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        <dc:contributor>Corden, W. Max</dc:contributor>
        <dcterms:title>Una zona de libre comercio en el Hemisferio Occidental: posibles implicancias para América Latina</dcterms:title>
        <dcterms:isPartOf>En: La liberalización del comercio en el Hemisferio Occidental - Washington, DC : BID/CEPAL, 1995 - p. 13-40</dcterms:isPartOf>
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        <bibo:handle>hdl:11362/6059</bibo:handle>
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S E R I E

76

políticas sociales

I

nequidad, ciudadanía y pueblos
indígenas en Chile

Rodrigo Valenzuela Fernández

División de Desarrollo Social
Santiago de Chile, noviembre de 2003

Este documento fue preparado por Rodrigo Valenzuela Fernández, consultor de
la División de Desarrollo Social de la Comisión Económica para América
Latina y el Caribe (CEPAL). El estudio forma parte de un trabajo sobre
etnicidad y ciudadanía en la región, que la CEPAL lleva a cabo en el marco del
proyecto GER/99/114, “Desarrollo social y equidad en América Latina y el
Caribe” con el apoyo de la Sociedad Alemana de Cooperación Técnica (GTZ).
Las opiniones expresadas en este documento, que no ha sido sometido a
revisión editorial, son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden no
coincidir con las de la Organización.

Publicación de las Naciones Unidas
ISSN impreso 1564-4162
ISSN electrónico 1680-8983
ISBN: 92-1-322282-3
LC/L.2006-P
N° de venta: S.03.II.G.167
Copyright © Naciones Unidas, noviembre de 2003. Todos los derechos reservados
Impreso en Naciones Unidas, Santiago de Chile
La autorización para reproducir total o parcialmente esta obra debe solicitarse al
Secretario de la Junta de Publicaciones, Sede de las Naciones Unidas, Nueva York,
N. Y. 10017, Estados Unidos. Los Estados miembros y sus instituciones
gubernamentales pueden reproducir esta obra sin autorización previa. Sólo se les
solicita que mencionen la fuente e informen a las Naciones Unidas de tal reproducción.

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

Índice

Resumen ........................................................................................5
Introducción .......................................................................................7
I. Inequidad y población indígena ............................................9
A. Estimaciones de población indígena ....................................10
B. Incidencia de la pobreza en población indígena y
no indígena ...........................................................................13
C. Ocupación, empleo y distribución del ingreso .....................17
D. Desigualdades en educación.................................................21
E. Desigualdades en salud.........................................................23
II. Ciudadanía y pueblos indígenas.........................................27
A. La nueva emergencia de un viejo actor ................................27
B. El escenario político-institucional y los pueblos
indígenas...............................................................................32
C. Derechos indígenas, participación e inclusión social ...........35
Bibliografía ......................................................................................41
Serie Políticas sociales: números publicados........................45

3

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

Índice de cuadros
Cuadro 1
Cuadro 2
Cuadro 3
Cuadro 4
Cuadro 5
Cuadro 6
Cuadro 7
Cuadro 8
Cuadro 9
Cuadro 10
Cuadro 11
Cuadro 12
Cuadro 13
Cuadro 14
Cuadro 15
Cuadro 16
Cuadro 17
Cuadro 18
Cuadro 19
Cuadro 20

Población indígena, según manejo de la lengua......................................................... 10
Composición de la población indígena por grupo étnico ........................................... 11
Cobertura muestral de la Encuesta Caracterización Socioeconómica Nacional
(CASEN) .................................................................................................................... 11
Composición de la población en Chile, según pertenencia étnica y regiones ............ 15
Población indígena y no indígena, según línea de pobreza........................................ 13
Población indígena y no indígena, según línea de pobreza por región ...................... 14
Población indígena y no indígena por grupo étnico, según línea de pobreza ............ 15
Población indígena y no indígena, según quintil de ingreso autónomo ..................... 15
Población indígena y no indígena, según decil de ingreso autónomo nacional ......... 16
Población indígena y no indígena ,según zona y línea de pobreza ............................ 16
Población indígena y no indígena de 15 años de edad o más,
por participación laboral............................................................................................. 17
Población indígena y no indígena, por rama de actividad.......................................... 18
Distribución ocupacional por sexo y población indígena y no indígena.................... 19
Ingreso promedio de la población indígena y no indígena, según rama de
actividad ..................................................................................................................... 20
Ingreso promedio de la población indígena y no indígena, según sexo y rama de
actividad ..................................................................................................................... 20
Ingreso promedio de la población indígena como porción de la no indígena,
según rama de actividad ............................................................................................. 21
Población indígena y no indígena, según analfabetismo............................................ 21
Población indígena y no indígena de 15 años de edad y más, según edad,
sexo y sabe leer y escribir .......................................................................................... 22
Población indígena y no indígena por nivel de instrucción ....................................... 23
Población indígena y no indígena, según sistema previsional y salud ....................... 24

Índice de gráficos
Gráfico 1
Gráfico 2

4

Población indígena y total del país, según línea de pobreza por región..................... 14
Proporción de indígenas y no indígenas por nivel de instrucción.............................. 23

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

Resumen

Chile enfrenta actualmente un escenario en el cual el tema
indígena cobra especial relevancia, tanto por la creciente visibilidad y
movilización de los propios movimientos indígenas, como por la
presencia e institucionalidad que estos actores adquieren en la política
y el espacio públicos. En esta nueva inflexión histórica, el tema se
presenta con toda la carga legendaria de exclusión de la población
indígena y de su negación ciudadana. Este hecho fuerza a centrar el
debate y la acción a en un doble registro, a saber, el de la superación
de las inequidades y el reconocimiento efectivo de la participación
política del actor indígena. En este sentido, el rango de ciudadanía
incompleta que padecieron por siglos los pueblos indígenas parece
haber estado muy asociado a su condición desfavorable en términos de
equidad, medida por ingresos, empleo, educación, salud y otras
variables. La desigualdad ciudadana ha ido secularmente entrelazada
con la inequidad socioeconómica, en un largo proceso histórico teñido
por la colonización, la dominación, la enajenación de recursos y la
falta de reconocimiento del estatus de ciudadanía plena.
En relación con las inequidades y sobre la base de la
información que provee la Encuesta sobre Caracterización
Socioeconómica Nacional (CASEN), se advierte la desventaja
comparativa de la población indígena en materias tan decisivas como
el ingreso, la calidad del empleo, la educación y la salud. Como
consecuencia de todo ello, se muestra que los niveles de pobreza son
muy superiores en la población indígena con respecto a los de la
población nacional en su totalidad. Según los resultados de la CASEN
de 1996, el 35,6 por ciento de la población indígena chilena vivía en
condición de pobreza, mientras que ésta sólo afectaba a 22,7 por
5

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

ciento de la población no indígena. Es decir, ese año existió una brecha de 12,9 puntos
porcentuales. Particularmente importante era la distancia en cuanto al nivel de indigencia, dado que
los indígenas duplicaban a los no indígenas. Para el año 2000, esta situación no varió
sustancialmente. La evolución de la pobreza indígena mostró que ésta aumentó en seis de las trece
regiones en que se divide el país, en tanto que para la población no indígena sólo se incrementó en
la Región Metropolitana.
Respecto al reconocimiento, la participación y la ciudadanía indígenas, las dinámicas de los
propios movimientos han colocado sobre el tapete demandas fuertes al Estado, al sistema político y a la
sociedad chilena en general. En esta dirección, tres son los elementos fundamentales para fortalecer la
relación entre el Estado y los indígenas: la existencia de un mecanismo de resolución política de
controversias entre desarrollo nacional e identidad cultural de los indígenas; un sistema efectivo de
participación indígena en la toma de decisiones, y el fortalecimiento de una legislación que contemple
los derechos del mundo indígena. Se han producido avances significativos en el campo político
institucional, a partir de la promulgación de la Ley Indígena y de la puesta en marcha de la Corporación
Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI). Pero la tendencia reciente es que las movilizaciones y
demandas indígenas sobrepasan la capacidad instalada para responder a ellas desde el Estado y el
sistema político.
Por último, el documento enfatiza el hecho de que tanto las políticas vigentes como los recursos y
los espacios de participación disponibles tienden a concentrarse en los indígenas de zonas rurales, lo
cual deja en una situación incierta, como beneficiarios de la política social y como actores políticos, al
gran contingente de población indígena actualmente asentado en zonas urbanas.

6

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

Introducción

Desde inicios de la década de los años noventa, el Estado chileno
asumió una orientación más incluyente en campos como etnicidad, género,
infancia, tercera edad, discapacidad, salud, educación y otros.
Paralelamente, comenzó a consolidarse una institucionalidad más afín a esta
voluntad y una democracia que procura mayores estándares de participación
ciudadana. En la prospectiva de país, aún preocupan aspectos tales como la
situación de los pueblos indígenas, la inequitativa distribución del ingreso y
el deterioro de los recursos naturales. En lo referido a las respuestas que el
Estado ha brindado respecto de la creciente demanda de los pueblos
indígenas, se observan avances y dificultades. Si bien hoy existe una ley
indígena y una institucionalidad pública en la materia, por otro lado los
movimientos indígenas reclaman su reconocimiento como pueblos y la
ratificación del Convenio Nº 169 de la Organización Internacional del
Trabajo (OIT).
Los tres últimos gobiernos han aplicado diversas estrategias e
instrumentos, planes, programas y proyectos en diversos ámbitos tales como
la educación, la capacitación, participación y acceso a servicios básicos. En
este contexto, destacan instrumentos específicos de intervención pública,
tales como el Fondo de Tierras y Aguas, el Fondo de Desarrollo y las Áreas
de Desarrollo Indígena, las becas indígenas, el desarrollo de las
comunidades, el acceso a la vivienda y la asistencia jurídica gratuitas. Cada
gobierno, en su momento, ha reiterado la necesidad de lograr el
reconocimiento de los pueblos indígenas, de su carácter singular y su aporte
a la pluralidad y diversidad, considerando una obligación la preservación de
las culturas indígenas y su plena incorporación al proceso de crecimiento y
desarrollo económico, anunciando la entrega de tierras y derechos de
aprovechamiento de aguas a familias indígenas.
7

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

Sin embargo, el gran desafío del Estado hoy día en relación con los pueblos indígenas, va en
la dirección no sólo de lograr la consolidación de los plenos derechos y el reconocimiento
constitucional, sino la superación de la pobreza y la marginalidad. Todavía existen tareas pendientes
al momento de vincular a los pueblos indígenas con inversiones sociales como la educación, la
mejor asistencia sanitaria, vivienda o la generación de empleo para las personas pobres,
especialmente las mujeres. La brecha de pobreza en Chile, afecta en casi al doble a los indígenas
respecto de la población no indígena. Aún se debe hacer un esfuerzo para que las políticas sociales
beneficien a los miembros más pobres de la sociedad.
¿Cómo calcular y cómo pagar una deuda histórica que se consolidó en un “mercado pasado”
y que, a precios de un “mercado presente”, es inconmensurable? Adoptar decisiones según una
racionalidad de mercado, no incorpora adecuadamente los costos sociales, culturales, históricos y
ambientales implicados. El convencimiento que ha imperado en los años noventa en Chile, asegura
que se requiere contar con una institucionalidad pública que se ocupe de los aspectos que el
mercado no incorpora, de modo que se logre un real proceso de equidad social. Esto es
particularmente crítico en el caso de la población indígena, cuya situación comparativa es
claramente desventajosa en términos de ingresos, salarios, educación y salud.
Por otro lado, el imaginario del desarrollo recién empieza a rescatar a los pueblos indígenas
como actores en pleno rango. En el pasado el tema indígena en Chile fue interpretado desde una
visión más funcionalista o desarrollista, donde siempre los indígenas aparecían caracterizados
negativamente. Se sostenía que los mapuches “no se comprometen” en el proceso de crecimiento
nacional y “no quieren percibir que éste les aporta grandes beneficios”. Tal afirmación hizo que, al
menos hasta 1990, no se tomara en cuenta su opinión ni su participación, justificando acciones en
que “lo indígena” se daba como un objeto a moldear desde fuera. De modo que los indígenas no
sólo fueron los más pobres entre los pobres, sino también los menos ciudadanos. Y con frecuencia
se pensó que para sacarlos de la pobreza era necesario mantenerlos pasivos en lo referido a la
ciudadanía. Vale decir, que era necesario homogeneizar a los indígenas para lograr otorgarles un
“beneficio” único, lineal y equivalente en todo momento y circunstancia. Desde este punto de vista,
se puede plantear que en Chile no se ha dado una política pública específica para pueblos indígenas,
ante todo son visualizados como pobres más que como pueblos diferenciados.
Todo lo anterior tiene sus raíces en la historia, en la que Chile se ha orientado hacia un
indigenismo asimilacionista y enfocado en la supresión de las diferencias. En este modelo, la
construcción de una “patria común” se conforma a imagen y semejanza del grupo que se asume
como portador del proyecto hegemónico. Desde esta óptica, el cambio cultural dirigido no sólo
resulta lógico, sino también necesario. Lo que preocupa es que este tipo de cambio representa la
pérdida de patrimonios territoriales y la imposibilidad de consolidar autonomías e identidades
propias. Todo ello se ha materializado en muchas décadas, consolidando una visión del mundo
indígena como un universo constituido sólo de carencias, y que debe ser mejorado hasta que se
parezca a la media nacional. Es tiempo que se advierta que la heterogeneidad del campo social
existe y que “lo indígena” constituye una categoría social, histórica, territorial, cultural y económica
diferenciada.
En este contexto histórico, y ante la inflexión de un presente en que el tema indígena irrumpe
tanto desde los propios movimientos sociales como en la política pública, es necesario enfatizar que
la cuestión indígena debe abordarse tanto desde el lado de la equidad como de la ciudadanía.
Superar la exclusión social y participar de la esfera política son dos caras complementarias, sobre
todo cuando los propios indígenas entienden que la exclusión es lo que les impide expresarse como
pueblo, con identidad y demandas propias. Por lo mismo, el presente trabajo intenta presentar el
panorama desde ambos lados -equidad y ciudadanía-.

