, ser argentina o
naturalizada, con una residencia mínima y continua en el país de un año inmediatamente anterior al pedido de pensión, o extranjeras
con una residencia mínima y continua en el país de 15 años.
Para un análisis detallado del PJJHD y del PF y su impacto sobre la equidad de género, ver Rodríguez Enríquez (2007).

40

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

En el caso de Uruguay, el Plan CAIF es el programa nacional de mayor envergadura para la
atención de la población infantil en situación de extrema pobreza. Surge en 1988 y sus modalidades
de intervención contemplan las siguientes dimensiones: desarrollo infantil integral; fortalecimiento
familiar; promoción de la salud; mejora de la situación alimentario nutricional y desarrollo y
participación comunitaria. Su acción se basa en un trabajo conjunto entre el Estado y la sociedad
civil organizada (ONGs) (Salvador, 2007).
En un principio se dirigía a niños y niñas de 4 y 5 años. Con la extensión de la cobertura
escolar de nivel inicial, se dirige actualmente a niños y niña menores de 4 años y sus familias. Los
centros se ubican en barrios de prevalencia de pobreza. Hay centros rurales y urbanos, y éstos
últimos se dividen en dos grupos: centros de modalidad semanal y diaria, según la frecuencia
predominante de atención.
La cobertura actual del CAIF alcanza los 33000 niños y niñas de 0 a 5 años y la meta es de
45000 para el año 2009 (ver cuadro 9).

CUADRO 9
URUGUAY 2006 – COBERTURA ACTUAL DEL PLAN CAIF SEGÚN EDAD
(Cantidad de niños)
Número de niños/as. Agosto 2006
Edad

Modalidad diaria

Modalidad semanal

0 año

774

1 728

1 año

2 296

3 320

2 años

5 331

3 516

3 años

7 562

3 236

4 años

3 317

1 226

5 años

234

74

19 514

13 154

Total
Fuente: Salvador (2007).

Una de las críticas al Plan ha sido la falta de cobertura a niños y niñas de 0 a 2 años, ya que
no todos los centros con modalidad de intervención integral diaria cubren a esa población. Por otra
parte, el pasaje de la modalidad diaria a semanal (para abarcar a más niños y niñas con el
programa) elimina la posibilidad de contar con ese sistema como una alternativa de cuidado.
Según señala Salvador (2007), a nivel departamental, la Intendencia Municipal de
Montevideo (IMM) desarrolla el Programa Nuestros Niños a través de un convenio firmado en
1990 con UNICEF. Este consiste en una propuesta de atención integral a la primera infancia:
niños/as de 6 meses a 3 años. La atención se realiza a través de 18 Centros de Educación Inicial y
14 Centros en la modalidad de Becas. Los componentes del programa son: alimentación,
seguimiento en salud, estimulación del desarrollo psicomotriz e intelectual y participación de la
familia.
El sistema se apoya en la cogestión con comisiones vecinales locales, que junto a técnicos de
la IMM ponen en funcionamiento Centros Comunitarios de Educación Inicial con apoyo municipal.
También se transfieren recursos para niños y niñas en instituciones de educación inicial de carácter
gremial y cooperativas sin fines de lucro.

41

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Según los datos de Batthyány (2004)38 para el año 2000, de los 18 centros: 8 funcionan en un
régimen de ocho horas diarias y 10 en dos turnos de cuatro horas. El total de niños cubiertos es de
aproximadamente 1.400, y por un sistema de becas con otras guarderías (15 instituciones ubicadas
mayoritariamente en zonas marginales) se colabora con aproximadamente 300 niños/as más.
El otro componente fundamental de la cobertura a la niñez, al igual que en Argentina, es el
régimen de Asignaciones Familiares. Éstas surgen en la década del 40 con el objetivo de promover
la fecundidad brindando un salario complementario a las familias con menores a su cargo.39 Desde
mediados de los noventa, y en coincidencia con lo sucedido en Argentina, este programa reorientó
su objetivo hacia la atención de la pobreza.
Salvador (2007) da cuenta que hasta 1995, eran beneficiarios solamente los hijos e hijas o
menores a cargo de empleados formales de la actividad privada. A partir de 1995 (por la ley
16.697) se condiciona el acceso al beneficio en función de los ingresos salariales del hogar,
estableciéndose un tope de diez salarios mínimos nacionales (SMN) y se comienza a exigir la
asistencia de los menores a centros educativos. En el año 2000 (por la ley 17.139), se extiende el
beneficio a los hogares con ingresos inferiores a tres salarios mínimos nacionales (sin importar el
origen del mismo) que estén constituidos por una madre jefa de hogar, mujeres embarazadas40 y
trabajadores que hayan agotado el subsidio por desempleo.
A partir de junio de 2004 entró en vigencia la ley 17.758, que extendió la cobertura a los
niños y niñas en hogares de bajos ingresos, independientemente de la inserción laboral de los
padres y madres. Las prestaciones se focalizan en los hogares cuyo ingreso, de cualquier
naturaleza, se sitúa por debajo de los 3 SMN.41
El programa ofrece una prestación monetaria bimestral y otra en especie que brinda acceso a
servicios de salud dirigida a la atención materno-infantil. La prestación monetaria hasta el año 1995
era uniforme y equivalente al 8% del Salario Mínimo Nacional (SMN) por hijo. En dicho año, y en
sintonía con lo sucedido en Argentina, el monto de la prestación se modifica (Ley 16.697)
estableciéndose un sistema de franjas según los ingresos salariales de ambos cónyuges. Para
hogares con ingresos salariales inferiores a 6 SMN la prestación es el 16% del SMN por hijo y es
de 8% para hogares entre 6 y 10 SMN. Aún cuando no tenga derecho al cobro de la asignación
familiar, mantiene el derecho al Servicio Materno Infantil.
Cuando se incorporan los hogares de bajos recursos (con ingresos menores a 3 SMN) desde
el año 2000 se les otorga una prestación equivalente al 16% del SMN en todos los casos, pero no se
otorga el derecho a la Atención Materno Infantil. Se les exige acreditar la asistencia escolar así
como la asistencia a controles médicos brindados a través del sistema público o privado.
Dado que este beneficio monetario está previsto para trabajadores del sector privado (además
de los hogares de bajos recursos), los organismos del Estado pagan a sus funcionarios una
prestación equivalente.

38
39

40

41

Citado por Salvador (2007).
Se consideran beneficiarios de la asignación familiar al hijo o menor a cargo del contribuyente hasta la edad de catorce años; hasta
los 16 años cuando no ha podido completar el ciclo de enseñanza primaria por impedimento justificado o cuando el beneficiario es
hijo de un trabajador fallecido, absolutamente incapacitado para el trabajo o privado de la libertad; hasta los 18 años cuando el
beneficiario cursa estudios de nivel superior. De por vida o hasta que perciba otra prestación de la seguridad social cuando presenta
alguna discapacidad psíquica o física que le impida su incorporación a trabajos remunerados.
En el caso de la mujer embarazada, se le otorga una prestación prenatal desde el comienzo del embarazo, y luego una prestación por
un período de doce meses inmediatos y posteriores al nacimiento.
Desde diciembre de 2004 (Ley 17.856) todas las referencias al Salario Mínimo Nacional (SMN) establecidas en el ordenamiento
jurídico vigente se sustituyen por la Base de Prestaciones y Contribuciones (BPC) que en ese momento se definió con un monto
equivalente al valor del salario mínimo nacional. La idea fue desindexar estas prestaciones del SMN para evitar que éste se
mantenga en niveles muy reducidos (dadas las restricciones presupuestarias). En marzo 2007, el SMN es de $3.075 (U$S 126) y la
BPC es de $1.636 (U$S 67).

42

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Finalmente, y al igual que en Argentina, existen un conjunto de prestaciones que hacen foco
en el cuidado de la salud de la primera infancia y de la mujer embarazada. En efecto, y según
señala Salvador (2007), el Ministerio de Salud Pública lleva adelante el Programa de Atención
Materno-Infantil que se subdivide en dos áreas: la Maternal, que abarca el control pre-natal y la
atención ginecológica que está focalizada en las más jóvenes y sus hijos e hijas, y la Pediátrica, que
presta atención al niño a través de planes de vacunación y controles de crecimiento.
Por su parte, el Banco de Previsión Social (BPS) posee Centros Materno-Infantiles cuya
atención está dirigida a la embarazada y a los niños y niñas beneficiarios del BPS,42 cubriendo una
asistencia integral, con consultas en pediatría, odontología y ortodoncia. Los servicios se brindan
desde el tercer mes de embarazo hasta los 90 días después del parto. La asistencia al niño normal o
con patologías se brinda hasta los 6 años de edad, en Montevideo y el Interior.
En síntesis, tanto en Argentina como en Uruguay el foco de las políticas asistenciales para la
niñez reside en la complementación de recursos para los hogares carenciados, a fin de garantizar
ciertos niveles nutricionales y de salud, y no contemplan en ningún caso el objetivo de
complementar o asistir con las necesidades de cuidado de los niños y niñas.
Por otro lado, la focalización de gran parte de estos programas en las madres consolida la
idea de la responsabilidad principalmente femenina sobre la atención de los hijos e hijas.
Es decir, desde este campo de la política pública, no sólo que no se fortalece una oferta
pública de servicios de cuidado, sino que además se consolidan ideas conservadoras sobre la
división sexual de las responsabilidades domésticas, en particular aquellas referidas al cuidado de
los niños y niñas.

3.

La provisión intra-hogar de servicios de cuidado

Dadas las limitaciones de la oferta extra-hogar de servicios de cuidado, y el hecho que las
intervenciones de política pública en la mayor parte de los casos consolidan la idea que el cuidado de
los hijos e hijas es una responsabilidad primariamente privada, atinente a los hogares y sus miembros,
el resultado es que la mayor parte del cuidado se resuelve entonces al interior de los hogares.
Las poblaciones de Argentina y Uruguay se organizan a través de la combinación de tres
elementos: i) el servicio doméstico remunerado; ii) el trabajo de cuidado no remunerado realizado por
los miembros del hogar; iii) la asistencia no remunerada de otros familiares no miembros del hogar.
Lamentablemente, las fuentes de información para poder describir la configuración de este
espacio doméstico del cuidado son muy limitadas. En lo que sigue, se realiza la aproximación más
abarcativa posible, con la información disponible.

3.1. El servicio doméstico remunerado
El servicio doméstico remunerado es una figura habitual en los sectores de ingresos medios y altos
de las sociedades argentina y uruguaya. Se trata en términos generales de población femenina, que
realiza abarcativamente trabajos de atención del hogar (limpieza, compras, mantenimiento general)
y también, muchas veces simultáneamente, el cuidado de los hijos e hijas menores, en los horarios
extra-escolares.

42

Son beneficiarios madre y niño, siendo generado su derecho por atributarios: trabajadores privados de Industria y Comercio;
trabajadores rurales; trabajadores del servicio doméstico; sector pasivo de las actividades mencionadas; madres jefes de hogar con
bajos recursos (en actividad) (Salvador, 2007).

43

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

La modalidad de contratación de este servicio es diversa, desde el trabajo “por horas”,
algunos o todos los días de la semana, hasta el servicio “cama adentro”, en el cual la trabajadora
pernocta en la vivienda del hogar donde trabaja, teniendo libre sólo algún día del fin de semana.
En la mayoría de los casos, además, las trabajadoras del servicio doméstico son madres de
familias en algunos casos numerosas, que organizan con la asistencia de otros miembros
(habitualmente hijas mujeres más grandes) el cuidado de sus propios hijos e hijas.
Contartese et. al. (2005) permite una aproximación a la oferta de servicio doméstico
remunerado en Argentina desde el punto de vista de las características y condiciones en que este
trabajo es desarrollado.
El servicio doméstico es una ocupación feminizada en extremo: prácticamente la totalidad de
quienes desarrollan esta actividad son mujeres. Asimismo, es una ocupación relevante para el
empleo femenino, agrupando para el total de aglomerados relevados por la encuesta de fuerza de
trabajo argentina (EPH), en el cuarto trimestre del 2004, al 17,2% del total de mujeres ocupadas y
al 22,7% del total de asalariadas de todo el país.
Si bien es una ocupación frecuente entre las mujeres que se incorporan como nuevas
trabajadoras al mercado laboral, las empleadas del servicio doméstico muestran una estructura
etárea relativamente envejecida en comparación con el resto de las asalariadas mujeres. En esa
dirección, se destaca la sub-representación de las mujeres de 25 a 34 años, edades que agrupan al
19,7% de las empleadas domésticas en contraposición al 33% en el resto de las asalariadas. En
cambio, entre las ocupadas del servicio doméstico, aquellas que cuentan con 55 años y más
representan el 19,6%, mientras que para el resto de las ocupaciones el porcentaje se reduce al
10,8%. Esta estructura etárea relativamente envejecida expresa, sin embargo, la distribución
dominante en las regiones centrales del país, mientras que en el NEA, el NOA y la Región
Patagónica, es significativamente mayor el peso de las mujeres jóvenes y, particularmente en el
caso del NEA, el de las jóvenes de entre 14 y 19 años de edad.
El 41,3% de las trabajadoras del servicio doméstico es migrante: un 28,7% proviene de otra
provincia y un 12,6% proviene de otro país. Si bien el componente migratorio duplica lo observado
para el resto de las asalariadas, se debe enfatizar que se trata fundamentalmente de migrantes
internas y que no se trata de migrantes recientes, sino que, por el contrario, se trata de personas con
residencia de 5 años o más en el área en el que se localizan actualmente. En este último aspecto, no
presentan diferencias respecto al resto de las asalariadas. Asimismo, el peso de las migrantes es
menor en las cohortes más jóvenes, lo que implica que el aporte migratorio a la fuerza del trabajo
del sector que pudo tener relevancia con anterioridad estaría perdiendo significación en la
actualidad.
La mayoría de las ocupadas del servicio doméstico trabaja para un solo empleador. En
efecto, el 79,2% lo hace en una sola casa, un 73,1% con retiro de la vivienda y apenas el 6,1% sin
retiro de la vivienda (en el régimen “cama adentro”). Mientras un 12,3% tienen dos empleadores, la
realización de tareas para tres o más hogares es relativamente marginal en este conjunto: un 8,5%
del total.
Entre los rasgos característicos que presenta esta ocupación en la actualidad, se destaca la
duración relativamente reducida de la jornada laboral tanto en términos de horas como de días
trabajados. Durante el cuarto trimestre de 2004, el 69,4% de las ocupadas del sector trabajó menos
de 35 horas semanales. Asimismo, esta reducida jornada semanal se distribuye con frecuencia en
pocos días de trabajo: más del 50% de las asalariadas trabaja 4 días o menos por semana. Esta
información da cuenta que la mayoría de los hogares recurren al servicio doméstico sólo en forma
complementaria al cuidado de los hijos e hijas por parte de miembros del hogar o de familiares.

44

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

En el caso de Uruguay, y tal como señala Salvador (2007), la Encuesta Nacional de Hogares
Ampliada del año 2006 da cuenta que 8,4% del total de hogares del país tiene contratado servicio
doméstico. La situación es diferente según el área geográfica que se considere. Es así que mientras
en Montevideo uno de cada diez hogares cuenta con Servicio Doméstico, en las localidades
menores y en el área rural no alcanza al 5%.
Como es lógico su contratación está estrechamente asociada al estrato socioeconómico, tal
como se observa en el gráfico 6. El 6,5% de la población ocupada, declara trabajar como servicio
doméstico. Básicamente son mujeres y es entre 41 y 50 años de edad, donde se da el mayor
porcentaje de las personas que desarrollan esta actividad.