8

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

I.

Inequidad y población indígena

En los últimos diez años, los instrumentos estadísticos han
estado incorporando de manera gradual la variable indígena en las
estadísticas sociodemográficas y socioeconómicas, a fin de contar con
información para orientar las políticas públicas y los programas
sociales respectivos. Es el caso de los Censos de Población y Vivienda
de 1992 y 2002 y de las Encuestas de Caracterización Socioeconómica
Nacional (CASEN) de 1996 y 2000. Además, por primera vez en 1996
se incorporó en la Encuesta CASEN, una pregunta para determinar la
pertenencia étnica de los encuestados a alguno de los ocho pueblos
originarios reconocidos por la Ley Nº 19.253. Lo mismo sucedió con
la CASEN 2000.
Esta encuesta permite hacer estimaciones a escala nacional y
regional. Sin embargo, como la población que pertenece a algunos de
los pueblos indígenas es minoritaria, y como además no presenta una
distribución espacial homogénea a lo largo del territorio, resulta difícil
hacer una estimación precisa del número de personas pertenecientes a
alguno de dichos grupos. Esto se explica por el tipo de diseño muestral
utilizado, instrumento que está basado en el cálculo de proporciones y
no de números absolutos. En razón de esta complicación, tanto para
1996 como para el 2000 se buscó aumentar la representatividad de la
muestra en aquellas zonas en las que se concentra mayor población
indígena. Lo anterior se traduce en que la CASEN arroja resultados
estadísticamente confiables, para describir a la población indígena en
términos socioeconómicos, pero no es posible usar sus resultados para
determinar el total de esta población. Esta situación impide hacer un
análisis región por región, debido a la escasa proporción de población
indígena que queda incluida en la muestra.
9

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

A.

Estimaciones de población indígena

La Encuesta CASEN (1996 y 2000), formula una misma pregunta: “En Chile la ley reconoce
la existencia de 8 pueblos originarios o indígenas, ¿Pertenece Ud. a alguno de ellos?”. Las
alternativas de respuesta incluyen a los aymará, rapanui, quechua, mapuche, atacameño, colla,
kawashkar y yagán. La sola diferencia es que, para el año 2000, la CASEN agregó una segunda
pregunta que buscaba evitar que personas que no lo sean se declaren como indígenas. De esta
manera, al criterio de pertenencia se suma otro lingüístico de modo que el segundo actúa como
“filtro” para disminuir el sesgo muestral. Dicha pregunta se refiere a sí “¿Algún miembro del hogar
habla o entiende alguna de las siguientes lenguas?”. El cuadro 1 indica que un alto porcentaje
(72,2%), no habla ninguna lengua originaria y sólo un 14% de esta población, las habla y las
entiende.
Cuadro 1

POBLACIÓN INDÍGENA SEGÚN MANEJO DE LA LENGUA
Algún miembro del hogar habla o entiende alguna lengua originaria
Habla y entiende
Sólo entiende
Ninguna
Total

Nº
93.187
91.881
481.060
666.128

%
14,0
13,8
72,2
100,0

Fuente: MIDEPLAN, Encuesta CASEN 2000

La CASEN hace mención a la ley indígena, factor fundamental a ser considerado ya que hoy
es el único mecanismo de reconocimiento de los pueblos indígenas de Chile. Como se sabe, dicho
cuerpo legal establece el carácter de indígena a una persona si es hijo de padre o madre indígena, si
posee al menos un apellido indígena o si mantiene rasgos culturales propios de un grupo étnico.
Sin embargo, la CASEN utiliza una muestra representativa de la población nacional y no una
muestra representativa de la población indígena, lo cual explica las diferencias de cifras absolutas
respecto de los resultados entregados por el Censo de 1992. En suma, si bien debe entenderse como
relativo el dato sobre el total de población indígena —ya que no es posible estimarlo como número
absoluto—, sin embargo la CASEN sí entrega antecedentes que permiten hacer su caracterización
socioeconómica.
Un intento por cuantificar la población indígena nacional se realizó a través del Censo de
Población y Vivienda de 1992, que incluyó como indicador la pertenencia a grupos étnicos, con el
criterio de la autoidentificación o autoadscripción reflejado en la siguiente pregunta: “Si usted es
chileno, ¿se considera perteneciente a alguna de las siguientes culturas?: mapuche, aymará,
rapanui o ninguna de las anteriores”. Esta pregunta arrojó como resultado la existencia de 998.385
personas de 14 años y más que se autoadscribieron a alguno de los tres grupos étnicos incluidos en
el cuestionario censal. Como era de esperar, este dato no es del todo confiable, pues la
determinación de la pertenencia a grupos étnicos no parece ser tan simple de medir como para
hacerlo a través de una sola pregunta. Al mismo tiempo, esta pregunta hablaba de “cultura” y no de
pueblo indígena. El uso del término cultura, en el sentido común, aparece mucho más genérico que
el de pueblo. Por ello es que, probablemente, muchos creyeron pertenecer a la “cultura” mapuche,
rapanui o aymará, sin ser necesariamente miembros de estos respectivos grupos étnicos.
En consecuencia, la Encuesta CASEN opera de manera distinta al Censo. La CASEN indaga
sobre un número mayor de pueblos indígenas, al mismo tiempo que se aplica a toda la población,
incluidos los menores de 14 años. En la CASEN la formulación de la pregunta lleva implícita una
mayor amplitud que la del Censo, porque éste hablaba de cultura y no de pueblos indígenas.
Además, la CASEN hace mención a la ley indígena en el encabezado de la pregunta, lo que es
fundamental ya que hoy es el único mecanismo de reconocimiento de los pueblos indígenas de
Chile. De este modo, la CASEN arrojó como resultado un total de 635.376 y 666.319 personas
10

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

pertenecientes a alguno de los ocho pueblos indígenas de Chile para 1996 y 2000, respectivamente
(ver cuadro 2). En suma, si bien debe entenderse como relativo el dato sobre el total de población
indígena -ya que no es posible estimarlo como número absoluto-, la CASEN sí entrega estimaciones
válidas de la distribución porcentual de las principales variables de la encuesta en este grupo de la
población, por tanto valida básicamente la caracterización socioeconómica posible de hacer a partir
de ella.
Cuadro 2

COMPOSICIÓN DE LA POBLACIÓN INDÍGENA POR GRUPO ÉTNICO
Grupo étnico

1996

2000

Nº
Mapuche
Aymará
Atacameño
Rapanui
Colla
Quechua
Yagán
Kawashkar
Total

%

Nº

%

517.125
90.527
9.988
7.720
5.467
3.436
975
138
635.376

81,39
14,25
1,57
1,22
0,86
0,54
0,15
0,02
100,0

570.116
60.187
8.171
2.671
5.325
15.210
667
3.781
666.128

85,6
9,0
1,2
0,4
0,8
2,3
0,1
0,6
100,0

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000.

El marco muestral de la encuesta CASEN se basa en los antecedentes del Censo de 1992,
tanto en lo referido a material cartográfico, como información de población y vivienda. Además, se
complementa con antecedentes de las municipalidades sobre las nuevas construcciones surgidas a
partir de 1992, especialmente en aquellas comunas con crecimiento post-censal significativo.
Respecto del universo, la CASEN representa a la población que habita en hogares particulares del
país, excluyéndose las zonas de difícil acceso. El tamaño de la muestra para los años de interés se
muestra en el cuadro 3 a continuación1:
Cuadro 3

COBERTURA MUESTRAL DE ENCUESTA CASEN
Área Geográfica

Número de hogares
1996
2000

Urbana
Rural
Total

24.862
8.774
33.636

38.338
26.698
65.036

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000.

Sobre la base de estos antecedentes, para 1996 y 2000, la CASEN arrojó los siguientes
resultados:

1

La definición de urbano/rural, no tiene variaciones entre las CASEN 1996 y 2000. Es la misma clasificación que utilizó el INE en los
dos últimos censos. Por urbano se entiende el conjunto de viviendas concentradas con más de 2 mil habitantes, con el 50 % de su
población económicamente activa dedicada a actividades secundarias y/o terciarias. Por rural se entiende al conjunto de viviendas
concentradas o dispersas con mil habitantes o menos, con menos del 50 % de su población económicamente activa dedicada a
actividades secundarias y/o terciarias.

11

Región
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
RM
Total

Población no indígena
1996
2000
Nº
325.885
419.237
241.348
529.140
1.445.341
726.691
862.251
1.778.727
574.285
891.183
76.839
137.650
5.568.096
13.576.673

%
89,9
97,2
97,6
99,0
98,3
98,6
99,4
96,7
70,5
89,3
93,0
96,1
97,6
95,4

Nº
329.197
441.305
262.991
560.203
1.532.051
773.178
891.964
1.862.233
631.746
927.689
80,504
138.959
5.905.414
14.337.434

Población indígena
1996
2000
%
84,8
97,4
99,3
99,0
99,3
99,3
99,0
97,0
74,4
89,1
91,6
93,7
97,4
95,6

Nº
35.625
11.832
5.852
2.826
21.372
9.635
3.920
56.509
239.325
106.913
5.770
5.605
130.192
635.376

%
9,8
2,8
2,4
0,6
1,5
1,3
0,5
3,1
29,4
10,7
7,0
3,9
2,3
4,5

Nº
58.893
11.768
1.811
5.709
10.094
5.111
8.823
58.577
217.362
113.380
7.402
9.337
158.052
666.319

Total país
1996
%
15,2
2,6
0,7
1,0
0,7
0,7
1,0
3,0
25,6
10,9
8,4
6,3
2,6
4,4

Nº
362.680
431.118
247.205
534.336
1.470.378
737.356
867.369
1.839.013
814.460
998.096
82.609
143.255
5.704.369
14.232.244

2000
%
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100

Nº
388.090
453.073
264.802
565.912
1.542.145
778.289
900.787
1.920.810
849.108
1.041.069
87.906
148.296
6.063.466
15.003.753

%
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100
100

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000.

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

12

Cuadro 4

COMPOSICIÓN DE LA POBLACIÓN EN CHILE SEGÚN PERTENENCIA ÉTNICA Y REGIONES

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

La variación experimentada en cifras absolutas para algunos pueblos considerados tanto en la
CASEN 1996 como 2000, requieren un chequeo posterior. Es el caso de la población aymará que en
el período analizado muestra una diferencia de un poco más de 30 mil personas. Lo mismo puede
decirse de la disminución de población rapanui y, lo más evidente, el impresionante incremento de
la población kahashkar. Según cifras proporcionadas por la Oficina de Asuntos Indígenas de Punta
Arenas, dependiente de CONADI, aquí podría existir un error en la CASEN 2000.

B.

Incidencia de la pobreza en población indígena y no indígena

Las estimaciones de pobreza hechas a través de la CASEN, se han realizado mediante el
llamado método de ingreso, basado en el cálculo de la línea de pobreza. Ésta se determina con el
ingreso mínimo requerido en un hogar para satisfacer las necesidades básicas de sus integrantes.
Según los resultados de la CASEN de 1996, el 35,6% de la población indígena chilena vivía en
condición de pobreza, al mismo momento en que para la población no indígena la pobreza le
afectaba a sólo un 22,7% (ver cuadro 5). Es decir, ese año existía una brecha de 12,9 puntos
porcentuales. Particularmente importante era la distancia en el nivel de indigencia entre ambos
conglomerados de población, dado que los indígenas duplicaban a los no indígenas.
Cuadro 5

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA SEGÚN LÍNEA DE POBREZA
Población indígena
1996
2000
Indigente
Pobre no indigente
No pobre
Total

10,6
25,0
64,4
100,0

11,0
21,3
67,8
100,0

Población no Indígena
1996
2000
5,5
17,2
77,3
100,0

5,4
14,7
79,9
100,0

Total país
1996
2000
5,7
17,5
76,8
100,0

5,7
14,9
79,4
100,0

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000.
Nota: se excluye servicio doméstico puertas adentro y su núcleo familiar

Para el año 2000 esta situación no varió sustancialmente. La evolución de la pobreza indígena
muestra que ésta aumentó en seis regiones, en tanto que para la población no indígena sólo se
incrementó en la Región Metropolitana (ver cuadro 6 y gráfico 1). La brecha de pobreza entre
población indígena y no indígena se ha mantenido, ya que para 1996 ésta era de 12,9% y en el año
2000 apenas se redujo a 12,2%. En la Cuarta, Sexta y Duodécima regiones, la pobreza crece a casi
al doble, mientras que en la Novena Región, si bien se trata de un “aumento leve”, no se debe
olvidar que allí se han focalizado las inversiones más cuantiosas en los últimos años y se ha
desplegado el mayor esfuerzo político por resolver el llamado conflicto indígena. Es probable que
los fuertes incrementos en los índices de pobreza para la Cuarta y la Sexta regiones, estén asociados
a la migración de mano de obra indígena a sectores de fruticultura y mercado del trabajo temporal y
precario. De cualquier manera, es claro que la pobreza afecta más a los grupos étnicos que al resto
de la población. Para 1996, se destaca el caso extremo de la Octava, Décima y Novena regiones con
un 52,3%, 43,2% y 41,6% de pobreza, respectivamente, y el no menos significativo 34% de pobreza
indígena en la Primera Región.