GRÁFICO 6
URUGUAY 2006 - PROPORCIÓN DE HOGARES CON SERVICIO DOMÉSTICO

100
90
80
70

72,5

60
50
40

98,7

91,6

1,3

30
20
10

96,1

3,9

8,4

27,5

0
Montevideo
Bajo

Montevideo
Medio-Bajo

Montevideo
Medio-Alto

Sí

No

Montevideo
Alto
Fuente: Salvador (2007)

Fuente: Salvador (2007)

En síntesis, la escasa información disponible señala que la contratación de servicio
doméstico, es una alternativa que sólo algunos hogares de Argentina y Uruguay utilizan, claramente
concentrados en los estratos de mayores ingresos. La prestación del servicio doméstico
remunerado, además, parece ser una solución sólo parcial al cuidado de los niños y niñas, y la
atención general del hogar, ya que las trabajadoras del sector declaran jornadas de trabajo de
tiempo muy parcial. Esto fortalece la idea que la mayor parte de la provisión del cuidado recae
sobre los miembros de los hogares, y en particular, sobre las mujeres, tal como se describe en la
próxima sección.

3.2. El trabajo de cuidado no remunerado
Como se mencionó al inicio de este trabajo, las encuestas de uso del tiempo son las principales
fuentes de información para determinar el reparto de las actividades domésticas entre los miembros
de los hogares.
Argentina no cuenta hasta el momento con una encuesta de uso de tiempo de cobertura
nacional. Afortunadamente se ha realizado una primera experiencia de recolección de información
con este instrumento en la Ciudad de Buenos Aires, a fines de 2005. Si bien sus resultados no

45

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

pueden ser generalizados a todo el país, y es posible que se encuentren diferencias regionales
significativas, los resultados de esta encuesta permiten una primera aproximación relevante.
La Encuesta de Uso del Tiempo de la Ciudad de Buenos Aires (EUT) brinda información
sobre el tiempo que las mujeres y varones dedican al trabajo para el mercado, al trabajo doméstico
y de cuidados no remunerado, y a otras actividades relaciones en el estudio, el tiempo libre, la
utilización de medios de comunicación, el descanso, etc43.
La EUT se relevó a través de un diario de actividades, que permite por tanto captar el tiempo
dedicado simultáneamente a más de una actividad. Esto es particularmente relevante cuando el foco
de interés es el trabajo de cuidado no remunerado, ya que es muy habitual encontrar situaciones
donde las personas (mayormente las mujeres) realizan al mismo tiempo tareas de atención del
hogar y de cuidado de los hijos e hijas, o inclusive, trabajo para el mercado y trabajo de cuidado.
Aproximándonos primero al tiempo simple de trabajo (es decir, sin tener en cuenta el trabajo
hecho en simultaneadad), la información disponible de la EUT (2005), revela que las personas de 15 a
74 años que viven en la Ciudad de Buenos Aires dedican en promedio casi 7 horas (6 h 57 min)
diarias al trabajo productivo. Las mujeres trabajan en promedio un cuarto de hora más que los
varones.
La diferencia sustantiva entre mujeres y varones aparece cuando se observa la composición
de este tiempo de trabajo. Ellas dedicas 3 horas al trabajo doméstico para el propio hogar, una hora
al cuidado de niños y adultos del hogar (0:58) y dos horas tres cuartos (2:45) al trabajo para el
mercado. Los varones, en cambio, dedican en promedio 5 horas y cuarto (5:14) al trabajo para el
mercado, poco más de una hora al trabajo doméstico para el propio hogar y menos de media hora
(0:22) al cuidado de niños o adultos del propio hogar. (DGEC, 2007a)
Si en cambio se consideran las actividades que se realizan simultáneamente, resulta que el
tiempo dedicado diariamente a las distintas actividades se incrementa a 28 horas y cuarto, siendo
esta jornada “extendida” medio hora más larga para las mujeres que para los varones44.
El cuadro 10 nos permite conocer la tasa de participación de la población en cada uno de los
tipos de trabajo, y el tiempo (simple y con simultáneidad) dedicado a las mismas.
CUADRO 10
ARGENTINA 2005 – TASA DE PARTICIPACIÓN Y TIEMPO PROMEDIO DE TRABAJO
POR PARTICIPANTE POR SEXO
Total
Tipo de trabajo

Mujeres

Tasa de
Tiempo Tiempo con
Tasa de
participación simple simultaneidad participación

%

hrs

hrs

%

Tiempo
simple

Varones
Tiempo con
Tasa de
simultaneidad participación

%

Tiempo
simple

Tiempo con
simultaneidad

hrs

hrs

hrs

hrs

Trabajo para el
mercado

45,9

08,26

09,00

36,7

07,43

08,09

58,3

08,59

09,39

Trabajo doméstico

80,6

02,42

03,08

92,6

03,18

03,51

65,8

01,40

01,53

Trabajo de cuidado
(de niños/as y
ancianos/as)

25,9

02,42

03,34

30,9

03,07

04,07

19,6

01,52

02,30

Fuente: Elaboración propia en base a DGEC (2007b)

43

44

La EUT fue relevada como un módulo de la Encuesta Anual de Hogares 2005, de la dirección de Estadística de la Ciudad de Buenos
Aires. Es representativa de la población de la Ciudad entre los 15 y los 74 años de edad.
Además de trabajo, esta jornada total incluye: i) servicios a la comunidad y ayudas no pagadas a otros hogares; ii) educación; iii)
actividades relacionadas con el tiempo libre; iv) actividades relacionadas con la utilización de medios de comunicación; v)
actividades de cuidado personal.

46

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Aquí se evidencian claramente las diferencias de género. Por un lado se hace evidente la
mayor tasa de participación de los varones en el trabajo para el mercado (58,3%) respecto de las
mujeres (35,7%). Por el otro, la mayor tasa de participación de las mujeres en el trabajo doméstico
(92,6%) y en el trabajo de cuidado (30,9%) respecto de los varones (65,8% y 19,6%)
respectivamente.
Las mujeres no solamente asumen en mayor proporción que los varones las
responsabilidades domésticas y de cuidado, sino que además lo hacen dedicándole mucho más
tiempo. Si se considera el tiempo con simultaneidad, las mujeres dedican 3 horas 51 minutos
(contra 1 hora y 40 minutos de los varoens) al trabajo doméstico, y 4 horas 7 minutos (contra 2
horas y media de los varones) al trabajo de cuidado.
La EUT confirma con contundencia el hecho que las mujeres dedican mucho más de su
propio tiempo a la atención del hogar en el que viven y de las personas con las que conviven que
los varones. Y esto sucede aún cuando muchas de ellas se encuentran incorporadas en el mercado
laboral. En efecto, DGEC (2007b) da cuenta que mientras los varones ocupados se dedican
fundamentalmente al trabajo para el mercado, las mujeres ocupadas no dejan de realizar en una
proporción importante el trabajo doméstico y de cuidado, conciliando ambas esferas de su vida, y
ajustando fundamentalmente por su tiempo de descanso y ocio,
En efecto, al observar el uso del tiempo en las jornadas diarias, se ve que las mujeres
adecúan sus ritmos de trabajo para el mercado, a las necesidades y horarios de otros miembros del
hogar, en particular, en los momentos de las comidas, y en función del horario escolar.
Finalmente, DGEC (2007b) da cuenta que no existen diferencias significativas entre el
patrón de las tareas de cuidado de las mujeres ocupadas y ocupadas, y de los varones ocupados y no
ocupados. Esto refuerza la idea que la distribución de estas tareas al interior de los hogares está
todavía fuertemente influenciada por patrones de género, que operan más allá de la inserción
laboral de las personas.
La Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), realizada en el año 2001, permite observar
como se diferencian las jornadas de trabajo doméstico según la composición de los hogares. En
base a esta información, Ariño (2004)45 muestra que la familia “arquetípica” (varón proveedor,
cónyuge mujer ama de casa) dedica un tiempo mayor a estas actividades (más de 9 hs.), que las
familias “modernas” (ambos cónyuges insertos en el mercado laboral), en las que la dedicación
es de poco más de 8 hs (cuadro 11).
CUADRO 11
ARGENTINA 2001 – DURACIÓN DE LA JORNADA DE TRABAJO DOMÉSTICO EN
LOS HOGARES DE FAMILIA NUCLEAR SEGÚN NÚMERO Y EDAD DE HIJOS/AS
Presenica y edad de los hijos

Número medio de horas de trabajo doméstico

Hogares de familia nuclear completa

8h 30m

Pareja sin hijos

6h 25m

Pareja con hijos:

9h 25m

con algún menor de 4

9h 15m

con hijos en edad escolar

9h

con hijos adolescentes

10h

con hijos adultos

9h 15m

Fuente: Sanchís (2007) en base a datos de la Encuesta de Condiciones de Vida 2001.

45

Citado por Sanchís (2007)

47

CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

La participación de varones y mujeres en las tareas domésticas no se evidencia sólo en la
intensidad del tiempo dedicado, sino también en el tipo de tarea que se realiza. Esto es importante,
porque las actividades de cuidado no son homogéneas y su realización requiere cierto grado de
calificación, de esfuerzo físico, de autonomía, de responsabilidad e implica distinto tipo de riesgo
económico (Ariño, 2004).
La información de la ECV (2001) muestra que los cónyuges varones tienen mayor
propensión a hacerse cargo de la reparación de artefactos y mantenimiento de la vivienda, a hacer
compras y a cocinar. Este grupo de tareas es seguido por el lavado de platos, junto con la limpieza
de la vivienda y el lavado y planchado de la ropa que aparece casi en el último lugar. Las cónyuges
mujeres muestran una alta participación en todas las tareas mencionadas, excepto en la reparación
de artefactos (cuadro 12).
CUADRO 12
ARGENTINA 2001 – HOGARES NUCLEARES POR TIPO DE TAREAS
REALIZADAS SEGÚN SEXO DEL CÓNYUGE
(Porcentajes sobre total de varones y mujeres en hogares nucleares respectivamente)
Tareas realizadas

Sexo del cónyuge
Varón

Lavado y planchado de ropa

27,2

Mujer
97,4

Reparación de artefactos de la vivienda

66,3

17,3

Preparación de alimentos

51,9

98,2

Limpieza de la vivienda

39,8

96,5

Limpieza de útiles de cocina

41,3

97,8

Adquisición de productos de alimentación y limpieza

65,3

92,7

Otras tareas domésticas (costura, tejido, jardinería, etc.)

15,5

31,9

Fuente: Sanchís (2007) en base a datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (2001).

En línea con los resultados de la EUT (2005), Ariño (2004) señalar que en las familias
nucleares con niños menores de 14 años, el 90% de las mujeres cónyuges se hacen cargo de su
cuidado y socialización, frente a poco más del 50% de los hombres. Cuando se trata de niños de
hasta 4 años, casi la totalidad de las mujeres se ocupan de cuidarlos, frente a tres cuartas partes de
los cónyuges varones. Por otro lado, en el 18% de las familias nucleares hay ancianos o enfermos
que requieren cuidado y atención. En este tipo de tarea se acentúa el rasgo genérico que caracteriza
casi la totalidad de las tareas domésticas: sólo un 24% de los cónyuges varones participa, frente al
86% de las cónyuges mujeres.
También coincidiendo con los resultados de la EUT (2005), Ariño (2004) afirma que en las
familias nucleares “modernas”, donde ambos cónyuges están ocupados, la carga del trabajo
doméstico sigue recayendo en mayor proporción en las mujeres y, en los casos de jornadas más
amplias del trabajo extradoméstico de las mujeres, el trabajo en el hogar tiende a distribuirse en
alguna proporción entre hijas/os o el cónyuge.
En el caso de Uruguay, en el año 2003 se realizó una encuesta de uso del tiempo en
Montevideo y el Area Metropolitana, que permite también conocer en más detalle la dedicación de
los miembros de los hogares a las diferentes actividades que realizan.
La figura clave considerada en esta encuesta es la de miembro responsable del hogar, que es
la persona que asume la responsabilidad principal de la producción de los servicios y vida
doméstica, ya sea mujer o varón y ya sea que los ejecute personalmente o no.

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CEPAL - Serie Mujer y Desarrollo No 90

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Siguiendo la síntesis presentada por Salvador (2007), se observa que en el caso de la
población de Montevideo, 84% de los responsables del hogar son mujeres y 16% varones. Las
mujeres se concentran en las franjas etarias intermedias (principalmente en la de 30 a 49 años),
mientras los varones responsables del hogar se ubican en los tramos inferior y superior (menos de
30 años y más de 65) (cuadro 13).
CUADRO 13
URUGUAY 2003 – RESPONSABLES DE LAS TAREAS DEL HOGAR POR SEXO Y EDAD
(En porcentajes)
Distribución por sexo
Franjas etarias

Distribución por edad

Hombre

Mujer

Total

Hombre

Mujer

Total

16 a 29 años

17,3

12,7

13,5

20,9

78,7

100,0

30 a 49 años

31,1

41,6

39,9

12,7

87,2

100,0

50 a 64 años

26,0

25,7

25,8

16,5

83,3

100,0

65 años y más

25,5

19,9

20,8

20,0

80,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

Total

Fuente: Elaborado en base a Aguirre y Batthyány (2005).

Cuando se observa el tipo de hogar donde viven los varones y mujeres responsables, se
verifica que los varones ocupan esta posición en menor medida que las mujeres cuando habitan en
hogares nucleares y más cuando lo hacen en hogares unipersonales u otro tipo de arreglo familiar
(cuadro 14).
CUADRO 14
URUGUAY 2003 – RESPONSABLES DE LAS TAREAS DEL HOGAR
SEGÚN TIPO DE HOGARES POR SEXO
(En porcentajes sobre el total de responsables varones y mujeres)
Tipo de hogar

Hombre

Mujer

Total

Unipersonal (mayor de 65 años)

22,0

4,0

7,0

Unipersonal (menor de 65 años)

14,0

6,0

7,0

Pareja sin hijos (ambos mayores de 65 años)

4,0

5,0

5,0

Pareja sin hijos (al menos uno mayor de 65 años)

3,0

3,0

3,0

Pareja sin hijos (ambos menores de 65 años)

6,0

6,0

6,0

19,0

32,0

30,0

Pareja con hijos (ninguno menor de 18 años)

6,0

10,0

9,0

Monoparental (al menos un menor de 18 años)

5,0

6,0

5,0

Monoparental (ninguno menor de 18 años)

4,0

6,0

5,0
14,0

Pareja con hijos (al menos un hijo menor de 18 años)

Trigeneracional

7,0

7,0

9,0

100,0

Total

15,0

11,0

Otros arreglos familiares

100,0

100,0

Fuente: Elaborado en base a Aguirre y Batthyány (2005).

Asimismo, no se observan diferencias significativas en la proporción de mujeres y varones
responsables de las tareas del hogar, cuando se analizan los niveles socioeconómicos46 (cuadro 15).

46

El nivel socioeconómico es un índice construido en base a 3 indicadores: quintil de ingreso, equipamiento del hogar, y calidad de la
vivienda.

49

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

CUADRO 15
URUGUAY 2003 – RESPONSABLE DE LAS TAREAS DEL HOGAR,
POR NIVEL SOCIOECONÓMICO Y SEXO
(En porcentajes)
Distribución por sexo
Nivel
socioeconómico

Hombre

Bajo

Mujer

Distribución por nivel socioeconómico
Total

Hombre

Mujer

Total

8,7

10,1

9,8

14,5

86,2

100,0

31,6

Medio-bajo

34,2

33,8

15,3

84,7

100,0

Medio

17,3

22,2

21,4

13,2

86,8

100,0

Medio-Alto

34,2

25,9

27,3

20,5

79,4

100,0

8,2

7,7

7,8

17,2

82,6

100,0

100,0

100,0

100,0

16,3

83,7

100,0

Alto
Total

Fuente: Elaborado en base a Aguirre y Batthyány (2005).