13

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile
Cuadro 6
2

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA SEGÚN LÍNEA DE POBREZA, POR REGIÓN
Regió
n

Población indígena
Pobres
No pobres

Población no indígena
Pobres
No pobres

Total País
Pobres

No pobres

1996

I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
RM
Total

2000

1996

2000

1996

2000

1996

2000

1996

2000

1996

2000

34,0
21,0
34,2
27,0
10,3
14,7
30,7
52,3
41,6
43,2
36,6
15,6
19,6
35,6

31,6
12,9
12,3
49,4
17,3
35,3
15,6
31,7
42,1
34,9
25,7
30,4
20,5
32,3

66,0
79,0
65,8
73,0
89,7
85,3
69,3
47,7
58,4
56,8
63,4
84,4
80,4
64,4

68,4
87,1
87,7
50,5
82,8
64,7
84,4
68,3
57,9
65,1
74,3
69,7
79,6
67,7

20,3
16,5
26,3
30,3
22,4
26,6
32,5
33,3
34,3
30,9
20,8
13,3
14,7
22,7

18,9
13,9
23,7
24,9
19,2
20,6
25,4
26,9
29,4
23,4
13,3
9,6
16,0
20,1

79,7
83,5
73,7
69,7
77,6
73,4
67,5
66,7
65,7
69,1
79,2
86,7
85,3
77,3

81,1
86,1
76,3
75,1
80,8
79,5
74,6
73,1
70,6
76,6
86,7
90,4
84,0
79,9

21,6
16,6
26,5
30,5
22,2
26,4
32,5
33,9
36,4
32,2
21,9
13,3
14,8
23,2

20,9
13,9
23,7
25,2
19,2
20,7
25,3
27,1
32,7
24,7
14,4
10,9
16,1
20,6

78,4
83,4
73,5
69,5
77,8
73,6
67,5
66,1
63,6
67,8
78,1
86,7
85,2
76,8

79,1
86,1
76,4
74,8
80,8
79,4
74,7
72,9
67,3
75,3
85,7
89,1
83,4
79,4

Fuente: MIDEPLAN: Encuestas CASEN 1996 y 2000.
Nota: las columnas caratuladas como “pobres”, incluye a “indigentes” y “pobres no indigentes”
Gráfico 1

POBLACIÓN INDÍGENA Y TOTAL PAÍS, SEGÚN LINEA DE POBREZA POR REGIÓN
(%)

I

II

III

1996 Indígenas

IV

V

VI

2000 Indígenas

VII

VIII

IX

X

2000 Población total

XI

XII

RM

Total

1996 Población total

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 Y 2000.

La desagregación de la información de la CASEN 1996 según los ocho pueblos consultados,
permitió constatar que en promedio, para 1996, los mapuches eran los más afectados por la pobreza,
con un 38,4% de incidencia (ver cuadro 7). Comparado esto con las cifras de población no indígena,
se observa una brecha de 15,7 puntos.

2

14

Algunas cifras del cuadro requieren de aclaración posterior. Es el caso del inusual incremento de la pobreza indígena en las regiones
Cuarta, Sexta y Duodécima. Lo mismo respecto de la abrupta disminución de este porcentaje en la Octava Región.

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76
Cuadro 7

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA, POR GRUPO ÉTNICO SEGÚN LÍNEA DE POBREZA
Pobres

No pobres

1996

1996

38,4
23,7
29,3
12,3
13,9
27,1
12,3
17,0
22,7

Mapuche
Aymará
Atacameño
Rapanui
Colla
Quechua
Yagán
Kawashkar
No indígena

2000
32,9
32,7
19,2
14,4
7,5
25,8
0,0
41,9
20,1

61,6
76,3
70,7
87,7
86,1
72,9
87,7
83,0
77,3

2000
67,1
67,3
80,8
85,6
92,5
74,2
100,0
58,1
79,9

Fuente: MIDEPLAN, Encuesta CASEN 2000

Los pueblos que evidencian una pobreza mayor al promedio de la población no indígena son
sólo cuatro (mapuche, atacameño, quechua y aymará); pero ellos son el componente más numeroso
(97,8%) de los indígenas del país. La información disponible muestra, pues, que en el conjunto de
los pobres a escala nacional existe un subconjunto, caracterizado por su etnicidad, cuya incidencia
de pobreza es más aguda que la que aplica para el promedio de la población nacional. Los
elementos que contribuyen a que exista esta brecha tan significativa entre indígenas y no indígenas,
pueden ser designados como “factores económicos culturalmente determinados”, entre los cuales
podrían mencionarse el ingreso, el acceso a la educación, la capacitación de la mano de obra
indígena o su inserción laboral preferentemente en mercados informales. Probablemente pueda
deberse también a situaciones de discriminación hacia esta población, lo cual lleva a la necesidad de
identificar variables socioculturales asociadas a la pobreza en el país.
Lo anterior cobra sentido al momento de examinar la distribución de la población indígena
según quintil de ingreso autónomo3. Se observa el alto porcentaje que se concentra en los dos
quintiles más pobres (65,2%), situación que contrasta con la población no indígena que agrupa en
los dos primeros quintiles, sólo el 44,1% de personas (ver cuadro 8). Más de dos tercios de los
indígenas en Chile aparecen ubicados en los estratos más pobres, cuestión que no afecta con la
misma fuerza al resto de la población.
Cuadro 8

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA SEGÚN QUINTIL DE INGRESO AUTÓNOMO
Quintil
I
II
III
IV
V
Total

Población indígena
1996
2000
42,42
22,79
16,60
11,93
6,27
100,00

41,2
24,1
17,4
11,4
5,8
100,00

Población no Indígena
1996
2000
22,08
22,02
20,00
18,89
17,02
100,00

22,7
22,4
20,4
18,2
16,3
100,00

Total país
1996
2000
22,97
22,09
19,83
18,59
16,52
100,00

23,5
22,5
20,3
17,9
15,8
100,00

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996/2000
Nota: se excluye servicio doméstico puertas adentro y su núcleo familiar

Si bien la evolución de la pobreza y la indigencia en Chile en la última década y media
muestra una clara tendencia a su disminución, el éxito es menos claro en relación al conjunto de los
pueblos indígenas chilenos. Hasta el año 2000, todavía existía un 32,3% de indígenas pobres en
Chile. Desde el punto de vista de la línea de la pobreza y de la distribución del ingreso, aparece con
claridad la cuestión étnica de esta situación. En síntesis, un indicador específico de la focalización
inadecuada del gasto social en Chile en los últimos años, es el incremento de la indigencia indígena
3

Los ingresos autónomos corresponden a los ingresos provenientes de la posesión de factores productivos, es decir, a sueldos, salarios,
jubilaciones, rentas, utilidades e intereses.

15

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

(aún así sea sólo en 0,4%) en el período 1996/2000, misma situación que para población no
indígena, disminuyó casi inapreciablemente.
El cuadro anterior es elocuente al mostrar la elevada proporción de indígenas en el primer
quintil y el bajo porcentaje que se ubica en el quinto quintil. Aún más ilustrativa es la información
presentada según deciles de ingreso autónomo. Se evidencia que en el período considerado, la
población indígena incorporada en los cinco primeros deciles, aumentó de 73,5 en 1996 a 76,2 en el
2000, es decir, un porcentaje mayor de gente se concentra en los estratos más pobres de la sociedad
y con una tendencia creciente (ver cuadro 9).
Cuadro 9

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA SEGÚN DECIL DE INGRESO AUTÓNOMO NACIONAL
Decil
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
Total

Población indígena
1996
2000
25,7
16,7
13,0
9,8
8,3
8,3
6,8
5,1
3,0
3,3
100,0

24,7
16,5
13,7
10,4
10,9
6,5
6,6
4,8
3,5
2,3
100,0

Población no indígena
1996
2000
10,7
11,4
11,1
11,0
10,4
9,5
9,5
9,4
8,7
8,3
100,0

Total país
2000

11,4
11,6
11,2
10,9
10,3
9,5
9,4
9,2
8,5
8,1
100,00

11,0
11,7
11,6
10,8
10,7
9,8
9,2
9,0
8,4
7,8
100,0

1996

11,6
11,9
11,7
10,8
10,7
9,6
9,1
8,8
8,2
7,6
100,0

Fuente: MIDEPLAN: Encuestas CASEN 1996 y 2000.

Si se presenta esta misma información desagregada por zona urbana o rural, se constata que
la pobreza es proporcionalmente mayor en el sector rural que en el urbano. El cuadro 10 muestra
que en zonas urbanas la pobreza indígena llega a 30%, mientras que en el campo se eleva 36,1%, es
decir, una diferencia significativa si se compara con los porcentajes referidos a población no
indígena, que muestra un 19,7% de pobreza urbana y un 22,2% de pobreza rural, respectivamente.
Cuadro 10

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA SEGÚN ZONA Y LÍNEA DE POBREZA
Población
indígena

Población no
indígena

Urbano

Indigente
Pobre no indigente
No pobre
Total

8,7
21,3
70,0
100,0

5,1
14,6
80,2
100,0

Rural

Indigente
Pobre no indigente
No pobre
Total

14,7
21,4
64,0
100,0

7,5
14,7
77,8
100,0

Total

Indigente
Pobre no indigente
No pobre
Total

11,0
21,3
67,7
100,0

5,4
14,7
79,9
100,0

Fuente: MIDEPLAN: Encuesta CASEN 2000

No debe olvidarse que los gobiernos de la Concertación —desde la Ley indígena en 1993 en
adelante— han hecho sus principales esfuerzos por resolver los problemas de pobreza indígena en
las zonas rurales. La asimetría que hoy existe en relación con las asignaciones presupuestarias
hechas al Fondo de Tierras y Aguas y al Fondo de Desarrollo Indígena de CONADI, muestran el
sesgo rural de las políticas aplicadas. Este sesgo campesinista y ruralista de dichas políticas públicas
se ha traducido en que casi el 90% del presupuesto nacional destinado a pueblos indígenas ha ido a
la creación de Áreas de Desarrollo Indígena (ADI), la aplicación de programas de fomento y
16

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

protección a la producción campesina y sus patrimonios y la vivienda rural, entre otros programas.
Al mismo tiempo llama la atención que estas fuertes inversiones no han impactado de manera
significativa en las condiciones de vida y pobreza de los pueblos indígenas, lo que hace pensar que
es necesario formular mejores diagnósticos, como también adecuar el diseño y la aplicación de los
programas a la especificidad étnica de esta población-objetivo.

C.

Ocupación, empleo y distribución del ingreso

Las tasas de ocupación y desocupación en los grupos étnicos, en relación al promedio
nacional, no muestran diferencias relevantes. Como se observa en el cuadro 11, la fuerza de trabajo
no varía sustancialmente en el período analizado, salvo que para el año 2000 ha tendido a crecer la
tasa de inactividad laboral indígena.
Cuadro 11

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA DE 15 AÑOS Y MÁS, POR PARTICIPACIÓN LABORAL
Población indígena
1996
2000
Fuerza de trabajo
Inactivo
Total

57,0
43,0
100,0

54,4
45,6
100,0

Población no indígena
1996
2000
54,4
45,6
100,0

55,6
44,4
100,0

Total país
1996
2000
54,5
45,5
100,0

55,6
44,4
100,0

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000

Es probable que las cifras de participación en el mercado del trabajo sufren de un subregistro
apreciable, especialmente por su vinculación al sector informal de la economía o al trabajo agrícola
y doméstico. De hecho, según la CASEN 2000, el 19,2% de los ocupados indígenas, vive de un
empleo temporal, lo mismo que para los no indígenas, es de un 15,1%. La información disponible,
muestra que el acceso al mercado del trabajo así como la obtención de un empleo, pareciera no
constituir un problema para la población indígena mayor que para el resto de la población chilena.
Sin embargo, al desagregar los antecedentes según rama de actividad e ingreso promedio, se
observan diferencias claras entre indígenas y no indígenas que resultan significativas en el contexto
de la calidad del empleo.
Según las CASEN de 1996 y 2000, la población indígena se concentra preferentemente en el
sector silvoagropecuario, seguido de servicios comunales, sociales y personales, comercio e
industria manufacturera. Si se comparan estos datos con los antecedentes referidos a la población no
indígena, se observa que, a este nivel, la ocupación que tiene mayor frecuencia es el sector servicios
comunales, sociales y personales, seguido por comercio y el sector silvoagropecuario y/o
agricultura (ver cuadro 12).

17

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile
Cuadro 12

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA POR RAMA DE ACTIVIDAD
Rama de actividad

Población indígena

Población no indígena

Total país

1996

2000

1996

2000

1996

2000

Agricultura, caza, silvicultura y
pesca

38,5

28,6

14,3

13,8

15,4

14,4

Explotación de minas y
canteras

1,3

0,9

1,9

1,6

1,9

1,6

Industria manufacturera

10,6

13,6

14,9

13,6

14,8

13,6

Electricidad, gas y agua

0,3

0,3

0,7

0,9

0,7

0,9

Construcción

8,5

8,8

8,7

8,0

8,7

8,0

Comercio por mayor y menor

12,7

17,7

18,9

18,9

18,6

18,9

Transporte, almacenamiento y
comunicaciones

4,5

6,1

7,1

7,4

7,0

7,3

Establecimientos financieros,
seguros, bienes inmuebles

1,9

2,8

6,5

7,5

6,3

7,3

Servicios comunales, sociales
y personal

21.4

21,1

26,3

28,1

26,1

27,8

Total

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

100,0

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000.

Al diferenciar lo anterior según la variable sexo, se constata que los hombres indígenas
rurales trabajan preferentemente en la agricultura, y los urbanos en actividades asociadas a la
industria, comercio y construcción. La mujer indígena, en tanto, trabaja principalmente en labores
vinculadas al mercado del trabajo urbano, es decir, servicios, comercio e industria. Sólo
marginalmente la mujer aparece asociada a las labores agrícolas (ver cuadro 13). Es decir, sólo en
dos sectores (servicios y comercio) se agrupa casi el 70% de la fuerza de trabajo femenina indígena.
En este punto cobra especial importancia el trabajo doméstico femenino en los sectores urbanos.