A su vez, el 59% de las mujeres responsables de las tareas del hogar tienen esa tarea como su
principal responsabilidad mientras el 41% combina la responsabilidad doméstica con la
responsabilidad económica. En el caso de los varones, el 80% asume ambas responsabilidades.
De todas formas, entre las mujeres con responsabilidad en las tareas del hogar, la mayor
parte de ellas realizan o realizaron actividades extradomésticas: un 43% son ocupadas, un 11%
desocupadas, un 20% jubiladas o pensionistas y sólo un 23% son amas de casa a tiempo completo.
En el caso de los varones responsables de las tareas, la proporción de ocupados es mayor (57%) y
la proporción de amos de casa es significativamente menor (2%) (cuadro 16).
CUADRO 16
URUGUAY 2003 – RESPONSABLES DE LAS TAREAS DEL HOGAR
POR CONDICIÓN DE ACTIVIDAD Y SEXO
(En porcentajes)
Distribución por sexo
Condición de actividad
Ocupado/a
Estudiante

Hombre
57,1

Distribución por nivel socioeconómico

Mujer

Total

42,9

Hombre

Mujer

Total

45,3

20,6

72,9

100,0
100,0

4,6

2,4

2,8

26,8

71,7

11,7

11,2

11,3

16,9

82,9

100,0

Sólo atiende la casa

2,0

23,1

19,7

1,7

98,1

100,0

Jubilado/pensionista

100,0

Desocupado/a

24,0

19,9

20,6

19,0

80,8

Otro

0,5

0,5

0,5

16,3

83,7

100,0

Total

100,0

100,0

100,0

16,3

83,7

100,0

Fuente: Elaborado en base a Aguirre y Batthyány (2005).

Al igual que en el caso de Argentina, en Uruguay se verifica cierta especialización por tipo
de tarea doméstica. Las mujeres asumen en mayor proporción las tareas de: organización y
distribución de tareas, lavar y planchar, confección y arreglo de la ropa, cocinar. Los hombres
asumen, en cambio, las reparaciones en el hogar, las compras, la cría de animales y cultivo y la
realización de gestiones fuera del hogar. Cuando en los hogares el responsable es varón, las tareas
que tienen la marca de género femenino tienden a ser realizadas por otros miembros del hogar o
son sustituidas por bienes y servicios adquiridos en el mercado (Aguirre y Batthyány, 2005).

50

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Esa diferencia entre las tareas que realizan varones y mujeres responsables es aún mayor
cuando se estudian las tareas de cuidado de niños y adultos. En este caso los responsables del hogar
varones realizan 44% de la tarea, mientras en el caso de las mujeres esta participación se
incrementa al 69%. Por lo tanto, es en el cuidado de niños y adultos donde el desbalance de tareas
entre sexos es más notorio (cuadro 17).
CUADRO 17
URUGUAY 2003 – TAREAS REALIZADAS POR LOS RESPONSABLES
DE LAS TAREAS DEL HOGAR POR TIPO DE TAREA Y SEXO
(En porcentajes)
Varón

Mujer

Tareas domésticas y gestiones

65,9

67,8

Cuidados de niños y adultos dependientes

43,5

68,9

Trabajos no remunerados

Fuente: Aguirre y Batthyány (2005).

Estas diferencias se profundizan en el caso de los hogares biparentales, independientemente
de la condición de actividad de los cónyuges. En efecto, en estos hogares es donde hay una mayor
proporción de mujeres responsables de las tareas del hogar y, a su vez, ellas asumen en mayor
proporción el trabajo no remunerado. El cónyuge en estos hogares contribuye sólo al 25% de las
tareas domésticas y de gestión y al 22% de las tareas de cuidado (cuadro 18).
CUADRO 18
TAREAS REALIZADAS POR LOS RESPONSABLES DE LAS TAREAS
DEL HOGAR POR TIPO DE TAREA Y POSICIÓN EN EL HOGAR
(En porcentajes)
Responsable

Cónyuge

Tareas domésticas y gestiones

63,7

25,3

Cuidados de niños y adultos dependientes

65,2

21,9

Trabajos no remunerados

Fuente: Aguirre y Batthyány (2005).

A su vez, en los hogares biparentales donde residen adultos mayores dependientes la carga
de cuidado que debe realizar la responsable del hogar es mayor que en el cuidado de niños, tanto en
lo referido al aseo, darles de comer, cuidados paramédicos, llevarlos a pasear y hacerles compañía.
En estos hogares, las mujeres no son sólo las principales responsables de las tareas y quienes
realizan la mayor proporción de las mismas, sino que cargan con esa mayor tarea
independientemente de la extensión de su jornada laboral extra-hogar.
Al igual que en Argentina, se verifica el ajuste que las mujeres que se encuentran insertas en
el mercado laboral, hacen de su tiempo cuando además son las responsalbes del hogar (que es el
89% de los casos en los hogares biparentales). Según señala RIGC (2007), cuando las responsables
de las tareas del hogar trabajan remuneradamente entre 30 y 40 horas o 41 y más, la cantidad de
horas que destinan a tareas no remuneradas es de 46 o 38,6 respectivamente. Mientras que los
cónyuges en igual situación (en general varones) destinan sólo 20 o 15 horas al trabajo no
remunerado.
Como consecuencia de todo lo anterior, para el conjunto de los hogares, la carga total de
trabajo (remunerado y no remunerado) de los varones es inferior al de las mujeres. En promedio
ellos trabajan en total 41,4 horas semanales, de las cuales el 68,5% lo destinan a trabajo
remunerado. Las mujeres, por su parte trabajan en total 47,6 horas y el 67% es trabajo no
remunerado (cuadro 19).
51

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

CUADRO 19
URUGUAY 2003 – DISTRIBUCIÓN DE LA CARGA TOTAL DE TRABAJO
(REMUNERADO Y NO REMUNERADO) EN PROMEDIO DE HORAS SEMANALES
Trabajo

Varones
Horas

Remunerado

28,4

No remunerado
Carga total

Porcentaje

Mujeres
Horas

Total
Horas

Porcentaje

33,0

21,4

0,5

32,0

67,0

23,0

2,5

47,6

100,0

44,4

1,1

68,5

15,6

13,0

31,5

41,4

100,0

Porcentaje

Fuente: Aguirre y Batthyány (2005).

En síntesis, la información disponible para los dos casos nacionales bajo estudio confirma
que el reparto de las responsabilidades domésticas al interior de los hogares conserva
características muy tradicionales. Las mujeres en mucha mayor medida que los varones asumen
esta responsabilidad, lo que se evidencia en el mayor tiempo dedicado a las mismas.
Para el caso de los hogares donde la cónyuge mujer también se encuentra inserta en el
mercado laboral, la situación no mejora, sino que por el contrario, la jornada total de trabajo
(remunerado y no remunerado) resulta mayor que para los varones.
También la información da cuenta de cierta división sexual de las tareas domésticas, con las
mujeres encargadas mayormente de las tareas de gestión del hogar, y los varones de la tareas
relativas a reparaciones y similares. En relación al cuidado de los hijos, las mujeres manifiestan
realizar todo tipo de tareas y los varones se restringen a tareas vinculadas con el acompañamiento
de los hijos e hijas.

4.

Responsabilidades de cuidado e inserción laboral femenina

La insuficiente oferta extra-hogar de servicios de cuidado, se evidencia en las dificultades para
organizar el cuidado de los hijos e hijas, y la necesidad de contar con recursos propios del hogar
para hacerlo. El recurso más utilizado en este sentido, es el trabajo no remunerado de las mujeres.
Este hecho, evidenciado en la escasa información existente, se expresa en diversas
inequidades de género, que son tales en la medida que encuentran su raíz en la división sexual del
trabajo, que recluye a las mujeres a espacios invisibles, no valorados, no reconocidos, no
remunerados.
En efecto, una primera manifestación de estas inequidades se produce en el hecho que gran
parte del trabajo de las mujeres no sea remunerado. Como se demostró, las mujeres dedican al trabajo
no remunerado jornadas tan extensas como las que el conjunto de las personas dedican al trabajo
remunerado. Más aún, y como ya se señaló en el marco teórico de este trabajo, la realización de estas
tareas de cuidado de manera gratuita se encuentra en la base del funcionamiento del sistema
económico, y contribuye a sostener la tasa de acumulación que garantiza la reproducción del mismo.
Una segunda manifestación de las inequidades de género derivada de la división sexual del
trabajo, tiene que ver con la llamada doble jornada femenina, esto es, el hecho que las mujeres que
se insertan en el mercado laboral, siguen encargándose mayoritariamente de las responsabilidades
domésticas y suman jornadas de trabajo (en el empleo y en el trabajo no remunerado). En
definitiva, la manera en que las sociedades organizan la reproducción de la fuerza de trabajo, es vía
el deterioro en la calidad de vida de las mujeres.

52

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Tomando el ejemplo de Uruguay, puede verse en el cuadro 20, el exceso de horas que
trabajan las mujeres ocupadas em comparación con los varones ocupados.
CUADRO 20
URUGUAY 2003 – PROMEDIO DE HORAS SEMANALES DE TRABAJO
REMUNERADO Y NO REMUNERADO DE LA POBLACIÓN OCUPADA
Hombres

Trabajo
Horas

Mujeres

Porcentaje

Horas

Total

Porcentaje

Horas

Porcentaje

Remunerado

48,1

78,7

38,7

54,7

43,9

0,8

No remunerado

13,0

21,3

32,0

45,3

23,0

2,5

Carga total

61,1

100,0

70,7

100,0

65,9

1,2

Fuente: Aguirre y Batthyány (2005).

Finalmente, la inequidad de género derivada de la división sexual del trabajo se reproduce en
las inequidades presentes en la inserción laboral de varones y mujeres. Para ponerlo brevemente: i)
las mujeres presentan menores tasas de actividad; ii) las mujeres presentan mayores tasas de
desocupación y subocupación; iii) las mujeres se encuentran sobre-representadas en las diferentes
manifestaciones de precariedad laboral; iv) persisten situaciones de segregación horizontal y
vertical.
Nuevamente, el ejemplo de los casos nacionales estudiados sirve para ilustrar la vinculación
entre las dificultades para una inserción laboral plena de las mujeres y el inequitativo reparto de las
responsabilidades domésticas entre miembros del hogar.
En el caso de Argentina, la información da cuenta de la menor tasa de actividad de las
mujeres respecto de los varones, pero también de la profundización de la brecha cuanto menor es el
nivel de ingreso de los hogares. Es decir, en el mercado laboral se combina una doble
discriminación, por género y por nivel socioeconómico (gráfico 7).
GRÁFICO 7
ARGENTINA 2006 - TASA DE ACTIVIDAD DE 15 A 64 AÑOS POR SEXO Y QUINTIL
DE INGRESO PER CÁPITA FAMILIAR. TOTAL AGLOMERADOS URBANOS 2006
90
80
70
60
50
40
30
20
10
0
I

II

III
Mujer

IV

V

Varón

Fuente: Elaboración propia sobre la base de EPH-INDEC.

Esta doble discriminación se percibe en la contracara de la actividad. Esto es, la tasa de
inactividad crece cuanto mayor es el nivel de pobreza de los hogares, y cuanto mayor es la cantidad
de hijos, tal como se aprecia en el gráfico 8.

53

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

GRÁFICO 8
ARGENTINA 2006 - TASA DE ASISTENCIA EN LOS NIÑOS Y NIÑAS DE 3 A 5 AÑOS
SEGÚN NIVEL DE INGRESO PER CÁPITA
100
80
60
40
20
0
20% más pobre
3 años

20% más rico
4 años

5 años

Fuente: Elaboración propia sobre la base de EPH-INDEC.

En síntesis, la división sexual del trabajo que impone responsabilidades diferenciadas sobre
el cuidado de los hijos e hijas por parte de varones y mujeres, deriva en otro conjunto de
inequidades. Por lo mismo, avanzar en la transformación de la actual configuración del cuidado es
una instancia esencial para alcanzar mecanismos de funcionamiento del sistema económico y
social, más justos e igualitarios.

54

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

IV. Conclusiones y propuestas: el
cuidado como bien público

La consideración de la organización de la reproducción social, entendida
como reproducción de la fuerza de trabajo, resulta imprescindible para
comprender más exactamente el funcionamiento del sistema económico y
sus implicancias en términos de oportunidades de vida de varones y
mujeres. Allí residen algunos de los aspectos esenciales de la inequidad de
género, que dan cuenta de las dificultades para la inserción económica de
las mujeres, y para el ejercicio de sus derechos sociales y económicos más
fundamentales.
Los dos casos nacionales bajo estudio dan cuenta de la
persistencia de inequidades, y de la necesidad de políticas públicas
que asuman la responsabilidad social en la reproducción de su
población. Sintéticamente, el presente trabajo permite arribar a las
siguientes conclusiones respecto de la configuración del cuidado de
niños y niñas en Argentina y Uruguay:
• El cuidado de niños y niñas sigue siendo una responsabilidad
primordialmente de los hogares, y fundamentalmente de las
mujeres.
• Si bien Argentina y Uruguay tienen una trayectoria
institucional con un amplio desarrollo de las instituciones del
Estado de Bienestar, en el contexto latinoamericano, los
mismos presentan rasgos familistas y no desafían sino que
por el contrario en muchos aspectos consolidan, la división
sexual tradicional del trabajo.

55

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

• En términos normativos, ambos países restringen sus intervenciones a dos esferas: i) la
obligatoriedad de la educación básica y ii) la protección de la madre trabajadora.
• Las políticas de conciliación de la vida laboral y familiar son débiles. Gran parte de la
limitación reside en que se piensan como políticas para las mujeres, y no para los hogares, lo
que de nuevo viene a consolidar el rol de las mujeres como principales cuidadoras.
• No existe en el marco de las políticas de conciliación, acciones que tiendan al mayor
involucramiento de los varones en el cuidado.
• En materia de guarderías y servicios educativos para los niños y niñas más pequeños, la
ausencia de oferta estatal es notoria en ambos casos nacionales. Este es un espacio atendido
desde la oferta privada mercantil de servicios de cuidado, que claramente segmenta el acceso
al mismo para la población, según su nivel socio-económico.
• En el caso de la educación básica obligatoria, la extensión de la obligatoriedad al nivel inicial
ha tenido efectos positivos en ambos países, donde se evidencia para este nivel un aumento
importante en la oferta y en la cobertura.
• También es necesario destacar el sostenimiento de una cobertura casi universal de la
educación primaria, a pesar de las transformaciones en los sistemas educativos de estos países
operada durante los años 90.
• En relación a esto último, mientras en Argentina la reforma ha profundizado la fragmentación,
heterogeneidad y segmentación de la cobertura del servicio educativo, en Uruguay se ha
avanzado en sentido contrario, reduciendo la brecha entre sectores socio-económicos.
• Una debilidad en ambos países es la limitada cobertura de los establecimientos escolares de
doble jornada. En ambos casos, la presencia de la gestión privada en esta oferta es
notoriamente mayor a la pública. En el caso de Uruguay, se destaca la implementación de un
programa público que pretende extender esta oferta educativa a las poblaciones en contextos
socioculturales críticos.
• En materia de políticas sociales para la niñez, ambos países concentran su accionar en dos
focos: i) transferencias monetarias; ii) protección de la salud, a través de programas
nutricionales y de atención de la madre y el niño.
• En ningún caso, la atención del cuidado de los niños y niñas se propone como un objetivo de
política. Indirectamente, puede suponerse que las transferencias monetarias pueden servir
para la contratación de servicios de cuidado mercantiles, pero no parece ser el caso dado el
bajo nivel de los beneficios y el bajo nivel socio-económico de la población beneficiaria.
• La contratación de servicio doméstico presenta una extensión y cobertura relativamente baja.
Concentrada en los sectores de ingresos medios y altos, aparece sólo como un mecanismo
complementario a las actividades de cuidado desarrolladas al interior de los hogares.
• Por todo lo anterior, el cuidado de los niños y niñas en Argentina y Uruguay se recuesta
ampliamente sobre las actividades de cuidado no remunerado de los miembros del hogar. La
información disponible de las Encuestas de Uso del Tiempo y de las Encuestas de
Condiciones de Vida, permite confirmar que estas actividades son asumidas muy
mayoritariamente por las mujeres.
• Esta desigual distribución de las responsabilidades domésticas, se traduce en la persistencia
de inequidades en el mercado laboral, y en definitiva, en que el cuidado de niños y niñas en
estos países se organiza a costa de la calidad y oportunidades de vida de las mujeres.