18

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76
Cuadro 13

DISTRIBUCIÓN OCUPACIONAL POR SEXO Y POBLACIÓN INDÍGENA-NO INDÍGENA
Rama de actividad

Población
indígena

Población
no indígena

Total
país

Hombre
Agricultura, caza, silvicultura y
pesca
Explotación de minas y canteras
Industria manufacturera
Electricidad, gas y agua
Construcción
Comercio por mayor y menor
Transporte, almacenamiento y
comunicaciones
Establecimientos financieros,
seguros, bienes inmuebles
Servicios comunales, sociales y
personal
Total

36,4

18,3

19,1

1,2
14,6
0,4
12,6
13,5
7,3

2,4
15,3
1,3
12,0
15,9
10,1

2,4
15,2
1,2
12,0
15,8
9,9

2,8

7,0

6,8

10,9

17,6

17,3

100,0

100,0

100,0

12,0

5,9

6,1

0,0
11,6
0,0
0,6
26,6
3,5

0,2
10,6
0,2
1,0
24,3
2,7

0,2
10,7
0,2
1,0
24,4
2,7

2,8

8,2

8,0

42,8

46,5

46,4

100,0

100,0

100,0

Mujer
Agricultura, caza, silvicultura y
pesca
Explotación de minas y canteras
Industria manufacturera
Electricidad, gas y agua
Construcción
Comercio por mayor y menor
Transporte, almacenamiento y
comunicaciones
Establecimientos financieros,
seguros, bienes inmuebles
Servicios comunales, sociales y
personal
Total

Fuente: MIDEPLAN, Encuesta CASEN 2000.

Sin embargo, donde se observan las diferencias sustantivas más importantes entre
trabajadores indígenas y no indígenas, es en el ingreso promedio visto según rama de actividad. El
ingreso promedio para indígenas alcanzó en 1996 a $120.665 mientras que la población no indígena
llegó a un promedio notablemente superior de $217.916. Lo mismo para el año 2000, en que el
ingreso indígena llegó a $175.210 como promedio y a $302.636 para no indígenas (ver cuadro 14).
Se observa en dicho cuadro que en la agricultura se concentra el mayor porcentaje de mano de obra
indígena en 1996, y que el valor del ingreso promedio de la población no indígena casi duplica al de
la población indígena. Algo parecido sucede en las restantes ramas de actividad. Para los datos del
año 2000, se mantiene la misma lógica.

19

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile
Cuadro 14

INGRESO PROMEDIO DE LA POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA, SEGÚN RAMA DE ACTIVIDAD
Rama de actividad
Agricultura, caza, silvicultura y
pesca
Explotación de minas y canteras
Industria manufacturera
Electricidad, gas y agua
Construcción
Comercio por mayor y menor
Transporte, almacena. y
comunicaciones
Establec.financieros,seguros,
bienes Inmuebles
Servicios comunales, sociales y
personal

Total

Población Indígena
1996
2000

Población No Indígena
1996
2000

Total país
1996
2000

66.800

119.159

128.589

231.838

122.585

223.063

191.213
130.869
142.131
139.680
171.730
206.635

403.731
204.080
245.644
183.013
176.407
280.536

331.888
210.849
282.782
220.529
206.340
260.489

505.662
314.113
343.841
257.044
276.361
314.832

327.575
208.338
280.213
217.028
205.372
258.997

503.361
309.552
342.280
253.810
272.669
313.674

258.256

239.772

440.908

580.935

438.440

575.449

124.380

171.833

199.008

267.317

196.358

264.279

120.665

175.210

217.916

302.636

213.900

297.534

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000.

A lo anterior, se sobrepone la ya clásica diferenciación salarial de género. En una misma
columna, pero esta vez diferenciado por sexo, se aprecian considerables diferencias de ingreso
promedio mensual (ver cuadro 15). Nótese, por ejemplo, que un trabajador indígena en servicios
gana bastante más que una trabajadora indígena. Más aún, al comparar a hombres con hombres y a
mujeres con mujeres, se hace claro el contraste entre ingresos de indígenas y no indígenas, en
detrimento de los primeros.
Cuadro 15

INGRESO PROMEDIO DE LA POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA,
SEGÚN SEXO Y RAMA DE ACTIVIDAD
Rama de actividad

Población
indígena

Población no
indígena

Total

Agricultura, caza, silvicultura y pesca
Explotación de minas y canteras
Industria manufacturera
Electricidad, gas y agua
Construcción
Comercio por mayor y menor
Transporte, almacenamiento y comunicaciones
Establecimientos financieros, seguros, bienes
inmuebles
Servicios comunales, sociales y personal
Total

122.912
406.955
234.754
251.620
185.800
184.968
305.995
250.198

246.690
502.587
355.684
357.879
254.910
331.132
312.860
764.254

236.739
500.361
350.627
356.140
251.825
325.747
312.641
754.660

247.373
192.410

355.103
349.645

352.063
342.932

Agricultura, caza, silvicultura y pesca
Explotación de minas y canteras
Industria manufacturera
Electricidad, gas y agua
Construcción
Comercio por mayor y menor
Transporte, almacenamiento y comunicaciones
Establecimientos financieros, seguros, bienes
inmuebles
Servicios comunales, sociales y personal
Total

88.776
158.753
122.710
87.717
69.348
166.144
163.514
215.375

140.748
573.918
207.439
200.741
301.298
210.351
328.261
303.595

137.520
571.049
204.006
199.809
295.915
208.714
320.603
302.523

130.865
137.782

209.195
218.840

206.517
215.983

Hombre

Mujer

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 2000

Si tomamos como índice 100 a la población no indígena, se hace muy palpable el contraste
con la población indígena y la brecha en ingresos. El cuadro 16 lo muestra para los años 1996 y
2000, donde queda clara la rigidez distributiva y, en algunos casos -como en el sector comercio-,
evidencia una expansión de la brecha.
Cuadro 16

20

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

INGRESO PROMEDIO DE LA POBLACIÓN INDÍGENA COMO PORCIÓN
DE LA NO INDÍGENA, SEGÚN RAMA DE ACTIVIDAD
Rama de actividad

Población no indígena
1996 y 2000

Población indígena
1996
2000

Agricultura, caza, silvicultura y pesca
Explotación de minas y canteras
Industria manufacturera
Electricidad, gas y agua
Construcción
Comercio por mayor y menor
Transporte, almacenamiento y comunicaciones
Establecimientos financieros, seguros, bienes
inmuebles
Servicios comunales, sociales y personal

100,0
100,0
100,0
100,0
100,0
100,0
100,0
100,0

51,9
57,6
62,0
50,2
63,3
83,2
79,3
58,5

51,4
79,8
65,0
71,4
71,2
63,8
89,1
41,3

100,0

62,5

64,3

Total

100,0

55,3

57,9

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000.

La situación presentada tiende a producirse típicamente entre aquellas personas que ingresan al
mercado del trabajo con baja o escasa calificación y nivel educacional, tal como es el caso de un número
importante de trabajadores indígenas. Al mismo tiempo, se trata preferentemente de actividades de baja
productividad o de labores insertas en la dinámica de la economía campesina indígena, todo lo cual
constituye un elemento característico del sector informal de la economía. Así, se reproduce un modelo
en el cual los ingresos medios son menores frente a aquellos trabajadores que ingresan al sector formal
de la economía, aún teniendo igual calificación o nivel educacional.
En resumen, existen importantes diferencias de salario entre indígenas y no indígenas, incluso en
un mismo oficio o nivel de productividad, en detrimento de los primeros. Además los indígenas padecen
con más fuerza la precariedad del empleo y el trabajo sin contrato ni derechos laborales. Todo esto
contribuye, junto a brechas educacionales y de calificación, a la “pobreza étnica” y a la discriminación
por motivos étnicos. Falta todavía que las políticas públicas para pueblos indígenas en Chile se aboquen
con fuerza a reparar estas brechas.

D.

Desigualdades en educación

Las significativas diferencias de ingresos entre indígenas y no indígenas, se observan también en
materia de educación. De acuerdo a los resultados de la CASEN 1996, el promedio de escolaridad de la
población indígena era de 7,8 años, inferior en 2,2 años al observado en la población no indígena que
alcanzaba a 9,5 años.
En relación con el analfabetismo entre los indígenas, en 1996 se observó una tasa que alcanzó al
10%, cifra muy superior a la registrada por la población no indígena, que en ese momento era de 4,7%
(ver cuadro 17). Para el año 2000, la brecha era menor: 8,4% y 3,8%, respectivamente. En 1996, el
analfabetismo indígena mostraba situaciones extremas en algunos puntos del país: 25,9% en Putre,
22,9% en Colchane o 19,4% en Puerto Saavedra, es decir, zonas aymará y mapuche.
Cuadro 17

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA, SEGÚN ANALFABETISMO
Sabe leer y escribir

Población indígena
1996
2000

Población no indígena
1996
2000

Sí
No
Total

89,9
10,1
100,0

95,3
4,7
100,0

91,6
8,4
100,0

96,2
3,8
100,0

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000

Confirmando lo anterior, si se observa el cuadro 18 se constata que la tasa de analfabetismo
varía según tramos de edad y sexo. Al desagregar a la población en cuatro grandes tramos de edad,
21

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

se comprueba que la tasa de analfabetismo es más elevada a mayor edad y, aún más, para el caso de
la población indígena femenina. Aún así, a pesar de presentar porcentajes bajos de analfabetismo en
la población entre 15 y 35 años de edad, se mantienen por sobre el promedio nacional (1,6%). Por
último, es importante destacar que tratándose de población no indígena de 36 y más años, el
porcentaje a nivel nacional llega sólo a un 7,6%, en contraste con el 19,2% en la población
indígena. Quien menos lee y escribe en todos los tramos de edad, es la mujer indígena. Se debe
observar el caso de la mujer de 60 y más años, cuyo analfabetismo según la CASEN 2000, llegó al
38,6%, en comparación con el 12,5% evidenciado para las mujeres no indígenas en el mismo tramo
de edad.
Cuadro 18

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA DE 15 AÑOS Y MÁS,
SEGÚN EDAD, SEXO Y SABE LEER Y ESCRIBIR
Tramos de
edad
15 a 29 años

Sexo
Hombre
Mujer

30 a 44 años

Hombre
Mujer

45 a 59 años

Hombre
Mujer

60 y más
años

Hombre
Mujer

Total

Hombre
Mujer

Sabe leer y
escribir

Población
indígena
%

Población no
indígena
%

Sí
No
Sí
No
Sí
No
Sí
No
Sí
No
Sí
No
Sí

98,6
1,4
98,2
1,8
96,8
3,2
94,9
5,1
88,6
11,4
85,5
14,5
78,1

98,9
1,1
99,2
0,8
97,5
2,5
97,9
2,1
95,5
4,5
95,5
4,5
87,9

No
Sí
No

21,9
61,4
38,6

12,1
87,5
12,5

Sí
No
Sí
No

93,7
6,3
89,6
10,4

96,3
3,7
96,2
3,8

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 2000

En cuanto a la deserción escolar de jóvenes indígenas, ésta se comienza a producir a partir de
Octavo Básico (en la barrera de los 13 ó 14 años de edad). Se debe recordar que en la CASEN 1996
la población indígena tiene su mayor representatividad en comunas de alta ruralidad, lo cual,
eventualmente, podría explicar el más temprano retiro de jóvenes desde el sistema educacional,
como consecuencia de su temprana inserción en labores agrícolas. Se debe recordar que, para ese
año, el más alto porcentaje de mano de obra indígena según rama de actividad económica, se
concentra en el área agrícola con un 38,5% del total.
Respecto al nivel de instrucción de la población, y analizando la información de la CASEN
referida al período 1996/2000, destacan dos observaciones. La primera se refiere al mejoramiento
que experimenta la situación educacional en el país, visto desde la perspectiva del nivel de
instrucción. Para población indígena, dicho nivel muestra una evidente mejoría, con la sola salvedad
de la participación de indígenas en la educación superior completa, único tramo que acusa un
retraimiento en el porcentaje de participación (ver cuadro 19). La segunda observación es que si por
un lado el umbral de logros educativos avanza tanto en poblaciones indígenas como no indígenas,
se mantiene la brecha entre estos dos grupos, a favor de los últimos. Para los dos años analizados,
los no indígenas logran terminar en mayor cantidad los distintos niveles de instrucción. La mayor
distancia se verifica entre aquellos que quedan sin estudios, dado que los indígenas duplican esta
condición (ver gráfico 2). Respecto de 1996, la información revela, nuevamente, la disparidad entre
22

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

las columnas referidas a indígenas y no indígenas. Un 8,4% de los primeros no tenía estudios, más
del doble que los segundos. En la educación básica, más de un tercio de los indígenas no terminó y,
los que persisten alcanzan su techo en octavo básico.
Cuadro 19

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA POR NIVEL DE INSTRUCCIÓN
Población indígena
1996
2000
8,4
36,7
13,2
20,2
12,6
3,1
4,3
1,5
100,0

Sin estudios
Básica incompleta
Básica completa
Media incompleta
Media completa
Superior incompleta
Superior completa
Sin datos
Total

Población no indígena
1996
2000
3,8
19,2
11,9
25,5
21,8
7,3
9,2
1,4
100,0

6,3
21,3
14,4
18,7
20,4
5,2
3,3
10,3
100,0

3,1
10,2
11,9
22,1
26,2
7,6
10,8
8,1
100,0

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000
Gráfico 2

PROPORCIÓN DE INDÍGENAS Y NO INDÍGENAS POR NIVEL DE INSTRUCCIÓN

Superior completa
Superior incompleta
Media completa
Media incompleta
Básica completa
Básica incompleta
Sin estudios
0

10

20

30

%

40

50

60

Población Indígena
Población No Indígena

Fuente: MIDEPLAN, Encuesta CASEN 2000.

E.