56

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Por todo lo anterior, resulta urgente avanzar en acciones de política pública, que
transformando la situación actual, torne más equitativa la distribución de las responsabilidades de
cuidado tanto entre los hogares y la sociedad, como entre varones y mujeres. Para resultar
efectivas, estas políticas deben contemplar la complejidad y sobre todo la heterogeneidad de las
diversas situaciones.
Sin ánimo de brindar una lista taxativa, en lo que sigue se proponen algunas líneas de acción.
• Incorporación de la cuestión del cuidado a la agenda de política pública:
El momento actual, donde se perciben a la vez un cierto debilitamiento de la “organización
familiar patriarcal“, así como un repliegue del consenso en torno a las recomendaciones de política
económica más ortodoxa, resulta ideal para plantear la urgencia de ubicar la cuestión del cuidado
en el centro de la agenda de discusión de las políticas públicas.
El debate debería avanzar en dos sentidos. Por un lado, sobre la delimitación de las
responsabilidades públicas y sociales, y las responsabilidades individuales y privadas, en el
cuidado de los niños y niñas, entendido como trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo. Es
decir, discutir, para transformar, el consenso actual que considera que el cuidado de los niños y
niñas es una responsabilidad privada de los hogares, y de las mujeres dentro de los mismos. Por el
contrario, la discusión debería plantear una mayor participación social, a través de las acciones del
Estado, en los requerimientos de la reproducción de la fuerza de trabajo, así como un reparto más
equitativo entre mujeres y varones.
Por otro lado, debería avanzarse en la discusión de alternativas de política que permitan reconfigurar la actual organización del cuidado en estos dos países (y en todos los países de la
región). En este sentido, es necesario transformar toda acción de política pública en una
herramienta que desafíe las estructuras vigentes y contribuya a de-construir los roles tradicionales
de género.
Es decir, debe potenciarse el uso de toda política pública para funcionar como herramientas
transformadoras de los valores que hoy sostienen un reparto inequitativo de las responsabilidades
de cuidado. El caso de las políticas asistenciales comentadas en el análisis del caso argentino, son
un buen ejemplo, justamente, de lo que no se debería hacer.
• Producción de información relevante para la toma de decisiones:
Una de las evidencias surgidas del presente trabajo, es que resulta muy difícil conocer
realmente la actual configuración del cuidado en estos países debido a la debilidad de la
información existente. Por ello, una de las acciones prioritarias debería ser promover y sostener
fuentes permanentes de información relevante. Las mismas deberían incluir: i) encuestas de uso del
tiempo, de cobertura nacional, y periódicas; ii) incorporación de preguntas relativas a la
organización del cuidado en las encuestas de fuerza de trabajo; iii) relevamiento de la oferta
existente de servicios de cuidado extra-hogar en la órbita mercantil; iv) relevamiento de las
condiciones de trabajo de las personas contratadas en los diversos servicios de cuidado.
La producción de información relevante permitiría asimismo el desarrollo de herramientas
necesarias para la toma de decisión de política pública. En particular, en relación con las políticas
económicas, debería avanzarse en la incorporación de la dimensión del cuidado en los ejercicios de
modelización macroeconómica, de manera de permitir evaluar, con una herramienta práctica, el
impacto de diferentes esquemas de políticas económicas sobre distintas dimensiones del cuidado.
• Fortalecer la producción de conocimiento sobre el tema:
Si bien desde el ámbito académico, y en particular desde la economía feminista, se viene
avanzando en la producción de conocimiento teórico y empírico sobre esta temática, todavía queda
57

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

mucho trabajo para hacer. En particular, se sugiere la profundización de conocimiento, a través de
desarrollos teóricos, conceptuales, metodológicos, y empíricos, en los siguientes aspectos:
• Los vínculos entre las políticas económicas y la economía del cuidado.
• Formas alternativas de valoración del trabajo doméstico no remunerado.
• Estudio integrado de los diferentes componentes de la economía del cuidado ampliada y sus
interrelaciones.
• Exploración de fuentes de información adicionales a las encuestas de uso del tiempo.
• Impacto de las políticas macroeconómicas sobre los procesos de toma de decisión,
negociación y distribución de responsabilidades y recursos intra-hogar.
• Impacto diferencial de las políticas macroeconómicas entre distintos grupos de mujeres. Es
decir, vincular el análisis de género de la política macro, con análisis de clase, etnia,
localización territorial, etc.
Como parte del proceso de transversalización de género, deberían desarrollarse herramientas
útiles en los procesos de diseño, implementación, gestión y evaluación de las políticas públicas,
que incorporen la cuestión del cuidado como elemento relevante.
En particular, deberían desarrollarse manuales, e instrumentos relacionados, que permitan
aplicar metodologías que evalúen: i) el impacto que las políticas públicas tienen sobre la
configuración del cuidado; ii) la medida en que la políticas públicas están ayudando a desafiar (o
por el contrario consolidan) los roles tradicionales en relación a las responsabilidades de cuidado;
iii) la medida en que las políticas públicas amplían las posibilidades de elegir entre diferentes
arreglos para la organización del cuidado a nivel de los hogares.
• Promover efectivas políticas de conciliación:
En los casos estudiados, resulta imprescindible avanzar en la transformación de las normas
que hoy regulan los elementos relativos al cuidado, en relación con la inserción de las personas en
el mercado laboral. Las políticas de conciliación entre la vida familiar y laboral, deben ser pensadas
como políticas para los hogares, y no para las mujeres. Y en particular, deben proveer a la
transformación y no a la consolidación del actual reparto de responsabilidades. Entre otras, debería
pensarse en:
• Ampliar las licencias parentales de los varones, para permitirles asumir mayores
responsabilidades en los primeros tiempos de crianza de los niños y niñas.
• Revisar y profundizar la obligatoriedad de establecer guarderías en los establecimientos
productivos, en función del número total de trabajadores y no solamente del número de
mujeres.
• Promover políticas de conciliación de trabajo y familia a nivel de los establecimientos
productivos, pero no como políticas para las mujeres trabajadoras, sino para toda la población
trabajadora. Proveer mecanismos de promoción fiscal para las empresas o establecimientos
que ejecuten efectivamente este tipo de políticas.
• Promover la transferencia de subsidios a padres y madres trabajadores para el pago de
servicios de centros de cuidado infantil.
• Promover mecanismos de distribución del tiempo de trabajo (puestos de trabajo a tiempo
parcial, reducción de la jornada legal, penalización de las horas extras, etc.) a fin de que los
padres y madres trabajadores puedan disponer de mayor tiempo para atender sus