Desigualdades en salud

En diversas fuentes se sostiene que los pueblos indígenas en Chile presentan una situación
desmejorada de salud en comparación con el resto de la población nacional. No es fácil, empero,
respaldar estas afirmaciones con antecedentes que permitan cuantificar la brecha de equidad que se
produce en éste ámbito. Hasta ahora no se han realizado estudios sistemáticos que permitan
comparar los perfiles de salud entre los pueblos indígenas y éstos con la población nacional.
Con todo, una investigación previa sobre el perfil de salud de los pueblos indígenas en Chile,
revela que la Tasa de Mortalidad Infantil, índice que revela parcilamente el nivel sanitario de un
23

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

grupo humano, es superior entre indígenas que en el promedio nacional, siendo este último de
15/1000 nacidos vivos. En comunas de muy alta presencia indígena, dicha tasa era muy superior en
1996: 40/1000 nacidos vivos en Putre; 57,4/1000 nacidos vivos en la comuna de San Pedro de
Atacama (la más alta registrada por el estudio a nivel nacional); 32,8/1000 nacidos vivos en Isla de
Pascua, y la TMI se determinó en y 34/1000 nacidos vivos en Puerto Saavedra (OPS, 1987).
Por otro lado, de acuerdo con resultados de investigaciones hechas por el Centro
Latinoamericano de Demografía (CELADE), referidos a cálculos sobre esperanza de vida en Chile
(otro indicador clave de salud), se pudo determinar que a escala nacional dicho índice llega a 75,6
años para las mujeres y a 68,5 años para los hombres. Estos niveles bajan considerablemente en
zonas de mayor concentración de población indígena. El estudio señala que para la población
aymará, dicha esperanza llega a 66,9 años de vida en las mujeres y a 60 años para los hombres. En
Isla de Pascua, por su parte, es de 76,1 años para mujeres y 69,7 años para los hombres. Finalmente,
en Cautín (con información imprecisa, según el estudio), el cálculo de la esperanza de vida para
ambos sexos, llegó sólo a 67,5 años. Se concluye que tanto los aymara como los mapuches,
presentan una esperanza de vida inferior al promedio nacional. En zonas de más alta concentración
de población aymará, como son la provincia de Parinacota y la comuna de Putre, la expectativa de
vida es la más baja del país, lo que se corresponde con la elevada Tasa de Mortalidad Infantil que
presenta estre grupo étnico4.
En relación con los antecedentes proporcionados por las Encuestas CASEN, es posible
conocer la cobertura de los diferentes sistemas de salud a los cuales la población tiene acceso. Se
constata que del total de la población indígena, en 1996 el 81% de ella, se incluye como
beneficiario del sistema público, a diferencia del 58,7 % referido a población no indígena (ver
cuadro 20). En importancia luego aparecen las ISAPRE (sistema privado de salud), las cuales
cubren sólo el 9,3% de la población indígena, cifra muy inferior al 25,3% de población no indígena.
En el año 2000, todavía el 80,4% de los indígenas se inscriben en el sistema público, mientras que
los no indígenas muestran un 65,9%. Como se puede observar, quizás la tendencia de la población
no indígena, entre quienes hubo una baja de su participación en las ISAPRES (de 25,3% a 20,4%)
entre 1996 y 2000, sea migrar del sistema privado al público.
Cuadro 20

POBLACIÓN INDÍGENA Y NO INDÍGENA, SEGÚN SISTEMA PREVISIONAL DE SALUD
Sistema previsional de salud

Población indígena
1996
2000

Sistema Público Grupo A (Indigente)
Sistema Público Grupo B
Sistema Público Grupo C
Sistema Público Grupo D
Sistema Público. No sabe el grupo
FF.AA. y de Orden
ISAPRE
Ninguno (Particular)
Otro Sistema
No sabe
Total

53,6
12,5
5,8
6,2
2,9
1,2
9,3
6,7
0,5
1,2
100,0

47,0
18,8
6,4
7,4
0,8
1,6
8,0
9,1
0,2
0,6
100,0

Población no indígena
1996
2000
22,8
13,5
9,0
10,2
3,2
3,2
25,3
11,2
0,5
1,0
100,0

23,8
20,8
9,2
11,0
1,1
3,2
20,4
9,7
0,4
0,6
100,0

Fuente: MIDEPLAN, Encuestas CASEN 1996 y 2000

Sólo considerando las cifras relativas al sistema público de salud, es interesante notar,
comparativamente hablando, la muy elevada participación de indígenas en este ámbito y,
concomitantemente, su muy baja inserción en sistemas particulares de salud. El sistema público es
segmentado en grupos en consideración a su nivel de ingreso. Para efectos de la aplicación de la
CASEN, se identifican cuatro grupos, según los cuales se distribuyen los encuestados5. Definidos el
4
5

24

Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE), citado en OPS, 1987.
De acuerdo al Manual para el Trabajo de Campo de la Encuesta CASEN, se incluye en el Grupo A la población indigente (aquella
que no impone en ninguna institución previsional); como Grupo B a quienes están inscritos en FONASA y cuyo ingreso bruto

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

Grupo A y el Grupo B como los más vulnerables del sistema de salud en el país, el cuadro anterior
muestra que el 66,1% de indígenas en 1996 se adscribía a estas categorías, índice que en el año
2000 descendió ligeramente hasta el 65,8%. Esto sugiere que la política no logró impactar
claramente a los estratos más necesitados de la población. Respecto de lo mismo, en 1996 la
CASEN mostró que la población no indígena se ubicó sólo en un 36,3% en el Grupo A y Grupo B
del sistema público. Para el año 2000, había en estas categorías un 44,6%.
En resumen, los datos presentados en el presente capítulo muestran inequidades claras y
arraigadas que separan a la población indígena del resto del país. Una política encaminada a reparar
estas brechas debe considerar el criterio de no-discriminación e incluir, también, criterios de acción
positiva o afirmativa frente a las minorías étnicas y/o a todos aquellos que presentan situaciones de
mayor vulnerabilidad. Todo lo anterior, debe complementarse con políticas sociales focalizadas
hacia los pueblos indígenas, que están particularmente afectados por la pobreza y las dificultades
para satisfacer sus necesidades básicas y desarrollar capacidades para ejercer positivamente su
libertad e identidad.
Generar políticas públicas para pueblos indígenas en el escenario de la integración, requiere
que el Estado y la sociedad civil se articulen sinérgicamente. No es sólo cuestión que el primero
“induzca” el respeto a las diferencias, sino también que la sociedad potencie, desde su propia
densidad ciudadana, la afirmación de sus especificidades. La ciudadanía incluye aquí la visibilidad
del reclamo, la efectividad del reparto y la democratización del protagonismo. Las conquistas
sociales son respuestas del Estado a la movilización de los actores y, por eso, es importante
recuperar el espacio público en el que los pueblos indígenas concurren a plantear sus demandas y
proyectos. Sobre eso trata el próximo capítulo.

mensual no excede los $63.508; como Grupo C a quienes estando en FONASA se ubican entre $63.509 y $99.229; como Grupo D a
quienes superan los $99.229. Quienes no identifican el grupo al que pertenecen, son aquellos que están en FONASA pero no conocen
su Grupo.

25

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

II. Ciudadanía y pueblos indígenas

A.

La nueva emergencia de un viejo actor

En las últimas década se ha registrado en el país un ritmo fuerte
de crecimiento económico y modernización de todas las estructuras. Se
ha estimulado la generación de un mundo único, de un espacio
económico global, escenario de una competitividad global en la cual
cada vez se perfila la posesión de la información, el conocimiento y el
desarrollo de la innovación como las claves para un desarrollo exitoso6.
Sin embargo, los pueblos indígenas no se han sentido parte de
este proceso. Pese a la exclusión del pueblo mapuche respecto de parte
de estas dinámicas modernizadoras, dicho pueblo tiende a
recomponerse en base a una demanda cada vez más específica y
estructurada. En este contexto un hecho merece ser destacado entre los
más trascendentales ocurridos en la década pasada: la recomposición y
definición clara de un movimiento social mapuche de carácter
contestatario, pero a la vez en interlocución con el Estado.
Para el Estado, los pueblos indígenas se han convertido en un
hecho dual, en tanto objeto y sujeto. En relación con lo primero, son
concebidos como “grupo prioritario” susceptibles de ser “objeto” de
una determinada intervención política. Para la política pública, los
indígenas son un grupo prioritario debido a que evidencian altos
índices de pobreza. Respecto de lo segundo, son vistos —aceptándolo
algunos o negándolo otros— como un movimiento social, porque

6

Cf. Martín Hopenhayn, 1999.

27

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

existe una lucha que busca el reconocimiento de las naciones al interior del país y la actitud de
pueblos que reivindican derechos políticos, civiles y sociales. Políticos ya que se expresan en la
demanda por autonomía y territorio, en el derecho a elección y reconocimiento de sus autoridades.
Civiles ya que se exteriorizan en el derecho a la representatividad de sus organizaciones, los cuales
se manifiestan en la búsqueda del reconocimiento a sus formas de vida, a su lengua, a su cultura.
Sociales porque demandan acceso a la educación, al trabajo, a la salud, a la previsión, entre otros.
La oferta pública define a los indígenas como grupo prioritario considerando sus
componentes identitarios, es decir desde su comunidad. Dicha oferta pretende establecer “relaciones
diádicas” con la comunidad al relacionarse con las autoridades de ellas y al mismo tiempo con los
comuneros. Es por ello que la ley establece que deben articularse como comunidades y llama a los
individuos al “reconocimiento étnico individual”. Estos dos elementos, la interpelación a la
comunidad y al ser indígena, son los fundamentos para reponer el principio de discriminación
positiva en este contexto de política social. En síntesis, la política social considera lo étnico para
definir a un grupo prioritario, definiendo un espacio de participación al reconocer a la comunidad
como interlocutor.
La característica de movimiento social fue reconocida por el Gobierno del Presidente Patricio
Aylwin, aunque la política social que se les brindó haya tenido un sello participativo-asistencialista,
cuestión que se ha perpetuado hasta hoy día. Paradójicamente para el gobierno actual, esta misma
política se ha vuelto insuficiente ya que ha permitido reivindicar con más fuerza que ayer el carácter
de movimiento social. Esto último releva otro factor que no ha sido considerado en todo su alcance.
Lo internacional impulsa el papel de los dirigentes indígenas, cuestión que ha ido emergiendo poco
a poco desde el reconocimiento como pueblos por parte de los gobiernos de la Concertación, una
vez concluido el gobierno militar.
La encrucijada política más importante que debe ser resuelta en los próximos años, es el tipo de
relación que se establecerá entre el Estado, los pueblos indígenas y la sociedad en su totalidad. El Estado
mantiene la obligación de cumplir con la Ley en términos de procurar los escenarios para que se
materialice el desarrollo y el bienestar de los indígenas, lo cual pasa por visualizar el tema de las tierras,
las aguas, el acceso a los recursos naturales y la resolución de la cuestión urbana, asunto importante si se
considera que cerca del 80% de la población indígena vive en ciudades. En esta dirección, tres son los
elementos fundamentales para fortalecer la relación entre el Estado y los indígenas: la existencia de un
mecanismo de resolución política de controversias entre desarrollo nacional e identidad cultural; un
sistema efectivo de participación indígena en la toma de decisiones; y el fortalecimiento de una
legislación favorable para los derechos del mundo indígena7.
Las vías de entendimiento entre el Estado y los pueblos indígenas, pasan por adoptar un
principio fundamental de política hacia el mundo indígena en términos que sea una auténtica
política de Estado, es decir, una acción coordinada entre los poderes ejecutivo, legislativo, judicial y
otras instancias tales como los municipios y los gobiernos regionales. A estas alturas, organismos
como la CONADI ya no logran por si solos responder a los desafíos que se le imponen, dado que
éstos son de carácter transversal e involucran a distintos sectores de la administración pública y la
política social. Se trata de una actitud política que deberá estar presente en los distintos ministerios,
intendencias, gobernaciones y municipios del país. Sobre esto mismo, es crucial establecer asesorías
de expertos interculturales indígenas, capaces de establecer los puentes entre esas entidades y las
comunidades indígenas8.
La circunstancia política que permitió atenuar el conflicto indígena en el país hasta mediados
de los años noventa, es la decisión de tres gobiernos sucesivos de evitar la mercantilización de los
componentes sociales y culturales y de los patrimonios indígenas en el país, mediante la aprobación
7
8

28

Véase Domingo Namuncura, 2001.
Idem.

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

de un marco legal y de una institucionalidad que trabaja en el horizonte de la multiculturalidad.
Dichos gobiernos han abierto espacios en los que se han podido reactualizar los pactos de lealtad
entre los miembros constitutivos de los pueblos. También se han abierto espacios a la expresión
pública de dicha multiculturalidad, favoreciendo el proceso con asignaciones presupuestarias que no
conocen referente en la historia del país. Para el caso mapuche, la recuperación de cerca de 170 mil
hectáreas que se han incorporado al patrimonio mapuche en los últimos años es un hecho relevante.
Lo mismo respecto de la recuperación de derechos de aguas ancestrales en los casos de los pueblos
aymará y atacameño o el inicio del proceso de restitución de tierras para el pueblo rapanui.
Hasta un cierto momento, hubo puentes de comunicación entre el mundo indígena y el Estado y
sus gobiernos, permitiendo establecer relaciones de confianza que se materializaron, entre otros casos,
en la firma del Acuerdo de Nueva Imperial en 1989. Más aún, se llegó a discutir con trasparencia el
problema de los recursos fiscales y la creciente demanda indígena por participar adecuadamente del
proceso de crecimiento económico nacional. De hecho, el modelo de “crecimiento en equidad” ha
orientado por varios años las decisiones estatales en los temas más candentes del desarrollo del país.
Pareciera que se han cumplido etapas y en el momento del quiebre de las confianzas, resurge el
hecho que “la crisis en el ámbito de las relaciones entre pueblos indígenas y Estado proviene,
fundamentalmente, de un hecho cuya magnitud sigue pendiente en la sociedad: la colisión entre
proyectos de modernización industrial y productiva y las culturas ancestrales” 9. De hecho, el proyecto
hidroeléctrico Ralco en la cuenca alta del río Biobío marcó el punto de quiebre entre el mundo indígena
y el gobierno.
Por otro lado, la presencia de una clase dirigente indígena ha facilitado la condensación de la
predisposición y la voluntad colectiva largamente acumulada en las comunidades. Ellos han construido
un discurso mucho más elaborado de la identidad indígena, que en muchos casos no se han dejado
cooptar por el Estado, logrando articular antiguas y nuevas fidelidades con un movimiento social que ha
puesto en aprietos en más de alguna oportunidad al ordenamiento republicano. Aquí la institucionalidad
ha naufragado frente a la personalidad de muchos de estos líderes, ya que con frecuencia han sido ellos
los portavoces de sus pueblos. Como un indicador de esta situación, se puede mencionar el hecho que
un determinado dirigente pudo tener más cobertura en los medios de prensa que un ministro o alguna
otra autoridad gubernametal.
Se hace necesario intentar aplicar nuevas formas políticas que reconozcan la práctica mediante la
cual los pueblos indígenas vuelvan a recuperar su capacidad de demanda y de intervención en la
formulación del bien común. Falta, sin embargo, que las comunidades funcionen con los organismos
públicos, no sobre la base de un modelo vertical que diluye el tema de la identidad, sino en un
intercambio de razones y argumentos del que nadie esté excluido, ni aún los funcionarios del Estado,
pero entendido como iguales al resto de los comuneros indígenas. Es decir, falta crear espacios de
producción de igualdad política real y de formación de opinión pública, ambos entendidos como
componentes básicos de lo que se denomina democracia deliberativa interpelando a un Estado que,
históricamente, ha institucionalizado la desigualdad entre pueblos que habitan un mismo país.
La democracia deliberativa no debe confundirse con la democracia participativa, la que con el
tiempo, se ha transformado en un mecanismo mediante el cual se “acercan los pueblos” sólo para
efectos de “participar” en elecciones políticas tendientes a elegir a quienes manejarán el Estado. Las
deliberaciones entre iguales deberían sustentarse sobre la base de las “comunidades movilizadas” ya que
son ellas las portadoras de un reclamo público (local) en las que rigen formas de acción normativamente
reguladas10. Ciertamente, esto lleva a que muchos de los valores colectivos que guían los
comportamientos de sus integrantes estén regidos por principios previos y obligatorios. De allí que se
puede hablar de un “principio de comunidad” que obliga a las personas a actuar dentro de la
9
10

Idem.
J. Habermas, 1998.

29

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

colectividad bajo el supuesto implícito de que esos lazos de unidad ya existen con anterioridad a
cualquier actitud que respecto a ellos se tome.
Sin embargo, en el marco de las acciones colectivas a gran escala donde la esfera pública —que
es lo común que interconecta a los sujetos colectivos— rebasa el marco de las regulaciones normativas
locales y tiende a ser fruto de una nueva interacción comunicativa productora de nuevos consensos y
normas colectivas. Esta democracia deliberativa debería ser capaz de fusionar dos tipos de acciones por
parte de los indígenas: la comunicativa y la normativa. La primera se refiere a que los comuneros
deliberan sobre sus acuerdos y puntos de vista para crear discursivamente un horizonte de acción
común. La segunda, hace que los acuerdos así producidos cuenten con un carácter obligatorio hacia los
sujetos colectivos e individuales que participan en su elaboración. Esto no hace más que recuperar el
principio de la preponderancia de lo común por sobre lo individual, propio de las estructuras sociales
tradicionales.
En el caso del actor-indígena, la última década muestra un tipo de rebelión que plantea con
mucha fuerza la reivindicación del derecho básico a la igualdad y la posibilidad de reinventar el sentido
de lo político. En el fondo, lo que se ha ejercido por los hechos es un derecho positivo que debe asegurar
la igualdad ciudadana en algún momento de la historia. Es el derecho a hablar, a ser oído y a ser
reconocido por los poderes instituidos. De ahí que las comunidades exijan hablar ante las autoridades de
gobierno, quienes han debido y deberán seguir tomando a los comuneros indígenas como interlocutores
válidos.
Llama la atención que la demanda por igualdad no ha estado presente en la larga lista de
solicitudes al Gobierno, aunque sí se explicita la demanda de igualdad en ejercicio ciudadano a través de
una sofisticada estrategia de apropiación simbólica que recurre a la noción de pueblo, a una manera
específica de ocupar y entender el espacio, al discurso de asamblea y a la presencia en prensa y
televisión. Todo ello, como una manera de cubrir la necesidad de información pública, sin que nadie lo
percibiera de esa manera. En alguna forma, se ha creado un espacio público paralelo al oficial, que exige
el reconocimiento y busca la solidaridad frente a los problemas que afligen a los pueblos indígenas en
Chile.
Una rebelión social es aquella que se desarrolla sobre la base de un proceso de
autounificación comunitaria, portadora de un proyecto político con alto grado de autonomía, y que
se nutre de la memoria colectiva para proyectar horizontes de acción. En la rebelión mapuche se
observa este proceso. Allí se han reunido demandas contingentes con representaciones históricas
que confluyen en significar el mundo vivido como una situación de dominación que debe ser
abolida. Esto concurre en una profunda carga política de la acción de las comunidades. Pues en su
acción, sus simbolismos, su discurso y su manera de escindir el mundo entre huinca (el no indígena)
y mapuche, hay una recuperación y recreación de la historia, una denuncia del segregacionismo
interno que ha acompañado a la vida republicana y una propuesta de democratización del poder, de
lo público, de la producción de lo común11.
En este marco, la rebelión social mapuche emana de estructuras propias y ancestrales, que
impugnan la tendencia a mercantilizar los elementos básicos que aseguran la integración simbólica
de la cultura. Entre tales elementos se encuentra la tierra, el agua, el aire, el subsuelo y los recursos,
entre otros. La Tierra deja de ser un factor eventual y demandado de apropiación material, y se
convierte -como siempre lo ha sido- en el factor determinante que asegura la identidad, explica el
pasado, ayuda a proyectar el futuro y engarza con la integración simbólica de un pueblo.
En este sentido, la rebelión mapuche a ojos de quienes la protagonizan, no constituye un
“conflicto” o un “problema”, como lo califica el Estado, el Gobierno, las empresas o el resto de la
población no mapuche. Rebelión es la calificación que hacen del proceso los propios actores y
conflicto es la apreciación que tienen aquellos que no hacen parte de la memoria colectiva de un
11

30

Sobre el concepto de “rebelión social”, véase Álvaro García Linera, 2001; y Rodrigo Valenzuela, 2001a.

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

pueblo. En este contexto, las políticas públicas han estado actuando frente a una demanda material
mapuche explícita, que incluye tierras y otras oportunidades de igualdad y acceso al desarrollo y al
bienestar. Es decir, se ha reaccionado ante la demanda por apropiación material. Sin embargo, se ha
producido un rezago en relación a la demanda de apropiación simbólica. La lucha por la tierra, por
el territorio ancestral, por el reconocimiento constitucional, por la ratificación de los acuerdos
internacionales, entre otros, incorpora estos antecedentes.
El conflicto indígena tal como la hemos conocido hasta ahora, ha sido en primer lugar un
conflicto de apropiación simbólica, una lucha por reposicionar las estructuras de representación y
significación del mundo. Por lo mismo, su comprensión debe buscarse no sólo en documentos formales
sino también en otros símbolos que produce la rebelión y que producen la rebelión. Entre ellos, el uso
de la lengua que se hace cada vez más “pública” llegando incluso a los medios de comunicación, a las
asambleas y a los encuentros con el gobierno. También la dinámica en que los movimientos indígenas
cubren el territorio, movilizando sus dirigentes desde la costa hasta la cordillera y desde el norte hasta el
sur. Si bien todo esto puede ser asumido como un “folklorismo” o como una anécdota, frente a una
estructura social mayor, no es menos cierto que la lengua, la cultura, la visualización de un territorio y el
acuerdo con las comunidades, son bases importantes que definen un nuevo tipo de ciudadanía, la que
hasta ahora ha estado diferenciada irreductiblemente de lo que la rodea y la domina. Lo que importa es
cómo es leída e interpretada cada señal y cómo, en última instancia, es significada por el colectivo.
Semejante proceso tiene todas las características de ser una construcción de ciudadanía indígena, cuya
vitalidad fecunda o existencia efímera se medirá en los próximos años.
Entender estos componentes es fundamental para la superación del “conflicto” indígena en el
país. Se debe concluir que se trata de actores que, autodefinidos como pueblos, desentierran o recrean
un parentesco ampliado, capaz de crear un efecto de atracción sobre ciertos sectores poblacionales. Por
lo mismo hay que señalar que el componente indígena urbano no es de bajo perfil en la discusión global
de estos problemas. Precisamente porque padecen, con otros, los efectos más excluyentes de la
modernización, recurren a una identidad que vincula la exclusión actual con la dominación y sumisión
históricas.
Los pueblos indígenas resignifican su historia y se ubican en un mundo complejizado por la
globalización económica y la crisis de sustentabilidad actual. Cada vez más, se sitúan dentro del
discurso de la sustentabilidad, de la globalización, de la democracia; se posicionan frente a las
estrategias de control de sus territorios y de los instrumentos normativos, entre las cuales cuentan a
las convenciones y protocolos internacionales, las legislaciones nacionales, los mecanismos de
“desarrollo limpio” y de implementación conjunta, de compensaciones de daños. Así, reafirman sus
derechos, reclamando autonomía, identidad y territorio.
Ante ello, la política pública no ha respondido con la misma celeridad ni en la misma
dirección que los propios pueblos indígenas. En este proceso, están pendientes cuestiones tales
como: su derecho a la tierra, al territorio y sus recursos; sus sistemas de valores y creencias; la
misma diversidad étnica al interior de cada Estado; la rápida evolución que ha tenido la normativa
internacional a este respecto; el conocimiento tradicional de estos pueblos; y, sobre todo, los
aprendizajes que estos pueblos pueden compartir respecto de sus experiencias exitosas de
sustentabilidad social y ambiental.

B.

El escenario político-institucional y los pueblos indígenas

El siglo XX fue, en general, poco esperanzador para los pueblos indígenas en Chile. Tanto
por los proyectos de homogenización cultural que se impusieron como por la expropiación, a manos
del Estado o de la empresa privada, de los principales activos y posesiones de los pueblos indígenas.
Esto trajo como consecuencia un deterioro tanto en términos de ciudadanía cultural como de
posibilidades de bienestar.
31

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

Solo en la última década del siglo XX se inició un período de recomposición de las relaciones
políticas, sociales, culturales y económicas entre los pueblos indígenas y el Estado. Los gobiernos
de la Concertación se encargaron de inaugurar un nuevo período de convivencia en el país. Aún así
todavía existen sentimientos encontrados entre los indígenas, la sociedad y el Estado. Hay tensiones
y conflictos, dudas y desconfianzas y tanto más se ha avanzado en la agenda política, más rápido ha
sido el cambio en las relaciones entre estos segmentos. No obstante la buena disposición política de
algunos sectores, las principales demandas históricas del mundo indígena han quedado pendientes.
El reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas y la ratificación del Acuerdo Nº169 de la
OIT, han quedado entrabados principalmente por las condiciones impuestas por la oposición
política y una estructura legislativa que dificulta estos cambios.
Por otro lado se ha llegado al convencimiento que el Estado cree que el lineamiento de una
política pública a este respecto, arranca de la certeza que ellos gozan de plenos derechos, no
únicamente como individuos y ciudadanos de la República, sino como pueblos en sí mismos. Si
bien éste es un elemento clave en la relación Estado / pueblos indígenas, aún falta crear los
mecanismos que aseguren su integración real a la nación. Por sobre todo se debe favorecer el hecho
que ellos puedan mantener sus características culturales, su lengua, sus creencias y religiones.
La Ley Nº19.253, desde su aprobación en 1993, generó expectativas muy sentidas en el
movimiento indígena. Los problemas acumulados hasta 1990 encontraron vías institucionales a
partir de esta Ley y de la institucionalidad a la que dio origen. Sobre esta base se abordaron las
primeras soluciones. Sin embargo, todo indica que los acuerdos políticos adoptados con ocasión de
la democratización del país en 1990 —entre los cuales el más importante es el Acuerdo de Nueva
Imperial de 1989— se han agotado cuanto más se ha avanzado en la década de los años noventa y
cuanto mayor ha sido la expresión de demandas de parte de los pueblos indígenas. La agudización
comenzó a experimentarse a partir de 1997 a propósito de los conflictos emergentes en materia de
megaproyectos (mineros, hidroeléctricos y forestales, principalmente). La desconfianza del
movimiento indígena hacia los gobiernos se instaló desde entonces y de parte de los indígenas cada
vez más, respecto de la voluntad del Poder Ejecutivo cuanto a preservar, respaldar y dar continuidad
a la nueva ley y sus implicancias.
Esto explica que hayan surgido los primeros síntomas de un “quiebre de confianza” en la
relación con el Estado. No debe olvidarse la fuerte intervención política que se ejerció desde el
Gobierno sobre la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI), tras lo cual se removió
a más de un Director Nacional de la Corporación, ante la imposibilidad de los dirigentes por revertir
la situación. Los procedimientos no contemplaron un debate sobre la crisis al interior del Consejo
Nacional de la institución, que podía intentar construir consensos mínimos con los dirigentes
indígenas, consejeros y otros, para materializar cambios que todos veían como necesarios. Hoy la
CONADI enfrenta problemas de legitimidad frente al movimiento indígena, y algunos dirigentes de
dicho movimiento han expresado dudas de que la institución pueda ser un actor relevante en el tema
del desarrollo de los pueblos indígenas a nivel nacional.
En los últimos años, la CONADI se ha visto sobrepasada por las reivindicaciones indígenas,
con lo que se produce una brecha entre oferta estatal y la creciente demanda de los pueblos
indígenas del país. La Corporación ha contado con recursos escasos y, cada vez más, se ha hecho
evidente su inadecuada estructuración territorial y funcional, generando problemas de competencia
entre la Dirección Nacional, las Subdirecciones (Norte y Sur) y el Consejo de la Corporación. Estas
dificultades se visualizaban, específicamente, en las tensiones producidas entre lo corporativo y lo
reivindicativo.
Debe recordarse que en Chile no existe una instancia “gremial” en la que se ventilen las
reivindicaciones indígenas ante el Estado. En el mundo de los trabajadores, por ejemplo, existe la
Central Unitaria de Trabajadores (CUT) que goza de autonomía desde el mismo momento en que
puede elegir a sus dirigentes mediante votación democrática. En la institucionalidad actual para
32