58

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

responsabilidades domésticas. Velar porque las condiciones laborales de los trabajos a tiempo
parcial sean equiparables a las de los trabajos a tiempo completo.
Mejorar las condiciones laborales de las personas que trabajan en los distintos
servicios de cuidado:
• Promover la formalización y el acceso a las instituciones de seguridad social de las personas
ocupadas en servicios domésticos remunerados.
Como parte del esfuerzo por revalorizar las actividades de cuidado, el Estado debería adoptar
una actitud mucho más activa en relación con la protección y la promoción de las condiciones de
trabajo en los servicios de cuidado. Los antecedentes del uso de esquemas de créditos fiscales para
favorecer la registración de las trabajadoras domésticas en Argentina, es un ejemplo que debería
explorarse. En tal caso, el del servicio doméstico, o el de los servicios de cuidado en términos más
generales, es un caso que forma parte de un desafío de política pública más amplio: la cuestión de
la informalidad y la precariedad laboral en los mercados laborales de los países de la región.
• Ampliar la inversión social para la provisión de servicios de cuidado:
En un contexto de mejora en la situación fiscal de los países bajo estudio, y por lo tanto,
cuando se amplían los márgenes de maniobra para la expansión del gasto público, destinar recursos
a la inversión social en la provisión de servicios de cuidado debería ser una prioridad.
A menos que el Estado asuma su responsabilidad en el asunto, y desarrolle una política
comprehensiva e integrada de cuidado, no podrán removerse los principales obstáculos para una
organización equitativa del mismo, que además transmita mejores condiciones de equidad en el
mercado laboral.
La provisión pública de servicios de cuidado debería además contemplar las diferentes
necesidades de hogares de distintos estratos socio-económicos, y sin estigmatizar ofreciendo
“servicios pobres para población pobre”, garantizar el adecuado acceso de la población más
necesitada. En este sentido, la activa intervención estatal en la mejora de la infraestructura social
(incluyendo transporte y vivienda) son un contexto imprescinble para mejorar las condiciones de
cuidado.
Dos son las prioridades que pueden señalarse en relación con la necesidad de ampliar la
oferta pública: i) guarderías y salas maternales, y ii) establecimientos de educación básica de
doble escolaridad.
• Promover la incorporación masculina en las actividades de cuidado:
El Estado debe encarar una seria política de sensibilización y transformación cultural, para
hacer efectivo el reparto equitativo de las responsabilidades de cuidado al interior de los hogares.
Sin dudas, todas las iniciativas mencionadas, en la medida que mejoran las condiciones para que
los hogares puedan resolver sus responsabilidades domésticas, generarán un mejor escenario para
esta necesaria transformación.
Para que este proceso cultural sea posible, debe avanzarse en dos sentidos. Por un lado, deconstruir la norma del “trabajador ideal”. En realidad, lo que debería cuestionarse es la vigencia de
un modo de organización fundado en la lógica del trabajo remunerado, especialmente cuando éste,
por lo menos en formas plenas (o dignas) pareciera haberse convertido en un bien escaso. Por el
contrario, debería reconstruirse el concepto de trabajo en un sentido amplio, revalorizando los
trabajos socialmente útiles y recreando nuevas maneras de organización del trabajo y del tiempo
social de trabajo.

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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

Por ello, en lugar de buscar la equidad promoviendo simplemente la incorporación de las
mujeres a un mercado laboral estructurado genéricamente, lo que se requiere es modificar la
relación entre mercado y trabajo del hogar de manera que todos los adultos, varones y mujeres,
puedan alcanzar sus ideales familiares y de empleo.
En este sentido, no sirven las políticas que busquen capacitar a la fuerza de trabajo femenina
para que pueda conformar el modelo de trabajador que impone el actual mercado laboral. Ni
tampoco resulta útil otorgarle a las empresas la potestad de demandar “trabajadores ideales”, por
caso, permitiendo absoluta flexibilidad en los tiempos de trabajo. Por el contrario, se trata de actuar
en diversos sentidos (desde la normativa, desde la concientización, desde las propias políticas de
empleo) para que varones y mujeres puedan conformar una norma de trabajador/a que encierre en
si misma las condiciones de producción y reproducción que toda sociedad requiere.
Por otro lado, debe de-construirse la norma de las “tareas de cuidado”. Al respecto será
necesario avanzar en una estrategia superadora de la “mercantilización total”. Desde esta
perspectiva se propone que las mujeres se incorporen como “trabajadoras ideales” (a tiempo
completo) al mercado laboral, delegando también al espacio del mercado las tareas o
responsabilidades de cuidado. Si bien esta estrategia ha permitido el reconocimiento del importante
rol social de las tareas de cuidado, en su propia formulación refuerza la idea de marginación del
trabajo doméstico y de quienes lo ejercen. ¿Por qué para las mujeres tiene que ser siempre mejor
insertarse en el mercado laboral que dedicarse a las tareas de cuidado? A priori nadie podría decidir
en lugar de las mujeres y los varones como individuos, cuál es la vida que quieren vivir.
El punto central, pasa entonces por permitirles una verdadera libre elección. Para ello resulta
imprescindible eliminar todo tipo de estructuración genérica de las instituciones, manifestada entre
otros aspectos en la discriminación en el mercado laboral y en la asignación por género de los roles
domésticos. Sin dudas, muchas de las sugerencias de la estrategia de la “mercantilización total”,
aún pueden ser positivas en este camino.
• Visibilizar el trabajo de cuidado no remunerado: medirlo y valorarlo.
Una estrategia para lograr el reconocimiento del trabajo de cuidado no remunerado que realizan
mayormente las mujeres al interior del hogar es la realización de ejercicios de estimación de su
contribución al producto económico, o bien, del costo oculto que representa en el propio proceso de
producción. En este sentido, los aportes existentes avanzan en función de otorgarle a este trabajo un valor
con referencia en parámetros mercantiles. Resulta necesario entonces explorar formas alternativas de
valoración, profundizando la discusión sobre el parámetro más conveniente a considerar, atento a que el
trabajo de cuidado involucra elementos que no tienen equivalentes mercantiles.
Adicionalmente, con el criterio estándar o con nuevos a determinar, se debería seguir
avanzando en la estimación del valor del trabajo de cuidado no remunerado en los países de la región,
no sólo el que se realiza en el ámbito doméstico, tal como han sido las experiencias hasta ahora, sino
también el que se realiza en el ámbito comunitario y como parte de la participación de la población
como efectores de la provisión pública de servicios de cuidado y de los programas sociales.

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Serie

mujer y desarrollo
Números publicados
El listado completo de esta colección, así como las versiones electrónicas en pdf
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89.
88.
87.
86.
85.
84.
83.
82.
81.
80.
79.
78.
77.
76.
75.
74.
73.
72.
71.

La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay, (LC/L.2844-P), Corina
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El cuidado de la niñez en Bolivia y Ecuador: derecho de algunos, obligación de todas (LC/L.2843-P),
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Provoste (LC/L.2722-P), N˚ de venta: S.07.II.G.63, 2007.
Violencia contra la mujer en la pareja: Respuestas de la salud pública en El Alto, Bolivia, Eliana Arauco
Lemaitre, Rosario Mamani Apaza, Jimena Rojas Silva (LC/L.2721-P), N˚ de venta: S.07.II.G.62, 2007.
Incorporando un módulo de uso del tiempo a las encuestas de hogares. Restricciones y potencialidades,
Vivian Milosavljevic y Odette Tacla (LC/L.2709-P), N˚ de venta: S.07.II.G.57, 2007.
Trabajo, educación y salud de las niñas en América Latina y el Caribe. Indicadores elaborados en el
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venta: S.06.II.G.137, 2006.
Las metas del Milenio y la igualdad de género. El caso de Ecuador, Silvia Lara (LC/L.2611-P), N˚ de
venta: S.06.II.G.136, 2006.
Las metas del Milenio y la igualdad de género. El caso de Paraguay, Claudia Giacometti (LC/L.2577-P),
N˚ de venta: S.06.II.G.107, 2006.
Destinatarios y usos de remesas. ¿Una oportunidad para las mujeres salvadoreñas?, Diana Santillán y
María Eugenia Ulfe (LC/L.2455-P), N˚ de venta: S.05.II.G.202, 2006.
Un marco de análisis para el fomento de las políticas de desarrollo productivo con enfoque de género,
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Redes e institucionalización en Ecuador. Bono de desarrollo humano, Amparo Armas (LC/L. 2405-P),
N˚ de venta: S.05.II.G. 152, 2005.
Buenas prácticas para la erradicación de la violencia doméstica en la región de América Latina y el
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Las metas del Milenio y la igualdad de género. El caso de Guatemala, Isolda Espinosa (LC/L.2378-P),
N˚ de venta: S.05.II.G.122, 2005.
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Bravo (LC/L.2377-P), N˚ de venta: S.05.II.G.121, 2005.
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La organización del cuidado de niños y niñas en Argentina y Uruguay

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Las metas del Milenio y la igualdad de género: el caso de Perú, Rosa Bravo (LC/L.2126-P), N˚ de venta:
S.04.II.G.53 (US$ 10.00), 2004.

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