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

atender los asuntos indígenas en el país, en cambio, estas dos funciones se confunden en un solo
organigrama (CONADI). Bien podría plantearse la necesidad de separar ambas funciones,
reservando las tareas administrativo-técnicas a CONADI y las político-reivindicativas a otra
instancia equivalente a la CUT en el mundo indígena. Esta formulación probablemente facilitaría la
individualización de los directivos, ya que en el primer caso el director no necesariamente debe ser
un representante indígena, mientras en el segundo caso sería una condición necesaria.
Junto a lo anterior, surge otro tema que puede ser calificado como crítico, a saber, la tardía e
ineficaz utilización de instrumentos de desarrollo contemplados en la Ley Indígena. Esto se traduce,
por ejemplo, en la declaratoria de Áreas de Desarrollo Indígena (ADI) en el país. Primero se
decretan 3 de ellas (1997) y durante años -quizás hasta hoy- el aparato público no logra una
aplicación que se corresponda con las expectativas de los movimientos indígenas. Luego se crearon
dos más (1999) con los mismos procedimientos y resultados. En una situación parecida se
encontraría el Plan Trienal de Desarrollo Indígena, concebido en 1997 y cuya aplicación se
entorpeció por falta de instrumentos para materializarlo. Sin embargo, quizá la principal dificultad
ha sido la lenta incorporación de la variable étnica en la definición de tareas por parte de
organismos públicos, como mecanismo para hacer efectivo el principio de la “discriminación
positiva” en las políticas sectoriales. Todo esto redunda en un desconocimiento de la Ley Indígena
de parte del Estado, especialmente en lo referido a una multiplicidad de resoluciones de entidades
públicas en las cuales no se hace mención al tema indígena. La traducción directa que se puede
hacer de estos componentes, es que aún muy avanzada la década de los años noventa, aún faltaba
mucho por plasmar el espíritu y la letra de la Ley Indígena.
La Ley generó más expectativas que las que pudo absorber, sobre todo desde 1997 en
adelante. Su promulgación y aplicación logró hasta ese año constituirse en el marco a través del cual
se canalizaron y regularon los conflictos acumulados en años y décadas precedentes. Sobre esto, el
eje de la crítica ha girado en torno a tres sentidos por lo menos. Primero, en relación a la mala e
ineficaz aplicación efectiva de instrumentos para el desarrollo. Segundo, en relación con los escasos
recursos destinados para cubrir la aplicación de los instrumentos estipulados en la ley; y en tercer
lugar, en términos del cumplimiento de la ley en beneficio de los pueblos indígenas. Si en una
primera etapa las comunidades y las organizaciones percibieron que era más eficiente enfrentar sus
problemas usando los recursos de la ley, operando con ella a pesar de sus limitaciones, el
desencanto posterior, por falta de resultados esperados, llevó a otro tipo de movilizaciones más
confrontacionales y radicalizadas.
Cada vez más, se hizo evidente que la implementación de megaproyectos afectaban tierras y
patrimonios indígenas. En el contexto de las comunidades del norte del país, surgieron
reclamaciones específicas de parte de las comunidades respecto del acelerado proceso de pérdida de
los recursos hídricos en razón del incremento de las inversiones mineras (privadas y públicas). En la
zona mapuche, el Gobierno decretó la creación de la primera ADI en el país, el mismo día en que se
inauguraba la central hidroeléctrica Pangue, ubicada en la misma cuenca y aguas abajo del Proyecto
Ralco (Octava Región). Pangue, según denuncias de organismos no gubernamentales hechas a partir
de 1991, era la “punta de lanza” de una gran inversión energética que ENDESA proyectaba realizar
en ese río. Años después, con la consolidación del proyecto Ralco, esta realidad se materializaría
transformando a “Ralco” en un hecho emblemático de la postura confrontacional del movimiento
social mapuche en Chile.
Especial consideración merecen las demandas por tierra y territorio, puesto que es el eje de
integración simbólica de los pueblos indígenas. Esto torna especialmente sensible el tema. Existen
más de trece cuerpos legales12 que han definido las formas de demarcación, ocupación, división y
12

Ley Nº4.169 (1927) sobre División de las Comunidades Indígenas que podía solicitar cualquier comunero. Ley Nº4.802 (1930) que
suprimió la Comisión Radicadora de Indígenas creada en 1866 y 1883. Este cuerpo legal creó los Juzgados de Indios, cuyo objetivo
era lograr la división de las comunidades. Ley Nº4.111 (1931) que autorizó la división de las comunidades indígenas en aquellos

33

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

reconocimiento de las tierras indígenas que determinan una compleja trama de trámites legales,
procedimientos, reivindicaciones y demandas que permanecen hasta hoy día. La situación más
compleja desde la perspectiva legal, sigue siendo la mapuche, tanto por el número de leyes que los
han afectado (desde 1850 a la fecha) como por la ubicación de las tierras (desde la Octava a la
Décima regiones) y la diversidad de conflictos que pueden identificarse en una misma comunidad.
Según un informe de CONADI, la aplicación de éstos y otros cuerpos legales genera una trama
compleja de situaciones jurídicas que, en lo sustancial, no logran dar respuesta adecuada a las
reivindicaciones territoriales históricas, lo cual deriva en varios tipos de conflictos. Entre estos
últimos, para el caso mapuche se destacan a lo menos tres de mayor relevancia13:
•

Conflictos derivados de acciones de recuperación de tierras que hoy están en manos de
particulares y que son parte de los Títulos de Merced otorgados durante la Radicación
y los años posteriores. Esta misma situación es calificada por los no indígenas y
particularmente por la prensa como tierras “ocupadas”.

•

Conflictos derivados de las antiguas reivindicaciones de tierras basadas en algún
antecedente jurídico, como es el caso de las llamadas “tierras antiguas” que no fueron
consideradas dentro de los deslindes de los Títulos de Merced y que hoy se demandan
para ampliar la superficie predial y comunal.

•

Conflictos derivados de la aplicación de la Reforma Agraria, situación que dejó a
ciertas comunidades en litigio entre ellas, a lo cual se suman ocupaciones,
reasentamientos y uso de tierras por indígenas que no son miembros de la comunidad.

Otro ejemplo de apropiación simbólica no consumado lo constituye la aprobación de la Ley
Nº19.638 sobre libertad religiosa y de culto (1999), en la que se fijan normas que determinan la
constitución jurídica y el funcionamiento de las iglesias y organizaciones religiosas en el país. A
este proceso al cual no fueron convocados los representantes de los pueblos indígenas. Es de
conocimiento general que los indígenas chilenos practican religiones particulares cuya especificidad
no fue definida de manera explícita en la ley de libertad religiosa. Una anécdota cuenta que se
encontraba un Obispo chileno con dirigentes mapuches urbanos de la Quinta Región. Éstos le
habrían solicitado que invitara a una machi a la celebración del Te Deum, en consideración que los
demás representantes de las religiones que se profesan en Chile, ya habían sido convocados. El
Obispo les replicó sobre la imposibilidad de tal medida en razón que religión es un vocablo cuyo
origen etimológico viene del latín religere, que se traduce (entre otras acepciones) como la
relectura de las escrituras. El Obispo les hizo saber a los dirigentes que el pueblo mapuche fue un
pueblo ágrafo, es decir, sin escritura, por tanto sus creencias no constituirían una religión. Por ello
no podría una machi asistir al evento señalado.14
Según la normativa aceptada internacionalmente, ningún Estado está en la actualidad en
condiciones de negar la posibilidad que un sistema religioso se consolide sobre la base de este tipo

13
14

34

casos en que era solicitada por un tercio de los integrantes de una comunidad. En el Artículo 54 se establece que una persona es
indígena cuando pertenece a una familia cuyo jefe es miembro-copropietario de una comunidad de indígenas que tiene una Merced
de Tierras. Quedaban exceptuados los indígenas que habían cumplido con la ley de instrucción primaria obligatoria. Ley Nº14.511
(1960) decreta que el Presidente de la República tiene facultades para expropiar terrenos de propiedad indígena. Crea los Juzgados de
Letra Indios que modifican las funciones de los Juzgados de Indios formados en 1930. Ley Nº16.640 (1967) o Ley de Reforma
Agraria en la que se incorpora a los mapuches a los beneficios de la Reforma Agraria. Ley Nº17.729 (1972) decreta la “comunidad
indígena indivisa”, momento a partir del cual se permite la división de una comunidad indígena sólo a condición que sea solicitada
por el total de los miembros de dicha comunidad. Ley Nº2.568 (1978) establece que la división de una comunidad indígena puede ser
solicitada por cualquiera de sus miembros y dispone que “a partir de la división dejan de considerarse tierras indígenas e indígenas
sus dueños”. Ley Nº19.253 (1993) establece normas sobre protección fomento y desarrollo de los pueblos indígenas de Chile. El
cuerpo legal crea la Corporación de Desarrollo Indígena.
CONADI, 1996.
Los pueblos indígenas mantienen una relación cosmogónica especial con la tierra, sus recursos y el territorio que ocupan,
estableciendo un vínculo particular con la naturaleza, desde donde arranca la definición de su sistema religioso. Ésta es su identidad
básica. Las culturas grafas han generado sistemas antropocéntricos, es decir a partir de la figura humana, en el caso de las culturas
ágrafas, se conocen sistemas biocéntricos, centrados en la figura de la naturaleza.

CEPAL - SERIE Políticas sociales

N° 76

de identidad. Precisamente, el término pueblo no responde a la idea de una población definida
estadísticamente. Pueblo es una cultura, una identidad y una organización social propia, sistema que
logra estructurarse y subsistir en función de definiciones específicas en lo que tiene que ver con las
creencias, la religión y el culto vernacular. La ley escrita bajo ningún punto de vista puede ir más
allá de la costumbre, de la práctica consuetudinaria. El Artículo 8º de la ley indígena, establece este
punto, la Constitución Política de Chile no. Es decir, en el ámbito sociopolítico y cultural el Estado
se reconoce homogéneo y, en el ámbito religioso se reconoce tolerante, aunque la ley de libertad de
culto nada dice de los sistemas religiosos indígenas. Para interpretar la Ley indígena y la de libertad
religiosa, es importante tener presente la tendencia actual hacia el reconocimiento de la
pluriculturalidad y multietnicidad del Estado.

C.

Derechos indígenas, participación e inclusión social

Uno de los principales desafíos del proceso de democratización es recuperar la capacidad de
incluir a los actores sociales excluidos. Una de las fórmulas propuestas ha sido evitar la
concentración de poder político y la homogeneización cultural y de estilos de vida. Por otro lado, se
ha tratado de estimular el respeto a la diversidad cultural, el pluralismo de valores y la mayor
autonomía de los sujetos. El desafío, tal como lo ha planteado la CEPAL, es compatibilizar la
igualdad de oportunidades y el respeto a las diferencias, es decir, anteponer como prioridad el
ejercicio de los derechos civiles, políticos, sociales y culturales. Civiles porque se trata de la
autonomía de los sujetos para decidir, individual o colectivamente, sobre sus vidas y sus valores sin
coacción. Políticos porque se trata de dar cabida en los procesos decisorios a los distintos actores
sociales y de repartir democráticamente esta participación. Sociales y culturales, porque se aspira a
compatibilizar la igualdad de oportunidades con el respeto a la diferencia15. El tema indígena
adquiere relevancia en este contexto, pues exige precisamente un equilibrio entre igualdad de
oportunidades y respeto a la diferencia.
En los debates sobre políticas para el desarrollo de los pueblos indígenas destacan conceptos
como los de acción y discriminación positiva, de un lado, y autogestión del desarrollo, por el otro.
El principio de discriminación positiva reconoce que los pueblos indígenas han sido y son
discriminados al interior de la sociedad, de modo que la ley procura lograr una igualdad real por
sobre la igualdad formal en favor de ellos. Esto supone hacer un reconocimiento explícito de su
presencia en cada lugar donde estén presentes. El principio de autogestión del desarrollo, supone
sistemas de participación política y social en que se garanticen las formas solidarias y
autogestionarias, tradicionales y propias de los pueblos indígenas. Subyace aquí la idea que el
desarrollo no puede ser realizado más que por los propios involucrados.
En el ámbito internacional hoy se aceptan como un hecho indiscutible los principios del
respeto y la participación, señalándose una tendencia clara hacia un punto en el cual la cuestión de
las minorías ya dejó de ser el paradigma que permitía definir su situación nacional. En este sentido,
el Convenio Nº169 de la OIT, alude en sus párrafos más importantes, al respeto debido hacia la
cultura, la religión, la organización social y económica y la identidad propia de los pueblos
indígenas. Alude al respeto a la participación y establece que los gobiernos deben asumir con ellos
la responsabilidad de desarrollar acciones para proteger sus derechos y garantizar su integridad,
consultándoles cada vez que se implementen medidas susceptibles de afectarles directa o
indirectamente y establecer los medios a través de los cuales puedan participar libremente en la
adopción de decisiones.
Dado que en la actualidad no existe reconocimiento constitucional para estos pueblos en
Chile, es importante garantizar su derecho a participar en todos los niveles institucionales para
15

Véase CEPAL, 2000.

35

Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

evitar la marginación. Y dado que una parte significativa de la población chilena es indígena, deben
hacerse explícitas las normas que aseguren y protejan su derecho a la participación. En este punto el
proceso que condujo a la Ley Nº19.638, debió ser explícito en relación con los pueblos indígenas
chilenos.
Ligado a lo anterior, emerge la cuestión indígena urbana como otro de los asuntos críticos en
la gestión política de los gobiernos, dada la proporción de la población indígena actualmente
asentada en las ciudades. Ya se ha mencionado la disparidad existente entre el porcentaje del
presupuesto CONADI destinado a cubrir la demanda urbana y la rural, en desmedro de la primera.
A esto se suma el hecho de que el Proyecto BID/ORIGENES -probablemente la inversión directa
más importante que se ha hecho en beneficio de esta población- excluye expresamente a los
urbanos. Más aún, la Ley indígena se sustenta en valores y percepciones que conciben lo indígena
como lo rural, con omisión casi absoluta de la realidad urbana. De hecho, este cuerpo legal protege
las tierras y promueve el desarrollo de los indígenas y de sus comunidades de manera específica, pero
respecto de los indígenas urbanos el tratamiento legal es deficiente y marginal.
Para fundamentar esta última afirmación conviene indagar en el tratamiento jurídico hacia los
indígenas urbanos que preveen las categorías señaladas por la Ley Indígena en vigencia. Al efecto, la
Ley ha distinguido como agrupaciones y sujetos de derecho a las etnias indígenas, a los indígenas, a las
comunidades y a las asociaciones indígenas. A su vez, diferencia entre indígenas, indígenas urbanos e
indígenas migrantes.16
Según la Ley, son indígenas urbanos aquellos que, reuniendo los requisitos establecidos en el
Artículo 2º, se autoidentifican como tales y que residen en un área urbana del territorio nacional. En
tanto que son indígenas migrantes aquellos que, reuniendo los requisitos precedentes, tengan un
domicilio permanente en una zona rural no comprendida en las comunidades indígenas huilliches de la
Décima Región, las comunidades andinas de la Primera Región, comunidades atacameñas de la
Segunda Región, Isla de Pascua o en el extremo sur donde habitan los indígenas de los canales
australes17.
Distinguir si un indígena proviene de una zona rural (propiamente indígena) o si está domiciliado
en una zona urbana o es migrante, tiene importancia desde un punto de vista legal, ya que una u otra
condición le permitirá acceder a ciertos beneficios y derechos establecidos en la Ley. En este sentido se
pueden distinguir algunas diferencias legales en lo relativo a las instancias de participación indígena, los
derechos de las personas jurídicas reconocidas, la protección, ampliación de las tierras indígenas y en la
conceptualización del etnodesarrollo indígena. La instancia legal dada para la participación de los
indígenas urbanos o migrantes es la asociación urbana o migrante, respectivamente. Éstas constituyen
la forma de organización social, desarrollo cultural, apoyo y mutua protección y ayuda entre los
indígenas urbanos y migrantes. En tanto que a los indígenas rurales se les reconoce el derecho para
constituir comunidades indígenas y asociaciones indígenas18.
No obstante que tanto la comunidad como la asociación indígena pueden cumplir objetivos
similares y constituir un instrumento de desarrollo para sus integrantes, la Ley excluye a las
asociaciones indígenas de ciertos beneficios. La Ley no permite, ni aún bajo ciertas condiciones, la
adquisición de tierras por parte de las asociaciones indígenas urbanas, lo mismo en lo relativo a los
16

17
18

36

Es indígena toda persona de nacionalidad chilena que se encuentre en algunos de los casos especificados en el Artículo 2º letras a, b,
o c. Para tener la calidad de indígena, resulta importante la relación de la persona con la tierra indígena. Esta vinculación sigue
constituyendo el elemento definitorio por antonomasia. Es así que la calidad de hijo estará dada no por un hecho biológico o cultural,
sino por el hecho de descender de habitantes originarios de las tierras indígenas establecidas en los números 1 y 2 del Artículo 12.
Estos artículos excluyen a aquellos que son descendientes de indígenas urbanos que por generaciones han carecido de tierras
indígenas y, aquellos que viviendo en las urbes, no practican de una forma habitual ciertas manifestaciones de su cultura,
exteriorización que difílcilmente realizan quienes son discriminados por sus vecinos por el sólo hecho de tener un nombre indígena o
poseer rasgos que denotan su pertenencia étnica.
Artículos 60º, 62º, 66º y 72º de la Ley Indígena a que hace referencia el Artículo 75º.
Artículos 9º y 36º de la Ley, respectivamente.

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mecanismos que favorecen la ampliación de tierras. Asimismo, y no obstante que el Artículo 19º
reconoce el derecho de los indígenas a ejercer comunitariamente actividades en espacios territoriales de
uso cultural o recreativo que sean propiedad del fisco, sólo se faculta a la comunidad indígena para
solicitar la transferencia a título gratuito de estos inmuebles, derecho del cual nuevamente quedan
excluidas las asociaciones indígenas urbanas.
La Ley establece diferencias en el tratamiento de lo rural y lo urbano, en un contexto en el cual lo
segundo prácticamente constituía una realidad desconocida al momento de redactar el cuerpo legal hoy
vigente. Por ello, los resultados arrojados por el Censo de 1992 sobre los pueblos indígenas, con todos
los ajustes metodológicos que éste requiere, debiera provocar una reacción de parte del Estado en orden
a adecuar la legislación a la realidad indígena urbana. Esta adecuación debiera considerar, entre otras
variables, las siguientes:
•

el análisis de la conveniencia o inconveniencia cultural de mantener las diferencias
legales señaladas;

•

la alta concentración indígena urbana como criterio de definición de las áreas de
desarrollo indígena;

•

el fortalecimiento de la representación de los indígenas urbanos en las instancias del
Estado y, en particular, en el Consejo de CONADI;

•

la reestructuración administrativa de CONADI en orden a fortalecer la representación
de este organismo en la zona central del país, donde hoy sólo se cuenta con una Oficina
en la ciudad de Santiago y una representación de enlace en la Quinta Región, dotada de
escaso personal para atender, aproximadamente, a la mitad de la población indígena de
Chile;

•

la formulación de planes y programas de fomento a las culturas indígenas en las
ciudades;

•

el desarrollo de un sistema de educación que tenga presente que las áreas de alta
densidad indígenas en Chile, son algunas ciudades o algunas comunas al interior de la
metrópolis; y

•

la necesidad de establecer una política indígena que asuma el cambio
sociodemográfico experimentado en las últimas décadas, tendiente a la definición y
aplicación de una estrategia de desarrollo urbano.

Por último, se debe mencionar la situación de los derechos de ausentes. A este respecto la
Ley establece una indemnización para aquellos indígenas que quedaron al margen de derechos
hereditarios sobre tierras que fueron entregadas a comunidades indígenas y que, por su alejamiento
de la comunidad hacia zonas urbanas no fueron considerados en el reparto. En la actualidad existe una cifra
cercana a las 9 mil personas que han obtenido el reconocimiento judicial de acceder a la indemnización, si
bien hasta la fecha el Estado no ha dado curso al pago respectivo. Paralelamente, la Ley de Presupuesto
consideró sólo el avalúo fiscal de las tierras indígenas como base de cálculo de la indemnización, el cual es
bajísimo por estar exenta del pago de contribuciones, existiendo casos de indemnización de $700
(setecientos pesos) por hectárea, lo cual es irrisorio en cuanto a precios de mercado.
Por último, cabe mencionar que junto a la emergencia de nuevas áreas de conflicto derivadas de
megaproyectos en territorios indígenas ancestrales, tanto públicos (By pass de Temuco, carretera de la
costa) como privados (central Ralco, Celulosa Celco y otros), se constata en la segunda mitad de la década
de los años noventa, una reactivación de la demanda por reconocimiento constitucional y por la ratificación
del Acuerdo Nº169 de la OIT. Esto implica una demanda de apropiación simbólica, vale decir, del
reconocimiento de las poblaciones indígenas como pueblos. Ambas materias han sido sometidas en varias
oportunidades a consideración del Congreso Nacional, y aún no se ha resuelto su aprobación.
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Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

Las páginas precedentes han querido mostrar que el problema de la inclusión indígena en los
procesos de desarrollo presenta dos grandes desafíos, a saber, conjugar mayor equidad en el acceso al
bienestar y a las capacidades productivas, y mayor reconocimento político de los pueblos indígenas como
actores específicos y diferenciados.
Conjugar ambas dimensiones implica un supuesto, a saber, que la mayor equidad socioeconómica
tiene como contraparte política la mayor igualdad jurídica y ciudadana. En otras palabras, cuanto más se
universaliza un orden institucional en que todos tienen los mismos derechos a ser representados
políticamente, y los mismos deberes ante la Ley, y cuanto mejor se distribuye el poder de decisión y
deliberación en espacios consagrados para ello, más se puede favorecer un proceso distributivo en el plano
de las oportunidades de desarrollo y bienestar.
En este sentido, el rango de ciudadanía incompleta que padecieron por siglos los pueblos indígenas
parece ir muy asociado a su condición desfavorable en términos de equidad, medida por ingresos, empleo,
educación, salud y otras variables. La desigualdad ciudadana ha ido secularmente entrelazada con la
inequidad socioeconómica, en un largo proceso histórico teñido por la colonización, la dominación, la
enajenación de recursos y el no reconocimiento del status de ciudadanía plena.
Todo esto plantea hoy otro doble desafío en el campo político. De una parte, garantizar que los
grupos y poblaciones indígenas sean parte de una misma normativa universal que garantiza todos los
derechos de ciudadanía. Pero de otra parte, los propios pueblos indígenas demandan consideraciones
especiales en el campo del derecho, sobre todo por las contradicciones entre el derecho individual propio
del orden liberal, y el derecho colectivo reivindicado por los pueblos indígenas; y por la brecha entre
formas consagradas de participación política en la democracia liberal, y formas seculares de expresión de
demandas que ostentan los pueblos indígenas.
De este modo, parece necesario encontrar el modo de conjugar la dimensión universal de la
ciudadanía con la diferencia específica de estos pueblos. De la misma manera que es necesario garantizar
un trato equitativo en el acceso a servicios básicos, desarrollo de capacidades y acceso a oportunidades;
pero a la vez responder a la demanda de un conjunto de acciones positivas y diferenciadas, que beneficien
especialmente a los grupos indígenas para reparar exclusiones históricas y garantizar, luego, una situación
más equitativa hacia el futuro.
Por todo lo anterior, no es fácil combinar las demandas de equidad con las de discriminación
positiva, y las de igualdad y diferencia en el campo de la ciudadanía y la participación política. Es
importante que la diferencia no se convierta en un eufemismo para la desigualdad, vale decir, que la
palanca de reconocimiento no acabe sirviendo a aquello que busca revertir: la condición de
desventaja histórica de los pueblos indígenas.

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(LC/L.1853-P), Número de venta: S.03.II.G.21, (US$ 10.00), febrero de 2003. www
63 Daniel Duhart y John Durston, Formación y pérdida de capital social comunitario mapuche. Cultura, clientelismo y
empoderamiento en dos comunidades, 1999–2002. (LC/1858-P), Número de venta: S.03.II.G.30, (US$ 10.00),febrero
de 2003. www
64 Vilmar E. Farias, Reformas institucionales y coordinación gubernamental en la política de protección social de Brasil,
(LC/L.1869-P), Número de venta: S.03.II.G.38, (US$ 10.00),marzo de 2003. www
65 Ernesto Araníbar Quiroga, Creación, desempeño y eliminación del Ministerio de Desarrollo Humano en Bolivia,
(LC/L.1894-P), Número de venta: S.03.II.G.54, (US$ 10.00),mayo de 2003. www
66 Gabriel Kessler y Vicente Espinoza, Movilidad social y trayectorias ocupacionales en Argentina: rupturas y algunas
paradojas del caso de Buenos Aires, LC/L. 1895-P), Número de venta: S.03.II.G.55, (US$ 10.00), mayo de 2003. .
www

67 Francisca Miranda y Evelyn Mozó, Capital social, estrategias individuales y colectivas: el impacto de programas
públicos en tres comunidades campesinas de Chile, (LC/L.1896-P), Número de venta: S.03.II.G.53, (US$ 10.00),mayo
de 2003 . www
68 Alejandro Portes y Kelly Hoffman, Las estructuras de clase en América Latina: composición y cambios durante la
época neoliberal, (LC/L.1902-P), Número de venta: S.03.II.G.61, (US$ 10.00), mayo de 2003. www
69 José Bengoa, Relaciones y arreglos políticos y jurídicos entre los estados y los pueblos indígenas en América Latina
en la última década, (LC/L.1925-P), Número de venta: S.03.II.G.82, (US$ 10.00), junio de 2003. www
70 Sara Gordon R., Ciudadanía y derechos sociales. ¿Criterios distributivos?, (LC/L.1932-P), Número de venta:
S.03.II.G.91, (US$ 10.00),julio de 2003. www
71 Sergio Molina, Autoridad social en Chile: un aporte al debate (LC/L.1970-P), Número de venta: S.03.II.G.126, (US$
10.00), septiembre de 2003. www
72 Carmen Artigas, “La incorporación del concepto de derechos económicos sociales y culturales al trabajo de la
CEPAL”, (LC/L.1964-P), Número de venta S.03.II.G.123, (US$ 10.00), septiembre de 2003. www

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Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile

73 José Luis Sáez, “Economía y democracia. Los casos de Chile y México”, (LC/L-1978-P), Número de venta:
S.03.II.G.137, (US$ 10.00), septiembre de 2003. www
74 Irma Arriagada y Francisca Miranda (compiladoras), “Capital social de los y las jóvenes. Propuestas para programas
y proyectos”, Volúmen I. LC/L.1988-P), Número de venta: S.03.II.G.149, (US$ 10.00), septiembre de 2003. www
Volúmen II. LC/L.1988/Add.1-P), Número de venta: S.03.II.G.150, (US$ 10.00), septiembre de 2003. www
75 Luz Marina Quiroga, Pablo Villatoro, “Tecnologías de información y comunicaciones: su impacto en la política de
drogas en Chile”. Extracto del informe final CEPAL, CONACE”, (LC/L.1989-P), Número de venta: S.03.II.G.151,
(US$ 10.00), octubre de 2003. www
76 Rodrigo Valenzuela Fernández, Inequidad, ciudadanía y pueblos indígenas en Chile, (LC/L.2006-P), Número de
venta: S.03.II.G.167, (US$ 10.00), noviembre de 2003. www

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El lector interesado en adquirir números anteriores de esta serie puede solicitarlos dirigiendo su correspondencia a la Unidad de
Distribución, CEPAL, Casilla 179-D, Santiago, Chile, Fax (562) 210 2069, correo electrónico: publications@eclac.cl.

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